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Chapter 31 - capítulo 31

Capítulo 31

El camino de regreso comenzó con un silencio cómodo. La aldea Buena desaparecía lentamente a nuestras espaldas, cubierta por la neblina matinal. A lomos de Viento Gris, el viejo corcel de papá, avanzábamos sin prisa pero sin pausa, como si el viaje mismo fuera parte del entrenamiento.

—¿Te despediste bien? —preguntó Zakhal sin mirarme.

—Sí… —respondí, aunque en realidad solo dije “nos vemos” y salí caminando. No me gustaban las despedidas largas. Ni que te miren con cara de que no volverás. Especialmente después de días tan buenos.

Papá no insistió.

Mientras cabalgábamos, repasaba en mi mente cada paso del hechizo Cumulonimbus. Aunque lo había logrado sin canto, aún sentía que me faltaba entenderlo en su totalidad. No se trataba solo de manipular agua. Se trataba de comprender la presión, la temperatura, la electricidad suspendida en el aire y el ritmo exacto en el que todo eso se alineaba.

Hicimos la primera parada al mediodía. Un claro rodeado de árboles altos, con un pequeño riachuelo fluyendo cerca. Dejamos que Viento Gris pastara mientras yo me colocaba en el centro del claro.

Extendí las manos, visualicé el flujo, y comencé a recitar el canto completo en voz baja. Esta vez, quería sentir cada palabra.

> “Oh, dioses que reinan sobre el cielo,

reunid las nubes,

atraed el viento y alzad las olas,

envolved al mundo en un velo de lluvia.

Que el trueno retumbe,

que el relámpago parta los cielos,

y que el agua caiga como castigo y bendición.

—¡Cumulonimbus!”

El cielo sobre mí se nubló en cuestión de segundos. Nubes oscuras giraron en espiral, y una columna de agua descendió con fuerza, empapando el claro.

—¡Muy bien! —gritó papá desde un tronco, cubriéndose con una capa y usando magia de barrera para protegerse de la lluvia—. Pero intenta no ahogar el bosque.

Levanté una mano. El flujo cesó.

La nube se disipó. La lluvia se evaporó lentamente sobre la hierba. Pero en ese momento… justo antes de que el relámpago se formara, lo sentí.

Un zumbido.

No en el oído, sino en el centro del pecho. Como una vibración latente. El preámbulo de una descarga.

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Las noches eran frías, pero reconfortantes. Compartíamos una pequeña fogata, comíamos carne seca, pan duro y a veces sopa de hierbas si encontrábamos ingredientes. Durante la segunda noche, mientras Viento Gris dormía de pie a unos metros, papá se puso más conversador de lo usual.

—Rudeus es brillante. Muy diferente a otros niños —comentó—. No solo por su talento mágico, sino por la forma en que piensa.

—Sí. Es raro… pero me cae bien. Es como si estuviéramos hablando el mismo idioma.

Zakhal asintió.

—Y su padre… bueno, Paul es Paul. Nunca cambiará. Aunque admito que no es un mal tipo.

—¿Y la madre? Zenith fue muy amable. Me recuerda un poco a mamá.

—Es una buena mujer. Aunque entre tú y yo… esa casa es un pequeño caos. Me cuesta entender cómo sobreviven sin matarse.

Ambos reímos.

—Y sobre lo de Lilia… —agregó, bajando la voz—. Bueno. Supongo que las relaciones nunca son tan simples.

—¿Por qué crees que todos reaccionaron así? Parecía que esperaban que pasara.

—Porque la monogamia estricta solo se practica entre los creyentes de Milis. En la mayoría del continente, tener más de una pareja no es raro.

—Entonces… ¿por qué tú no tienes otra esposa?

Papá se quedó en silencio un momento. Me miró con una ceja levantada.

—Porque tu madre me mataría, luego te mataría a ti por reírte, luego de 50 años lo superaría, se casaría con un noble y viviría mejor.

Me solté riendo.

—Entonces solo es por miedo…

—No, no solo por eso —se corrigió con voz seca—. Es porque solo me he enamorado una vez en la vida. Y eso es suficiente para mí.

La risa se desvaneció lentamente.

—Espero que tú también encuentres a alguien así de asombrosa, hijo. Pero si no… bueno, puedes compensarlocon números. Solo asegúrate de que la suma sea mejor que una sola maravillosa.

—Suena como un problema de alquimia muy volátil.

—Lo es —dijo, y luego se quedó dormido.

