Ficool

Chapter 10 - capítulo 10 Maximus

Capítulo 10 – Parte 1

El invierno había vuelto a cubrir Delarus, y esta vez yo lo recibía con tres años cumplidos.

Puede parecer extraño, pero aceptar que ahora soy un niño —un niño pequeño, con manos pequeñas, pasos cortos y ocasionales ganas de dormirme abrazado a mi madre— nunca me resultó incómodo. Supongo que desde el principio asumí que esta era mi nueva vida y no tenía sentido pelear contra ella. Sí, todavía me pasaba que, medio dormido, buscaba algo que apretar como si fuera un peluche… y no, no me daba vergüenza. A esta edad, a nadie le importa.

Aprendizaje de idiomas

En este mundo, hablar correctamente era tan importante como blandir una espada o lanzar un hechizo. Yo había aprendido el idioma humano desde que balbuceaba mis primeras palabras, y en gran parte fue gracias a Mela, una de las personas más pacientes que conozco. Ella me corregía sin cansancio, me enseñaba canciones simples y me leía cuentos hasta que pudiera repetirlos casi de memoria.

Con mi padre, en cambio, el tono cambiaba. Él era quien me introducía, de vez en cuando, al idioma del Dios Demonio. No era un estudio constante, más bien una especie de pasatiempo en días tranquilos, pero me intrigaba por su fonética y por lo diferente que se sentía al pronunciarlo.

Según Zakhal, sabía que los principales idiomas eran seis:

Lenguaje humano: el más extendido y usado en comercio, diplomacia y vida diaria.

Idioma del Dios Demonio: áspero, lleno de sílabas cortas y consonantes fuertes; hablado por varias razas demoníacas y algunos magos antiguos. Era el mas complicado debido a los muchos dialectos.

Idioma del Dios Bestia: con sonidos guturales y expresiones muy ligadas a la naturaleza; usado por las razas de la región de Milis y los bosques lejanos. Según Zakhal es relativamente fácil de aprender, ya que es muy intuitivo.

Idioma del Dios Luchador: vigoroso y rítmico, como si cada frase fuera un golpe; asociado a tribus guerreras del continente central. Muy parecido al idioma humano.

Idioma del Dios del Cielo: suave y melódico, con inflexiones largas; usado por razas aladas, pocos eruditos y personas fuertes capaces de viajar por el continente Celestial. Este es extremadamente raro.

Idioma del Dios del Mar: cargado de vocales largas y pausas; hablado por las razas acuáticas y comerciantes costeros especializados.

Por ahora, dominaba solo el idioma humano, pero mi memoria adulta me permitía memorizar palabras y frases de otros idiomas con relativa facilidad. Aprenderlos no era una urgencia, pero sí un plan a largo plazo; nunca se sabía cuándo podía necesitar negociar, viajar… o simplemente entender una conversación que no estaba destinada a mí.

---

En algún momento, después de aprender a leer mis padres decidieron que estaba listo para comenzar con el aprendizaje de magia.

Mi padre había empezado a supervisar mis estudios formales de magia. La biblioteca familiar era pequeña comparada con la de un noble de la capital, o eso creo, no es que haya visto una. El aire allí siempre olía a pergamino y madera encerada, y la luz entraba en haces oblicuos desde las ventanas altas.

—Concéntrate en el texto, no en el polvo que flota —me dijo esa mañana, con tono neutral.

El libro frente a mí tenía letras claras y diagramas sencillos. En sus páginas se explicaban los fundamentos: cómo moldear maná, la importancia del canto como estructura y guía para el hechizo, y las distintas escuelas elementales. Era casi un catecismo de magia para principiantes, aunque había un capítulo que me llamó la atención: Historias y leyendas de los Mikos.

Decía que, en épocas antiguas, algunos pocos podían acortar cánticos o incluso lanzar hechizos básicos sin pronunciar palabra. No había pruebas modernas de que alguien pudiera hacerlo; se consideraba un mito, algo para decorar cuentos de fogata.

—Es curioso… —murmuré, deslizando los dedos por el dibujo de un mago rodeado de llamas.

—Un mito, nada más —replicó mi padre, sin levantar la vista del pergamino que revisaba—. O eso es lo que todos prefieren creer.

Cuando terminé la lectura, mi padre lo colocó de nuevo en su sitio.

—Es suficiente teoría por hoy. Vamos al patio. —No era una sugerencia.

El patio interior estaba cubierto de nieve, pero despejado en el centro para prácticas.

—Empieza con lo que leíste. Fuego básico. Recuerda el canto —ordenó.

Recité el hechizo palabra por palabra: “Oh espíritu del fuego, acude a mi llamado, forma una llama en mi mano”. Sentí el calor reunirse en mi palma y una pequeña esfera de fuego danzó antes de desvanecerse.

Repetí el proceso varias veces, cada una con un poco más de control. Pero era… lento.

