Capítulo 43
La última vez que entré a Roa venía escoltado, con el peso de una misión familiar y la sombra de mis padres en cada paso. Esta vez, el único que me escolta es el polvo que levantan mis botas y la carta doblada de mamá en el bolsillo. El portón principal se alza con esa mezcla de amenaza y bienvenida que tienen las ciudades que se saben importantes.
Los guardias me detienen solo lo justo para mirar el sello de mi madre. El más veterano lo reconoce, asiente sin más y me deja pasar.
—No pierdas la carta —me aconseja—. Abre puertas mejor que una bolsa de monedas.
Roa se despliega frente a mí como una alfombra que mezcla seda y barro. Calles amplias bordeadas por casas de piedra con techos de teja, carruajes que esquivan niños corriendo con espadas de madera, nobles con aire de estar siempre en camino a un evento importante y vendedores que les gritan ofertas como si la sangre azul se descontara con gritos. El aire huele a pan recién horneado, cuero curtido y un toque de establo que nunca desaparece del todo.
Avanzo, siguiendo las avenidas que suben hacia la zona noble. Es imposible no sentir el cambio: los adoquines están más parejos, las fachadas más limpias, y los guardias patrullan en parejas con armaduras que brillan bajo el sol. Estoy pensando en tomar el camino más directo a la mansión Boreas cuando la noto: una sombra grande que se mueve demasiado rápido para un ciudadano común.
—Alerion.
Su voz corta el ruido de la calle como un filo. Me vuelvo y ahí está: Ghislaine. El sol se refleja en el sudor de sus hombros, y la espada en su espalda parece más una extensión de su columna que un arma. No ha cambiado… o quizá sí, pero de la forma en que lo hace una montaña: imperceptible hasta que la comparas con tus recuerdos.
—Ghislaine —saludo, y no me esfuerzo en ocultar la sonrisa—. Ya sabía que Roa tenía buen clima, pero ahora veo que también tiene mejor paisaje.
Ella arquea una ceja.
—Has crecido. Y caminas más seguro.
—Y tú… —hago un gesto que recorre de arriba abajo su figura musculosa—Eres la prueba viviente de que se puede alcanzar la perfección.
La expresión de Ghislaine no cambia mucho, pero su oreja derecha se mueve apenas, como si no estuviera segura de si me burlo o hablo en serio. Lo segundo es la verdad. Ella asiente, aceptando el elogio con una honestidad que rara vez veo en la nobleza.
—¿Vienes por Eris? —pregunta mientras empieza a caminar y me hace un gesto para seguirla.
—Por ella y por Rudeus. Quiero ponerme al día con ellos.
Caminamos juntos por las calles elevadas, su paso firme marcando el ritmo. No es una conversación larga; con Ghislaine no hace falta. Me basta con saber que está aquí, que sigue siendo la sombra protectora que recuerdo. De vez en cuando me lanza una mirada rápida, como evaluando si mi nueva altura viene acompañada de algo más que centímetros. Yo me limito a devolver el gesto con una media sonrisa. Sé que en el patio de los Boreas me examinará de verdad.
Al doblar una esquina, las torres de la mansión aparecen, blancas y altas, recortadas contra el cielo. No puedo evitar pensar que la última vez que las vi, salí con el orgullo hinchado y los brazos adoloridos. Nostalgia y curiosidad se mezclan en una sensación que no sé si llamar expectación o simple impaciencia.
—Espero que tengas tiempo para entrenar —dice Ghislaine al llegar a las escaleras exteriores—. Eris no ha perdido las ganas de pelear… solo las ha enfocado un poco.
—Eso suena a que voy a necesitar un buen calentamiento.
Ella sonríe, apenas. Y eso, viniendo de Ghislaine, es un lujo.
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La entrada a la mansión Boreas es amplia y custodiada, pero no se siente intimidante para alguien que ya la conoce. Los guardias me ven llegar con Ghislaine y no hacen más que enderezar la espalda y abrir paso. Podría entrar así… pero eso sería demasiado normal.
Saco un pequeño tubo metálico de mi mochila, lo engancho al cinturón y apunto al cielo.
—Si voy a llegar después de mucho tiempo, que se note.
Un destello sube como una flecha y estalla en una flor de fuego azul y dorado sobre los tejados. El estruendo rebota en las paredes y hace que dos guardias suelten un juramento contenido. Una sirvienta deja caer un cesto de ropa limpia. El eco aún flota cuando una voz conocida grita desde el interior:
—¡YO TAMBIÉN QUIERO HACER ESO!
Eris Boreas aparece en la puerta como un relámpago rojo, pero antes de que pueda arrebatarme el tubo, tres personas —dos guardias y una sirvienta— la interceptan.
—¡Eris, no! —uno de ellos intenta contenerla.
—¡Era mi entrada! —protesta ella, agitando los brazos.
Ghislaine le pone una mano en el hombro y, de inmediato, la tensión se disuelve.
—Más tarde —dice, con ese tono que no admite discusión.
—Alerion… —Rudeus aparece detrás de Eris, sujetando un libro bajo el brazo—. Tenías que ser tú el del escándalo.
—Si llego en silencio, no soy yo —respondo, sonriendo mientras nos estrechamos la mano.
