Capítulo 36
Philip y Eris se marchaban temprano, y la escena parecía sacada de una obra improvisada.
Philip, impecable como siempre, ajustaba las riendas del caballo con un gesto serio, mientras Eris se peleaba con una hebilla que se negaba a cerrar.
—¿De verdad no puedes quedarte un día más? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Negocios —respondió Philip, sin levantar la vista—. Pero la próxima vez que vengamos, Eris quiere aprender magia de fuego de rango santo.
Lo dijo como quien anuncia un eclipse, o una sequía.
—Exacto —añadió Eris, cruzando los brazos y alzando la barbilla—. Nada de “te enseño un hechizo bonito”, quiero Fuego Santo. Grande. Ruidoso. Con riesgo de quemar cejas.
—Perfecto —dije, con una solemnidad que habría enorgullecido a cualquier caballero—. Pero tendrás que entrenar tus defensas contra explosiones accidentales.
Eris sonrió, y Ghislaine le dio una palmada en el hombro… bueno, más bien una embestida calculada que casi la empuja fuera del establo.
—Nos vemos, Alerion —dijo Ghislaine, como si fuera a cruzar la calle y no a desaparecer quién sabe por cuánto tiempo.
No hubo discursos largos, ni despedidas dramáticas. Philip montó, Eris subió detrás con una facilidad que no coincidía con su tamaño, y Ghislaine tomó las riendas de su caballo. El trío se alejó por el camino de piedra.
El eco se llevó la risa de Eris, y me quedé un momento mirando el polvo del camino. No porque estuviera triste… sino porque con ella cerca, todo se volvía más ruidoso, más impredecible, y un poquito más divertido.
Pero el día apenas comenzaba, y yo tenía otro destino en mente.
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La sede del gremio de aventureros en Delarus no era tan impresionante.
No había puertas de acero, ni antorchas ardiendo, ni bardos cantando hazañas.
Había un portón doble de madera maciza, con marcas de arañazos y un par de manchas que no quería investigar, y un tablón enorme cubierto de papeles arrugados: las misiones.
Entré, y el ruido fue lo primero que me golpeó.
Conversaciones cruzadas, vasos chocando, el sonido metálico de alguien afilando un arma… y una risotada que venía de una mesa donde dos aventureros discutían sobre si un basilisco sabía más a pollo o a pescado.
Me acerqué al mostrador, donde un recepcionista de mediana edad me miró con la ceja arqueada.
—¿Qué se te ofrece, muchacho?
—Quiero registrarme como aventurero.
El hombre me estudió un segundo, como si buscara señales de que estaba bromeando, y luego sacó un formulario.
—Nombre, edad, habilidades principales y si tienes experiencia previa.
Llené todo, evitando poner "experiencia: Incendios premeditados".
El proceso fue rápido: me explicó que el gremio clasificaba a sus miembros por rangos, de F a S, siendo F el más bajo. Como novato, empezaría en F, y tendría que completar misiones para subir de rango. Las misiones variaban desde tareas simples como entregar cartas o recolectar hierbas, hasta cacerías de monstruos peligrosos y escoltas en territorio hostil.
—Rango F —dijo, entregándome una placa de bronce con mi nombre—. Si pierdes esto, te costará dinero reemplazarla, así que cuídala.
La placa estaba fría y pesaba lo justo para sentir que, oficialmente, ya no era solo el “pequeño jefe” de la ciudad.
Mientras hablaba, noté que algunos aventureros me miraban. Un par murmuraban y uno me saludó con la mano.
—Oye, ¿no eres el hijo del jefe de la guardia? —preguntó un hombre corpulento con armadura ligera.
—Sí, pero ahora soy aventurero —respondí con seriedad—. Oficialmente, solo seré guardia los fines de semana.
Se oyó una carcajada general. Uno murmuró algo como “el jefe part-time” y otro levantó su jarra como brindando.
Mis primeras misiones fueron casi insultantes para alguien con mi nivel de magia y esgrima:
1. Entregar un paquete a la otra punta de la ciudad.
2. Recuperar una gata que se había escapado (me arañó).
3. Ayudar a mover barriles en una taberna.
No eran épicas… pero me dieron monedas y experiencia en no prender fuego a nada por aburrimiento.
