Capítulo 44
Rudeus dice que el baile es “geometría con pies”. Yo digo que es “contar hasta tres sin declararle la guerra al cuatro”. Para no discutir, empieza por traducirlo a nuestro idioma.
—Finta —marca con la palma en mi hombro—, avance —me empuja un paso—, pivote —gira mi cintura—, cambio de guardia —me recoloca la mano.
Eris lo intenta a mi lado, ceño fruncido, dignidad en peligro. La música entra suave, apenas un hilo.
—Uno, dos, tres —recita Rudy.
—Uno, dos, ¡ay! —contesta Eris cuando me pisa.
—Fue mi culpa —miento.
—Sí —acepta ella, generosa.
Volvemos a empezar. Rudy cuenta como un metrónomo humano; yo acompaso la respiración, marco el peso en el metatarso como si esperara un amague. Cuando Eris “finta”, por fin no embiste; cuando “avanza”, no me arrastra; cuando “pivota”, no me arranca la rodilla. A media tanda me sorprendo siguiendo el compás sin mirar los pies. Microvictoria.
—Eso es —dice Rudy, satisfecho—. Piensen “entrada” y “salida”. El giro es el mismo que usan para evitar una estocada. Solo que más elegante y con menos sangre.
—Puedo con eso —responde Eris, respirando hondo.
El descanso dura lo que tarda Ghislaine en cruzar el umbral.
—Patio —ordena.
Nos quita la música y nos da madera y polvo. Espadas de práctica, distancia marcada. Se coloca detrás de mí con el sol cortándole los hombros y habla al oído como si le dictara instrucciones a mis huesos.
—Tu guardia alta se abre. —Con dos dedos me baja el codo—. Así. Si sube, expones la axila. Si expones la axila, pierdes sangre. Si pierdes sangre, pierdes el baile.
—Entendido —respondo, y la frase me cae directo a los tendones.
Repetimos el drill: exhalo al avanzar, inhalo al ceder, la punta quieta, la muñeca suelta. Ghislaine golpea mi guardia con un toque seco que recorre el antebrazo; esta vez no se hunde. Asiente. Eris, que mira con ganas de robar, copia mi ajuste sin vergüenza.
—Levantabas el codo —me acusa.
—Ya no —le digo.
Chocamos madera tres secuencias más y pasamos al siguiente bloque. Rudy se acerca, cuaderno bajo el brazo.
—Necesito Fuego. Pero suave. Como una vela obediente.
Levanto la mano. No quiero el rugido, quiero la costura. Llevo el maná a los dedos, lo hago hilo, calor que no abrasa, y fijo la intención en un borde. El aire vibra apenas; aparece una línea fina, casi invisible, que calienta sin quemar. La deslizo sobre una cuerda colgada entre dos postes: se abre como si le hubieran susurrado. Nada de humo, nada de chispas, solo el corte limpio.
—Filo térmico —explico—. Para decorar sin incendiar, o para emergencias si alguien decide atarse donde no debe.
Rudy se inclina a mirar el borde de la cuerda, ojos brillando como laboratorio abierto.
—Eso es… —busca una palabra— elegante.
—Funciona mejor con fibras naturales. Si hay humedad, hay que subir un poco la potencia, pero no mucho.
Me mira con esa mezcla de envidia sana y curiosidad peligrosa. Es buen momento.
—Por cierto —digo, sacando de la mochila un estuche de cuero—, tengo algo para ti.
Dentro, una copia encuadernada con cuidado del libro de fuego que me regalaron mis padres. No el original, pero fiel hasta el último diagrama.
Rudy se queda quieto, manos a medio camino.
—No puedo aceptar eso.
—Puedes —respondo—. Llamémoslo agradecimiento por Cumulonimbus. Y regalo de cumpleaños adelantado. Adelantadísimo.
—Es demasiado.
—También lo era hacer llover dentro de un granero. Y no me quejé. —Le empujo el estuche al pecho.
