Capítulo 29 – Parte 1
Punto de vista: Rudeus Greyrat
El sol de la tarde caía suave sobre las colinas, tiñendo el pasto de un dorado cálido mientras Sylphy y yo caminábamos de regreso a casa. Tenía un poco de polvo en los pantalones por una caída tonta —culpa mía por distraerme viendo cómo ella lanzaba un hechizo sin cantos más rápido que yo. Estaba mejorando mucho.
—¡Buen trabajo hoy, Sylphy! —le dije, sonriendo mientras ella bajaba la mirada, sonrojada pero feliz.
—G-Gracias, Rudy…
A veces me preguntaba si notaba lo linda que era cuando sonreía. Una chica lista, educada, con buena aptitud mágica y además buena compañía… estaba seguro de que sería una excelente esposa si seguía educándola correctamente. Aunque claro, todavía éramos niños, pero uno debe tener visión a futuro. O eso me había dicho papá.
Llegamos a casa y, como siempre, lo primero que hice fue buscar el olor de las galletas recién horneadas. Pero en lugar de eso, escuché un ruido en el patio trasero. Espadas chocando. Gritos cortos. Movimientos rápidos.
—¿Hm?
Sylphy se asomó tímidamente detrás de mí cuando bordeamos la casa. Me detuve en seco.
—¿Papá…?
En el patio, Paul estaba peleando… no, entrenando con un hombre alto, de cabello gris platino atado en una coleta. Sus movimientos eran veloces, limpios, pero lo sorprendente era que mi padre, a pesar de todo, no lo estaba dominando. Cada vez que atacaba, el otro bloqueaba con precisión y contraatacaba con fuerza.
—Ese tipo… es fuerte —murmuré.
Pero lo que me dejó sin palabras fue lo que pasó después. Un chico de aproximadamente mi edad —bueno, un poco más alto… tal vez de unos nueve o diez años— se acercó al combate sin decir una palabra. Su cabello era raro: gris plateado con mechones verdes, y en sus ojos brillaba una calma que parecía no pertenecerle a un niño. Su expresión era seria, pero sin tensión, como si analizara todo con tranquilidad.
El chico alzó su espada. Paul retrocedió, dándole espacio.
—¿Papá va a entrenar contra él…? —pregunté en voz baja, sin creerlo.
Y entonces comenzó.
El niño bloqueó uno de los ataques de mi padre. No con torpeza, sino con técnica. Paul presionó con fuerza, y el chico desvió la espada como si lo hubiera hecho mil veces. Los movimientos eran impecables, como un espadachín entrenado desde pequeño. No usaba fuerza bruta. Usaba control. Técnica. Precisión.
Pero había algo más.
—¿Qué fue eso? —me susurré a mí mismo.
En un instante, justo cuando Paul aceleró y lanzó una combinación rápida de ataques de los tres estilos —¡yo los conocía bien!—, el niño pareció… igualar su fuerza por un instante. Como si su cuerpo ganara masa de golpe, o su maná se concentrara en sus músculos de forma extraña.
Sylphy se aferró a mi brazo, sorprendida.
—R-Rudy… ¿viste eso?
Asentí. Mi corazón latía rápido. Nunca había visto a otro niño como él. No aquí, no en este pueblo perdido.
El entrenamiento duró unos minutos más hasta que Paul retrocedió, sudando.
—¡Buen trabajo, Alerion! —dijo mi padre.
Alerion… ese era su nombre.
Yo solo pude tragar saliva.
Capítulo 29 – Parte 2
Punto de vista: Alerion Zakhal Dragonroad
Después del combate de práctica, limpié el sudor de mi frente con el dorso de la mano. Papá me dio una palmada en el hombro con una sonrisa.
—Nada mal. Estás bloqueando los ataques de Paul con más confianza que antes.
—Estoy usando la técnica que entrené con mamá. Pero en mi estado actual para que funcione correctamente necesito combinarla con refuerzos de maná.
Papá soltó una risita y se encogió de hombros.
Fue entonces que los vi.
Un niño de cabello castaño claro y una niña con cabello verde entraron por el portón del patio. Ambos nos miraban con curiosidad. El niño tenía unos ojos inteligentes, alerta, con una expresión entre sorprendida y analítica. La niña, en cambio, parecía esconderse detrás de él con timidez.
—Ah, justo a tiempo —dijo Paul, girándose—. Rudy, Sylphy. Les presento a los invitados. Él es Zakhal, y este pequeño de aquí es Alerion.
El niño me miró con más intensidad cuando escuchó mi nombre.
—¿Tú eres el que vino a aprender magia de rango santo?
Asentí.
—Sí. Y tú debes ser Rudeus.
—Lo soy —respondió con una media sonrisa, aún evaluándome con la mirada.
