Capítulo 11 - Parte 1
Maximus Décimo Meridio —o “Max”, como todos terminamos llamándolo— se había convertido en parte de la familia.
Para mí, era mucho más que un lagarto de seis ojos con escamas iridiscentes. Era una presencia constante, tranquila, siempre observando. Tenía la costumbre de acomodarse en mi hombro izquierdo, donde podía mirar en todas direcciones sin moverse demasiado. No importaba si estaba estudiando, comiendo o simplemente descansando, Max encontraba la forma de estar cerca.
Con los demás… bueno, ahí la cosa cambiaba. Era sumiso conmigo, pero con desconocidos su mirada se volvía fría, casi depredadora. No atacaba, pero bastaba con que girara esos seis ojos y mostrara las garras para que cualquir persona común diera un paso atrás.
Un guardia veterano juraba que una vez lo vio bostezar y mostrar los dientes, y desde entonces no pasaba por el pasillo donde dormía. Yo nunca lo corregí. Era divertido ver a tipos con espadas evitar a una criatura que podía caber en un cesto de frutas.
Max tenía sus rarezas. Le encantaba el olor del pan recién horneado y se metía en la cocina apenas tenía oportunidad, robando pedazos que desaparecían en segundos. Una vez lo descubrí acurrucado dentro de la cesta de la ropa limpia, con las seis pupilas cerradas y una expresión de satisfacción absoluta.
En poco tiempo, se convirtió en mi sombra y en una especie de alarma viviente: si Max estaba inquieto, algo pasaba.
---
Esa mañana, mi madre me llamó temprano.
—Hoy vamos a dar un paseo por la ciudad. —Su voz no dejaba lugar a debate.
—¿Puedo llevar a Max? —pregunté.
—Claro, pero si asusta a algún comerciante, tú le explicarás que no es peligroso.
Salimos con el cielo despejado y el aire fresco del final del invierno. Delarus era distinta cuando se recorría a pie: el bullicio de las calles, los vendedores pregonando sus productos, el olor a pan, carne asada y especias que venían de todas partes.
Mi madre caminaba erguida, con esa mezcla de elegancia y autoridad que hacía que la gente se apartara para dejarle paso. Saludaba a conocidos, respondía con cortesía a quienes la llamaban “señora” y recibía inclinaciones de cabeza de guardias y mercaderes.
Max se asomaba de vez en cuando desde mi hombro, moviendo la cola con curiosidad. Un perro callejero se nos acercó olfateando, pero en cuanto Max giró la cabeza y lo miró, el perro reculó con el rabo entre las patas. Mi madre sonrió apenas.
—Parece que Max tiene más autoridad que algunos guardias.
Pasamos por el mercado principal. Había puestos de frutas, telas, armas y objetos de todo tipo. Algunos vendedores intentaban ofrecernos mercancía, otros simplemente sonreían al vernos pasar. Con mi madre, las interacciones eran rápidas: pocos se atrevían a insistir demasiado.
—Antes de volver, quiero pasar por el gremio —dijo ella, y su tono indicaba que no era para una compra casual.
---
El gremio de aventureros estaba en una esquina amplia de la ciudad, con un letrero de madera marcado con el emblema de una espada y un escudo. Desde fuera se escuchaban risas fuertes, choques de vasos y el rumor de conversaciones animadas.
En cuanto cruzamos la puerta, el ambiente cambió. La mezcla de olor a cuero, cerveza y sudor quedó suspendida en el aire. Los hombres musculosos, con armas colgando a la espalda, se giraron para mirar. La mayoría eran tipos duros, curtidos por el trabajo y las peleas… pero al ver a mi madre, el ruido se apagó poco a poco.
Un par de aventureros que estaban empujándose cerca de la barra dejaron de hacerlo y fingieron estar ajustando el equipo. Otro, que reía a carcajadas por un chiste, se tragó la risa al cruzar la mirada con Aelinne.
