¿Todos tenemos el mismo pensamiento?
Ese pensamiento de que no tenemos realmente un propósito en la vida. Vivimos, crecemos, dejamos descendencia y luego morimos. Eso es lo que una vida nos ofrece.
¿Para qué venir al mundo si tendremos una existencia irrelevante y un final tan trágico?, uno en el que ni siquiera sabemos a dónde iremos después.
¿El cielo existe? ¿Lo merecería? Tal vez solo nos espera la nada.
Si no hay nada, ¿qué sentido tiene vivir una vida pacífica? Quizá sería mejor hacer lo que queramos cuando lo queramos, ignorar las reglas de una sociedad donde nadie piensa más que en sí mismo.
¿Por qué tengo que hacer lo que a ellos les gusta y lo que consideran "correcto"?
Nunca hay un final feliz en ninguna historia. Solo existe la parte que jamás se cuenta: las que quedan inconclusas, la etapa de la vida donde más se sufre. Esa es la real.
Las historias se crean para sentir que tenemos importancia en un mundo que eventualmente desaparecerá, quedando en el olvido frente a lo inmenso que es nuestro universo.
El Big Bang, Dios, una simulación, un universo eterno… solo teorías. Ninguna tendrá una respuesta definitiva. Los únicos que conocen la verdad son los muertos, los que ya cruzaron esa puerta y sufrieron el infierno del mundo para, quizá, ser liberados.
Claro está que, si el infierno existe, ahí irá el noventa y nueve por ciento de la humanidad.
Lo único que siempre queremos saber es qué hay después de la muerte. Ese es el miedo primordial: no saber qué nos espera cuando la mente se apague. Aferrarnos a la esperanza de no ir a un mal lugar, de no olvidar los buenos recuerdos de nuestra "magnífica aventura".
Soñar con cambiar esa historia, corregir errores, tomar mejores decisiones, tener una vida "feliz" que nunca llegó. Dejar una marca, aunque sea tallada en la rama más baja del árbol de la existencia, antes de desaparecer en el vacío infinito de la nada.
Fue un verdadero regalo de Dios la oportunidad de rehacer mi vida.
Una de la cual estoy profundamente decepcionado.
Muchos dirían cosas como: tuviste todas las oportunidades, te dieron todo en bandeja de plata, no te faltó nada, tienes una familia perfecta, ¿por qué lloras?
Jamás alguien sabrá lo que realmente uno siente y piensa. Podrán decir que "se ponen en mis zapatos", pero nunca tuvieron que caminar con ellos.
Yo sabía que era un error, que siempre sería un fracasado. Pensar que tenía la oportunidad de tener una buena vida en un mundo donde lo único de lo que se habla es del sufrimiento.
Ahora, nada de eso importa.
Aunque lo intenté en repetidas ocasiones, nunca tuve éxito. Siempre me acobardaba a mitad del camino.
Cuando estaba a punto de dormir, sentía un nudo apretando mi corazón y una lágrima seca se escapaba, una que quizá se formaba una vez al año por todo lo que jamás pude expresar.
Al final no lo hice.
Solo fue un accidente.
Pensé que todo había terminado ahí.
Antes de dejar de escuchar los murmullos de la gente alrededor de mi cuerpo —la falsa preocupación por un alma borrosa que nunca tuvo relevancia en ningún aspecto y que ahora se estaba yendo—, solo hubo una sensación fría. Cerré los ojos y me dispuse a dormir.
Entonces llegó una sacudida.
Una fuerte sensación de caída, como estar al borde de la cama, pero esta vez no había suelo debajo. Sentía como si mis párpados cubrieran mis ojos y, aun así, podía ver perfectamente cómo todo se movía. Colores incesantes pasaban uno tras otro frente a mí, mientras algo parecía succionarme con violencia.
Vi el espacio, constelaciones, estrellas, el universo del cual siempre tuve hambre de conocerlo todo. Todo pasaba frente a mí a la velocidad de la luz.
De repente, todo se volvió negro.
Las sensaciones desaparecieron en el instante en que llegó la oscuridad.
¿Por fin se había acabado?
Sentí como si me estuviera elevando.
Una nueva sensación recorrió mi cuerpo: el tacto de la tierra fresca, luego el césped mojado por una llovizna reciente. La brisa acarició mi piel; un aire limpio que jamás había respirado, tan distinto al oxígeno contaminado de las ciudades.
Abrí los ojos.
Lo primero que vi fue el cielo.
Más azul que el océano.
Las nubes eran tan claras y suaves que, por primera vez, parecían realmente algodón de azúcar. No era una exageración. Mi vida no se había acabado. Estaba acostado sobre el césped, tocándolo con mis dedos. Era ligero, casi respirable, deslizándose entre ellos.
Quería quedarme ahí para siempre. Mirar el cielo, buscar figuras en las nubes, sentir sin pensar.
La emoción me llenó y no pude evitar sentarme para ver más.
—Aún no se terminó…
No pude contener las lágrimas. Lágrimas reales, verdaderas, que hacía tiempo no dejaba salir. Por un momento sentí que todos mis problemas habían desaparecido.
Frente a mí se extendía lo más hermoso que jamás había imaginado: un mundo completamente vivo, como si estuviera hecho solo de árboles. No había rastro de civilización y, aun así, pese a los posibles animales peligrosos, insectos venenosos y trampas naturales, sentía que podía dejar atrás todas mis preocupaciones pasadas.
Ya no había necesidad de recordar.
Solo vivir.
Ahora era libre. Completamente libre.
Después de un rato, entre la emoción y las sensaciones placenteras de aquel lugar verde e infinito, una duda apareció.
—…¿Ahora qué demonios hago?
No había pensado en nada. Estaba emocionado, sí, pero estaba solo, en un mundo salvaje, donde cualquier arbusto podía ocultar algo acechando. Algún animal esperando el momento para devorarme.
—Maldicion.
Di un salto para ponerme de pie. Mi cuerpo se sentía ligero, como si la gravedad fuera menor… o tal vez era porque acababa de pasar por una experiencia extrema. No podía quedarme pensando. Necesitaba moverme. El hambre llegaría tarde o temprano, y dormir sin un lugar seguro significaba morir.
Miré a mi alrededor. Estaba sobre una colina elevada. No reconocía nada. Solo extensiones interminables de árboles. Por un instante pensé que me habían condenado a un infierno personal.
—Ni hablar. Si estoy aquí, sobreviviré. Sea como sea.
Con ese voto silencioso, me adentré en el mundo misterioso al que había vuelto a nacer.
