Capítulo 13 - Parte 1
Salir al mercado con mi madre siempre era una experiencia peculiar. Ella caminaba como si cada calle le perteneciera, y la gente lo sabía: los comerciantes la saludaban con sonrisas amplias, los guardias enderezaban la espalda y los curiosos se apartaban para dejarla pasar.
Ese día, Maximus estaba más inquieto de lo normal. No se limitaba a mirar los puestos de frutas o joyas, sino que giraba la cabeza constantemente, como si siguiera un olor invisible. Sus seis ojos brillaban con esa luz que aparecía cuando estaba concentrado.
—¿Qué te pasa, Max? —susurré, acariciándole el cuello.
Él no respondió, claro, pero su cola se tensó y miró hacia una calle lateral.
—¿Pasa algo? —preguntó mi madre, notando mi distracción.
—Max está mirando ahí —señalé la callejuela.
Antes de que pudiéramos seguir, Max soltó un leve siseo y movió la cabeza hacia un grupo de tres personas a unos metros. No me habría fijado en ellas de no ser porque hablaban en idioma demoníaco.
“…un niño con habilidades raras… en esta ciudad… cuidado con llamar la atención…”
Me quedé quieto, procesando las palabras. Mi madre aún no había captado el detalle; aunque entendía algo de demoníaco, no era tan fluida como yo.
—Sigamos —dije, y tiré suavemente de su mano.
Ella me miró de reojo, pero no preguntó. Aprendí de ella que, a veces, lo mejor era no reaccionar de inmediato.
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De vuelta en casa, le conté a mi padre lo que había oído.
—Podrían ser simples rumores —dijo, pero su tono no sonaba del todo convencido—. Aun así, mantente alerta. Y tú, Max… —se inclinó hacia el lagarto—, buen trabajo.
Max giró la cabeza, como si entendiera el elogio, y regresó a su lugar habitual en mi hombro.
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El día del hielo
Llevaba semanas trabajando en una idea que no me dejaba dormir: combinar elementos. No como un cambio rápido de un hechizo a otro, sino unirlos para producir un efecto nuevo.
Mi objetivo inicial era simple: agua + viento = hielo.
En teoría, el viento enfriaría el agua hasta solidificarla, pero en la práctica… no era tan fácil. El maná de ambos elementos no se mezclaba de forma natural.
Ese día, decidí intentarlo bajo supervisión. Mi padre estaba presente, brazos cruzados, con esa expresión de “te estoy evaluando hasta la ropa interior”.
Cerré los ojos, activé mis ojos demoníacos y comencé a moldear el agua. Corrientes de maná azul claro formaron una esfera flotante. Luego, llamé al viento: líneas de maná verde giraron alrededor de la esfera. El truco estaba en equilibrar ambos sin que uno “ahogara” al otro.
La temperatura bajó. La esfera dejó de moverse y, poco a poco, se volvió sólida. Cuando abrí los ojos, tenía una placa de hielo limpia, transparente y firme.
—Hecho —dije, dejando que cayera suavemente al suelo.
Mi padre la levantó, la giró en la mano y asintió.
—Esto… no es algo común. No lo muestres a cualquiera. —Su tono fue más serio que orgulloso—. Y no lo intentes con combinaciones más peligrosas sin mí presente.
Max se acercó, olfateó el hielo y, para mi sorpresa, le dio un pequeño mordisco antes de apartarse con una sacudida de cabeza.
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Después del almuerzo, Lyne me interceptó en el pasillo con una bandeja.
—Postre especial para el joven amo. —Era una tarta pequeña con frutas glaseadas.
—¿Especial por qué? —pregunté, sospechando que mi madre le había contado lo del hielo.
—Digamos que hay rumores de que hiciste algo “frío” hoy. —Me guiñó un ojo.
Mientras me sentaba a comer, Mela apareció, como siempre, sin anunciarse.
—Felicidades por tu logro —dijo, aunque con su tono seco habitual.
—¿Lo importante no es hacerlo una vez? —pregunté, imitando su seriedad.
—No. Lo importante es poder hacerlo siempre que lo necesites —respondió, y se quedó de pie como si esperara que tomara nota de sus palabras.
