Ficool

Chapter 30 - capítulo 30 - Cumulonimbus

Capítulo 30

Pasó casi un mes desde que llegamos a la Aldea Buena.

No fue solo un mes de aprendizaje, fue una etapa extraña, intensa, y... sorprendentemente divertida. No tenía muchas expectativas antes de llegar, pero Rudeus y Sylphy no eran niños normales. Y yo, según las palabras de Paul, tampoco.

Los tres comenzamos a pasar los días juntos: mañanas de teoría mágica con Rudeus, entrenamientos de magia sin canto, pruebas con nuestro nuevo proyecto de interferencia mágica, y al caer la tarde, ejercicios físicos —idea mía, por supuesto.

—¿Por qué tenemos que correr? —protestó Rudy, con el sudor escurriéndole por la frente—. ¡Soy un mago, no un caballo!

—Porque tu padre tiene razón —respondí, trotando a su lado con el cuerpo apenas agitado—. ¿De qué te sirve tener tanto maná si te caes al suelo con tres pasos?

—Tiene sentido —agregó Sylphy, jadeando, aunque se esforzaba por mantener el ritmo—. Pero... ¿cuánto falta?

—Solo tres vueltas más. —Sonreí con malicia—. Luego comenzamos con los estiramientos.

—¡¿Qué?! ¡¿Luego?! —gritaron al unísono.

Así eran nuestros entrenamientos. Quejas, sudor, risas y más quejas. Pero a pesar de eso, ambos mejoraron. Rudeus, aunque tenía poca resistencia, tenía buena tenacidad cuando se concentraba. Y Sylphy, aunque torpe al principio, compensaba con agilidad natural y determinación.

Pero no todo era trabajo duro. Entre sesiones, hacíamos competencias de hechizos, juegos tontos con magia, como hacer girar piedritas y ver cuál giraba más rápido. También pasábamos tiempo hablando, conociéndonos.

Y una tarde, durante uno de esos descansos en la colina donde siempre entrenábamos, sucedió algo inesperado.

—Oye —dijo Rudy, después de mirar a Sylphy, que dormía bajo un árbol—. ¿Quieres ver mi tesoro más valioso?

—¿Qué? ¿Un tomo prohibido? ¿Una varita de dragón? —bromeé, curioso.

—Shhh. Nada de eso. Ven conmigo.

Me llevó de vuelta a su casa a escondidas, asegurándose de que nadie nos viera. Subimos a su habitación y, tras cerrar la puerta, se arrodilló junto a su futón. Sacó una caja pequeña de madera, se arrodilló y dijo algún tipo de oración religiosa que no pude entender, y la abrió con cuidado.

Dentro, perfectamente dobladas, había unas bragas blancas con bordados celestes.

—No... puede ser —dije, sin saber si reír o preocuparme—. ¿Son de…?

—¡De Roxy! —asintió con una reverencia solemne—. Mi maestra, mi guía… mi diosa.

Lo dijo con tanta seriedad que me contuve de burlarme.

—Rudeus, tienes un problema. Pero al menos es... entrañable.

—Lo sé. Y estoy orgulloso.

—No me sorprende que hagas magia sin canto. Estás completamente loco.

Nos echamos a reír, y después de guardar su "tesoro", Rudeus sacó una figura de tierra con forma de una mujer de cabello largo y sombrero puntiagudo.

—También hago esculturas mágicas. Sirve para entrenar precisión con magia de tierra.

—¿Eso es...? —La braguita de la caja se parecía peligrosamente a las que usaba la figura.

—¡Exacto! Roxy, versión 1.4.5. Aún me falta pulir el sombrero.

—Déjame intentarlo.

Concentré mi maná y formé un bloque de tierra. Intenté esculpir a Max. Terminó pareciendo un sapo con cuernos, pero tenía encanto.

—¿Ese es...?

—Max. ¿No se nota?. Una bestia reptil mágica que logré invocar en mi primer intento.

—Pensé que era un jabalí poseído.

—¡Respeta!

Ambos nos reímos de nuevo, y desde entonces, comenzamos a practicar esa forma de magia con más frecuencia. Nos retábamos a esculpir objetos, criaturas, incluso intentamos hacer versiones de nosotros mismos. Rudy siempre ganaba en detalle. Yo lo superaba en estabilidad y control. Sylphy, cuando se unía, hacía pequeñas flores y mariposas.

