Capítulo 26
La ciudad había cambiado. No en su forma, sino en su ritmo.
Las calles seguían llenas de comerciantes, pero las conversaciones tenían un matiz distinto: menos regateos y más rumores. Los guardias de patrulla iban en grupos de cuatro, no de dos. Y en la plaza principal, las caravanas listas para partir parecían más pequeñas, como si la gente tuviera miedo de salir.
Lo entendí en cuanto escuché las primeras historias.
Grupos de contrabandistas en los alrededores, aldeas cercanas reportando desapariciones, caravanas atacadas en la ruta hacia la capital de Asura. Y lo peor: nadie sabía si estos grupos actuaban de forma independiente o coordinada.
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La reunión
Mamá me llevó con ella a la reunión en la sala de estrategia de la ciudad.
El señor de Delarus estaba sentado al fondo, con su capa roja y una expresión más grave que la habitual. A su alrededor, varios oficiales y capitanes de la guardia, todos con rostros tensos.
En el centro de la mesa, un mapa extendido mostraba rutas marcadas con tinta roja y círculos negros.
—Aquí, aquí y aquí —dijo el señor de la ciudad, señalando las marcas—. En el último mes, tres caravanas fueron atacadas antes de llegar a la capital. Y en este punto, una aldea perdió a cinco personas en una noche.
Uno de los oficiales habló:
—Tenemos información de que un campamento grande de bandidos y traficantes de personas está en las afueras, al sur. Si lo eliminamos, cortaremos su capacidad de operar.
Mamá asintió.
—Si me da el mando de la operación, lo limpiaré en un solo movimiento.
El señor de la ciudad se inclinó hacia adelante.
—Tendrás cien hombres y carta blanca para actuar. Saldremos en una semana.
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Mentalización y entrenamiento
Una semana.
Eso significaba siete días para preparar mi mente y mi cuerpo, y repasar cada hechizo que pudiera salvarme la vida.
No me hice ilusiones: si alguien me atacaba con la intención de matarme, respondería con fuerza letal. En otro tiempo habría dudado, pero ahora… no.
Empecé por revisar mis magias más útiles para combate directo:
Magia de barrera avanzada para proteger a un grupo entero.
Magia de viento para cortar o desviar proyectiles.
Magia de tierra para crear cobertura o encerrar enemigos.
Magia de fuego para disuadir y eliminar objetivos rápidamente.
Cada día practicaba secuencias rápidas: barrera, ofensiva, cambio de posición, sanación de emergencia.
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Max y Pelusa
Max recibió más atención que nunca. Todos los días, durante horas, le transmitía maná de forma controlada. Sentía cómo su cuerpo se fortalecía poco a poco: las escamas se volvían más duras, los reflejos más rápidos, y sus ojos brillaban con un tono más intenso. Sabía que, para cuando llegara el día, estaría en el nivel de una bestia mágica de rango B.
Pelusa… bueno, Pelusa se había vuelto perezosa con los años. Pasaba más tiempo durmiendo al sol que patrullando.
—Vas a tener que moverte, grandota —le dije un día mientras le llevaba carne fresca.
Abrió un ojo amarillo, me miró como si le pidiera algo absurdo y se la comió con calma.
Mamá decidió intervenir:
—Pelusa, si no te mueves, irás a la operación como cebo.
Eso bastó para que al día siguiente la pantera apareciera en el patio de entrenamiento.
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Zakhal llevaba un mes fuera por negocios, moviéndose entre ciudades para asegurar sus rutas de comercio. Sin él, la preparación se sentía… incompleta.
Aunque no lo admitiera en voz alta, me hubiera gustado tenerlo cerca, sobre todo para que viera en qué me había convertido desde que salimos a Roa aquella vez.
Aun así, sabía que volvería… y que querría escuchar cada detalle cuando lo hiciera.
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La semana pasó entre entrenamientos, repasos tácticos y la lenta pero visible transformación de Max en algo más imponente. La noche anterior a la operación, Pelusa dormía junto a la entrada como si supiera que al día siguiente dejaría su pereza a un lado.
Y yo, acostado en mi cama, repasaba mentalmente cada movimiento, cada decisión que podría significar la diferencia entre volver a casa o no.
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El amanecer del día de la operación llegó frío y despejado. Las puertas de la ciudad estaban abiertas, y frente a ellas se alineaban cien soldados armados y listos. Las armaduras relucían a la luz temprana, y el sonido de las espadas, lanzas y escudos ajustándose llenaba el aire.
Mamá estaba al frente, con su capa de capitana ondeando ligeramente. Yo iba a su lado, vestido con ropa ligera de combate, mis armas en la espalda y las bolsas con medicinas y catalizadores mágicos aseguradas. Max estaba sobre mi hombro, vigilando, y Pelusa, sentada detrás de nosotros, parecía más estatua que animal.
—Hoy no hay margen para errores —dijo mamá en voz alta, lo suficiente para que toda la formación la oyera—. Nos encargaremos de ellos rápido y sin dejar cabos sueltos.
