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Chapter 42 - capítulo 42

Capítulo 42 (salto temporal)

A Mela no le hace falta decirlo: el dobladillo de mis pantalones ya no está donde ella lo dejó la última vez. El alfiler que sostiene entre los dientes sube y baja mientras se agacha para revisar la tela, y yo me quedo quieto, como si estuviera frente a un inspector del gremio.

—Un dedo más —murmura—. Y endereza la espalda, Alerion.

—¿Esto es un examen o una sentencia? —pregunto.

—Las dos cosas —responde sin levantar la vista.

Me estiro lo justo para que el espejo del pasillo me devuelva una imagen nueva. Metro y medio exacto, complexión más firme y la misma cara de siempre… solo que ya no tan de niño. El mentón y la sonrisa son de mi madre; la mirada y la forma de fruncir el ceño, de mi padre. El cabello gris platino con matices verdosos sigue empeñado en no obedecer a ningún peine. Mela suspira, como si la culpa fuera mía.

—Listo —dice al final, dándome una palmadita seca—. Ahora, a desayunar.

En la mesa, el té humea junto a un plato de pan tostado y huevos. Zakhal está ahí, algo poco común, bebiendo como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Ese pantalón no te va a durar —comenta con media sonrisa.

—Se lo voy a esconder —replica Mela—. Así durará el doble.

Aelinne entra en ese momento, uniforme impecable y espada al cinto. Me evalúa de pies a cabeza.

—Has crecido —dice, sin adornos.

—Y no solo en altura —añade mi padre, con tono ambiguo.

Max asoma por la ventana, dejando en la mesa una ficha de cobre brillante. Mela la recoge y la guarda sin cambiar de expresión. Pelusa, desde su alfombra, abre un ojo para asegurarse de que no me voy sin saludarla.

Mi madre deja el cuenco y me señala con un gesto.

—Antes de salir, pasa por el patio. Quiero ver tu guardia alta con espada corta. Sin magia.

—Ni una barrera pequeña.

—Ni una.

Después del desayuno, la luz de la mañana nos recibe en el patio. Aelinne me pasa una espada corta y adopta posición. El sonido del acero llenando el aire es un recordatorio de que en casa, entrenar no es un formalismo: es una obligación. Bloqueo, retrocedo, marco. Nada de atajos mágicos. La muñeca arde, pero la técnica se afianza.

—Bien —dice al final. Dos letras que valen más que una medalla.

Zakhal aparece entonces, aplaudiendo sin ruido. Me tiende un cilindro de cuero con un mapa enrollado.

—Rutas hacia el este —explica—. Algunas atajadas, otras más largas. La más larga no siempre es la más aburrida.

Aelinne frunce el ceño.

—Y a veces la más vigilada. No recortes donde no debes.

El mapa pesa en mi mano más de lo que debería. No es solo papel: es una invitación.

Y aunque no lo diga, sé que pronto lo voy a necesitar. En Fittoa, el cumpleaños de Eris se acerca, y quiero llegar con semanas de sobra… antes de la fiesta, antes del ruido. Quiero verlos a los dos —a Eris y a Rudeus— hace tiempo que quiero pomerme al día con ellos.

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El rango B de aventurero no cambia la forma en que amanece la ciudad, pero sí cambia cómo la gente del gremio te mira. Algunos con respeto, otros midiendo si exageraron con las historias que contaron sobre ti. Yo no confirmo nada. Tampoco lo desmiento. Dejo que los rumores tengan su propio ciclo de vida.

En la mesa del comedor del gremio, un par de aventureros discuten sobre un “niño que aplastó a un espadachín de rango santo sin tocarlo”. No saben que estoy a tres metros, revisando mi equipo.

La telekinesis ya no es solo un truco para mover cosas. A veinte metros, puedo concentrar suficiente fuerza como para doblar una lanza de acero o romper la guardia de un guerrero experimentado. No la uso a la ligera: gasta maná, y el efecto sorpresa se pierde si se vuelve predecible. Prefiero guardarla para cuando alguien cree tener el control… y luego deja de tenerlo.

También he avanzado con la magia de rayo. No es mi elemento más afinado, pero a nivel intermedio ya puedo lanzar una descarga lo bastante fuerte como para detener a un oso de tres metros en seco. El problema es que huele a quemado, y eso siempre atrae más problemas en zonas infestadas.

La magia de salto sigue siendo un proyecto en proceso. Teletransportar objetos pequeños funciona la mitad de las veces, y la otra mitad acaban en lugares que no puedo explicar. Una vez, un cuchillo terminó en el bolsillo de un mercader a tres calles del gremio. Agradecí que fuera un conocido.

El fuego, en cambio, es otra historia. El libro que me regalaron mis padres era más que teoría: contenía diagramas y variaciones de hechizos de fuego hasta el nivel santo. He llegado al rango santo. La primera vez que lancé una llamarada con esa intensidad, el aire mismo crujió. No es algo que uno pueda usar en cualquier sitio sin consecuencias… pero es un recurso a considerar cuando me veo acorralado.