---

El proyecto de la interferencia mágica fue otra historia.

Al principio, era solo una teoría que yo había pensado después de observar el flujo de maná en combate: si el maná podía ser influido desde afuera, entonces también podía ser perturbado. Lo propuse como un hechizo o técnica para interrumpir conjuros enemigos antes de que se manifestaran.

—Suena... demasiado bueno para ser verdad —dijo Rudy, frotándose la barbilla como un profesor adulto—. Pero vale la pena intentarlo.

Durante una semana entera, practicamos emitir impulsos de maná hacia el conjuro del otro mientras intentaba invocar un hechizo. Fallamos muchas veces. Pero luego, empezamos a ver resultados: pequeñas desviaciones, fallos parciales, incluso interrupciones completas cuando el conjuro era de nivel bajo.

—¡Funciona! —grité, cuando logré cortar un hechizo de viento de Sylphy antes de que se formara del todo.

—Pero solo si estás cerca… y si tienes más maná o control —dijo Rudy, apuntando las observaciones en su cuaderno.

—Sí. Pero esto es solo el comienzo.

Ese descubrimiento nos emocionó como niños con un nuevo juguete. Porque éramos niños, aunque no lo pareciera.

---

Durante este mes, también conocí al padre de Sylphy: un elfo amable, con mirada afilada, piel clara y cabello verde claro. Me saludó con un leve asentimiento.

Noté un leve parecido con mamá, pero asumí que era por su sangre élfica. Todos los elfos se parecen un poco si los miras con ojos distraídos.

—Cuídenla bien —nos dijo, refiriéndose a Sylphy—. Es muy importante para nosotros.

—Lo haremos —respondimos Rudy y yo al unísono.

---

A lo largo de este mes, las dinámicas entre los tres cambiaron de forma natural. Ya no éramos “el invitado”, “el prodigio” y “la tímida”. Éramos simplemente: Alerion, Rudy y Sylphy.

—¡Oye, sin hacer trampa! —gritó Rudy cuando detuve su hechizo de fuego a medio conjuro con un pulso de maná invisible.

—No fue trampa —respondí con una sonrisa inocente—. Fue técnica refinada, teoría aplicada y magia superior.

—¡Arrogante!

—¡Celoso!

Sylphy nos miraba sin decir nada, pero se reía por lo bajo. Ella también empezaba a dominar el nuevo concepto de interferencia mágica. A veces incluso nos interrumpía a los dos sin que nos diéramos cuenta. Cada vez que lo lograba, alzaba un brazo y decía: “¡Punto para mí!”

Ninguno de los tres podía negar que se estaba divirtiendo.

---

Una de las mejores ideas que tuvimos fue combinar la escultura con precisión mágica para entrenar. Convertimos esa práctica en pequeños desafíos: una vez tratamos de esculpir nuestras propias caras. Rudeus hizo una versión tan exagerada de sí mismo que parecía un noble de opereta con mentón gigante. Yo le hice a Max, pero accidentalmente terminé creando una versión musculosa que terminó siendo aterradora. Sylphy nos ganó sin querer, al esculpir una simple flor sobre una base perfecta de piedra pulida.

—Eso fue elegante —admitió Rudy.

—¿Y eso? —dije, señalando la base pulida.

—Magia de tierra con presión lateral constante, templado con agua y vibración —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.

Sylphy parpadeó. Yo también.

—¿Eh?

—¿Eh?

—¡Lo hice sin pensar! —dijo ella, sonrojándose—. Solo imaginé cómo lo haría Rudy…

Me quedé mirándola un segundo y luego reí.

—Sylphy, eres más lista de lo que aparentas.

—¡No es cierto! —gritó tapándose las mejillas.

---

También hubo espacio para la esgrima, aunque… no fue glorioso.

Intentar enseñarles algo de mi estilo de combate fue como lanzar una espada a dos gatos dormidos. Sylphy no tenía fuerza, y Rudeus… tenía dos pies izquierdos.

—¡No me mires así! ¡Estoy acostumbrado a quedarme quieto lanzando hechizos, no a moverme como un bailarín! —se quejaba, con la espada de práctica torcida en su mano.

—La postura, Rudy. Ya te lo dije: pies separados, rodillas flexionadas, peso al frente.

—¡Me duele la espalda!

—Y a mí me duelen los ojos.

—¡Eso es abuso verbal!