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Por las tardes seguía mi rutina: práctica de esgrima, magia y, últimamente, experimentos con el hechizo de salto.
La telequinesis iba bien: podía mover objetos pequeños y medianos con precisión.
Pero el salto… bueno, digamos que si enviaba una manzana, a veces desaparecía por completo y otras volvía sin la mitad. Todavía no sabía si eso era un avance o un peligro.
Pelusa, mientras tanto, estaba engordando otra vez.
Así que decidí sacarlo a correr por la ciudad.
La gente lo miraba como si fuera un monstruo legendario suelto, pero en cuanto veían que trotaba junto a mí, suspiraban aliviados.
Bueno, todos menos un vendedor de empanadas que juraba que Pelusa le robó una… y no pude confirmarlo, porque Pelusa siempre olía a masa horneada.
Un día, Mela me entregó un pequeño montón de cartas.
Eran invitaciones: dos para fiestas de comerciantes, una para un torneo amistoso… y una con sello dorado.
Familia Notos.
Invitación al cumpleaños de su segundo hijo: Luke.
El nombre me sonaba… y no precisamente por buenas razones.
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La carta de los Notos pesaba como si dentro hubiera otro sobre invitando a meter la pata. El sello dorado con el halcón desplegado brillaba incluso con la luz perezosa de la tarde. Rompí la cera con el pulgar (intimidar sobres es gratis) y leí de corrido:
> “Estimado joven Alerion Zakhal Dragonroad:
La familia Notos Greyrat se complace en invitarle al natalicio de nuestro segundo hijo, Luke…”
Fechas, hora, protocolo, “presentes apropiados”. Presentes apropiados… me encanta cómo la nobleza puede decir “no vengas con las manos vacías” y que suene como una bendición papal.
—¿Problemas? —preguntó Mela, sin dejar de plegar manteles como si fueran mapas.
—Depende. Si defino problema como “lugar donde hay demasiadas sonrisas por metro cuadrado”, entonces sí.
Le mostré el emblema. Mela soltó un “ja” tan pequeño que dudé si lo soñé.
—Ropa decente —dictaminó—. Y nada de trucos raros. Si haces desaparecer el postre de nuevo, me voy.
—Ni que fuera a… —me callé. Sí sería capaz.
Guardé la invitación con el resto de cartas y me quedé un rato mirando el borde del sobre. “Luke Notos”. El nombre pesaba en el futuro del reino como una ficha colocada a propósito en un tablero que yo todavía estoy aprendiendo a leer. No lo conozco, pero ya puedo oír dos coros: los que lo llaman promesa y los que lo llaman problema. En ambos casos, peligro si te quedas cerca cuando pase algo.
Fui al patio a despejar la cabeza. Max dormía en mi silla como si le hubieran pagado por usurparla; Pelusa, hecha una montaña negra, respiraba hondo, dueña del sol que caía sobre su lomo. Le rasqué detrás de la oreja y me respondió con un ronroneo grave que hizo vibrar los cubiertos en la mesa.
—¿Sabes algo de los Notos? —le pregunté, por preguntar.
Pelusa me miró con ojos dorados de juez. Traducción: si no sangra ni corre, me aburre.
Apareció mi madre en el marco de la puerta, aún con la trenza alta de patrulla.
—¿Cartas? —dijo, sin adornos.
—Una interesante —levanté el sobre—. Notos. Cumpleaños de un tal Luke.
Aelinne no pestañeó. Ese es su equivalente a fruncir el ceño.
—Iré si tú vas —dijo al cabo de un segundo—. No me gusta la idea de que Roderick te vea sentado en su mesa como pieza de otros. Pero tampoco me gusta la idea de que parezca que le temes.
—¿Entonces…?
—Entonces eliges tú y yo hago que parezca que fue idea mía.
Sonreí.
—Y yo haré que parezca que fue idea de papá.
—Imposible —respondió, seca—. La gente ya cree que todas las malas ideas son de tu padre.
Entró Zakhal con olor a cuero y metal viejo, como siempre que vuelve del mercado negro de… “oportunidades”.
—Ah, la carta gorda —dijo, con un vistazo que ya había pesado el papel—. Cuidado con esa, hijo. La familia que menos necesita amigos es la que más te llamará amigo.
—¿Vamos? ¿No vamos?