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Algunas aventuras recientes han sido la mejor publicidad, aunque no lo busque.

Hace dos meses, un mercader fue emboscado por bandidos en un paso montañoso. La misión decía “escolta simple”, pero en cuanto vi la emboscada, usé magia de viento para derribar el puente improvisado que los bandidos habían tendido. Se dispersaron como ratas, y el mercader llegó sano y salvo. Él dice que salvé su vida “con un hechizo que movía montañas”. No le corregí… pero la montaña era una cuerda y unas tablas.

Luego estuvo la mazmorra menor al sur de Delarus. Un trabajo en grupo: tres aventureros más, todos veteranos de rango B. El botín fue bueno: una gema de concentración de maná y una espada corta con filo encantado. Pero la trampa final nos costó dos vidas. Volví al gremio con más peso en la bolsa y menos en la voz. Nadie en la mesa del gremio habla de eso cuando cuentan la historia. Supongo que no vende tanto como decir que “Alerion volvió solo con el tesoro”.

Otra vez acepté una misión en solitario: proteger un convoy de mensajeros que debía cruzar un bosque lleno de insectos gigantes. Fue más resistencia que combate: mantener las barreras mientras los arqueros los repelían, y usar fuego controlado para despejar el camino. Tres días de zumbidos en los oídos y olor a quitina quemada. Pensé más de una vez en incendiar el bosque, pero logré contenerme al final.

La más extraña de todas fue hace unas semanas. En mitad de una misión de caza de bestias dentro de un gran bosque, encontré a un pequeño dragón rojo de unos 10 metros de largo, tendido en el claro. Estaba herido de muerte: alas rotas, respiración pesada, los ojos apagándose. No hubo combate. Me acerqué despacio, le hablé en voz baja —aunque no sé si me entendió— y le di un final rápido. Volví a la ciudad con el cuerpo entero sobre una carreta improvisada. El gremio se encargó de todo: piel, huesos, sangre. En los pasillos ya circula la versión de que “maté a un dragón de 50 metros con un solo hechizo”. A veces me pregunto cuántos de esos que lo repiten notarían la diferencia entre un duelo y un acto de piedad.

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No todo es combate. Con el rango B también vienen invitaciones: escoltas para nobles, trabajos que implican más papeleo que peligro real, y alguna que otra oferta de unirme a grupos permanentes. No he aceptado. Me gusta elegir cuándo y con quién salir. Prefiero no atarme.

En la plaza, niños juegan con palos, imitando a aventureros que probablemente nunca conocerán. Uno de ellos grita mi nombre. No sé si lo hace porque me reconoce o porque en su juego “Alerion” es el héroe que siempre gana. No corrijo eso tampoco.

En mi habitación, por las noches, practico. Telekinesis con objetos pesados, rayo para afinar control, fuego con medidas exactas para no quemar más de lo necesario. Max me observa desde el respaldo de la silla, moviendo la cola como si contara mis fallos. Pelusa duerme cerca de la puerta, ocupando justo el espacio que me obliga a saltarla para salir.

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La ciudad se ha acostumbrado a la calma como quien se acostumbra a una canción que repiten en la taberna: al principio molesta, luego acompaña. El nuevo señor firma papeles y posa para los salones; los que mandan de verdad se reconocen por los zapatos gastados. No hay proclamas sobre Roderick ni desfiles nocturnos de guardias buscando conspiradores.

Zakhal piensa que en la casa Notos creen tener un traidor interno. O que están ocupados apagando incendios más grandes en sus propias tierras.

Aelinne no comenta en voz alta, pero su manera de recorrer los puestos del mercado con dos sargentos a distancia suficiente dice lo que hace falta: aquí no entra el caos de otros.

En el cuartel, escucho el repaso semanal de mi madre a los capitanes. La mitad son órdenes, la otra mitad, preguntas que parecen obvias y que nadie más se hizo. Su popularidad no viene de sonrisas, sino de resultados. Cuando la gente de Delarus dice “la guardia está” no nombran al señor joven, la nombran a ella. Es una forma de paz.

Zakhal, por su parte, ha estado en casa más de lo habitual. Eso en su lengua significa “trabajos de bajo rendimiento ”. Cada noche vuelve con una historia, una botella medio vacía y otra lista de rutas que “deberíamos” explorar algún día. Yo traduzco “deberíamos” como “cuando no haya nadie mirando”.

La vida doméstica, entonces, sigue su rito. Mela se impone a los malos hábitos de aventurero con la precisión de un cirujano. Si dejo un trozo de armadura sobre la silla, aparece limpio y doblado… sobre mi cama, acompañado de una nota: “La silla no es establo”. Si vuelvo tarde sin avisar, encuentro el plato tapado y frío, y una segunda nota: “Las horas no se estiran. Yo tampoco”. No me molesta. Me mantiene sujeto a algo que no es el gremio ni la calle.

