Capítulo 33
Delarus cabe entera en mis ojos cuando me subo al torreón norte. El viento te muerde las orejas, las tejas parecen escamas, y la ciudad entera respira como un animal grande y manso. Max estaba allá abajo, en la plaza: un puntito gris con seis ojos que, cuando nadie lo ve, camina como si tuviera capa.
Cerré los párpados y llamé su atención con un filito de maná, apenas un roce.
—Max, ¿me prestas ojos?
La respuesta me golpeó como abrir una ventana de golpe: la plaza dentro de mi cabeza, el pregón de una frutera, unas monedas tintineando, la sombra de una nube atravesando los puestos. A la vez, sentía mi frente helada por el viento del torreón. Dos escenas superpuestas, como si el mundo insistiera en ser dos mundos al mismo tiempo.
Apagué el vínculo. Volví a encenderlo. Lo repetí diez, veinte veces: ¡click! visión mía, ¡click! visión de Max. Sin retardo. Sin distancia. Instantáneo mientras él estuviera “dentro” de Delarus. Probé desde las almenas, desde el patio, desde un callejón. Lo mismo.
“Está… pegado a mí”, pensé.
Abrí los ojos de maná. Busqué el hilo que nos unía. Lo vi: una hebra tenuísima, como una fibra de luz pálida que no atravesaba el aire, sino que… se doblaba. No serpenteaba entre tejados y chimeneas; salía de mí, desaparecía y reaparecía en Max como si el espacio entre ambos hubiera sido pateado bajo la alfombra.
Tragué saliva.
Si el maná no “camina” hasta Max, sino que lo toca ignorando el camino… entonces el camino no es una regla, es una costumbre.
Me quedé muy quieto, escuchando mi propio corazón. La idea llegó sola, ingenua y grandiosa:
Si el maná puede, ¿por qué no el cuerpo?
Bajé del torreón corriendo.
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—Eso no existe —dijo mamá.
No se había sentado. Aelinne piensa mejor de pie, con la espalda recta y las manos cruzadas detrás. Su sombra se estiraba en el suelo como una lanza.
—No exactamente —matizó papá, rascándose la barba—. He oído historias. En la guerra humano–demonio, los señores de ambos bandos hablaban de traslados instantáneos, pero… nadie vivo que yo conozca los ha visto de cerca. Y cuando digo “nadie”, me incluyo.
Volví a poner sobre la mesa mi “locura”: el hilo de maná que se dobla, la visión que se enciende como un farol sin distancia, la sensación de que el flujo no viaja: aparece.
—No es magia de viento, ni truco de espejos —insistí—. Es otra cosa. Espacial. Como si hubiera una capa escondida, un plano superpuesto, y el maná decide vivir ahí durante un instante.
Mamá no parpadeó.
—No sé de eso —admitió con honestidad brutal—. Puedo cortar una flecha en el aire, pero si me hablas de capas del mundo te diré “no sé”. Lo que sí sé es esto: si esas técnicas existieron, no están en los libros que cualquiera puede leer.
—Porque los que lo intentaron volvieron sin cabeza —propuso papá, medio en broma, medio en serio.
—O no volvieron —completó mamá.
Me apreté las manos para que dejaran de temblar. No de miedo; de hambre. Un hambre limpia, como antes de un examen que estuviste esperando meses.
—No pienso empezar con portales gigantes ni nada así —dije—. Quiero una versión mínima. Parpadeo: dos, tres metros. Un suspiro de espacio. Un paso que no se pisa.
—Mucha palabra bonita —cortó mamá—. ¿Qué necesitas?
—Teoría —respondí sin pensar—. Historias, rumores, restos de lo que haya. Todo lo que puedan recordar o conseguir sobre traslados. Y una promesa.
—¿Cuál? —preguntó papá.
—Que si digo “basta”, paramos. Que si digo “me pierdo”, me anclan.
Mamá me miró largo, esos ojos verdes que te escanean la espalda.
—He visto hombres perderse en pasillos rectos —dijo—. Te anclaremos. Pero escucha: tu cuerpo no es maná. Si tuerces la ruta y tu mano aparece donde debía ir tu codo, no hay canto que lo arregle.