Un murmullo de asentimiento recorrió las filas.
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La marcha comenzó poco después.
Avanzamos en formación cerrada durante la primera hora, tomando el camino sur. El silencio entre los soldados era casi absoluto, roto solo por el crujir de las botas sobre la grava y el ocasional graznido de un cuervo a lo lejos.
A medida que nos acercábamos a la zona marcada en los informes, la atmósfera cambió. Los árboles eran más densos, y las sendas parecían menos transitadas. Había huellas frescas en la tierra: pisadas de varios hombres y marcas de ruedas.
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Primera escaramuza
El primer grupo de bandidos apareció en una curva del sendero, bloqueando el paso con una carreta atravesada. Eran treinta, armados con machetes y arcos cortos.
Mamá levantó una mano, y dos escuadras avanzaron en abanico. El enfrentamiento duró menos de un minuto: tres flechas desviadas por magia de viento, dos barreras para cubrir a los lanceros, y el resto fue trabajo limpio de los guardias.
Yo aproveché para curar una herida superficial en uno de los hombres que había recibido un corte en el brazo.
—Mantente en la retaguardia —me dijo, sonriendo con alivio—. Ya nos ocupamos del resto.
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Tras dos escaramuzas más, alcanzamos la colina que ocultaba el campamento principal. Desde arriba, podíamos ver las empalizadas de madera, las tiendas desordenadas y a los guardias merodeando.
Mamá dio las órdenes rápido: dos grupos rodearían por los flancos, otro mantendría presión frontal. Pelusa iría con el flanco derecho para romper líneas, y yo me quedaría en el centro como sanador y apoyo mágico.
Max, sobre mi hombro, soltó un chillido bajo.
—Tranquilo —le dije—. Todavía no es tu turno.
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El asalto.
Cuando la señal se dio, el ataque fue tan rápido que los bandidos apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
Flechas de fuego iluminaban el cielo, la madera de la empalizada crujía, y los soldados avanzaban como una marea imparable. Pelusa atravesó la defensa lateral, derribando hombres como si fueran muñecos.
Yo me movía entre las líneas, usando magia de sanación avanzada para cerrar heridas profundas, reforzando barreras donde la línea flaqueaba, y lanzando ráfagas de viento para desviar proyectiles.
En menos de media hora, el campamento estaba casi asegurado. Los líderes de los bandidos huían o se rendían, y la sensación general era que la misión había sido un éxito.
Pero no duró mucho.
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Cuando creímos que la lucha había terminado, el aire cambió.
No fue un sonido, sino una sensación: el tipo de tensión que se siente justo antes de que una trampa se cierre.
Mamá bajó la guardia por un instante para dar instrucciones a un grupo de soldados. Fue entonces cuando ocurrió.
Uno de sus propios subordinados, alguien que había servido con ella durante años, se giró bruscamente y la apuñaló en el costado. Otros cuatro hombres que creíamos aliados se movieron a la vez, y de entre las tiendas surgieron figuras armadas. Todo en un parpadeo.
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La reacción
—¡Mamá! —grité.
No pensé, solo actué.
Una muralla de fuego rugió a mi alrededor, alzándose entre nosotros y los atacantes más cercanos. El calor hizo que retrocedieran instintivamente, pero yo no les di tregua: canalicé viento comprimido y lo solté en una ráfaga que los lanzó por los aires como muñecos.
Corrí hacia ella, sintiendo cómo Max saltaba de mi hombro y se abalanzaba sobre un arquero, mientras Pelusa, con un rugido, embestía contra un grupo lateral.
Me arrodillé a su lado, levantando una barrera avanzada que envolvió a ambos como una cúpula translúcida. Las flechas rebotaban contra el escudo invisible, y los espadazos sonaban como martillazos contra el cristal.
—Veneno… —susurró ella, con el rostro tensado.
Sin dejar de canalizar la barrera, lancé magia de desintoxicación sobre la herida, seguida de sanación avanzada. La palidez de su piel comenzó a ceder, pero podía sentir que el veneno había hecho daño interno.
Los atacantes no se detenían. Así que tampoco yo.
Con un gesto brusco, canalicé maná hacia el suelo frente a nosotros:
—Congelar.
Una capa de hielo se extendió rápidamente, atrapando los pies de tres hombres que se acercaban. Aproveché el momento para invocar espinas de tierra que surgieron de golpe, atravesando piernas y costados.
A mi izquierda, un grupo de espadachines de rango avanzado se organizaba para una carga coordinada. No les di la oportunidad.
—Llamas voraces.
Una oleada de fuego ardió en línea recta, devorando la hierba y envolviendo a los hombres en un mar rojo y naranja. Sus gritos se mezclaron con el crepitar del fuego, pero mi mirada permanecía fija en mantenerlos lejos de mamá.
La barrera vibraba con cada impacto, pero seguía en pie. Y yo seguía lanzando magia sin pausa, sin darles respiro, hasta que entendieron que no podían acercarse sin pagar un precio.
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Fue entonces cuando la presión se hizo tangible.
