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Chapter 35 - capítulo 35

Capítulo 35

Punto de vista Eris:

Esta mañana, mientras estaba desayunando el cuarto pan del día, Philip dijo:

—Solo nos quedaremos otra noche.

Yo casi me atraganto. ¿Otra noche? ¡Apenas había empezado a adaptarme a esta ciudad!, Todavía no había explorado todas las calles, ni probado todos los pasteles, ni entrenado lo suficiente para derrotar al perro enorme que vive con Alerion (Pelusa, creo que se llama… pero me da la impresión de que podría comerme entera).

Entonces Alerion apareció con un traje de guardia. Uno de esos con hombreras, capa corta y cinturón, todo serio. Lo sostuvo como si estuviera a punto de darme la espada legendaria que decide guerras.

—Eris, hoy necesito tu ayuda para proteger la seguridad de esta ciudad.

Sentí que el corazón me daba un salto. ¿Proteger? ¿La ciudad? ¿De qué? ¿Bandidos? ¿Espías? ¿Monstruos que se esconden en las alcantarillas? ¡Acepté antes de que pudiera cambiar de idea!

El traje me quedaba grande, pero eso no importaba. ¿Quién necesita mangas a la medida cuando tienes actitud? El cinturón se me caía, así que Alerion tuvo que darle dos vueltas. Me miré en el reflejo de una ventana y decidí que, aunque parecía una niña que se había colado en el armario de su padre… también parecía la comandante más joven de la historia de la guardia.

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Misión: Patrulla 001 – Operación Pan y Gloria

Primer caso:

Caminábamos por la plaza cuando vi un puesto de pescado. El viejo que lo atendía tenía esa mirada sospechosa de alguien que sabe demasiado. Y los pescados… estaban ahí, inmóviles.

—Ese pescado está tramando algo —le dije a Alerion.

—Es pescado.

—Exacto. Está fingiendo estar muerto para que lo compremos.

El pescador me miró raro. Yo también lo miré raro. Alerion me arrastró suavemente y seguimos… pero no quité la vista de ese puesto. Sé que hay algo ahí.

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Segundo caso:

Una anciana cruzaba la calle muy despacio. Peligroso. Si un carruaje aparecía, no podría esquivarlo. Actué sin pensar: la levanté en brazos.

—¡Tranquila, ciudadana! ¡Está bajo mi protección!

No sé por qué gritó. Tal vez de emoción. Alerion me alcanzó y la dejamos en la otra acera. Me agradeció con dos manzanas que… bueno… quizá estaban en su canasta, pero igual las acepté como pago por el servicio.

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Tercer caso:

Pasamos frente a una taberna. Dos hombres discutían. No había armas, pero la tensión se podía cortar con cuchillo. Entré y declaré:

—¡Por orden del alto mando de la paz, quedan arrestados!

—¿Qué alto mando? —preguntó uno.

No tenía idea, pero sonaba oficial. Entonces Alerion apareció y dijo que era un entrenamiento de guardia juvenil. ¡Me arruinó la operación! Aunque… admito que se veía convincente.

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Cuarto caso:

Un perro empezó a seguirnos. Tenía cara de espía enemigo. Yo lo dije, Alerion dijo que solo quería pan. Terminamos dándole medio bollo y lo nombré “Agente Manteca”. Nos miró como si quisiéramos traicionarlo cuando nos fuimos. Lo respeto.

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La patrulla siguió con más inspecciones: miré dentro de barriles (vacíos, por desgracia), me aseguré de que las farolas no estuvieran poseídas (no lo estaban… creo) y toqué todas las puertas para confirmar que las cerraduras funcionaban. Algunos vecinos me miraron mal, pero es normal: el trabajo de un héroe no siempre es comprendido.

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Al final de la mañana nos sentamos en un banco con unos panecillos.

—Misión cumplida —dije.

—¿Cuál era la misión? —preguntó Alerion.

—Proteger la ciudad y conseguir pan gratis.

—No era gratis.

—Shhh.

Me sentí satisfecha. Puede que no hubiera arrestado a nadie… pero ningún villano había osado atacar mientras yo patrullaba. Claramente, mi reputación ya estaba funcionando.

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Punto de vista Alerion:

La mañana terminó con Eris masticando un panecillo como si hubiera salvado el mundo y estuviera recibiendo su recompensa.

No me molesté en corregirla. No porque tuviera razón —en realidad, nuestra “patrulla” no había pasado de ser un paseo con incidentes menores— sino porque verla tan metida en su papel de heroína improvisada me recordaba algo.

En mi vida anterior, aunque fuera un adulto, siempre tuve ese lado juguetón que rara vez podía mostrar. Y Eris… lo saca sin esfuerzo. Su energía arrastra, incluso cuando la misión consiste en salvar a una anciana que no pidió ser cargada en brazos o arrestar pescados por conspiración.

