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Chapter 17 - capítulo 17

Capítulo 17

Punto de vista: Alerion

La mañana estaba tranquila cuando mi padre me encontró en el patio, revisando unas notas de magia.

—Deja eso un momento —dijo, con ese tono que no admitía protestas—. Hoy vas a venir conmigo.

—¿A dónde? —pregunté, cerrando el cuaderno.

—Fuera de la ciudad. Un encargo simple. —Su media sonrisa no me convenció del todo—. Es hora de que veas cómo se trabaja más allá de estas paredes.

Mi primera reacción fue entusiasmo, seguida de una mirada rápida a Max, que levantó la cabeza como si también entendiera la invitación.

Cuando mi madre se enteró, su ceja derecha se arqueó de una manera que me hizo reconsiderar todo.

—¿Y qué tan “simple” es este encargo? —preguntó, cruzando los brazos.

—Solo inspeccionar un cargamento y escoltarlo a su destino —respondió mi padre con calma.

—Pelusa se queda —dijo Aelinne, como si no hubiera lugar a discusión—. Y tú, Alerion, llevarás equipo básico.

Asentí. No valía la pena discutir. Además, si Max venía conmigo, ya tenía una ventaja importante.

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Salimos de la ciudad poco después del mediodía, en un carro tirado por dos caballos robustos. El camino era una mezcla de piedra y tierra, bordeado por colinas bajas cubiertas de hierba.

Era la primera vez en mucho tiempo que me alejaba tanto de Delarus, y aunque trataba de mantenerme atento como me había enseñado mi madre, no podía evitar admirar el paisaje.

—Recuerda —dijo mi padre mientras avanzábamos—, los viajes no son solo para moverse de un punto a otro. Observa. Escucha. Todo te dice algo: el estado del camino, la actitud de la gente que pasa, incluso el clima.

—¿Y qué te dice esto? —pregunté, mirando a nuestro alrededor.

—Que es un día demasiado tranquilo para estar en plena temporada de caravanas —respondió, y su tono me hizo notar que, efectivamente, no habíamos cruzado con casi nadie.

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Llegamos a un claro en medio del bosque, donde un hombre nos esperaba junto a una carreta cubierta. Llevaba ropa de comerciante, pero su postura rígida y los movimientos nerviosos lo delataban.

—Zakhal —dijo con una sonrisa forzada—. Me alegra que hayas venido tú.

—Dijiste que era importante —respondió mi padre—. Vamos a ver la mercancía.

El comerciante dudó un momento antes de descorrer la lona, revelando varias cajas de madera bien aseguradas. No parecían nada especial a simple vista, pero el olor tenue a hierbas y el cuidado con que estaban selladas me hicieron pensar en ingredientes mágicos.

—Todo en orden —dijo el hombre rápidamente—. Solo necesito que lleguen al depósito en la ciudad.

Mientras hablaban, me alejé un par de pasos para observar el entorno. Max se tensó, sus seis ojos moviéndose hacia el borde del claro.

—Padre… —empecé, pero él ya había notado lo mismo.

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Tres hombres salieron de entre los árboles, caminando con la confianza de quienes saben manejar sus armas. No eran bandidos improvisados: su equipo estaba bien cuidado y sus movimientos eran los de guerreros entrenados.

El que iba en el centro, alto y con una espada ancha al hombro, sonrió con calma.

—Déjennos las cajas y no habrá problemas.

El comerciante dio un paso atrás, pálido. Mi padre se levantó lentamente, ajustando la posición de su espada en la cadera.

—Alerion —dijo, sin apartar la vista de ellos—. Quédate detrás de mí… y observa bien lo que pase.

Yo ya sabía que el Estilo del Dios del Norte era famoso por su versatilidad y por mezclar defensa y ataque en un solo flujo, pero hasta ahora solo lo había visto en entrenamiento.

Esta vez… iba a verlo contra oponentes reales.

El aire se volvió más denso, como antes de una tormenta. Y yo, por primera vez, entendí que incluso un encargo “simple” podía convertirse en algo muy distinto.

Punto de vista: Alerion

El hombre del centro bajó la espada ancha de su hombro y la dejó colgando a un costado, como si no tuviera prisa.

—No tenemos por qué hacerlo difícil —dijo con voz tranquila—. Dejen las cajas y podrán irse.

—No —respondió mi padre, como quien dice que el sol saldrá mañana.

El silencio que siguió fue breve. Muy breve.

El de la derecha, más bajo y con una lanza, dio un paso hacia el costado, buscando un ángulo de ataque. El de la izquierda, que llevaba dos dagas curvas, empezó a girar en sentido contrario. Era una maniobra de flanqueo… y era clara como el día para cualquiera que supiera lo que estaba viendo.

