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Chapter 25 - capítulo 25

Capítulo 25

Punto de vista: Alerion

Han pasado dos años desde mis días en Roa. Ahora tengo nueve años, y aunque todavía me falta mucho por recorrer, el cambio en mis habilidades es tan grande que a veces me cuesta creer que sigo siendo el mismo niño que llegó allí por primera vez.

En magia, he alcanzado un dominio del maná que, según papá, “haría llorar a más de un archimago”. No sé si exagera, pero puedo decir con seguridad que he optimizado la velocidad y el consumo de todos mis hechizos. Lo que antes me dejaba agotado tras algunas horas de entrenamiento mágico sin descanso, ahora puedo repetirlo una y otra vez sin sentir que me vacían las fuerzas.

Puedo canalizar el maná a cualquier parte de mi cuerpo y lanzar un hechizo desde ahí: una bola de fuego desde el pie, una ráfaga de viento desde el hombro, un muro de tierra desde la espalda… útil tanto para sorprender como para presumir.

Otra habilidad que he perfeccionado es el uso del maná para caminar sobre cualquier superficie. Paredes inclinadas, techos, incluso sobre el agua… si la superficie es sólida o estable, puedo correr sobre ella. Eso sí, el primer mes de práctica me dio más golpes en la cabeza que victorias.

A pesar de todo, siento que he llegado a un muro invisible. Por más que lo intente, hay algo que no puedo romper: la sensación de que para avanzar necesito aprender magia de rango santo. También gracias a mi control del maná sinto que mis ojos estan a cerca de ver cierto patrón en el maná ambiental, casi como si pudiese interactuar con este, pero me falta algo. Quizás todas mis preocupaciones se resuelvan una vez rompa este límite.

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En medio de este avance, Zakhal apareció un día con un libro grueso y polvoriento.

—Esto me costó saldar varias deudas, pero aún así tuve que pagar un alto precio.—dijo con esa sonrisa que siempre precede a historias turbias—. Está en lenguaje del dios bestia. Parece una reliquia élfica, y es sobre invocación avanzada.

No me dejó usarla, claro. Me advirtió que intentar ese tipo de magia sin preparación era “jugar a la ruleta con tu propia vida”. Pero me permitió estudiarla. Así que ahora puedo leerla y entender la teoría, aunque mis manos no puedan ponerla en práctica. Por ahora.

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En cuanto a idiomas, ya domino los del dios demonio, dios de la lucha y dios bestia. Actualmente estoy estudiando el idioma celestial con papá, gracias a unos libros que trajo cuando cruzó el continente celestial. No es sencillo: la escritura es intrincada, y la pronunciación tiene sonidos que parecen diseñados para criaturas con mas de una voca o varias lenguas.

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Mi progreso en esgrima ha sido igual de notable, aunque distinto.

En el estilo del Dios del Agua, ya puedo considerarme de rango avanzado. La clave ha sido usar la magia para aumentar mi peso en momentos específicos, multiplicando la fuerza de impacto y acercándome, aunque solo sea por breves instantes, al golpe de un espadachín de rango santo.

En cambio, en los estilos del Norte y del Filo sigo en rango intermedio. Mi cuerpo simplemente no tiene todavía la velocidad ni la flexibilidad que exigen. Ghislaine me lo advirtió una vez: “No hay atajos para que el cuerpo crezca, así que no los busques”. Y tenía razón.

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No todo en estos dos años fue magia y espada. La vida en Delarus también cambió, y para bien.

Empecé a acompañar a mamá en su trabajo como capitana de la guardia. Al principio solo observaba, pero un día, por capricho, me puse una de las armaduras pequeñas del almacén. Me quedaba un poco grande, pero lo bastante ajustada para moverme. El problema fue que, visto a la distancia, los visitantes de otras ciudades pensaban que era… un enano.

Recuerdo la primera vez: un comerciante de piedras preciosas me vio en la entrada y dijo, con total seriedad:

—Oh, ¿el pequeño jefe de la guardia está aquí?

Mamá casi se atraganta conteniendo la risa. Los guardias que me conocían no dejaron pasar la oportunidad y empezaron a llamarme así, “pequeño jefe”. El apodo se quedó, y en cuestión de semanas todos en el distrito comercial lo usaban, incluso los niños.

La parte buena es que, a veces, los delincuentes novatos creían que yo era alguna especie de prodigio temible y evitaban problemas si me veían rondar. La parte mala… es que el apodo me perseguirá el resto de mi vida.

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Lecciones fuera del campo de batalla

En casa también hubo cambios. Mela, la más estricta de nuestras criadas, decidió enseñarme a cocinar. Según ella, “todo guerrero que no sepa alimentarse por sí mismo está condenado a morir de hambre antes que en combate”.

Sus lecciones eran prácticas y rigurosas. Me enseñó desde encender un fuego con lo mínimo (para el improbable caso de que no pueda usar magia) hasta preparar un guiso con ingredientes de fortuna. La primera vez que intenté hacer pan, sin embargo, fue un desastre: no subió, estaba duro como una piedra y Max lo intentó morder… solo para escupirlo y mirarme con desdén. Como si el pudiese hacerlo mejor

Mela se limitó a decir:

—Es aceptable … si lo usas para golpear a alguien.

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Con papá, el entrenamiento era distinto. De vez en cuando, me llevaba fuera de la ciudad para enseñarme a sobrevivir en la naturaleza. Dormíamos bajo el cielo, rastreábamos animales, buscábamos fuentes de agua y practicábamos con armas improvisadas.

Zakhal insistía en que un verdadero aventurero no podía depender siempre de su equipo.

—Las armas se rompen, la magia se agota, y las ciudades pueden cerrarte las puertas. Pero mientras sepas leer el terreno y aprovechar lo que tienes, siempre tendrás una oportunidad.