En una pausa, recordé la primera vez que había sentido el maná fluir en mi interior, hace meses, cuando lo hice casi por instinto. Cerré los ojos y activé mis ojos demoníacos.

El mundo cambió. Vi filamentos de luz moviéndose en el aire, lentos y constantes, y un brillo intenso latiendo en mi propio cuerpo. Guié ese flujo hacia mi mano… sin pronunciar nada.

Una chispa prendió en mi palma: pequeña, silenciosa, imposible de confundir.

—¿Qué… fue eso? —la voz de mi padre sonó baja, seria.

—No dije el canto. Solo… lo sentí. Como la primera vez que lo intenté.

Mi padre se acercó, con el ceño fruncido.

—Alerion… ¿sabes que esto no es algo que cualquiera pueda hacer? Laplace también podía hacerlo. Y eso… te puede traer problemas.

Mi madre apareció en el patio en ese momento. Tras escuchar, se mostró igual de seria.

—No se lo diremos a nadie —sentenció—. Ni a sirvientes, ni a familiares.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque hay quienes pagarían por tenerte… o por eliminarte —dijo mi padre, directo.

No me asustó. Sentí más bien una mezcla de orgullo y responsabilidad.

—Está bien. Pero seguiré practicando aquí.

—Eso sí puedes hacerlo —concedió mi padre, y sonrió.

Capítulo 10 – Parte 2

Pospuse la salida con mi madre.

No fue una decisión difícil; la idea de caminar por el mercado era atractiva, pero había algo que me llamaba más: dominar todas las magias básicas. Quería sentirme completo antes de dar el siguiente paso más allá de las paredes de esta casa. No era una obsesión, solo… una meta que me parecía divertida de alcanzar.

Al principio pensé que sería rápido. Ja. Ja.. Jaja.... Jajaja.

---

Primeras semanas y el problema del maná

Las primeras prácticas fueron agotadoras. Después de unos cuantos hechizos, sentía la cabeza pesada y los brazos como si me hubieran puesto lastre. Un día, agotado, me tiré en la nieve del patio y Mela salió alarmada pensando que me había desmayado.

En uno de los libros que me dio mi padre decía claramente: “La cantidad de maná en un individuo es fija desde su nacimiento”.

No me lo creí del todo. A fin de cuentas, yo seguía creciendo; ¿por qué mi maná no lo haría?

Y, efectivamente, tras una semana, noté que podía encadenar más hechizos antes de cansarme. Después de un mes, casi nunca me quedaba sin maná.

---

Dominando los elementos

Fuego, agua, tierra y viento fueron mis primeras conquistas.

El fuego era mi favorito: cálido, vivo, explosivo.

El agua me resultó extrañamente calmante; podía moldearla en pequeñas esferas o corrientes sin dificultad.

La tierra fue práctica: levantar muros pequeños o compactar el suelo del patio.

El viento… bueno, aprendí a no practicarlo cerca de la ropa tendida.

Mi padre supervisaba algunas sesiones, pero muchas las hacía solo. Activaba mis ojos demoníacos para ver el flujo de maná, ajustando con precisión hasta que cada hechizo salía exactamente como lo imaginaba.

---

Magia de luz y su propósito

Cuando pasé a la magia de luz, esperaba algo decorativo. Me equivoqué.

En los manuales, estaba escrita con advertencias claras: “Utilizada para combatir fantasmas y no-muertos”. Nunca había visto uno, pero la sola idea me provocaba curiosidad y una leve inquietud.

La práctica fue sencilla: haces luminosos que respondían a mi control, desde una luz suave para leer hasta un destello lo bastante intenso como para encandilar.

---

Sanación y desintoxicación: el muro difícil

La magia de sanación fue… frustrante. No bastaba con decir el canto o moldear el maná; había que visualizar el tejido reparándose. Más de una vez curé a medias un rasguño, o lo hice tan rápido que dolió más de lo que ayudó.

La desintoxicación fue peor. La primera vez que intenté “expulsar” una sustancia, fallé. Según mi padre, era normal: este tipo de magia requería una imagen mental muy clara del veneno y su eliminación. No fue hasta semanas después, usando un brebaje amargo preparado por él(inofensivo, pero de sabor espantoso), que logré purgarlo correctamente.

---

La magia de barrera fue más satisfactoria. Al principio mis escudos eran débiles y se deshacían con un toque fuerte.

Pero al cabo de un mes, podía mantener una barrera pequeña durante varios minutos sin esfuerzo. A veces jugaba con ella, levantándola justo para que una bola de nieve lanzada por Zakhal rebotara y le cayera de vuelta.

---

La magia de invocación.

La gran sorpresa vino de mi padre. Un día apareció en la biblioteca con un manojo de pergaminos antiguos, envueltos con un cordel gastado que parecía a punto de deshacerse.