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Días después, hicimos otra parada en una colina abierta. Decidí probar variantes del hechizo Cumulonimbus. Usando pequeñas modificaciones en el flujo de maná, comencé a alterar la altitud del cúmulo, la cantidad de vapor y la energía del relámpago.

—Cumulonimbus Rasgacielo —probé, elevando la nube hasta el límite visible. Un fino relámpago cayó en línea recta, como una espada.

Luego intenté otra forma:

—Cumulonimbus Encadenado.

Varias descargas se conectaron entre sí, como un tridente de luz.

La tierra tembló ligeramente. Algunos pájaros huyeron del bosque cercano.

—¿Crees que esto puede usarse en combate real?

Zakhal cruzó los brazos, observando.

—No de esta forma. Requiere demasiado tiempo para preparar. Pero si puedes lograr una forma de lanzar el relámpago sin levantar la nube entera… eso sería otra historia.

—¿Crees que haya alguien que lo haya hecho?

—Sí. Lo vi una vez. Un archimago en el norte. Creo que usó una variante del hechizo de rango Rey "Iluminación", llamaron al hechizo “Lanza del Cielo”. Creó una nube de tormenta como un Cumulonimbus y condenando toda la energía en un poderoso rayo para perforar a un dragón. Fue una escena… inolvidable.

Me quedé quieto.

—¿Crees que yo pueda llegar a ese nivel?

Papá me miró y no respondió de inmediato.

—Ese archimago probablemente haya muerto de viejo en este punto. Si sigues aprendiendo como hasta ahora, es algo seguro.

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El sol aún no estaba en lo alto cuando retomamos el camino. El aire era fresco, con olor a tierra húmeda. Desde la cima de una colina, vimos una delgada línea de humo elevándose a lo lejos, en dirección al siguiente cruce de caminos.

—Eso no es de chimenea —dijo Zakhal, deteniendo a Viento Gris y frunciendo el ceño.

—¿Bandidos?

—O algún animal mágico. Pero si fuese una manada, los pájaros habrían huido más alto.

Nos dirigimos a investigar.

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Cuando llegamos, la escena era clara: una caravana destrozada, dos carruajes volcados, una docena de personas heridas o aterradas y cinco figuras rodeándolos con armas en mano. No eran simples ladrones. Llevaban armaduras ligeras, tatuajes y un aura de malicia.

Uno de ellos estaba cantando un hechizo de pequeñas bolas de fuego hacia una mujer que protegía a dos niños. Otro sostenía una lanza con punta curva y caminaba entre los restos como si ya le pertenecieran.

—Tienen un mago —dije en voz baja.

—Y están organizados —añadió Zakhal.

—¿Intervenimos?

Papá sonrió de lado.

—Es tu oportunidad de probar lo que aprendiste.

No necesitó decir más.

Salté de Viento Gris, cayendo con una voltereta en el suelo, lo justo para quedar a la vista.

Todos se giraron. Uno rió. Otro alzó su lanza. El mago me apuntó.

—¿Y tú quién eres, mocoso?

Avancé sin dar respuesta. Canalicé magia en mis pies y corrí hacia ellos, trazando un círculo amplio. El mago fue el primero en lanzar. Una bola de fuego me alcanzó de frente… o eso creyó.

La desvíe en el aire, usando un leve impulso de viento, apenas el justo.

—¿Viste eso? —grité a Zakhal.

—¡Sigue! —me respondió, sin moverse aún.

Salté entre dos atacantes y conjuré tres lanzas de agua. Una al suelo, para levantar barro. Las otras dos al pecho de los enemigos, sin letalidad, pero con impacto suficiente para romperles el aliento.

El que portaba la lanza vino directo a mí. Era fuerte, rápido. Confiaba demasiado en su tamaño.

Deslicé mi mano izquierda y conjuré un muro de tierra detrás de él. Al frenar por reflejo, recibió una patada directa en la mandíbula que lo dejó fuera de combate.

Tres de cinco caídos. El cuarto intentó huir, pero papá apareció justo detrás, como una sombra.

Una sola técnica: corte horizontal del dios del norte. Ni siquiera lo vi moverse.

El último enemigo alzó las manos, temblando.

—¡Me rindo! ¡No me maten!

—Tarde —dije.

—¡Alerion! —Zakhal me reprendió con voz firme.

Suspiré y lancé un hechizo de barrera, atrapándolo dentro como en una burbuja.

—Solo estaba bromeando…

Papá se acercó y me palmeó el hombro.

—Buen trabajo.

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Una hora después, los sobrevivientes de la caravana nos ofrecieron provisiones, gratitud, y hasta una bolsa de monedas que, por supuesto, rechazamos.