Por eso aprecio su amistad. Porque cuando está cerca, el mundo parece menos cohibido y más… divertido.

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Esa tarde, después de comer, Eris me lanzó la propuesta más peligrosa del día:

—Competencia de magia de fuego.

No era una sugerencia.

—Dentro de la ciudad, no —le respondí, con la imagen mental de media calle ardiendo.

Justo en ese momento, Aelinne apareció como si hubiera escuchado todo.

—Fuera. Ahora —dijo, señalando la puerta. Ni siquiera esperó respuesta.

Nos echó del distrito como quien saca a dos gatos con antorchas de una biblioteca. Ghislaine, que había estado bebiendo tranquilamente, se levantó y nos siguió sin decir nada.

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El campo abierto nos recibió con aire frío y pasto que se movía en ondas. Perfecto para no quemar nada… o al menos para que nadie se quejara si lo hacíamos.

Eris dio el primer paso. Su bola de fuego salió rugiendo, levantando un olor intenso a pasto quemado. Yo respondí con una ráfaga más controlada, buscando precisión más que tamaño.

—¿Eso es todo? —me gritó.

Acepté el reto.

Lo que siguió fue una lluvia alternada de proyectiles ardientes, ráfagas de calor y pequeñas explosiones que hacían vibrar el aire. Ghislaine, impasible, se mantenía detrás con los brazos cruzados. Solo se movió una vez, para cortar en dos una bola de fuego que iba directa hacia un árbol.

En algún momento, Eris me lanzó una de sus sonrisas amplias, esas que anuncian que va a hacer algo imprudente. El aire chisporroteó a su alrededor y una llama densa, casi blanca en el centro, nació en su palma.

—A que no igualas esto.

—No es una competencia… —pero sí lo era.

Respondí con mi mejor conjuro de fusión de llamas, concentrando el calor en una espiral que cortó el viento con un silbido agudo. Cuando ambas explosiones chocaron, la onda expansiva nos lanzó un par de pasos hacia atrás. Eris se rió. Yo también.

Ghislaine se acercó, mirándonos a los dos.

—Aceptable —dictó, con la misma voz que podría usar para evaluar una espada o una pelea a muerte.

De vuelta hacia la ciudad, Eris caminaba como si hubiera ganado, y yo no le corregí. Al fin y al cabo, para ella todo era una misión cumplida. Para mí… había sido otra tarde en la que recordé lo fácil que es disfrutar el momento cuando tienes a alguien que no teme vivirlo al máximo.

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Punto de vista Zakhal:

La sala de reuniones estaba en silencio, salvo por el leve crujir de la leña en la chimenea. Philip se sentó frente a mí, espalda recta, manos entrelazadas.

No había venido a perder el tiempo.

—Mañana por la tarde nos iremos —dijo, sin rodeos—. Tengo asuntos que no pueden esperar.

Asentí, esperando el resto.

—He pensado en… cooperación —continuó, con esa palabra que, en boca de un noble, nunca significa exactamente lo que parece.

Me quedé quieto, midiendo su tono.

—¿De qué tipo?

—Quiero derrocar a mi hermano —soltó, sin pestañear—. Él es el actual jefe de la familia Boreas, y su liderazgo está arrastrando nuestro nombre a la ruina.

No era la primera vez que escuchaba a un aristócrata hablar así de su propia sangre, pero sí la primera que lo hacía con una serenidad que parecía estudiada.

—¿Y por qué vendrías a mí? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.

—Porque sabes moverte fuera de las cadenas de la corte —replicó—. Y porque tienes recursos y contactos que él no puede rastrear.

Philip se inclinó hacia adelante.

—La situación en el Reino es tensa. Los Notos —sí, los del norte, los mismos que mueven hilos desde hace décadas— tienen la atención de Roderick, el señor de esta ciudad. Y los Notos no olvidan ofensas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ofensa?

—Alerion —respondió, como si fuera obvio—. Tu hijo es cercano a los Boreas, y eso, a instigación de los Notos, podría bastar para que Roderick considere medidas contra tu familia.

Me apoyé en el respaldo, observando la llama de la chimenea. Philip hablaba de política como quien recita una receta: precisa, medida, con ingredientes que no siempre menciona.

—Así que tu “cooperación” es que yo te ayude a limpiar tu casa, y a cambio tú…

—Te aseguras de que Roderick no se vuelva un problema —terminó por mí.

Lo miré un momento más. Sabía que sus palabras eran ciertas, pero también que me estaba entregando solo la mitad de la historia. Con Philip Boreas Greyrat, siempre hay otra mitad.

—Lo pensaré —dije, dejando que la frase quedara flotando.

Philip sonrió apenas, lo suficiente para que pareciera una cortesía y no una victoria.

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