Lo toma como quien agarra una antorcha encendida. Ghislaine nos observa sin decir nada. Eris se asoma, nariz curiosa.
—¿Qué es?
—Nada —decimos los dos a la vez.
—Un manual aburrido —añado—. Lleno de letras.
—Ah —Eris pierde interés con rapidez científica.
Rudy se aclara la garganta, aún sorprendido.
—Lo estudiaré… discretamente.
—Discretísimamente —confirmo—. Si Eris se entera, querrá uno y lo usará para prender las velas de la cena. Todas. A la vez.
—Podría —admite ella, pensándolo.
—No podría —corrige Ghislaine.
El bloque final del entrenamiento nos devuelve al piso pulido. Eris toma mi mano con menos guerra en los dedos.
—No entiendo cómo esto me cuesta más que pelear —dice, en voz baja, casi como si me confesara un crimen.
—Porque no puedes gritarle “¡duelo!” al compás —respondo—. Y porque no tiene borde donde apoyar la espada. Es otra clase de disciplina.
Se queda un segundo mirando el suelo, los labios firmes, luego asiente.
—No quiero fallar.
—No vas a fallar —le digo, y no lo digo por decir—. Cada tarde, antes de que llegue la gente, venimos aquí. Sin testigos. Practicamos hasta que los pies aprendan solos.
Me mira como si evaluara si estoy bromeando. Cuando ve que no, la ceja baja.
—Hecho.
—Y si el salón se hace grande —añado, marcándole el pulso en la muñeca, suave—, te marco el ritmo con la mano. Nadie lo notará.
—Ok.
Rudy carraspea con sonrisa de conspirador.
—Les recuerdo que el objetivo es que nadie se caiga encima de un niño rico.
—Si el niño rico se nos atraviesa, improvisamos —digo.
—Improvisamos bien —puntualiza Ghislaine desde la puerta—. Y sin fuego.
—Sin fuego —repito, guardando el estuche de Rudy en su mochila como quien esconde una travesura.
La música sube un poco. Contamos tres. Esta vez, no hay pisotón. Y por primera vez en la mañana, Eris llega al final del giro sin fruncir el ceño. Lo llama “aceptable”. Para ella, eso es casi “perfecto”. Para mí, es suficiente para creer que el salón, con todo su ruido, no podrá contra nosotros.
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El mercado de Roa es un hechizo permanente: entras por curiosidad y sales con tres bolsas, dos promesas y una discusión sobre si la grasa de basilisco sirve para el cabello. (No. Ya lo intenté) Rudeus y yo avanzamos por el corredor principal, bajo toldos de tela que hacen olas con el viento. Los puestos compiten a gritos: talismanes que repelen malas miradas, tintas para runas “que no se corren ni si llora un bebé encima”, pólvoras rituales “aprobadas por abuelas”.
—Necesito cosas que no hagan explotar la fachada de la mansión —digo.
—Excelente criterio —responde Rudy—. Lástima que llegue después del fuego artificial.
En un tenderete veo lo que busco: tubos de cartón encerado, mechas de combustión lenta y una mezcla de magnesio con polvos de colores que el vendedor llama “auroras de bolsillo”.
—Esto es para iluminación ambiental —explico, probando el peso—. Nada de truenos, solo luz bonita y obediente.
—¿Obediente? —Rudy arquea las cejas—. Enséñame a hablarles así a mis hechizos.
—Primero enséñame a contar hasta tres sin pelearme con el cuatro.
El vendedor, un señor con bigote que podría guardarse monedas en cada punta, nos mira con aprobación profesional.
—Les haré un paquete decente —dice—: mechas seguras, polvo de cobre (verde), estroncio (rojo), un poco de esta maravilla azul que no le diré qué es porque si lo digo me suben el alquiler.
Compro demasiado, por si acaso. “Por si acaso” es la forma elegante de decir “voy a experimentar sin incendiar nada”.
