Capítulo 27
La casa estaba más tranquila de lo habitual.
Mamá seguía recuperándose de las heridas, caminando despacio pero sin dejar que nadie la tratara como inválida. Aun así, Mela se encargaba de recordarle que debía descansar, llevándole infusiones y casi empujándola de vuelta a la cama cada vez que intentaba “dar solo un paseo corto” por el patio.
Yo también pasaba más tiempo en casa. No es que no quisiera entrenar afuera, pero después de lo que pasó, me daba cierta paz saber que podía echar un vistazo y verla allí, leyendo o revisando informes con la pierna vendada.
---
Los rumores
A media mañana, uno de los soldados veteranos que trabajaba bajo sus órdenes llegó a la mansión.
—Capitana, traigo un par de reportes —dijo, pero su sonrisa traía algo más.
Mamá levantó una ceja.
—¿Y?
—Bueno… parece que la ciudad está hablando de ustedes. Mucho.
Resulta que, en las tabernas, los hombres que sobrevivieron a la operación habían empezado a contar la historia. El problema era que la contaban después de varias rondas de cerveza barata, y cada vez que lo hacían, la escena se volvía más… heroica.
Según algunos, yo había “derribado a veinte hombres de un solo golpe” y “detenido flechas con la mirada”.
Pelusa, aparentemente, se había convertido en “una bestia mítica que surgió de las montañas para defender la ciudad”.
Y Max… Max era descrito como “el dragón guardián del pequeño jefe”, que podía escupir fuego y morder en dos a un hombre.
—Pequeño jefe —repitió mamá con una media sonrisa.
—Por favor, no empieces… —murmuré.
—Oh, no, es perfecto —insistió—. La próxima vez te voy a hacer un estandarte.
El soldado soltó una carcajada, saludó y se marchó, dejando tras de sí el eco de ese maldito apodo.
---
Replicando el poder
La tarde la dediqué a algo más serio: intentar repetir lo que pasó en el combate con el espadachín santo.
Me senté en el centro del patio, respirando hondo, con Max observándome desde una rama baja. Cerré los ojos y traté de revivir esa sensación: la presión en el aire, el patrón invisible que había visto con mis ojos demoníacos, y la forma en que mi maná se había extendido para atraparlo.
Los primeros intentos fueron un desastre.
O forzaba demasiado el maná y terminaba agotado sin lograr nada, o no lograba “agarrar” nada en absoluto. Max, por supuesto, aprovechaba para bajarse de la rama y darme un golpecito en la frente cada vez que fallaba, como si fuera mi entrenador personal.
Probé con algo más simple: levantar una piedra.
Nada.
Después de cinco intentos, logré que se moviera unos centímetros… y luego me golpeara en el pie.
—Muy impresionante —dijo mamá desde el pasillo, claramente conteniendo la risa.
---
Finalmente, después de horas, sentí de nuevo esa conexión: como si mi maná pudiera impregnarse en el suelo, el aire, y cualquier cosa que tocara esa zona. El radio era pequeño, apenas un metro a mi alrededor, pero dentro de él podía mover objetos como si fueran extensiones de mis manos.
Max se convirtió en mi conejillo de indias. Lo levanté suavemente del suelo, lo giré en el aire, y lo volví a dejar en su rama. Él solo me miró con ese gesto que decía “podría haberlo hecho solo” y bostezó.
Decidí llamarlo telekinesis. El nombre era simple, y me recordaba a viejas historias de mi vida pasada.
Pero la conclusión fue clara: el consumo de maná era altísimo y el control debía ser perfecto, o terminaría agotado en segundos.
Me prometí practicarlo siempre que pudiera… y buscar la forma de aprender magia de rango santo, convencido de que eso me ayudaría a superar el bloqueo que sentía desde hace meses.
---
La calma posterior a una gran batalla nunca es verdadera calma.
Las calles podían verse tranquilas, los comerciantes retomar sus puestos y la guardia patrullar como siempre… pero en el aire había un peso distinto, como si todos supieran que algo se había roto.
---
Reunión incómoda
Mamá fue convocada al despacho del señor de la ciudad tres días después de la operación. Insistió en que la acompañara, “para que escuches cómo hablan los que dicen que mandan”.
En la sala, el señor de la ciudad estaba de pie junto a un mapa del territorio. Su expresión era cordial, pero sus palabras estaban tensas:
—Capitana Aelinne, las pérdidas fueron considerables, pero el objetivo se cumplió. Sin embargo… —sus dedos golpearon el borde del mapa—, la emboscada final no fue casualidad.
Nadie lo dijo directamente, pero estaba claro que sospechaba de la guardia.
Mamá se mantuvo firme:
—Si hay un traidor, lo encontraré. Pero no pienso acusar sin pruebas.
El silencio que siguió fue incómodo.
---
Al salir de la reunión, mamá llamó a Gastor, uno de sus oficiales de confianza, y le dio la orden de investigar de forma discreta.
—Nadie debe saber que lo haces —advirtió—. Y si encuentras algo, vienes directo a mí.
Gastor asintió con seriedad.
Pero mientras hablaban, sentí un tirón en mi túnica. Era Max, que estaba sobre mi hombro. Su cola se movía de forma nerviosa, y sus seis ojos estaban fijos en Gastor como si estuviera observando una presa.