Entre el caos de fuego, hielo y espinas, una figura atravesó el humo como una flecha: un espadachín del filo, rango santo. La velocidad con la que acortó la distancia me hizo entender al instante que no era como los demás.
Sus cortes impactaban contra mi barrera como si fueran explosiones. Cada golpe hacía que la cúpula vibrara con un zumbido agudo y arrancaba chispas de magia, como si estuviera cortando metal incandescente.
No me quedé pasivo. Canalicé viento comprimido hacia él, pero lo partió en dos con un solo tajo. Mandé una ráfaga de rocas afiladas, y las desvió como si fueran hojas secas. Mientras se movía, otros atacantes intentaban acercarse por los flancos, y tuve que invocar columnas de fuego para bloquearles el paso.
Mi mente trabajaba a toda velocidad. Podía seguir resistiendo… pero sabía que si me enfocaba solo en él, abriría huecos para que los demás se colaran. El sudor me corría por la frente, no por el calor del combate, sino por la tensión de mantener tantas capas de defensa y ataque al mismo tiempo.
El espadachín volvió a golpear. La barrera crujió, y vi líneas de tensión en su superficie, como si estuviera a punto de quebrarse. Fue en ese momento, entre la presión y el ruido, cuando ocurrió.
Mis ojos demoníacos captaron algo que antes no veía: no solo el flujo de maná dentro de su cuerpo, sino un patrón en el aire, como hilos invisibles conectando cada movimiento con la energía a su alrededor. Era como ver el mapa exacto de cómo ese hombre respiraba, pensaba y atacaba.
No lo dudé.
Vertí mi maná en ese patrón, no en forma de hechizo aprendido, sino de pura voluntad. Primero lo fijé en su lugar, endureciendo el aire a su alrededor hasta que quedó atrapado, incapaz de dar un paso. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no tuvo tiempo de reaccionar.
—Aplastar —susurré, y la fuerza se materializó.
Era como si hubiera creado una mano gigante invisible que cerraba sus dedos sobre él. Puse más fuerza. Más presión. Escuché el sonido húmedo y quebradizo de huesos cediendo, seguido por el estallido de órganos al reventar.
En un segundo, el suelo frente a mí quedó salpicado de sangre, fragmentos de hueso y carne irreconocible. Lo que quedaba de él se desplomó sin forma, y el olor a hierro quemado llenó el aire.
El silencio momentáneo que siguió fue más ensordecedor que el ruido de la batalla. Los que estaban a punto de atacar dieron un paso atrás. Luego otro. Y entonces, como si un instinto primitivo se activara en todos ellos, comenzaron a huir.
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Los demás atacantes, al ver la escena, retrocedieron. Algunos arrojaron las armas y huyeron sin mirar atrás. Otros fueron abatidos por los soldados leales.
Cuando todo quedó en silencio, me di cuenta de que estaba temblando. La barrera seguía en pie, pero mis reservas de maná estaban casi vacías.
Solté un largo suspiro y volví a concentrarme en mamá, reforzando la sanación hasta que su respiración se estabilizó.
—Ya pasó —le dije, aunque mi voz sonaba más como para convencerme a mí mismo.
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El regreso
La retirada fue lenta. Llevábamos a los prisioneros escoltados, algunos tan encadenados que apenas podían caminar, y a los heridos sobre camillas improvisadas hechas con lanzas y mantas.
Pelusa marchaba junto a la columna, con el pelaje todavía manchado de sangre seca, la cabeza baja pero alerta. Max volvió a mi hombro, sus seis ojos brillando con un tono más intenso de lo normal, como si todavía estuviera en modo de combate.
De los cien soldados que salimos esa mañana, doce no regresarían jamás. El silencio que dejaban sus ausencias se sentía en cada paso. Y aunque rescatamos a más de sesenta personas —la mayoría mujeres jóvenes—, no podía dejar de pensar en la condición en que las encontramos. Evité imaginar lo que habrían vivido antes de que llegáramos.
En total, más de doscientos bandidos murieron. Cuarenta y tres fueron capturados. Se estima que unos veinte lograron escapar, pero su banda quedó desmantelada. En los números, la operación fue un éxito. Sin embargo, después de la última emboscada… era imposible ignorar que alguien estaba moviendo hilos.
No sabía si la mano detrás estaba dentro de la ciudad o fuera de ella, pero lo que sí sabía es que conocían nuestros movimientos y esperaban el momento perfecto para golpear.
Mamá ya podía caminar, aunque con lentitud, y cada tanto apretaba los dientes por el dolor que aún le quedaba. Necesitaría descansar varios días para recuperarse del todo, aunque intentara aparentar lo contrario.
Cuando atravesamos las puertas de Delarus, los soldados que habían quedado en la ciudad nos recibieron con vítores. Y más de uno me dio palmadas en el hombro o un saludo respetuoso, agradeciéndome por las curas y por mantenerlos con vida. Algunos incluso gritaron mi nombre.
Mamá y yo nos miramos una vez más. No hacía falta decirlo: esto no había terminado.