Lyne se rió.
—Déjalo disfrutar un poco, Mela.
Mela solo negó, pero en sus labios apareció una sonrisa leve antes de salir.
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Capítulo 13 – Parte 2
Cinco meses pasaron más rápido de lo que esperaba.
Cuando el frío volvió a instalarse en Delarus, me encontré a pocas semanas de cumplir cinco años.
Había cambiado más de lo que imaginaba. No solo mi altura o mi fuerza, sino la facilidad con la que mi magia respondía. Los hechizos que antes me exigían concentración plena ahora fluían como gestos automáticos. Las combinaciones elementales, que en un inicio eran ensayos torpes, se habían vuelto herramientas precisas.
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El mayor cambio, sin embargo, estaba en mi visión.
Mis ojos demoníacos se habían vuelto más agudos. Ya no solo veía el flujo del maná con claridad: había momentos en que detectaba “ecos” que no sabía explicar. Como una huella invisible de magia que había estado presente hacía minutos.
No estaba seguro, pero tenía la sensación de que mis ojos podían hacer más de lo que creía. La idea de experimentar estaba ahí… aunque, por instinto, decidí no mencionarlo todavía.
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En casa, algo había cambiado.
Mela recibía más visitas de proveedores y, cada vez que yo aparecía, cerraba rápido las listas de inventario.
Lyne, que normalmente dejaba que deambulara por la cocina, me mantenía ocupado con encargos absurdos: “lleva esto a la biblioteca”, “ve a revisar si Max está en el patio”, “busca a tu madre en el ala este”.
Mis padres también parecían más ocupados. Muchas conversaciones quedaban a medias cuando yo entraba, y siempre había una excusa rápida para cambiar de tema.
No me tomó mucho deducir que tramaban algo. Y aunque quería preguntar, había cierta emoción en no hacerlo.
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Escenas cotidianas
Una tarde, Lyne me puso a pelar frutas “para un postre especial”. Max, que estaba a mi lado, decidió que las cáscaras eran juguetes y empezó a empujarlas con la cola por la mesa.
—Max, no —dije, pero él siguió como si nada.
Lyne se rió.
—Creo que le gusta más tu tarea que a ti.
En otra ocasión, encontré a Mela en el patio supervisando a un par de guardias mientras ajustaban decoraciones que decían ser “para un evento menor”. Cuando me vio, me hizo un gesto para que me acercara.
—¿Vienes a entrenar? —preguntó.
—No, solo a ver qué hacías.
—Entonces ve con Lyne. Esto no es para ti… todavía.
Me quedé con esa última palabra flotando en la cabeza.
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Max y sus juegos
Max parecía saber más que yo. No era solo su costumbre de seguirme: en los últimos días me guiaba lejos de ciertas zonas de la casa. Si me acercaba al salón principal, él se ponía en mi camino o saltaba a mi hombro, mirando hacia otro lado como para distraerme.
—Tú también estás en esto, ¿eh? —le dije un día, mientras me llevaba fuera del ala norte.
Él giró la cabeza, sus seis ojos brillando como si hubiera ganado una pequeña batalla.
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Progreso en magia.
En estos cinco meses, había perfeccionado combinaciones seguras:
Agua + viento para crear hielo.
Fuego + viento para proyectar llamaradas más rápidas.
Tierra + agua para formar barro denso, útil para inmovilizar.
Las usaba con moderación, siempre bajo la supervisión de mi padre o madre, y nunca fuera del ámbito familiar.
La invocación intermedia seguía siendo el terreno más delicado. Ahora podía estabilizar círculos con mayor rapidez, pero aún había invocaciones que rechazaban el vínculo y colapsaban.
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Sospecha confirmada
Una noche, mientras escribía en mi habitación, escuché pasos apresurados y murmullos en el pasillo. Max levantó la cabeza, atento. Reconocí la voz de Lyne y el tono serio de Mela.
“…mañana por la tarde… todo listo antes de que vuelva…”
Sonreí para mí.
No sabía exactamente qué habían planeado, pero sí estaba seguro de que no faltaba mucho para descubrirlo.