---
Esa noche, en casa, Max no dejaba de seguirme por los pasillos. Cuando por fin estuvimos solos en mi habitación, empezó a hacer gestos:
Señalar la puerta → mostrar los dientes → mover la cola lentamente → girar la cabeza hacia el pasillo por donde Gastor se había ido más temprano.
No necesitaba traducción literal. Max no confiaba en él.
Bajé las escaleras y encontré a mamá revisando unos documentos en la sala.
—Max cree que Gastor oculta algo —le dije sin rodeos.
Ella levantó la vista, estudiándome, y luego al lagarto.
—Siempre que la ganancia sea lo bastante grande… o haya celos, rivalidad o miedo, incluso las personas en quienes confías pueden traicionarte —dijo con un tono que no era de advertencia, sino de experiencia.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Entonces, ¿lo investigaremos?
—Sí… pero esperaremos a tu padre. Esto, hijo, lo vamos a manejar en familia.
Max hizo un chasquido suave con la lengua, como si aprobara la decisión.
---
Pasaron dos semanas desde la operación.
En ese tiempo, la casa cambió más de lo que esperaba.
Max empezó a mostrar comportamientos extraños… incluso para él.
Pasaba horas quieto, como si estuviera escuchando algo que yo no podía oír. Cuando le preguntaba, solo me miraba y regresaba a su trance. No tardé en darme cuenta de que estaba absorbiendo maná del ambiente, de forma más constante y eficiente que antes.
Creció. Ahora medía casi ochenta centímetros, aunque seguía prefiriendo mi hombro, lo que lo hacía más incómodo de cargar… y más llamativo.
Descubrimos nuevas habilidades:
Camuflaje perfecto: podía fundirse con el entorno hasta volverse invisible incluso para mí, siempre que no moviera la cola.
Control de peso: podía hacerse tan ligero como una pluma o tan pesado que hundía mis hombros.
Caminar por cualquier superficie: muros, techos, no importaba.
Lengua paralizante: un toque bastaba para inmovilizar un insecto… o un ratón entero.
Compartir maná: si estaba a menos de diez metros, podía enviarme su pequeña reserva de maná. No era mucha, pero en un combate podría significar la diferencia.
Lo más inquietante era su inteligencia. Entendía órdenes complejas y, a veces, parecía adelantarse a lo que yo pensaba.
---
Pelusa, por su parte, había adoptado un nuevo hábito: dormía cada noche en el pasillo frente a la habitación de mamá. Si alguien subía las escaleras, abría los ojos y los seguía con la mirada hasta que se iban.
Cuando salíamos, su posición siempre era la misma: entre mamá y cualquier posible amenaza. Era evidente que la emboscada la había marcado.
---
El regreso de Zakhal
Una mañana, mientras desayunábamos, la puerta principal se abrió sin previo aviso. La voz grave y despreocupada de mi padre llenó la sala:
—¿Se puede saber qué demonios pasó mientras yo no estaba?
Mamá se levantó, y yo también. El abrazo fue rápido, pero sólido. Zakhal escuchó pacientemente mientras mamá le resumía la operación, la emboscada y las sospechas internas. Su expresión pasó de interés a una seriedad que pocas veces mostraba.
—Lo investigaremos juntos —dijo al final, con un tono que no dejaba espacio para réplica.
---
Cuando le pregunté por su ausencia, Zakhal se recostó en la silla y comenzó:
—Había escuchado rumores… de que en Fittoa había un prodigio que, con cinco años, lanzaba magia de rango santo. No pude dejarlo pasar.
Contó cómo su búsqueda lo llevó a un pueblo apartado: Aldea Buena. Desde lejos, presenció a un niño de cabello castaño entrenando en una colina. Lanzó magia sin canto, y la fuerza del hechizo dejaba claro que no era un principiante. A su lado había un semielfo de pelo verde.
—Lo seguí hasta su casa y esperé —continuó—. Me recibieron Paul Greyrat y Zenith Greyrat, a quienes había conocido hacía casi 7 años en el gremio. Al principio, estaban a la defensiva. Pero encontramos un vínculo común con la familia Boreas… y con Ghislaine.
La negociación incluyó regalos, promesas y algunas viejas cartas de recomendación. Al final, el trato fue claro:
—Podemos llevarte cuando queramos para que aprendas magia de rango santo directamente de ese niño… Rudeus Greyrat.
---
La decisión
Esa noche, discutimos las opciones:
1. Buscar otro mago de nivel santo dispuesto a enseñar en las cercanías. Teniendo en cuenta que la mayoría de estos magos ya trabajan para casas nobles.
2. Enviarme a la ciudad mágica de Sharia para estudiar. Lo cuál llevaría varios años para volver a casa.
3. Aprovechar la cercanía con Rudeus y seguir estudiando por mi cuenta aquí, para no descuidar los problemas internos.
Al final, acordamos lo tercero.
Seguiría aprendiendo en casa y viajaría a Fittoa cuando fuera posible.
Max, desde mi hombro, inclinó la cabeza como si aprobara el plan. Pelusa, en cambio, solo bostezó.