—Yo soy Sylphy —dijo la niña bajito, apenas audible, asomando apenas la cabeza por detrás de Rudeus.
Le sonreí.
—Encantado.
Ella bajó la mirada, pero cuando sus ojos se detuvieron en mi cabello, algo cambió. Se inclinó un poco hacia delante, examinándolo.
—Tu cabello… tiene mechones verdes… como mi papá y mío.
—¿En serio? El de mi madre también es completamente verde. Siempre me ha gustado ese color. —Le guiñé un ojo de forma amistosa.
Sylphy se sonrojó, pero no se escondió de nuevo. Incluso pareció alisarse un poco la ropa.
Rudeus frunció el ceño con curiosidad.
—¿Tú puedes usar magia sin cantos?
—Sí —respondí.
—¡Igual que Rudy! —saltó Paul, con una carcajada—. Los dos son raros en eso. ¡Y eso que no tienen ni siete años! Ah, no, espera… tú tienes nueve, ¿cierto, Alerion?
—Correcto.
Rudeus parpadeó, sorprendido.
—¿Aprendiste magia sin cantos por tu cuenta?
—Sí, aunque no fue fácil.
—¿Qué magia sabes?
—Intermedia en invocación y avanzada de los cuatro elementos, además de magia curativa, desintoxicación, barreras, y recientemente estoy comenzando en encantamiento y .… —me detuve cuando vi su expresión—. ¿Demasiado?
—Un poco —respondió, aún mirándome con ojos brillantes—. ¡Esto va a ser genial!
Antes de que empezáramos a intercambiar hechizos ahí mismo, Zenith salió de la casa.
—Niños, ya es tarde. Dejen la práctica para mañana. Sylphy, tu madre ya viene por ti. ¡Y todos a cenar!
Rudeus gruñó por lo bajo, claramente frustrado por tener que esperar. Sylphy asintió, obediente.
La cena fue tranquila. Sopa de verduras, pan y carne, con una conversación liviana entre adultos. Paul bromeó diciendo que yo era su “bendición de buena suerte”, porque gracias a mí pudo tener a Rudeus. Me limité a sonreír.
—Mañana por la mañana, entonces —dijo Rudy mientras se despedía—. Vamos a aprender del otro.
—Hecho —respondí.
Zakhal y yo salimos después, caminando hacia la pequeña posada en medio del pueblo. El camino era tranquilo, bajo un cielo estrellado.
Capítulo 29 – Parte 3
Colina de entrenamiento – Encuentros mágicos
A la mañana siguiente, justo cuando el sol apenas se asomaba entre los árboles, papá y yo llegamos nuevamente a la casa de los Greyrat. Esta vez, Rudeus ya nos esperaba afuera, con los brazos cruzados y cara de dormido.
—Mi padre se fue temprano con tu padre a patrullar el norte del pueblo. Dijo que sería bueno para ambos algo sobre intercambiar experiencias de casados.
—¿experiencias de casados? —pregunté, sorprendido—. ¿No es eso un poco....?
—Exacto.
Nos quedamos mirándonos en silencio durante unos segundos… y ambos sonreímos.
—Vamos por Sylphy —dijo, dándose la vuelta—. Vive a unas casas de aquí.
Mientras caminábamos, el silencio se hizo un poco incómodo. No por mala intención, sino por falta de costumbre.
—Así que… —empecé— ¿Tus padres te dijeron que me ibas a enseñar magia?
—Creo que mencionaron algo similar hace algún tiempo, pero no le di vueltas al asunto. Por cierto, ayer cuando te vi entrenando con mi padre casi le cortas la pierna —dijo sin mirarme, con el tono más seco del mundo.
—¿Creíste que ibamos en serio?
—No. Pero mi padre se lo merecía.
Reí. Él también, aunque solo un poco.
Cuando llegamos a la casa de Sylphy, esta salió ya lista, con el cabello amarrado en una coleta suelta que dejaba ver más sus orejas puntiagudas. Al verme, me ofreció una pequeña sonrisa. Rudy le presentó la situación y ella simplemente asintió. No parecía muy habladora, pero sí atenta.
Subimos la colina en poco tiempo. El lugar era perfecto: amplio, con césped corto y una vista del pueblo en la distancia.
—Antes de empezar con hechizos, quiero conocernos un poco mejor —dije, colocándome al centro—. Algo simple.
—¿"Conocernos"? ¿Como preguntas rápidas? —dijo Rudy, arqueando una ceja.
—Sí. Solo los nombres, edades, lo que les gusta, lo que no les gusta, su magia favorita y su sueño.
—Eso suena a presentación de aula de la Academia Mágica de Ranoa —murmuró Rudeus.