—Es nuestro deber como personas decentes —dijo papá—. Aunque si tienen pan con semillas, no diría que no.

Todos rieron.

Una mujer, la misma que protegía a los niños, me miró con los ojos brillosos.

—Eres fuerte… ¿Cómo te llamas?

—Alerion Zakhal Dragonroad.

—¿El hijo de Aelinne?

—¿La conoces?

—He escuchado historias. Dicen que en Delarus hay una mujer de cabello verde que puede matar con la mirada y sanar con una sonrisa.

—Sí, esa suena como mamá.

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Cruzamos dos aldeas más en los días siguientes. En una, dormimos en un granero abandonado mientras Viento Gris descansaba. En otra, una posadera anciana nos reconoció.

—¡Alerion, pequeño demonio! —gritó mientras me pellizcaba las mejillas—. ¿Sigues escupiendo fuego?

—Solo cuando estoy de mal humor —respondí.

Ella carcajeó con fuerza y nos preparó té de jengibre y galletas duras como piedras.

Finalmente, tras casi dos meses de ausencia, volvimos a Delarus.

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La ciudad parecía más viva. Las calles ya no estaban tan llenas de tristeza, y se veían mercaderes, soldados, y grupos de aprendices en las esquinas. Había olor a pan fresco, hierro y caballos.

Varias personas nos saludaron.

—¡El pequeño jefe ha vuelto!

—¡Se ve más alto! ¿O es mi imaginación?

—Dicen que puede detener tormentas con una palabra…

—No exageren —respondí, mientras sonreía.

Frente a la torre sur del gremio, unos guardias me abrieron paso.

—¿Te fuiste a conquistar el norte? —preguntó uno, bromeando.

—Solo fui a robarme sus técnicas —dije, alzando el brazo.

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En casa, mamá nos esperaba en la puerta.

—Por fin —dijo Aelinne con voz grave, aunque sus pasos apurados la delataban.

Se lanzó primero a abrazar a Zakhal, envolviéndolo con ambos brazos durante unos segundos. Luego se volvió hacia mí. Me rodeó con un brazo y me apretó contra ella, sin decir nada al principio.

—Cuidado con el brazo —me quejé, aunque no me aparté.

—Silencio. Estás flaco. ¿No comiste bien?

—Comí lo justo.

—Entonces te haré un banquete —dijo sin dejar de examinarme con la mirada—. Pero antes… quiero saber todo.

Apenas cruzamos la puerta, Max se descolgó de una de las vigas del techo, lanzándose directamente sobre mí con sus seis ojos brillando como faroles.

—¡Max! ¡¿Otra vez colgándote como un murciélago enloquecido?! —me reí, atrapándolo en el aire antes de que me aplastara—. Te volviste más pesado…

Max respiró indignado.

Pelusa apareció en silencio, tan enorme y elegante como siempre. Caminó con lentitud felina, pero apenas estuvo a mi lado, frotó su cabeza contra mi torso, casi tumbándome.

—Auch… también tú, ¿eh?

Pelusa ronroneó, aunque sonó más como un trueno lejano. Su pelaje estaba más brillante, como si alguien hubiera estado cepillándola con esmero.

—La he estado cuidando en tu ausencia —intervino una voz desde el fondo.

Mela, la criada mayor de cabello negro con algunas canas y mirada afilada, apareció desde la cocina con un delantal. Su presencia era inconfundible.

La tarde fue larga. Entre bocados y tazas de té de hierbas fuertes, contamos nuestras aventuras. Mamá escuchaba en silencio, con los brazos cruzados, sentada en su silla alta de respaldo tallado. No interrumpía, pero cada tanto me lanzaba una mirada intensa, casi como si estuviera evaluando cada palabra… aunque yo sabía que lo hacía para ocultar su orgullo.

—¿Y usaste Cumulonimbus? —preguntó al final, con tono neutro.

—Con canto… y sin canto —respondí, sin ocultar la sonrisa.

—¿Y sobreviviste?

—Más que eso.

Un gruñido de aprobación se escapó de Pelusa, que estaba echada a mis pies. Max aplaudió con sus pequeñas patas.

—Creo que estás listo —dijo papá, cruzando los brazos.

Mamá se quedó en silencio unos segundos más. Luego asintió, con expresión serena.

—¿Crees que ya es tiempo?

—Tiene nivel, tiene cabeza… solo le falta estatura.

—¡Oye! —protesté.

Los dos rieron. Incluso Mela se mantuvotan estoica como siempre.