—Eso es entrenamiento básico.

A pesar de todo, mejoraban. A paso lento, pero lo hacían. Lograban golpear a la altura adecuada, bloquear sin caerse y no tirarse la espada encima. Lo cual, francamente, ya era un milagro.

Zakhal nos miraba a veces desde lejos, como un viejo sabio observando una obra incompleta. Nunca intervenía, solo asentía o negaba con la cabeza. Cuando Sylphy logró hacer tres paradas seguidas contra mí sin caer, él aplaudió. Un solo aplauso. Suficiente para inflarla de orgullo durante días.

---

Y entonces llegó el anuncio que marcaría la recta final de nuestra estadía en la aldea.

Paul lo gritó desde la puerta de su casa, agitando los brazos con entusiasmo.

—¡Zenith está embarazada!

Lo primero que vimos fue a Rudeus congelado. Literalmente. Detuvo el hechizo de agua en el aire y se quedó con la boca abierta.

—¿Voy… a tener… un hermano? ¿O hermana?

Sylphy soltó un grito suave de alegría y se abrazó a Zenith cuando la vio. Yo solo sonreí y asentí.

—Felicitaciones, señora Zenith.

—Gracias, Alerion —respondió ella con una dulzura calmada—. Aunque Paul está más emocionado que yo.

—¡Tengo derecho! ¡Esto es una victoria de mi virilidad! —gritó Paul, dándose golpes en el pecho.

—No empieces —murmuró Zenith.

Ese mismo día, comimos pastel de frutas. Fue una pequeña celebración improvisada, pero se sentía como una gran victoria para todos. Rudy no dejaba de mirar el estómago de su madre como si fuera a crecer ante sus ojos. Sylphy prometió ayudar en lo que pudiera, y yo solo pensé en lo diferente que era todo esto de mi vida en Delarus.

---

Una tarde, nos sentamos los tres al borde del río, mirando el agua correr.

—Oye, Alerion —dijo Rudy, de repente—. ¿Qué te hizo querer aprender magia de nivel santo?

Me quedé en silencio un segundo, mirando la corriente. Luego respondí:

—Porque creo que todo gran cambio necesita poder. Y no el poder de destruir… sino el poder de hacer posible lo imposible.

—Eso suena como de novela —murmuró Rudy.

—Quizás lo sea.

—Yo solo quiero proteger a mi familia —agregó él, serio por un momento—. A mamá, a papá… y ahora al que viene en camino. Y a Sylphy también.

—¿Y tú, Sylphy? —pregunté.

Ella dudó un instante y luego respondió con una voz suave.

—Quiero seguir siendo fuerte… para que nadie me diga que soy rara, o me empuje, o me llame cosas feas. Y proteger a Rudy.

La miré un momento. Y sin pensarlo, sonreí.

—Entonces es un buen objetivo. Y ya lo estás logrando.

Sylphy se sonrojó y Rudy le revolvió el cabello con cariño.

—Lo estás haciendo genial, Sylphy.

Fue uno de esos momentos que no parecían importantes, pero que uno recuerda años después como un punto de inflexión.

---

Al día siguiente, Rudeus anunció que ya estaba listo para enseñarme el hechizo de nivel santo.

—Prepárate para una clase intensiva de elegancia, poder y dificultad absurda —dijo, ajustándose una capa invisible como si fuera un mago legendario.

—¿No es demasiado pronto? —preguntó Sylphy.

—Tranquila, llevo mucho tiempo preparándome para esto.

---

El cielo estaba despejado al amanecer. Caminamos hasta una colina alejada del pueblo. El suelo crujía bajo nuestros pies, seco y cubierto de pasto áspero. Paul y Zakhal iban adelante, hablando en voz baja. Rudeus, Sylphy y yo los seguíamos con entusiasmo contenido.

Al llegar a la cima, el aire era puro y fresco, con una brisa que movía nuestras capas. Desde ahí podíamos ver la aldea a lo lejos, diminuta y tranquila, ajena a la magia que estábamos por desatar.

—Aquí está bien —dijo Zakhal.

Paul asintió.

—Rudeus, cuando estés listo.

