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Chapter 16 - capítulo 16

Capítulo 16 – Parte 1

Punto de vista: Aelinne

El sonido de la pluma sobre el papel llenaba mi oficina con un ritmo constante. El sol entraba por la ventana, iluminando la pila de documentos que Mela había dejado temprano en la mañana. Órdenes de suministros, reportes de patrullas, peticiones de mercaderes… lo mismo de siempre.

Pero mi mente, inevitablemente, se desviaba hacia algo más interesante.

Había pasado un año y medio desde aquella tarde junto al lago, cuando Alerion me habló de sus sueños y metas. Desde entonces, el niño que sujetaba una espada con manos inseguras se había convertido en algo muy distinto.

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En lo físico, había dominado la esgrima básica con una rapidez que incluso a Zakhal le sorprendió. Sus posturas eran firmes, sus reflejos rápidos, y su resistencia superaba con creces la de otros niños de su edad. Su cuerpo crecía más fuerte cada día, y no solo por la espada: las sesiones de entrenamiento mágico también lo moldeaban.

Pero lo verdaderamente impresionante era su magia.

Hace apenas unos meses, consiguió realizar algo que ni yo estaba segura de que fuera posible: convocar una criatura mágica de rango A del continente demoníaco.

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La recuerdo perfectamente. Una tarde de práctica, el círculo de invocación comenzó a brillar con una intensidad que no había visto en mucho tiempo. Cuando la figura tomó forma, lo primero que apareció fueron los ojos: dos esferas amarillas y frías, seguidas por un cuerpo de sombras que parecía moverse antes de que el aire mismo lo registrara.

Una pantera mágica, adulta, más grande que un caballo y con músculos que se movían bajo un pelaje oscuro como la noche, apenas interrumpido por motas azuladas que parecían brillar en la penumbra.

Sabía exactamente lo que tenía delante: un depredador perfecto, un cazador que, en su hábitat, podría eliminar a casi cualquier enemigo… incluso a un espadachín experimentado.

Por instinto, la criatura me evaluó en cuanto me vio. No hizo falta intercambiar golpes para que entendiera que no podía derrotarme. Y eso, para un monstruo de su rango, fue suficiente para frenar cualquier intento de agresión.

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Aun así, el verdadero cambio vino después. Max, con esa extraña inteligencia suya, se acercó a la pantera y, de alguna forma, se comunicó con ella. No sé exactamente qué le dijo, pero puedo imaginarlo: que si aceptaba quedarse, sería alimentada y cuidada, y que su vida sería mucho más segura que en el continente demoníaco, donde todo lo que respira intenta matarte.

La pantera entendió.

Y aunque no es tan lista como Max, su astucia es suficiente para reconocer un trato beneficioso. Desde entonces, vigila la entrada de la casa con una paciencia felina que intimida a cualquiera que no nos conozca.

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La primera vez que un comerciante la vio, casi tiró su mercancía al suelo.

El mero hecho de que esté allí, observando con esos ojos dorados, hace que hasta los soldados más jóvenes mantengan la espalda recta.

No fue difícil decidir su nombre. Una mañana, mientras desayunábamos, Alerion soltó:

—Deberíamos llamarla Pelusa.

Zakhal arqueó una ceja, yo contuve una sonrisa y Max… bueno, Max simplemente la miró como si aprobara.

Ahora, “Pelusa” es un nombre que provoca sonrisas entre nosotros… y un escalofrío entre cualquiera que sepa lo que es capaz de hacer.

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Pero Pelusa no es el único logro de Alerion.

En este último año y medio ha dominado todas las magias de nivel avanzado sin cantos. No se trata solo de repetir lo aprendido: ha comenzado a crear variantes personalizadas de varios hechizos. Cambios en la velocidad de lanzamiento, en el área de efecto, en la forma misma de la magia. Innovaciones que no se enseñan en libros, y que una persona normal ni siquiera intentaría.

He visto magos veteranos de la guardia quedarse sin palabras al presenciar la precisión y el control con que manipula el maná. Y aunque no lo digo en voz alta, sé que ese talento, tarde o temprano, atraerá miradas peligrosas.

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Ese es el problema de ser excepcional:

Cuanto más alto te elevas, más visible te vuelves.

Y no todos los que miran lo hacen con admiración.

Hace unas semanas, un emisario de un gremio local se presentó con una excusa vaga para “visitar la casa”. No dijo nada directamente, pero noté cómo observaba a Alerion cuando creía que yo no lo veía. Lo mismo con un comerciante extranjero que preguntó demasiadas cosas sobre nuestras defensas.

Por eso, mientras firmo estos reportes y reviso cifras, no dejo de pensar que debo prepararlo no solo para luchar… sino para sobrevivir a la ambición de los demás.