Doblando una esquina nos tragamos un remolino de olores: cuero nuevo, pan de especias, tinta recién molida. En medio del caos, un relincho parte el aire. Un caballo de tiro ha roto la cincha y el carro se ladea; el animal entra en pánico y arrastra media calle con él.
—Voy —digo, antes de que mi boca le pregunte a mi cabeza.
Lanzo una barrera baja a ras del suelo, como un bordillo invisible, y un soplo de viento lateral. El caballo, al sentir el cambio de presión, corrige instintivamente; el carro rebota y cae de nuevo con las cuatro ruedas. Rudy ya está a mi lado: levanta un pequeño murito de piedra bajo el eje para estabilizarlo y conjura un lazo de agua que el cochero agarra como si le hubieran regalado un brazo extra.
Todo dura menos que una discusión entre Mela y una escoba. La calle respira. El cochero nos balbucea gracias, alguien aplaude por costumbre y otra persona pregunta si el caballo también paga impuestos. Yo recojo el aire en los pulmones, lo doblo bien y lo guardo de nuevo.
—Bien coordinado —dice Rudy, como quien califica un experimento.
—Lo mismo pensé de tu lazo —respondo—. Tiene la tensión justa. No estrangula, guía.
—Se llama no querer demandar al mago —dice, muy serio, y luego se ríe.
Entramos en una tienda de magia más seria: madera oscura, frascos etiquetados, una campanilla que suena a “aquí no regateamos”. Una estantería me atrapa la vista: Encantamiento Intermedio — Volumen II (Técnicas de fijación y disipación).
Rudy lo ve al mismo tiempo. Hay un brillo en sus ojos que conozco: hambre de páginas.
—Carísimo —dice el tendero, apareciendo sin emitir ruido—. Pero no se arrepentirá. Trae diagramas de fijación temporal y notas sobre desgaste en metales blandos. Capa de barniz antimánager incluida e inscripción en piedras de maná de rango D.
—¿Antimánager? —pregunto.
—Para que nadie que no deba leero lo lea.
Lo hojeo. Buenos diagramas, teoría clara, ejemplos prácticos. El precio duele con dignidad, como los golpes bien dados. Pago sin regatear. Rudy traga saliva con el sonido de alguien que hace cuentas de otra vida.
—Ser aventurero tiene beneficios —admito, guardando el libro en la mochila—. También agujeros. Los bolsillos y la barriga aprenden a alternar.
—Yo prefiero agujeros predecibles —dice—. Si me faltan monedas, que sea por libros, no por reemplazar botas mordidas por… lo que sea que te muerde a ti.
—Los insectos gigantes no son lo que sea. Tienen ambiciones.
Nos reímos. Él me mira de reojo.
—A veces envidio que puedas comprar así, sin pensarlo. O no envidio… —corrige—. Lo admiro y ya.
—También admiro que te mantengas vivo sin tener que contar cicatrices. —Me encojo de hombros—. Caminos distintos, mismo mapa.
De vuelta al sol, bajamos por un callejón que huele a naranja y metal. Dos comerciantes discuten en voz baja; alcanzamos a oír “guardias externos” y “deudas”. Nada que suene a catástrofe inmediata, pero Roa, como cualquier ciudad grande, tiene su música de fondo.
—Cuando hay fiesta grande —dice Rudy, encogiéndose de hombros— siempre hay quien vende humo y quien compra fuego. No lo digo por ti.
—Lo tomo como halago —sonrío—. Mi fuego viene con manual.
—Y con mecha lenta —agrega, señalando mi bolsa.
Al cruzar de nuevo la plaza, el músico de la cabra ha conseguido que un niño toque el tambor por turnos. La cabra lo mira con desaprobación profesional. Rudy se detiene un momento, escucha el ritmo y marca con los dedos contra el muslo.
—Uno, dos, tres —murmura—. ¿Ves? Hasta la cabra entiende.
