Capítulo 39
El aire estaba tan quieto que hasta el polvo en el camino parecía detenido.
Desde mi posición, agachado entre unos matorrales, veía la línea marrón que levantaban los cascos de los caballos a lo lejos. El carruaje de Roderick avanzaba con paso constante, escoltado por cuatro guardias armados hasta los dientes.
Zakhal estaba a mi lado, apoyado contra un árbol, tan relajado que parecía que íbamos a cazar conejos.
—Podríamos esperarlos hasta que bajen del carruaje —dijo, como si estuviera proponiendo el menú de la cena.
—O podríamos entrar a lo bruto, lanzar magia y terminar rápido —respondí, sin apartar la vista del objetivo.
—O fingimos un accidente en el camino, los distraemos y… —Zakhal sonrió, ese tipo de sonrisa que anuncia problemas— …los despachamos uno por uno.
Las opciones estaban ahí, flotando en el aire como el olor a hierro que trae la sangre. Pero no era momento de filosofar.
—Yo empiezo. Magia desde lejos. Tú te quedas escondido, por si las cosas se complican —decidí.
Zakhal asintió, sacando su espada lentamente, el metal reflejando un brillo frío bajo la luz de la tarde.
—No falles, mi niño.
Me acomodé, cerré los ojos por un instante y activé la visión de maná. Las siluetas brillantes de los caballos y los hombres eran faros claros contra el fondo gris del mundo. Pude ver cómo fluía la energía en cada uno… y cómo ninguno sospechaba que estaba a punto de lloverles la muerte.
El sonido de los cascos se hizo más fuerte. El carruaje estaba lo bastante cerca.
Mis manos se calentaron cuando formé las primeras lanzas de hielo, la magia fluyendo con fuerza. Sentí ese cosquilleo en la nuca, la mezcla de adrenalina y calma absoluta que solo llega cuando sabes que estás a punto de cruzar una línea.
Respiré hondo.
—Vamos allá… —murmuré, y lancé el primer ataque.
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Las lanzas de hielo volaron con un silbido mortal, cortando el aire en dirección al carruaje.
El primer escolta, un hombre corpulento con armadura parcial, reaccionó rápido: desenvainó su espada y desvió la primera lanza con un movimiento fluido, el filo dejando una estela azulada en el aire. El segundo escolta hizo lo mismo con la segunda, ambos usando el estilo avanzado del Dios del Agua.
—Tch… rápidos —murmuré, ya preparando la siguiente oleada.
Con un giro de manos, convertí el aire en una ráfaga abrasadora. El fuego se extendió como un muro anaranjado, envolviendo a los cuatro guardias, los caballos y el carruaje en una llamarada que rugió como una bestia. El olor a carne chamuscada llenó el aire antes incluso de que la nube de humo se disipara.
Cuando la cortina ardiente se abrió, todo era caos:
Los caballos estaban retorcidos en el suelo, las armaduras de dos guardias estaban negras y deformadas, y el conductor no era más que un montón de cenizas sobre el asiento. Los dos espadachines del frente aún respiraban, aunque tambaleándose, quemados y con el metal de sus armas al rojo vivo. Se ponían de pie lentamente.
Antes de que pudiera rematarlos, una figura salió disparada del carruaje en llamas, cayendo de pie varios metros más allá, fuera del alcance inmediato.
Llevaba una capa oscura y la capucha puesta. Su voz era firme, casi demasiado calmada para la situación.
—No me interesa tu pelea con Roderick —dijo, levantando las manos, aunque no soltaba la espada—. Soy un Santo del Norte. Me retiro, y aquí no ha pasado nada.
No me moví.
Un Santo del Norte no es cualquiera, y la forma en que me observaba… estaba calculando opciones.
Fue entonces cuando escuché pasos suaves detrás de él. Zakhal, que había estado esperando el momento, emergió de entre los árboles como una sombra, espada en mano.
—Sin testigos —dijo, y se lanzó directo al ataque.
El encapuchado giró, bloqueando el primer golpe de Zakhal con un chasquido metálico. El intercambio fue inmediato: cortes bajos para las piernas, fintas que buscaban el costado, patadas rápidas a las rodillas para romper el equilibrio.
Ambos usaban el mismo estilo, pero se sentía la diferencia. El Santo del Norte ejecutaba cada movimiento con precisión de manual, como si estuviera dando una demostración impecable. Zakhal, en cambio, era como un depredador que había aprendido todas las reglas solo para encontrar las grietas. Desviaba golpes con el canto de la hoja para dejar la punta libre y amenazar la garganta. Fingía retroceder para atraer una estocada, y en el último instante torcía la muñeca para bloquear y contraatacar con un tajo diagonal al abdomen.
Yo, a unos metros, observaba con atención.
Ese ese es el tercer "mordisco de colmillo" que usa en menos de un minuto… demasiado obvio.
Papá, en cambio, combina el "mordisco de colmillo" con "colmillo lateral" pero lo disfraza como si fuera un "colmillo cruzado".