—Puede que aún seas un niño —dijo Aelinne, sin sonreír—, pero ya no eres uno más. Ahora tienes decisiones que tomar.

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Esa noche cenamos sopa caliente de vegetales con carne seca, pan grueso recién horneado y té de raíz dulce. El ambiente en casa era cálido, más que por el fuego, por la presencia. La mesa de madera estaba ligeramente rayada por los años, pero aún firme, como papá. Mamá servía con una sonrisa paciente, como si no hubiera pasado casi dos meses desde nuestra partida.

Cuando el plato de Aelinne quedó vacío por segunda vez, se acomodó en su asiento y entrelazó los dedos.

—Así que… ¿el gremio?

Papá se cruzó de brazos y me miró con ese rostro neutral que usaba cuando pensaba como guerrero, no como padre.

—Tiene el nivel. Técnicamente, podría aceptar misiones desde hace un año —dijo—. Pero… aún parece un niño de diez.

—Tengo 9—le corregí con la boca llena.

—Tienes cuerpo de diez. Cara de ocho —agregó mamá, sin piedad—. Pero bueno, siempre fuiste precoz para otras cosas.

Me encogí de hombros.

—Eso no ha sido un problema hasta ahora. Además, no pienso ir a cazar dragones en solitario.

—No se trata de si puedes —dijo papá, con voz calma—. Sino de si debes.

El silencio se asentó un instante.

—Yo creo —empezó mamá, mirándome con esos ojos verdes que eran capaces de calmar tormentas—, que estás más que preparado en educación, magia y esgrima. Pero el mundo no siempre es lógico. Hay prejuicio, traición, caos… y muchas veces, te juzgarán por tu apariencia o por tu poder.

—No es para asustarte —intervino Zakhal, apoyando una mano sobre mi hombro—. Es para que vayas con los ojos abiertos. Tienes talento. Ya lo sabes. El gremio te aceptará. Pero una vez que empieces… te meterás en un flujo que no se detiene fácilmente. Siempre habrá una misión más, un reto más, una ciudad nueva.

—Y cada vez más lejos —agregó mamá—. No quiero que te pierdas a ti mismo solo por estar apurado.

Yo asentí. Había pensado en eso también.

—¿Entonces?

Papá se sirvió más té. Su mirada estaba en el vapor, no en mí.

—Mi consejo: espera hasta tu décimo cumpleaños. Eso nos da aproximadamente medio año. Tiempo suficiente para repasar las cosas importantes, y hacer que esa carita infantil se vuelva un poco más intimidante —dijo con media sonrisa

—¿Además?

—Está decidido —dijo mamá —. En tu cumpleaños diez, presentarás tu inscripción formal.

Todos asentimos en acuerdo.

Luego, papá me miró con más seriedad.

—Pero hay algo más, hijo. Quiero que pienses en qué tipo de aventurero quieres ser. No sólo en nivel, sino en principios.

—¿A qué te refieres?

—A si vas a vivir por oro, por fama… o por algo más.

Mamá intervino con tono suave:

—Cuando tú naciste, todo cambió para nosotros. Dejamos de correr sin dirección. Ahora tienes la oportunidad de elegir tu propio camino, sin cargas. Hazlo bien.

Me quedé en silencio unos segundos. Y luego sonreí.

—Está bien. Esperaré. Pero…

—¿Pero?

—¿Puedo pedir un regalo por adelantado?

Papá alzó una ceja.

—Depende.

—Quiero un bastón mágico. De los buenos. Nada de varitas de aprendiz ni palos encantados.

—Exigente el muchacho —dijo mamá, conteniendo la risa.

—¿Algo más? —preguntó papá.

—Sí. Otro hechizo de nivel santo. Uno más.

—¿No tuviste suficiente con el cumulonimbus? —preguntó Zakhal, recordando cómo casi vuelo por los aires en una de las pruebas.

—¡Eso fue increíble! Pero quiero uno de fuego o de tierra. Algo espectacular.

—Tendremos que buscar —dijo papá—. Pero acepto el desafío.

Nos quedamos así, riendo, compartiendo el pan. Sin prisas. Porque aunque el mundo afuera no paraba, nosotros sí podíamos permitirnos este respiro.

Un momento antes de dormir, papá dijo algo más, mientras me ajustaba la manta.

—Viviremos mucho, hijo. Más que la mayoría de personas. No tienes que correr. Pero tampoco te estanques. Lo importante es que cada paso que des, lo des con sentido.

—Lo haré.

—¿Seguro?

—Más que nunca.

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