—La cabra tiene menos orgullo que Eris.
—Todos tenemos menos orgullo que Eris.
—¿Qué harás primero con el libro? —pregunta Rudy.
—Leerlo dos veces —respondo—. Luego intentaré fijar un brillo tenue en las lámparas del patio para que no dependan de mechas cuando bailemos. Y quizá encantemos una de las espadas de práctica con disipación rápida, para que se “desafile” sola si alguien aprieta demasiado.
—Eso último me interesa. —Se limpia migas de la camisa—. Me ahorro sermones.
—Ghislaine igual encontrará un motivo para darlo. Es un talento.
Al fondo, las torres de la mansión recortan el cielo. La tarde todavía tiene espacio. Caminamos con la calma de quien ya resolvió lo urgente y solo necesita volver antes de que Mela termine su discusión con la ropa sucia.
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Ghislaine nos recibe en el patio con los brazos cruzados y esa expresión de “he visto cosas peores, pero no muchas”.
—¿Compraron media ciudad? —pregunta, mirando mis bolsas.
—Solo lo necesario para evitar incendios —respondo.
—¿Y eso? —Levanta una ceja.
—Manual de baile avanzado —interviene Rudy con cara seria.
—Ajá —dice Ghislaine, sin creérselo ni un segundo.
Apenas dejamos las compras dentro, la rutina de entrenamiento arranca. Ghislaine nos saca al patio con una espada de madera bajo el brazo y una cuerda enrollada en la otra mano. No me gusta esa combinación.
—Hoy, ejercicio de tres compases —anuncia—: dos pasos de espada, uno de baile.
—¿Sin música? —pregunto.
—La música está en tu cabeza —responde, como si fuera un proverbio.
—La mía está ocupada pensando en la cena.
A pesar del sarcasmo, el ejercicio es más útil de lo que esperaba. La cuerda sirve de línea de referencia para medir distancia y alineación. Cuando doy el paso de baile, Ghislaine me corrige la postura del pie con un leve golpe en la espinilla. Rudy, mientras tanto, marca el ritmo con palmadas.
Eris, al principio, trata de convertir cada paso en un ataque real. Ghislaine le recuerda que el objetivo es control, no dejarme sin piernas. Al final del tercer intento, lo logra… más o menos.
—Es como si pelearas y bailarás en el mismo espacio —dice Rudy—. Solo falta la música.
—Podemos pedirle al músico de la cabra que venga —sugiero.
—¿La cabra baila mejor que tú?—pregunta Eris, muy seria.
—Y con más gracia —afirma Rudy.
La venganza llega rápido: Rudy decide enseñarle a Ghislaine un par de pasos básicos de baile “para la coordinación”. Para sorpresa general, ella aprende rápido. Demasiado rápido. En dos intentos ya marca mejor el ritmo que nosotros dos juntos.
—Es que no pienso en que bailo —explica Ghislaine—. Pienso en cómo partirte la nariz si te acercas mal.
—Excelente mentalidad para el vals —murmuro.
Después del entrenamiento, nos quedamos los tres sentados en el borde del patio, con botellas de agua y el sudor enfriándose bajo la brisa.
—Si sientes que vas a tropezar —le digo a Eris— usa fuerza en tus manos y haz tropezar a la otra persona primero. Nadie lo notará.
—Y si todo falla —dice Rudy—, siempre podemos fingir un incendio controlado.
—¿Controlado? —pregunto.
—Bueno… técnicamente.
El cielo empieza a teñirse de púrpura. Desde aquí, las torres de Roa parecen más tranquilas de lo que seguro son en realidad. Yo saco un papel y empiezo una carta breve para Aelinne y Mela:
> Todo en orden. Entrenamos. Aprendiendo a bailar. No hemos roto nada caro… todavía.
Doblo la hoja y la guardo. Mañana, otra ronda. Con suerte, menos pisotones.