—Los encontré en mis viajes, hace años —dijo, colocándolos frente a mí—. Están en idioma demoníaco. Te ayudaré a traducirlos.

Los desenrollamos con cuidado sobre la mesa. El olor a pergamino viejo mezclado con polvo y un toque metálico me golpeó de inmediato. Las letras eran curvas y afiladas, con símbolos que parecían más dibujos que palabras.

La traducción fue lenta pero fascinante. Las fórmulas eran mucho más complejas que cualquier canto básico que hubiera visto, y la cantidad de maná que exigían no era poca cosa.

—Esto no es magia para jugar —advirtió mi padre mientras repasaba una línea—. Pero creo que puedes intentarlo.

Elegimos una de las fórmulas más simples para empezar. Me concentré, canalizando el maná como indicaba el pergamino, y pronuncié el canto en demoníaco con la ayuda de mi padre. El aire frente a mí se distorsionó, como si el espacio se arrugara, y de pronto apareció…

Un lagarto de seis ojos, con escamas de un brillo iridiscente que cambiaba según le daba la luz. Era pequeño, del tamaño de mi antebrazo, pero sus garras eran afiladas y su cola se movía con un vaivén curioso. Me miró con sus seis ojos a la vez… y luego, sin dudar, se trepó a mi hombro y se acomodó como si hubiera vivido ahí toda la vida.

—Es… ¿sumiso? —preguntó mi madre, que había entrado justo a tiempo para presenciar la escena.

—Y bastante inteligente —respondí, mientras el lagarto me olfateaba el cabello.

No pude resistir la tentación. Me puse de pie, con toda la solemnidad que un niño de tres años puede fingir, y declaré:

—Te nombro Maximus Décimo Meridio, el Señor de las Barbacoas, Capitán de los Pollos Fritos, Servidor Fiel de la Nevera, Padre de las Patatas Fritas y Esposo de la Pizza, y… encontrarás tu venganza en el buffet libre.

El silencio que siguió fue glorioso. Mi padre y mi madre me miraban con una mezcla de incredulidad y confusión, hasta que solté una carcajada.

—Es broma. —El lagarto ladeó la cabeza como si también se riera conmigo.

Maximus, como decidí llamarlo para abreviar, permaneció conmigo toda la tarde, siguiéndome incluso cuando guardamos el pergamino. Se mostró obediente, sin rastro de agresividad, y hasta aceptó un trozo de pan que le di.

---

En los días siguientes probé otras invocaciones.

Una fue un ave de plumaje negro con pico curvado, que emitió un sonido grave y extraño antes de desaparecer cuando rompí el hechizo.

Otra vez apareció una criatura similar a un armadillo, pero con cuernos diminutos y piel de tonos verdes.

No todas salieron bien. En una ocasión, el pergamino produjo algo que… no sabría cómo describir. Una especie de rata rechoncha con dientes afilados y ojos saltones que me miró con odio puro. Antes de que pudiera reaccionar, me mordió el dedo. Mi padre casi se dobla de la risa mientras yo la disolvía con un chasquido para romper la invocación.

Descubrimos que muchas de las criaturas pequeñas que lograba invocar tenían cierto valor por su rareza. Algunas eran vendidas a coleccionistas y comerciantes especializados, lo que nos trajo unas cuantas monedas extras.

Otras… bueno, digamos que ni regaladas, y menos cuando intentaban atacarme en cuanto aparecían.

Aun así, la magia de invocación se convirtió en una de mis favoritas. No solo por el desafío que representaba, sino por la sensación única de ver surgir algo completamente nuevo ante mis ojos. Y claro… porque siempre estaba la posibilidad de que otro “Maximus” apareciera.

---

Los subordinados de mi madre

Durante esos meses, pasé más tiempo con la gente que veía a la casa. Mi madre era tan querida que todos parecían tener un gesto amable conmigo.

Un guardia veterano me enseñó cómo sostener una espada de madera “para cuando seas más grande”.

Una escudera joven me escondía dulces en los bolsillos “para que tu madre no me mate”.

Un mensajero me relató historias de viajes a tierras nevadas, exagerando monstruos y aventuras hasta que me dolía la cara de tanto reír.

Me di cuenta de algo: la lealtad hacia mi madre era un escudo invisible, tan real como las barreras que yo practicaba. Y yo, sin proponérmelo, estaba bajo su protección también.

---

Seis meses después

Pasaron seis meses… más de lo que había planeado al principio.

Ahora podía lanzar todos los hechizos básicos sin dificultad, aunque la sanación y la desintoxicación seguían exigiendo más concentración. La invocación consumía tanto maná que prefería usarla con moderación.

Mis reservas mágicas habían crecido hasta el punto de que rara vez me quedaba sin energía.

Y, con cada hechizo dominado, la idea de salir al mundo exterior se hacía más tentadora.

Tal vez… había llegado el momento de cumplir la promesa pendiente con mi madre.

More Chapters