—Lo sé.
—No —replicó—. Créelo.
Asentí.
Papá chasqueó la lengua.
—Voy a mover algunos contactos. Viejos aventureros, un abate con biblioteca privada, uno que juraba haber caminado por “puertas de bruma”. Vete a la biblioteca de la ciudad, pregunta por tablillas, no por libros. Lo más antiguo rara vez tiene tapa bonita.
Mamá se acercó por fin. Me puso una sola mano en el hombro; su gesto de “abrazo” siempre fue económico.
—Eres bueno porque piensas. Serás grande si sabes parar.
—Lo haré.
—Bien —cerró—. Que Mela te prepare algo de comer. Tu cabeza suena como una espada afilándose y eso drena el estómago.
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Los días siguientes fueron un carnaval silencioso entre estanterías polvorientas, archivos que olían a aceite rancio y gente que hablaba bajito como si los secretos fueran animales asustadizos. Descubrí rápido que la palabra “teletransporte” no existía. Lo llamaban de muchas maneras: salto, puerta, salto-sombra, brinco de bruma. Casi todo eran relatos: “mi abuelo decía”, “el capitán contaba”, “un demonio con máscara apareció dentro del muro”.
Nada útil. Pero el humo a veces delata el fuego.
Una tablilla rota, de piedra pálida, mencionaba “círculos de salto” usados por hechiceros demoníacos para mover tropas entre colinas. Otra, una copia barata de un manuscrito, hablaba de “puertas gemelas” talladas con la misma secuencia de trazos “para atar dos orillas del mismo río”. Ni una sola secuencia completa. Ni un dibujo que no fuera un garabato ebrio.
Volvía a casa con las manos vacías y la cabeza llena.
En las noches me subía otra vez al torreón con Max rondando, y repetía el juego cruel del ¡click! visión mía, ¡click! visión de Max. Abría los ojos de maná y contemplaba el hilo. Aprendí a tensarlo con intención. Cuando lo tensaba, la sensación de distancia se diluía todavía más. Cuando lo dejaba flojo, el mundo volvía a sentirse ancho.
Escribí en un cuaderno:
> “1) El maná no cruza: coincide.
2) La coincidencia se fabrica con intención + secuencia.
3) Parpadeo = fabricar coincidencia entre A y A’ sin perder el A original.”
Debajo, otra línea:
> “Necesito un ancla: algo ‘mío’ en el punto B que me llame.”
Bajo esa idea dibujé a Max, feo y con seis ojos que parecían siete.
—No eres un ancla —le dije—. Eres un amigo. Y si fallo, no quiero llevarte conmigo al fallo.
Max bostezó como diciendo “drama”.
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—Estás más flaco —diagnosticó Mela, dejándome un cuenco de sopa humeante.
—Estoy pensando.
—Pensar gasta. Come.
Mamá entró detrás con su andar sin adornos.
—¿Encontraste algo más que humo?
—Cenizas —admití—. Pero calientes.
Papá llegó tarde esa noche, con capa húmeda y olor a herrumbre.
—Viejas voces —dijo, sentándose—. Un enano que jura haber visto a un mago demonio atravesar un pilar. Un sacerdote que dice que las “puertas” son pecado porque “roban tramo al camino que los dioses nos dan”. Y un cartógrafo que cobró por un mapa de “líneas cortas” que no muestra nada más que líneas sin sentido.
—¿Útil? —preguntó mamá.
—Útil para saber que existe el rumor —respondió—. Lo demás, para un poeta.
Me acometió de pronto una urgencia de hacer. No de pensar. De tocar. Pedí permiso con la mirada.
—No hoy —cortó mamá.
—Quiero intentar un ensayo mínimo: mover un objeto una pulgada. No yo; un objeto.
Papá se frotó la nuca.
—Una pulgada no te mata. Una pulgada te miente: te hace creer que dominas algo que todavía no sabes nombrar.
—Lo sé. Por eso una pulgada, no dos.
Mamá sopló el vapor de su taza.
—Hazlo mañana, a plena luz, con nosotros mirando. Y con límites. Si algo desaparece, paramos un mes. Si algo aparece cortado, paramos dos.