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Un golpe suave en la puerta interrumpió mis pensamientos.

—Señora Aelinne —la voz de Mela, firme como siempre—. Zakhal está entrenando con Alerion en el patio. Dice que cuando termine quiere hablar con usted.

—Entendido —respondí, dejando la pluma sobre el escritorio.

Mientras Mela se retiraba, me permití un último momento de reflexión.

Un año y medio… y el niño que me habló de explorar el mundo ahora está a las puertas de convertirse en alguien que realmente podría hacerlo.

El desafío ahora no es que sueñe… sino que esté preparado para lo que esos sueños puedan costar.

Punto de vista: Alerion

Tengo seis años… y medio. Y, para ser sincero, estoy bastante satisfecho con los resultados de mi entrenamiento.

No voy a aburrir a nadie hablando de cada ejercicio, pero puedo decir que mi esgrima básica está dominada al punto de que los movimientos son instintivos. Mi cuerpo responde sin que tenga que pensar en cada paso, y mi resistencia es mucho mayor que antes.

En cuanto a magia… bueno, ese es mi verdadero orgullo.

Puedo lanzar cualquier hechizo hasta nivel avanzado sin cantos, con un control que incluso algunos adultos no tienen. Y no me limité a copiar lo que me enseñaron: he creado variantes más rápidas, más potentes o más precisas, según lo que necesitara.

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Pero de todos mis logros, uno se lleva la medalla a lo más espectacular: Pelusa.

La primera vez que la invoqué fue… intensa. El círculo de invocación de nivel intermedio casi vibraba bajo mis pies y, cuando se materializó, me encontré frente a una pantera mágica del continente demoníaco, adulta, enorme… más grande que un caballo. Sus ojos dorados me miraban con una mezcla de cálculo y amenaza.

No hizo falta mucho para darme cuenta de que, si decidía atacarme, tendría un problema serio.

Pero entonces intervino Max. Se acercó, intercambiaron miradas y sonidos extraños, y… algo cambió. No sé cómo lo convenció, pero Pelusa decidió quedarse.

No es tan inteligente como Max, pero entiende lo esencial: aquí no puede ganar contra mi madre, y si la cuidamos y alimentamos, no es un mal negocio. Ahora es la guardiana de la casa. Y vaya guardiana: cuando está sentada en la entrada, cualquiera que no nos conozca se lo piensa dos veces antes de acercarse.

Claro que el nombre “Pelusa” no ayuda a que la tomen en serio… hasta que la ven moverse.

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Hoy entrené un rato con mi padre y, al final, me senté junto a él en el banco de piedra del patio. Max dormía a mis pies, y Pelusa descansaba cerca, vigilando el portón con sus ojos amarillos.

—Has avanzado mucho —dijo Zakhal, cruzando los brazos—. Más de lo que esperaba para tu edad.

—Y ahí está el problema —respondí—. Ya domino todo hasta nivel avanzado. Si quiero seguir creciendo, necesito pasar al siguiente nivel.

Mi padre me miró en silencio unos segundos.

—Hablas del nivel Santo.

Asentí.

—Si no apunto hacia arriba, me voy a estancar.

Suspiró, como si hubiera esperado esa conversación, pero no tan pronto.

—El nivel Santo no es solo cuestión de poder y control. Requiere experiencia real… en situaciones donde un fallo puede matarte. No se aprende en un patio o en una biblioteca.

—Entonces, ¿qué tengo que hacer? —pregunté, directo.

—Vivir —dijo—. Viajar, enfrentar enemigos de verdad, resolver problemas que no tengan una solución clara. El poder del nivel Santo no está solo en la técnica, sino en entender cómo aplicarla cuando todo está en tu contra. O al menos esa es mi comprensión.

Lo pensé en silencio. Parte de mí ya sabía que no era un camino rápido, pero oírlo de él lo hacía más real.

—¿Sabes dónde podría aprenderlo? —pregunté.

—Hay lugares, sí —respondió—. Mazmorras antiguas, campos de batalla en tierras lejanas, algunos maestros que han sobrevivido lo suficiente como para enseñar… pero cada uno de esos caminos tiene riesgos. Y no pienso lanzarte a uno de ellos sin estar seguro de que estás listo.

Asentí. No porque estuviera de acuerdo en esperar, sino porque entendía que forzar las cosas no me ayudaría.

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Cuando la conversación terminó, miré a Max y a Pelusa, ambos atentos al horizonte.

No sabía cuándo daría ese paso, pero estaba seguro de algo: no pensaba conformarme con lo que ya tenía. Había un mundo enorme ahí fuera, y yo quería recorrerlo todo… hasta el último rincón.

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