—¿Fuiste allí?
—No, lo leí en un libro.
—Entonces empiezo yo.
Me aclaré la garganta y di un paso al frente, como si me estuviera presentando para la posiciónde alcalde(gracias a mamá por los entrenamientos sociales).
—Mi nombre es Alerion. Tengo nueve años. Me gusta la música, las criaturas mágicas… y lanzar hechizos desde los pies. No me pregunten por qué, simplemente es divertido.
No me gustan la hipocresía ni los pantalones muy apretados.
Hice una pausa breve, y mis ojos comenzaron a brillar con emoción contenida.
—Mi magia favorita es el fuego. ¡El fuego es vida! Es caos y belleza al mismo tiempo. Cada vez que lanzo una llama, siento que estoy hablando con un dragón dormido… ¡y que yo soy quien lo despierta! Me encanta ver cómo chisporrotea, cómo devora el aire. Nada se compara a ese rugido cálido justo antes del impacto.
Sylphy se encogió ligeramente, y Rudeus tragó saliva.
—Y mi sueño… —agregué, alzando un dedo como si estuviera a punto de dar una gran revelación—. Es ser un pionero. Quiero viajar por todo el mundo, descubrir ruinas perdidas, secretos olvidados, y conocer a toda clase de personas extrañas e increíbles. Quiero ver montañas flotantes, islas que cantan, selvas que respiran fuego… y disfrutar cada segundo en el camino.
Rudeus me miró con los ojos bien abiertos, y soltó una carcajada breve.
—Eso suena como una aventura que terminaría en al menos diez libros —dijo con media sonrisa.
—O en diez incendios —susurró Sylphy, llevándose la mano a la boca mientras me miraba con mezcla de asombro y precaución.
Yo solo me encogí de hombros.
—Lo importante es que sean incendios… memorables.
Sylphy me miró con los ojos abiertos como platos. Rudeus cruzó los brazos, reflexivo.
—Muy teatral, pero te doy puntos por la convicción.
—Gracias. Tu turno.
—Me llamo Rudeus —empezó, dándose importancia—. Tengo seis años. Me gusta leer, estudiar magia, el pan con mermelada, y Sylphy. —Lo dijo sin vergüenza, y la niña casi se tragó la lengua. Rudeus la miró con normalidad—. No me gusta que me interrumpan cuando entreno. Mi magia favorita es el agua, porque es la más versátil. Y mi sueño es… formar una familia feliz, y vivir rodeado de libros, magia y mujeres hermosas.
—¡R-Rudy! —protestó Sylphy.
—¿Qué? No es mentira.
—Tienes seis años… —dije, riendo.
—Y una visión clara del futuro.
—Bueno, Sylphy, tu turno —le animé, aún sonriendo.
Sylphy se frotó las manos con nerviosismo, pero dio un paso tímido.
—Me llamo Sylphiette. Tengo cinco años. Me gusta entrenar con Rudy, los días soleados, y las sopas calientes. No me gusta la lluvia fuerte, ni la gente que se burla de mi cabello. Mi magia favorita es el viento. Es… rápido, libre. Y mi sueño es ser útil para los demás.
Rudy la miró con ternura. Yo asentí.
—Eso fue genial —le dije.
Ella sonrió bajito, y por primera vez, no parecía incómoda.
—Bien, ahora la parte divertida. —Di un paso hacia atrás—. Voy a mostrarles lo que sé.
Extendí ambas manos.
De un lado, una esfera de fuego flotó con un leve zumbido, girando lentamente sobre sí misma como un sol en miniatura.
De otro, una lanza de agua danzó en el aire como una serpiente líquida, vibrando con tensión contenida.
A mis pies, una corriente de viento espiralado se arremolinó, levantando polvo y pequeñas hojas que flotaron a mi alrededor como si bailaran.
Y detrás de mí, un muro de tierra emergió del suelo con un suave crujido, sólido y firme… adornado con pequeñas flores silvestres que crecieron como por arte de magia en su superficie.
—Este es mi dominio elemental —dije con una sonrisa ladina, mientras todo se mantenía flotando en equilibrio perfecto—. Aunque mi favorita sigue siendo el fuego, claro.
Rudeus y Sylphy solo parpadearon en silencio.
—Magia de los cuatro elementos simultánea —dijo Rudeus, asombrado.
—A nivel avanzado —agregó Sylphy.
—Ahora tú —dije.
Rudy se irguió, serio.
—Allá voy.
Lo que siguió fue un despliegue brutal. Formó una lluvia precisa de pequeñas esferas de agua que chocaron entre sí creando una niebla mágica. Luego, invocó una lanza delgada como una aguja que atravesó una roca a varios metros. Creó una plataforma de viento que lo elevó unos centímetros del suelo, y controló un pequeño fuego siquiera mirarlo.