—De acuerdo.
—Y nada de probar con animales —añadió sin mirarme, pero mirando a Max.
—Jamás.
Max bufó teatralmente. Pelusa, desde su rincón, abrió un ojo dorado como diciendo “si explota, me voy”.
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Esa noche regresé al torreón una última vez. Delarus era un brasero de luces. Apagué mis ojos y me encendí por dentro. Busqué el hilo. Tensé. Solté. Tensé otra vez. Lo imaginé no como un cordel, sino como una bisagra: dos tablillas que se tocan por un borde. Si ponía mi intención en la bisagra, las tablillas se superponían.
“Ancla”, escribí en el aire con el dedo. “Destino”. “A y A’ ”.
Pensé en el lugar exacto de la almena donde apoyaba siempre el pie. Lo delineé con maná. Lo marqué como si le hubiera tatuado mi nombre.
“Si logro un parpadeo entre el aquí y el aquí-adelante, un paso ético… entonces tal vez, algún día, entre Delarus y lo que no tiene nombre.”
El viento heló mis manos. Volví a casa. Mamá había dejado una manta sobre la silla donde siempre me quedo dormido. El gesto torpe y perfecto de alguien que te adora y no sabe decirlo más veces.
Me acosté con el rumor del hilo en la cabeza. Antes de dormirme, abrí y cerré la visión con Max una última vez.
¡click! yo.
¡click! él.
¡click! nosotros.
Y supe, con esa certeza sin pruebas que a veces tienen los niños y los locos, que el parpadeo existe. Que no sé cómo todavía, ni cuándo podré usarlo sin romperme, pero está ahí. Como una puerta que la casa ha tenido siempre, tapada con un armario pesado.
Mañana, prometí en silencio. Mañana no seré una historia de taberna. Mañana escribiré una línea que no estaba en ningún libro.
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La mañana siguiente amaneció limpia, sin una nube. En el patio trasero, mamá había despejado un espacio como si fuera un campo de ejecución. Zakhal observaba con los brazos cruzados, y Mela, de pie junto a la puerta, parecía un juez silencioso. Max estaba sentado sobre el muro, balanceando la cola como si esperara un espectáculo; Pelusa, tumbada a la sombra, abría y cerraba los ojos dorados, atenta pero sin moverse. La tensión podia sentirse.
—¿Listo? —preguntó mamá.
—Sí.
Saqué una moneda de cobre de mi bolsillo. La coloqué sobre la palma y respiré hondo. El hilo de maná apareció en mi mente con la nitidez de un cuchillo recién afilado.
—Recuerda —dijo Zakhal—: una pulgada. Nada más.
Cerré los párpados. Tensé el flujo. Lo imaginé saltando… no caminando, sino apareciendo un palmo más allá, en el aire. El maná zumbó en mis venas.
Hubo un destello. La moneda desapareció.
—¿…y? —murmuró mamá.
Miré al suelo. A unos tres cuartos de metro de mí, la moneda brillaba sobre la tierra. Me agaché para recogerla… y sentí un escalofrío. Faltaba un trozo, como si un mordisco perfecto le hubiera arrancado un cuarto de su borde.
—Esto —dijo mamá, examinando la pieza sin cambiar el gesto— es lo que pasa cuando juegas con cosas que no entiendes del todo.
—Al menos apareció entera en un 75 % —intenté bromear.
Mela chasqueó la lengua.
—No hay cuarto de moneda que valga la pena perder un brazo.
Max soltó un bufido y Pelusa gruñó bajo, como si diera la razón.
Zakhal me puso una mano en el hombro.
—Es un comienzo, pero confirma lo que te dije: la distancia corta engaña. Hoy tuviste suerte. Mañana, más cuidado.
Mamá guardó la moneda en su bolsillo como si fuera una evidencia.
—Un mes sin repetirlo. Lo practicarás primero con proyecciones de maná, no con materia real.
Asentí. No valía la pena discutir.
Es cierto que me emocioné demaciado. Esta posibilidad de transporte instantáneo me deslumbró, no es como nada que conozca en este mundo. Parece que sigo teniendo este mal hábito.