El joven mago avanzó con aire solemne—Voy a mostrarte el Cumulonimbus tradicional.— Respiró hondo, alzó una mano y comenzó a recitar:

> “Oh, espíritus de las magníficas aguas, imploro al Príncipe del Trueno. Otorga mi deseo, bendíceme con tu salvajismo y revela tu poder a este siervo insignificante. Que el temor golpee el corazón del hombre como tu martillo divino golpea el yunque, y cubre la tierra con agua. ¡Oh, lluvia! Refúndelo todo y expúlsalo en tu inundación destructora —Cumulonimbus!”

El cielo respondió.

Nubes grises aparecieron de la nada, extendiéndose con una velocidad antinatural. En segundos, el día soleado se tornó en un preludio de tormenta. Vientos húmedos nos azotaron, y un trueno rasgó el cielo. Luego cayó la lluvia, densa, poderosa, como si todo el cielo hubiera decidido volcarse sobre nosotros.

Sylphy se tapó con ambos brazos, pero Rudy rápidamente alzó una barrera de viento sobre nosotros, protegiéndonos del diluvio.

Paul silbó, maravillado. Zakhal observaba con ojos críticos, pero en silencio.

—Eso fue el canto completo —dijo Rudy, sonriendo—. Ahora voy a disiparlo.

Alzó la mano otra vez, murmuró una breve fórmula, y pequeñas corrientes de viento comenzaron a cortar las nubes oscuras. El vendaval se intensificó hacia arriba, dispersando las masas de agua. Poco a poco, la tormenta artificial se deshizo como humo disipado por el sol.

—Si agregas magia de viento al final del proceso —explicó Rudy mientras volvía junto a nosotros—, puedes forzar el colapso de las nubes rápidamente. Es útil si creas un desastre y quieres evitar una inundación.

—Muy ingenioso —comentó Zakhal, y luego me miró—. Tu turno.

Avancé al frente.

Cerré los ojos. Recordé el flujo, las palabras. Quería hacerlo bien.

Elevé la voz. Clara. Firme.

> “Oh, espíritus de las magníficas aguas, imploro al Príncipe del Trueno. Otorga mi deseo, bendíceme con tu salvajismo y revela tu poder a este siervo insignificante. Que el temor golpee el corazón del hombre como tu martillo divino golpea el yunque, y cubre la tierra con agua. ¡Oh, lluvia! Refúndelo todo y expúlsalo en tu inundación destructora —Cumulonimbus!”

El efecto fue inmediato.

El cielo rugió con violencia. Esta vez, no fueron solo nubes... sino un verdadero monstruo de tormenta, una columna ciclópea que se alzaba como un titán, cargada de relámpagos. Truenos vibraban en el aire. La lluvia cayó con más furia que antes, empujando el pasto contra el suelo. El viento ululaba, y mi barrera apenas sostenía la protección para mí y los demás.

—¡Este niño está loco! —gritó Paul, aunque sonreía.

—Hermoso control… pero el maná invertido fue una locura —dijo Rudy, riéndose.

—Hijo mío… eso fue demasiado épico —dijo Zakhal, entre serio y orgulloso.

—¿Puedes disiparlo como hizo Rudeus? —preguntó Sylphy, con ojos muy abiertos.

Asentí, e hice lo mismo. Imaginé el viento girando, cortando, empujando… y comencé a disipar el cielo. Pero, incluso con ayuda de viento, el mío tardó más. La concentración de agua era más densa.

—Definitivamente tienes una afinidad con el poder bruto —comentó Rudy—. Y una vena dramática también.

—Gracias —dije, exhalando con cansancio. Aunque, Rudy tiene más maná que yo. El debería ser capas de inundar Delarus. El pensamiento me dió escalofríos.

—Ahora hazlo sin canto —me pidió mi padre.

Tomé aire. El maná se acumuló sin palabras. Esta vez, no era un rito. Era una orden al mundo.

> ¡Cumulonimbus!

Una tormenta más pequeña apareció. Comprimida. Directa. Violenta. Pero sin caos. El cielo rugió con elegancia.

La disipé casi de inmediato con el viento.

Silencio.

—Lo hiciste —murmuró Sylphy.

Rudeus me dio una palmada en el hombro.

—Bienvenido al club.

Zakhal asintió una vez más, sus ojos serenos. Pero vi el orgullo brillando detrás.

Y yo… sentí que por fin había cruzado un umbral. La diferencia ente magia avanzada y de nivel Santo es incomparable.

---

Pasaron varios días después de aprender la magia de nivel santo.