—Tu cantidad de maná es ridícula —comenté, jadeando—. Mientras lo miraba con mis ojos mágicos.
—A veces despierto en la noche y practico —dijo como si fuera normal.
—Eso no es normal —murmuró Sylphy, pero se la notaba feliz.
—Sylphy, tu turno.
La niña asintió y juntó sus manos. Formó un hechizo de viento para levantar hojas en espiral, y luego lanzó una esfera de agua que chocó con precisión contra una piedra marcada por Rudy. Su control era impecable.
—No tengo tanta potencia como ustedes, pero practico mucho con Rudy.
—Se nota. Tienes un talento excelente. —Le sonreí.
Sylphy sonrió de vuelta, sin esconderse.
Nos sentamos a descansar bajo un árbol. El sol filtraba luz cálida entre las hojas.
—Casi todo lo he aprendido de papá —murmuré.
—Yo de Roxy —dijo Rudy con orgullo—. Es mi maestra, una maga increíble. Aprendí casi todo lo que séde ella.
—¿Ya no está aquí?
—Se fue hace más de un año. Pero la sigo admirando mucho.
—Yo nunca tuve un maestro oficial —agregué—. Sólo mamá, papá… y algunos libros viejos.
Rudy me miró con respeto. Sylphy también.
—Oye, ¿y tus ojos? —preguntó Rudy—. Son extraños.
—Herencia de mi padre. Tiene sangre de demonio en su linaje.
—Qué interesante…
—Mi papá es medio elfo —agregó Sylphy de repente, un poco más animada—. Y mi mamá es de la raza bestia. Por eso mi cabello es verde… y por eso me acosaban antes.
—Idiotas —dije sin pensar.
—¿Eh?
—Tu cabello es hermoso. Mi madre también lo tiene verde y es una figura importante en Delarus. Si alguien te molesta por eso, es porque no entiende nada.
Sylphy abrió los ojos. Por un momento, se quedó muda. Luego bajó la mirada… y al alzarla, no había tartamudeo en su voz.
—Gracias… Alerion.
—De nada, Sylphy.
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Regreso al pueblo – Un lazo recién forjado
—¿Sabías que puedes lanzarte pedos con magia de viento? —dijo Rudeus mientras bajábamos la colina.
—¿Qué? —exclamé, sin saber si reírme o fingir que no escuché.
—Si calculas bien la presión interna, puedes engañar al oído humano. Ideal para hacer quedar mal a alguien —dijo muy serio, como si estuviera explicando una fórmula mágica.
—Eso es… brillante y estúpido al mismo tiempo —respondí, soltando una carcajada.
—Él me lo hizo en el almuerzo una vez —dijo Sylphy con los brazos cruzados—. Todos pensaron que había sido yo.
—¿Y qué hiciste?
—Le mojé los zapatos.
Rudeus levantó el pulgar con orgullo mientras cojeaba un poco recordando el evento.
—La venganza fue elegante —admitió.
La caminata hasta el pueblo fue lenta pero tranquila. Sylphy hablaba más que antes, sobre flores, tipos de maná, y cómo su madre le enseñó a identificar animales por el olor. Rudy y yo discutíamos cuál hechizo sería más efectivo para lavar la ropa sin estropear la tela. La conclusión fue que el agua caliente y el viento juntos creaban arrugas si no lo manejabas bien. Un error que Rudy confesó haber cometido… cuatro veces.
Al llegar frente a la casa de los Greyrat, Zenith nos recibió con una bandeja de frutas frescas.
—¿Se divirtieron? —preguntó, con su tono maternal.
—Sí —respondimos los tres al mismo tiempo.
—¿Y tú, Alerion? ¿Te sientes listo para estudiar magia con Rudy?
—Más que listo. Pero ya no creo que se trate solo de aprender —dije, mirando a ambos niños—. También se trata de compartir.
Sylphy se sonrojó, pero no apartó la vista. Rudy asintió como si entendiera perfectamente.
La madre de Sylphy apareció poco después, una mujer de orejas de bestia, alta y elegante, con una mirada tranquila y firme. Sylphy corrió hacia ella, pero antes de irse, se giró hacia mí.
—Mañana… ¿vendrás también?
—Claro.
—Bien.
Fue una palabra simple. Pero en su sonrisa había algo que no necesitaba más explicación.
Zakhal llegó poco después, con la ropa ligeramente sucia y una sonrisa maliciosa.
—¿Qué tal tu primera lección?
—Fue mejor de lo que esperaba —dije.
—¿Y los niños?
—Brillantes. Y un poco raros.
—Perfecto. Los raros cambian el mundo —respondió papá, palmeándome la cabeza.