Fue como si alguien hubiera traído un jarrón caro a una taberna llena de borrachos: todos caminaban con cuidado, evitando llamar demasiado la atención.
—Buenos días —saludó mi madre, avanzando hacia el mostrador con paso firme.
Yo seguía a su lado, observando el cambio de actitud con una mezcla de diversión y curiosidad. Max, desde mi hombro, inspeccionaba el lugar. Vi cómo un hombre enorme, con más cicatrices que dientes, lo miraba… y se apartaba discretamente.
En el mostrador, el recepcionista —un hombre delgado con el cabello recogido— nos atendió con una sonrisa nerviosa.
—S-señora Aelinne, ¿en qué puedo ayudarla hoy?
—Busco información sobre un grupo llamado Colmillos del Lobo Negro.
El recepcionista parpadeó, sorprendido.
—Ah… ellos se disolvieron hace… un año, más o menos. —Miró a ambos lados, como asegurándose de que nadie escuchara—. Algunos se marcharon a otras ciudades, otros se retiraron.
Mi madre asintió, sin mostrar reacción.
—Entiendo.
Noté, eso sí, que había algo en la forma en que lo dijo el recepcionista. Una incomodidad, como si hubiera más que no quería o no podía decir delante de todos.
No insistimos. Mi madre se dio media vuelta y el silencio incómodo del gremio se mantuvo hasta que cruzamos la puerta.
---
El aire fresco de la calle me pareció un alivio después del ambiente cerrado del gremio.
—¿Siempre pasa eso cuando entras aquí? —pregunté.
—Casi siempre. —Su respuesta fue breve, pero con una media sonrisa.
Max bostezó, mostrando sus pequeños colmillos, y yo no pude evitar pensar que el lagarto y mi madre tenían algo en común: ambos podían imponer respeto sin hacer un solo movimiento agresivo.
De camino a casa, le dije:
—El gremio parecía más un circo que una organización seria.
—Eso es porque la mayoría de los aventureros son así —respondió ella, como quien habla de un hecho inevitable—. Fuertes, valientes… y a veces, niños grandes.
Capítulo 11 – Parte 2
La caminata de regreso fue tranquila. Max dormía sobre mi hombro, ajeno al ruido de las calles. Cuando llegamos a casa, mi madre me pidió que lo dejara en mi habitación antes de ir al salón principal.
—Tu padre quiere hablar contigo —dijo, y ese tono indicaba que la charla no sería breve.
En la sala nos esperaba Zakhal, sentado con una jarra de té caliente. Sus ojos me estudiaron mientras me sentaba frente a él.
—Hoy tu madre me ha contado algo interesante —empezó, sin rodeos—. Quiere contratar un instructor de magia para ti.
Me acomodé en el sillón.
—¿Un instructor? —pregunté, aunque ya sabía que no me convencería del todo.
Mi madre intervino:
—Sería alguien que te ayude a perfeccionar lo que ya sabes, y te enseñe lo que nosotros no podemos.
Zakhal bebió un sorbo de té antes de hablar.
—El problema es que tú… no eres un aprendiz normal. —Me señaló con un dedo—. Tu magia sin canto es algo que casi nadie podría enseñarte a usar bien. La mayoría de instructores te harían desaprender lo que ya sabes.
Me quedé en silencio. Tenía razón. Mis métodos, aunque efectivos, no seguían los estándares de este mundo.
—Entonces… ¿qué sugieres? —pregunté.
Zakhal dejó la jarra sobre la mesa.
—Yo mismo te enseñaré. Puedo llevarte hasta el nivel intermedio, que es el límite de mis posibilidades. De ahí en adelante… buscaremos otra forma.
Mi madre cruzó las piernas y me miró con atención.
—Tu padre no es el más hábil de los maestros —advirtió—.
—Eso es cierto —dijo él con una media sonrisa—, pero te garantizo que aprenderás rápido. No pienso enseñarte a medias.