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Cambios en el personal

Lyne, la criada más joven y vivaz, se casó hace un año con uno de los subordinados de mamá. La boda fue pequeña, pero alegre. Aunque ahora vive con su esposo, sigue trabajando en la mansión algunos días, sobre todo cuando necesitamos a alguien para atender eventos importantes o reforzar el trabajo.

Cuando viene, trae noticias frescas de la ciudad, y aunque sigue siendo igual de habladora, ahora añade historias sobre su vida de casada… que Mela escucha con cejas arqueadas, como si midiera cada palabra en busca de “conducta impropia” para una dama.

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En estos dos años, aprendí que el entrenamiento constante es importante… pero también lo es ser parte de la comunidad. Si algo me ha dado Delarus es un lugar donde me siento parte de algo más grande que mi propia ambición.

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No importa cuánto entrene o cuántos idiomas aprenda… nada me prepara para cuando Eris Boreas y Ghislaine Dedoldia vienen de visita.

En estos dos años, Eris vino a Delarus dos veces junto con Ghislaine, y yo fui a Roa en tres ocasiones con papá. Y en cada uno de esos encuentros, la ciudad entera parecía… más ruidosa.

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La batalla por las matemáticas

Uno de los cambios más grandes fue que, gracias a mis clases (y mi infinita paciencia), Eris ahora domina las matemáticas básicas… casi al nivel de Max.

Lo digo así porque en nuestra última competencia, Max volvió a ganarle.

Fue en la sala principal, con Ghislaine sentada a un lado mirando como si no entendiera por qué alguien querría contar piedras para divertirse.

—Problema final —dije, dejando las piedras sobre la mesa.

Eris frunció el ceño, concentrada. Max, en cambio, se movió con calma, empujando las piedras correctas con su cola. Cuando terminé de enunciar el problema, él ya estaba de vuelta en mi hombro.

—¡Esto es trampa! —protestó Eris, levantándose—. ¡Un lagarto no puede ser mejor que yo en esto!

Max abrió la boca, dejó caer una piedra justo en la mano de Ghislaine y luego me miró como diciendo “es cuestión de talento”.

Ghislaine la sostuvo, arqueó una ceja y dijo con toda la seriedad del mundo:

—Gana el lagarto.

Eris me señaló con dramatismo.

—¡Cuando vengas a Roa, te voy a ganar!

—Claro, claro… —respondí, intentando no reír.

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La venganza desde el techo

En una de mis visitas a Roa, Eris estaba tan confiada con sus habilidades que decidió retarme desde el primer minuto. No me molesté en contestar: simplemente canalicé maná a mis pies, caminé por la pared y quedé colgado del techo.

—¿¡Qué demonios haces!? —gritó, apuntándome con el dedo.

—Perspectiva táctica —respondí con una sonrisa—. Desde aquí, puedo ver que tu peinado tiene un remolino justo…

No terminé la frase porque ya estaba corriendo por el techo mientras ella me perseguía desde el suelo con un palo, jurando que me iba a “bajar a golpes”. Ghislaine ni se levantó de su silla, solo nos siguió con la mirada como si estuviera viendo un espectáculo ya demasiado familiar.

Al final, me dejé atrapar. Y por “atrapar” me refiero a que me golpeó en el brazo con el palo y luego me ofreció panecillos como si eso borrara todo.

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El problema de la lectura

En cuanto a la lectura y escritura… ahí no hubo milagros. Intenté enseñarle durante cada visita, pero a la tercera lección, Eris ya miraba la hoja como si fuera un mapa sin sentido.

—No entiendo por qué es tan importante —decía, echándose hacia atrás en la silla.

—Porque si no, cualquier contrato podría decir que le estás vendiendo tu casa a un burro y no te enterarías.

—Si alguien me engaña, le rompo la cara.

—…No es el enfoque más práctico.

Según Ghislaine, los tutores que le ponen sus padres no duran ni dos semanas. Yo entiendo por qué.

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El avance de Eris

Donde sí me sorprendió fue en la magia de fuego. No sé si es pura afinidad o pura terquedad, o si era una pirómana pero llegó a nivel avanzado en menos de dos años. Sin embargo, en agua, tierra o sanación… nada. Lo intentamos, pero parecía como si el maná se negara a obedecer fuera del elemento fuego.

En esgrima, en cambio, Eris es una fuerza de la naturaleza. En solo dos años alcanzó el nivel intermedio en los tres estilos principales. Si hablamos solo de técnica pura y sin trucos, su talento es definitivamente superior al mío.

Debo reconocer que desde nuestra despedida, seguro ha estado entrenando sin descanso.

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El duelo que no pudo ganar

En nuestra última sesión de entrenamiento juntos, Eris estaba especialmente confiada. Ghislaine observaba desde la sombra de un árbol, con los brazos cruzados.

El combate empezó parejo, pero entonces activé mi truco: aumenté mi peso en el momento exacto para desviar su espada y desequilibrarla.

La hice caer sobre la hierba sin lastimarla, pero con una sonrisa victoriosa.

—¡Tramposo! —gritó, incorporándose.

—En el amor y la guerra todo vale —respondí, guardando la espada.

Ghislaine soltó una carcajada breve, y Eris me lanzó una mirada que prometía venganza.

—La próxima vez, no habrá amor ni guerra… solo mi victoria.

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Lo curioso es que, aunque siempre terminamos compitiendo, Eris saca un lado de mí que pocas personas ven. Ese lado que se olvida de calcular cada movimiento, que puede reírse y correr con un palo en la mano sin pensar en nada más. Y aunque nunca se lo voy a decir en voz alta… es algo que valoro mucho.

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