Papá se encogió de hombros.
—Políticamente, ir es una manera de medir la temperatura del agua sin meter el cuerpo entero. Socialmente, es exponerte a ver a toda clase de gente que piensa que puede comprarte con vino, promesas y sonrisas. Logísticamente, es una fiesta. Habrá pastel.
—No dijo “no” —apunté.
—No dije “sí”. Dije “pastel”. No confundas prioridades.
Mela apareció de nuevo, como invocada por la palabra pastel aunque sé que odia el azúcar.
—Necesitas traje —resumió—. No tu capa gris ni tu camisa de “no arde si me caigo”. Traje de noble educado con buenos modales fingidos.
—¿Y si voy de aventurero? —probé.
—Entonces finjo que no te conozco.
Acepté la derrota. Mela ya tenía cinta de medir. Me rodeó la cintura y el pecho como si estuviera midiendo madera para un ataúd. A cada movimiento murmuraba: “Creciste”, “No comiste”, “Esto no lo rellena ni la magia”.
—Oye —protesté—, tengo músculos.
—Tienes magia —corrigió—. Diferente unidad.
Max saltó a mi hombro, curioso por la cinta. Mela midió también a Max por costumbre. Él se pavoneó como si le estuvieran tomando medidas para su coronación.
—No necesita traje —dije.
—No lo haría igual —replicó Mela—. Lo prefiero desnudo que con un moño.
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Me llevé la carta al cuarto y abrí mi cuaderno de proyectos. Página nueva:
> “Fiesta Notos — hipótesis
1. Intención: ver en qué liga juego.
2. Evaluar relación Roderick ↔ Notos.
3. Detectar si mi nombre suena en la conversación más de lo sano.
4. Llevar regalo apropiado que no sea soborno ni insulto.
5. No prender nada fuego (posible).”
¿Qué regalar? Ahí estaba el primer escollo. El “niño” Luke. ¿Un arma? Provocación. ¿Un libro? Depende del libro. ¿Algo mágico? Demasiado mensaje. ¿Algo inútil? Peor.
Toqué el núcleo del Rugidor de Obsidiana de Eris. Perfecto para mí, pésimo para regalar. Pensé en la daga lunar de Rauven; te mira la noche, no pregona violencia… Interesante. Pero ya es mía. No la suelto.
Bajé al taller pequeño donde guardamos cachivaches. Me senté entre herramientas, polvo y luz oblicua, y abrí la botellita de Syrrash para oler el aire: hierba seca, madera, un poco de aceite… y algo dulce de la cocina. Cero veneno. ¿Mentiras? Olía a casa. La cerré y pensé en Luke. ¿Qué le regala uno a un niño noble que, con bastante certeza, aprenderá a caminar entre cuchillos?
Tal vez un mapa. No el de Thrain. Uno mío. Un mapa de Delarus y alrededores con notas de caminos seguros, posadas honestas, atajos, puntos donde la lluvia te pega menos. Un regalo neutral, útil, y que dice: “No te estoy comprando, te estoy dando una herramienta”. Empecé a bosquejar rutas; mi mano se movía sola. Donde otros ven piedras yo veo flechas: por aquí sí, por allá corta. Me entretuve marcando “panaderos que no suben el precio cuando te ven con capa” (importante), “guardias que dejan pasar tarde si eres amable” (más importante), “árbol favorito para pensar” (muy importante).
Escuché las pisadas de mi madre detrás de mí.
—¿Qué haces?
—Un mapa. Regalo para el cumple de Luke.
—Práctico —asintió—. Sin mensaje agresivo. Bien.
Se quedó un segundo mirando mis líneas.
—¿Y ese árbol? —preguntó, señalando una cruz con el comentario "buen viento en otoño".
—Punto de referencia —respondí—. Y también buen lugar para comer si alguien se pierde ahí.
Max, que estaba observando desde la mesa, saltó encima del papel y dejó una huella de pata en una esquina.
—Decoración oficial —dije, encogiéndome de hombros.
Mela, que pasaba por el pasillo, se detuvo al vernos.
—¿Eso es… un mapa con trampas? —preguntó, entornando los ojos.
—No. — Respondí inmediatamente.
—…Lo voy a revisar antes de que lo envíen —dijo, y siguió su camino.