De todos modos, la quietud tiene fecha de caducidad grabada en mi cabeza: Fittoa. Roa. Eris. Va a cumplir diez, y allí sí se celebran los números redondos con ruido, modales discutibles y la clase de energía que hace a los mayordomos sudar por deporte. No pienso llegar a última hora con un regalo envuelto a medias y la excusa del camino. Quiero estar antes. Quiero verla cuando la casa aún no huele a flores nuevas y la espada tiene polvo de entrenamiento; quiero hablar con Rudeus sin que un mayordomo lo arrastre a un ensayo de saludo para nobles.

Decidido eso, los preparativos se vuelven automáticos. Sobre la mesa, aparto lo que no viaja: la espada larga, la capa de invierno, un par de frascos de aceite que no necesito si no voy a dormir en cuevas. Lo que sí: viales, vendas, agujas, hilo, piedras de maná, cuerda fina, anzuelos, raciones, una calabaza de agua de repuesto, pedernal, el polvo que neutraliza olores que Max adora empujar en cada mochila. El mapa de Zakhal queda arriba del todo, doblado por la esquina donde anotó “posada honesta”. A veces su letra parece una carta de amor a los atajos; esta vez quiero la ruta larga. Da tiempo a pensar.

Max me observa desde la contraventana, la lengua apenas fuera, seis ojos haciendo cuentas.

—No puedes venir encima del carro —le digo.

Se camufla en el marco hasta parecer madera vieja. Traducción: “eso lo veremos”.

Pelusa se acerca y me planta la cabeza en el muslo. El empujón significa “aprobado, pero vuelve entero”. Le rasco detrás de la oreja. Ronronea como un tambor sordo.

—¿Cuándo sales? —pregunta Aelinne desde la puerta.

—En dos días —respondo—. Si no cambian los vientos.

—No cambian solos. —Se cruza de brazos—. Pasa mañana por el cuartel a recoger una carta para el capitán de Roa. Y preséntate con la guardia local cuando llegues. No quiero sorpresas diplomáticas por un “olvidé avisar”.

—Sí, señora.

—Y escribe —añade Mela, apareciendo detrás con una bolsa de tela—. Cada posta principal. Nada de “luego te cuento”. Si tardas, que sea porque te detuviste a comer bien.

Me entrega la bolsa. Adentro hay pan seco, frutas deshidratadas, cecina y un frasquito con algo que huele a limón y sal. “Para que el agua de pozo no te mate de aburrimiento”, diría ella si decidiera bromear. No bromea. Solo me mira hasta confirmar que lo guardo donde debe ir.

Zakhal llega con paso de hombre que trae una idea peligrosa en el bolsillo.

—Te acompaño hasta la bifurcación del río —dice, como quien informa que el cielo es azul.

—Una ruta corta —puntualiza mi madre.

La tarde me encuentra en el patio, probando otra vez el ajuste de la mochila y el peso de la espada corta. No es un equipo de guerra; es de visita larga. Casi todo lo que llevo está pensando para evitar problemas, no para buscarlos. Aun así, conozco mi suerte: los problemas me encuentran igual. Al menos me permitirán llegar con historias que Eris pueda discutir y Rudeus pueda diseccionar.

En la puerta, Mela clava una nota nueva: “Lista de verificación”. La leo por costumbre: agua, raciones, vendas, hilo, aguja, jabón, monedas separadas (gasto/urgencias), mapas, cartas, mechero, guantes de repuesto, paños, identificación del gremio, sello de la guardia. Todo marcado, menos “cartas”. Esa noche escribo dos: una para Sorka (mi asesor), con los asuntos del gremio que quiero dejar ordenados; otra para Eris, corta, sincera: “Llego con tiempo. Prueba de espada cuando quieras. No rompas a Rudy antes de que yo llegue”. La releo, tacho la última línea, la dejo igual otra vez.

Por la ventana veo a Mamá, vuelve del cuartel con el ritmo de quien cerró un día completo sin sorpresas. Se sienta un segundo en el escalón del patio y me hace un gesto: ven.

—No te preocupes por los Notos —dice—. Si están moviéndose, lo hacen hacia dentro. Aquí no van a mostrar los dientes mientras yo tenga guardia y el jóven señor siga disfrutando de su silla.

—¿Y si los muestran?

—Se rompen —responde, y no dice más.

Esa seguridad pesa más que cualquier talismán. Me quedo un rato mirando cómo Max prueba su camuflaje contra todas las maderas de la casa, cómo Pelusa decide que la piedra es un cojín excelente, cómo Mela levanta la mesa sin ruido y cómo Zakhal afina el filo de un cuchillo tarareando una canción que, según él, inventaron los marineros del fin del mundo.

Roa está a una semana en carruaje. Saldré con semanas de sobra para la fiesta. La nostalgia no es pesada si la guardas en el bolsillo correcto: ese donde cabe la curiosidad. Quiero ver en qué se han convertido mis amigos en el tiempo en que yo aprendí a mover cosas que no toco y a quemar el aire sin quemarme a mí. Quiero escucharlos. Y tal vez, si el día lo permite, reírnos de los rumores que nos persiguen.

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