Los dos guardias que aún quedaban con vida intentaron aprovechar mi distracción. Uno cargó por la izquierda, espada en alto, mientras el otro rodeaba por detrás. Levanté una mano y un bloque de hielo se formó de inmediato, deteniendo al primero a mitad de carrera. Su pecho quedó abierto para una ráfaga de fuego que lo envolvió por completo; cayó al suelo gritando, rodando para apagar las llamas… demasiado tarde.
El segundo no tuvo mejor suerte. Se lanzó con un grito, buscando mi espalda. Sin girar del todo, invoqué una lanza de roca desde el suelo. El filo terroso atravesó su abdomen con un sonido húmedo, y el impacto lo levantó unos centímetros antes de desplomarlo sin aire.
Eliminé la lanza con un gesto y volví a mirar el combate principal. Zakhal y el Santo chocaban y retrocedían, las espadas sonaban como truenos cortos, la tensión creciendo con cada golpe. A veces parecía que el encapuchado ganaba terreno, obligando a mi padre a bloquear con ambas manos… pero entonces Zakhal soltaba una patada a la espinilla o usaba el guardamanos para golpearle el mentón, y el ritmo volvía a ser suyo.
Incluso con su capucha, podía ver la frustración del Santo. Un luchador tramposo odiando que lo ensuciaran con trucos.
El intercambio se prolongó, y en un momento el encapuchado cambió el ángulo, rodó hacia atrás y… ahí estaba, la postura de escape.
—No… —susurré.
Extendí mi mano. Sentí el tirón de la telekinesis envolviendo su brazo de espada, luego la pierna. El cuerpo entero se tensó como si lo hubieran clavado en el aire.
—¡Ahora! —grité.
Zakhal no dudó. Avanzó con un único paso y su hoja trazó un arco limpio, decapitando al hombre en medio de un silencio abrupto. La cabeza rodó un par de veces antes de quedar mirando hacia nosotros, los ojos todavía abiertos.
Bajé la mano y solté un suspiro.
Ya no quedaba adrenalina, solo la certeza de que nada iba a salirse de control.
Me acerqué al carruaje todavía humeante. La madera carbonizada crujía bajo mis botas y el calor me golpeaba el rostro. El olor a carne quemada se mezclaba con el de la tela chamuscada; nada agradable, pero tampoco algo que me fuera ajeno en este mundo.
Abrí la puerta con cuidado, aunque ya sabía lo que iba a encontrar. Roderick estaba allí, desplomado sobre el asiento. Una de las vigas internas le había atravesado el torso cuando el fuego lo envolvió. La expresión en su rostro era de pura sorpresa… quizá no esperaba que alguien como yo se atreviera a atacarlo tan directamente.
—Confirmado —dije, girándome hacia mi padre—. Está muerto.
Zakhal no respondió; estaba revisando el cuerpo del encapuchado. Se agachó, le quitó la capa y palpó las muñecas, buscando algo oculto. Sacó un pequeño tubo metálico y lo abrió: dentro había un papel enrollado y sellado con cera negra.
—Un mensaje de confirmación… —murmuró, rompiendo el sello y leyendo en silencio—. Estaba aquí para ayudarte con tu “problema”.
Alzó la vista hacia mí, y por un segundo vi en sus ojos el peso de la decisión que habíamos tomado. No era solo venganza: este hombre venía a garantizar que Roderick siguiera siendo una amenaza.
Nos pusimos a trabajar. Arrastramos los cuerpos de los guardias y el conductor, uno por uno, hasta un claro a unos veinte metros del camino. No había mucho que rescatar de ellos; el fuego había hecho su trabajo.
—Magia de tierra —me indicó.
Asentí y levanté las manos. El suelo tembló, abriéndose en una fosa amplia. Las raíces de los árboles se retorcieron al apartarse, y la humedad de la tierra recién expuesta llenó el aire. Entre los dos colocamos a Roderick, al Santo del Norte y a sus hombres dentro. Cubrí todo con capas de tierra compactada, luego levanté la vegetación caída para ocultar el disturbio.
—Demasiado limpio —comenté, mirando el lugar—. Si alguien lo encuentra, va a ser por pura casualidad.
—Exacto —respondió Zakhal—. Y si lo encuentran… será tarde.
Regresamos al camino. El carruaje en llamas era un riesgo; el humo podía atraer curiosos. Con un gesto de mano, invoqué una fuerte ráfaga de viento que avivó las brasas, consumiéndolo hasta dejarlo reducido a un esqueleto negro de madera. Luego lo cubrí con un derrumbe de tierra.
Cuando todo estuvo hecho, nos quedamos un momento en silencio, escuchando el bosque. Ni un pájaro, ni un insecto. Como si la naturaleza misma supiera lo que había pasado y prefiriera guardar distancia.
—Vámonos —dijo Zakhal finalmente—. Antes de que la noche caiga.
Mientras caminábamos hacia los caballos, no sentía el peso de la culpa, solo una calma fría. Este mundo no perdonaba a los ingenuos, y yo no estaba dispuesto a dejar que nadie eligiera por mí quién viviría y quién moriría en mi familia.