Los progresos eran evidentes. Rudeus no dejaba de hablar sobre nuevas formas de manipular el flujo de agua, Sylphy había perfeccionado su control en los hechizos intermedios, y yo había empezado a experimentar con variantes del flujo de maná de Cumulonimbus.

Pero como todo en la vida, incluso las mejores estancias tienen un final.

—Nos iremos mañana —anunció Zakhal una mañana, mientras entrenábamos a espadas en el patio.

Rudeus se quedó quieto, con la punta de su espada de práctica rozando el suelo.

—¿Tan pronto?

—Has aprendido lo que viniste a buscar, ¿no? —respondió Zakhal sin rodeos.

—Sí… —dije, bajando el arma—. Supongo que sí.

Fue entonces que Paul, tratando de levantar el ánimo, nos invitó a una cena “especial” para celebrar nuestra estadía.

—¡Una buena comida antes del adiós! —gritó con entusiasmo—. ¡Y sin ejercicios al día siguiente!

Rudeus y Sylphy celebraron como si fuera una victoria militar.

---

La casa estaba cálida. La mesa, decorada con flores silvestres. Zenith había cocinado un estofado con setas y carne, acompañado de pan tierno y jugo de fruta fresca.

—Por nuestra convivencia —dijo Paul, levantando su copa de madera.

Todos reímos. Incluso Zakhal, con una mueca que casi parecía una sonrisa.

La conversación fluyó con naturalidad. Sylphy hablaba más de lo usual, contándonos cómo Rudy la ayudaba a leer mejor. Rudy, por su parte, insistía en que ella sería una gran maga de agua si dejaba de tartamudear al conjurar.

—¡Ya no tartamudeo! —gritó Sylphy, inflando las mejillas.

—¿Ves? Eso es progreso —dije, guiñándole un ojo.

Todo parecía perfecto… hasta que Lilia, la criada de cabello rojizo, se levantó de repente con una mano en la boca.

—Disculpen… —murmuró, saliendo apresurada de la habitación.

Zenith frunció el ceño y la siguió, preocupada. Un par de minutos después, volvió sola, con el rostro ligeramente tenso.

—Está con náuseas desde hace días. Quise usar un poco de magia de desintoxicación, pero…

—¿Pero qué? —preguntó Paul.

Zenith miró a su esposo directamente a los ojos.

—Está embarazada.

Un silencio incómodo cayó como una roca en la habitación. Rudeus dejó de masticar. Sylphy lo imitó. Yo sentí mi columna volverse de hielo.

Zakhal alzó una ceja.

Paul solo murmuró:

—…oh.

Zenith entrecerró los ojos. Sylphy desvió la mirada. Rudeus parecía estar buscando una explicación mágica en el techo. Y yo… yo simplemente me levanté con una sonrisa educada.

—Creo que… es hora de irnos. ¿Cierto, padre?

Zakhal asintió. —No es bueno molestar a una familia cuando está a punto de tener dos hijos en lugar de uno.

Paul quiso detenernos, pero no encontró palabras. Solo murmuró algo parecido a “Gracias por venir” con una voz ausente.

Rudeus me acompañó hasta la puerta.

—Gracias por todo —le dije—. Fue un mes interesante.

—Sí… —respondió, aún con la cabeza en otro planeta—. ¿Me vas a escribir?

—Claro.

Rudeus sonrió. Sylphy se despidió con un gesto tímido desde el comedor. Y así, salimos.

---

Caminamos en silencio bajo la luz de la luna. El aire era frío, pero no incómodo.

—¿Padre?

—¿Hm?

—¿Tú… tienes hijos por ahí?

Zakhal no respondió al instante. Me miró de reojo, con la sombra de una sonrisa burlona en los labios.

—Si los tengo, que no se les ocurra buscarme. No tengo herencias que repartir.

—Típico.

—Aunque con lo que me conoces… ¿qué crees tú?

Me lo pensé. Luego solté:

—La verdad… me sorprendería que no tuvieras al menos tres por ahí.

Zakhal soltó una carcajada ronca.

—Solo tres. Me subestimas.

Seguimos caminando en silencio, pero esta vez, con una ligereza diferente.

—Oye, Alerion…

—¿Sí?

—Buen trabajo. Has crecido bien.

No lo miré. Solo respondí con un “gracias” bajo. Pero por dentro, el pecho me ardía con algo parecido al orgullo.

Y así terminó nuestra estadía en Buena Village.

More Chapters