—Recuerda —me dijo mi padre sin mirarme—: observa.

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La tensión se rompió en un instante.

El lancero avanzó primero, buscando presionar desde la distancia. Zakhal se movió como si el tiempo se hubiera ralentizado. Su espada salió de la vaina en un solo movimiento fluido, interceptando el asta de la lanza y desviándola hacia un lado, al mismo tiempo que avanzaba dos pasos para cerrar la distancia.

No fue un golpe espectacular, pero sí definitivo: un corte preciso al costado, en un punto que sabía que detendría al enemigo sin necesidad de matarlo al instante.

El de las dagas no esperó. Saltó hacia mi padre desde un ángulo bajo, buscando una abertura. Zakhal giró la muñeca, usando la guardia del Dios del Norte para bloquear un ataque y, en el mismo movimiento, golpear con la empuñadura al hombre en la mandíbula.

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El del centro, más lento pero con más fuerza, bajó la espada ancha en un arco brutal. El golpe hubiera partido a cualquiera por la mitad, pero mi padre retrocedió un paso justo a tiempo, dejando que la hoja cortara el aire. Antes de que el hombre pudiera recuperar la guardia, Zakhal ya estaba dentro de su rango, un corte ascendente que lo hizo soltar el arma de puro reflejo.

Todo pasó en segundos.

El Estilo del Dios del Norte no era solo técnica: era ritmo, adaptación y una agresión calculada que no dejaba espacio para respirar.

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Yo estaba tan concentrado que casi no vi al lancero intentar levantarse y acercarse por mi flanco. Max se interpuso con un siseo grave, y yo reaccioné por instinto: lancé una ráfaga de viento concentrado que lo empujó de nuevo contra el suelo.

No fue un golpe letal, pero sí suficiente para dejar claro que no iba a pasar.

—Bien —dijo mi padre, sin girarse—. Siempre atento.

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El comerciante, mientras tanto, había desaparecido. No tardé en verlo entre los árboles, corriendo en dirección contraria con una agilidad sorprendente para alguien que supuestamente era un simple mercader.

—Déjalo —ordenó Zakhal al ver que yo me tensaba—. No vale el esfuerzo… y su huida nos dice todo lo que necesitamos saber.

El combate terminó tan rápido como había empezado. Los tres atacantes, heridos pero vivos, quedaron tirados o apoyados contra los árboles, maldiciendo en voz baja. Mi padre no se molestó en rematarlos ni en atarlos: simplemente les quitó las armas y las lanzó lejos.

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Cuando se giró hacia mí, su expresión era neutra, como si acabara de terminar un entrenamiento más.

—Esto es el mundo real —dijo, limpiando su espada antes de enfundarla—. No hay héroes y villanos claros. Hay personas con intereses, hambre de poder o simplemente necesidad… y muchas veces no podrás distinguirlos a primera vista.

Miré las cajas en la carreta.

—¿Qué hacemos con ellas?

—Entregarlas nosotros mismos —respondió—. El contacto que me las pidió es de confianza. Pero no vuelvas a confiar ciegamente solo porque alguien parece necesitar ayuda.

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El viaje de regreso fue más silencioso. Yo repasaba en mi mente cada movimiento que había visto, tratando de memorizar no solo la técnica, sino la lógica detrás de cada decisión de mi padre.

En cierto momento, rompí el silencio:

—Son diferentes… luchar contra personas de verdad y entrenar. Incluso aunque sepas qué hacer, se siente distinto.

—Porque lo es —dijo Zakhal—. En un combate real, tu oponente no sigue un guion, no está ahí para ayudarte a mejorar. Está ahí para ganarte… y para vivir a costa tuya si es necesario.

Miró hacia el horizonte.

—Por eso te dije que el nivel Santo requiere más que poder y control. Requiere entender esto… y seguir adelante incluso cuando todo está en tu contra. En pocas palabras, requiere determinación.

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Cuando llegamos a Delarus, mi madre nos estaba esperando. No dijo nada al vernos, pero evaluó cada centímetro de mí con la mirada antes de relajarse.

—Veo que regresaste entero —comentó, aunque la tensión en su voz era apenas perceptible.

—Siempre —respondí, intentando sonar seguro.

Max se adelantó hacia la casa, como si también quisiera dejar claro que la misión estaba cumplida. Y mientras lo seguía, pensé que quizá ese viaje no había sido tan “simple” como mi padre dijo… pero que había aprendido más en unas horas que en semanas de entrenamiento.

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