La idea me atraía. Seguir aprendiendo directamente de mi padre, que había viajado, luchado y explorado medio mundo, sonaba mucho más interesante que seguir a un instructor contratado que no comprendería mi forma de trabajar.
—Está bien —acepté—. Nivel intermedio contigo. Pero… ¿qué hay del nivel avanzado?
Zakhal se recostó en su asiento, como si hubiera esperado esa pregunta.
—El nivel avanzado es complicado. Hay pocos magos que lo dominen, y menos aún que estén dispuestos a enseñarlo. Incluso con dinero, tendríamos que encontrar a la persona correcta.
—O… —dije, notando que estaba dejando algo sin decir.
—O recurrir a métodos menos… oficiales —respondió con calma.
Mi madre arqueó una ceja.
—¿Menos oficiales?
—Contactos, viejos favores… y si es necesario, información que no siempre se consigue de forma limpia —explicó Zakhal—. Podríamos obtener grimorios, pergaminos, o incluso pagar por tiempo de entrenamiento con un maestro que normalmente no aceptaría.
Ella guardó silencio por unos segundos. La chimenea crepitaba en el fondo, llenando el espacio.
—Mientras Alerion esté seguro… —dijo finalmente— no voy a preguntar cómo lo consigues.
No era una rendición total, pero sí una señal clara de que confiaba en que mi padre manejaría el asunto.
—Tendremos que empezar pronto —añadió Zakhal—. Cuanto antes domines lo intermedio, antes podremos buscar lo avanzado.
Max, que había bajado de mi habitación y se había colado en la sala sin que nadie lo notara, trepó al sillón y se acomodó junto a mí. Su presencia me recordó lo rápido que todo había cambiado en los últimos meses: de practicar magia básica en secreto a tener planes para conseguir conocimientos que pocos en el mundo poseían.
—Entonces… ¿cuándo empezamos? —pregunté.
Zakhal sonrió de una forma que no supe si me emocionaba o me preocupaba.
—Mañana. Y prepárate, porque no voy a tratarte como a un niño.
Mi madre bebió un sorbo de té, mirándonos a los dos como si evaluara hasta qué punto sería capaz de soportar mi nuevo régimen de entrenamiento.
—Solo recuerda que también tienes otras responsabilidades —dijo—. No todo es magia.
—Lo sé —respondí, aunque en mi cabeza ya estaba pensando en los posibles grimorios, las técnicas que aún no conocía, y en qué tanto podría crecer mi maná con la práctica constante.
---
Esa noche, mientras me preparaba para dormir, Max se acomodó junto a mí como siempre. Sus seis ojos brillaban débilmente en la penumbra.
—Mañana empezamos en serio, Max —le dije en voz baja—. Y si todo sale bien… quizá algún día aprendamos cosas que ni los libros se atreven a escribir.
El lagarto ladeó la cabeza, como si entendiera, y cerró los ojos.
Yo, en cambio, me quedé despierto un rato más, imaginando lo que vendría.
Si el nivel intermedio era solo el principio… el camino hacia la magia avanzada iba a ser mucho más que un simple aprendizaje.
---
Mientras tanto, en una aldea tranquila de la región de Fittoa, el nuevo aire de primavera estaba cargado con el calor de un hogar y el murmullo de voces preocupadas. Dentro de una casa modesta pero cuidada, una mujer joven de cabello rubio claro jadeaba, apretando las manos contra las sábanas empapadas de sudor.
—Vamos, Zenith, ya casi está… —la animaba una mujer de cabello castaño rojizo y gesto firme, sosteniéndola por los hombros.
El llanto de un recién nacido rompió el silencio como una campana clara. La partera sonrió, envolviendo al pequeño en una manta antes de entregárselo a su madre.
Zenith lo recibió con lágrimas en los ojos, acariciando con suavidad la diminuta cabeza.
—Rudeus… —susurró, como si el nombre hubiera estado esperando ese momento para ser pronunciado.