Rudeus se ha estirado un poco desde la última vez, pero su mirada sigue siendo igual: atenta, midiendo, procesando.
—¿Has estado entrenando? —pregunta.
—Un poco. Lo suficiente para no quedar mal.
Eris, sin esperar más, se zafa del grupo y se planta frente a mí.
—Duelo. Ahora.
—Hola para ti también —replico, pero ya sé que no hay escapatoria.
El patio está despejado. Tomamos espadas de práctica; Ghislaine y Rudeus se colocan a un lado. El primer choque me recuerda que Eris no ha pasado el año perdiendo el tiempo: sus estocadas son más rápidas, sus pasos más firmes. Ghislaine asiente, aprobando, y Rudeus se mantiene con los brazos cruzados, observando como si tomara notas mentales.
Eris presiona, y yo cedo espacio, evaluando. Un giro rápido me obliga a bloquear alto, el golpe vibra hasta mi hombro. Ella sonríe: sabe que lo sentí. Contraataco, bajando su guardia con un barrido lateral y recuperando el control del ritmo. No es un combate largo; ambos entendemos que es solo un saludo, una medición mutua.
Terminamos con las espadas cruzadas, a medio palmo de distancia. Eris respira agitada, pero sus ojos brillan.
—Has mejorado —dice, y aunque suene a reto, lo tomo como el cumplido que es.
—Tú también. Casi me haces retroceder de verdad.
—Eso era la idea.
Dejamos las armas. Ghislaine se acerca.
—Buen intercambio. Entrenaremos juntos estos días. Los tres.
—¿Entrenamiento? —Eris suena emocionada—. ¡Perfecto! Así podré ganarte antes de la fiesta.
Rudeus suspira, pero sonríe. Yo solo pienso que estos días en Roa van a ser cualquier cosa menos tranquilos.
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La mansión Boreas siempre huele a tres cosas: madera encerada, carne recién asada y expectativas. Un mayordomo me conduce por un pasillo de retratos que gritan “mira qué serios somos” hasta un salón más pequeño, con vista al patio. Philip Boreas está allí, de pie junto a una mesa con mapas de las tierras de Fittoa. Su expresión dice “ocupado”, pero sus ojos dicen “mido a todo el que entra”.
—Alerion Dragonroad —saluda, sin afecto ni frialdad—. Has elegido un buen momento para llegar. Los preparativos para el cumpleaños de Eris van… según lo previsto.
“Según lo previsto” en la lengua de los Boreas significa “nadie ha derribado una pared todavía”. Inclino la cabeza con el respeto justo.
—Vengo con antelación para no estorbar el día de la fiesta. Y para pasar el rato con Eris y Rudeus, si no hay inconveniente.
—Mientras entrenes en el patio y no en el comedor, no habrá inconveniente. —Philip toma una copa de agua, la observa como si pudiera darle problemas y añade—: Mi padre quiere que la celebración recuerde a todo Fittoa quiénes somos.
Sauros. El abuelo que habla a gritos incluso cuando duerme. Desde el fondo de la casa llega, como confirmación, un bramido que podría ser una orden o una carcajada. Philip no parpadea. Yo me guardo la sonrisa.
—Procura no encender el cielo otra vez —dice, mirando por la ventana con un gesto imperceptible hacia el techo—. A algunos invitados les gusta creer que tienen el control del espectáculo.
—Fue solo una carta de presentación —respondo.
—Pues ya estás presentado. —Hace un gesto hacia la puerta—. Ghislaine te querrá de vuelta en el patio pronto.
Me retiro con la sensación de haber pasado una inspección sanitaria. En el corredor me alcanza Rudeus, con la camisa aún pegada de sudor del duelo y una libreta en la mano.
—Ven —dice—. Te muestro nuestro campo de batalla verdadero.
Me lleva a una sala despejada, sin alfombras, con un piso de madera tan pulida que parece agua inmóvil. Dos músicos afinan discretamente en una esquina. Y en el centro, Eris, plantada con los brazos cruzados como si estuviera frente a un enemigo invencible.
—No pienso mover los pies de esa manera —proclama.
—Es exactamente esa manera —corrige Rudeus, paciente—. Si no los mueves así, pisas a tu pareja. Y si pisas a tu pareja, la gente te mira raro. Y si la gente te mira raro en tu cumpleaños, Sauros…
—¡El abuelo no dirá nada! —responde Eris, algo más convencida.
—Y luego hará que repitas el baile hasta que te salgan ampollas —añado, con ánimo de equipo.
Eris gira hacia mí, afilada.
—Tú también bailarás.
—Tengo dos pies izquierdos. —Levanto las manos—. Soy mejor incendiando el aire que contando tiempos.
Rudeus me lanza una mirada de profesor que huele a oportunidad.
—Perfecto. Les enseñaré a los dos. Nadie escapa a la clase del día.
Eris chasquea la lengua pero acaba colocándose a su lado. Yo me sitúo frente a ellos, imitando el esquema como quien prepara una formación de combate. Los músicos atacan un compás sencillo. Rudeus cuenta: “uno, dos, tres; uno, dos, tres”, y yo descubro de inmediato que mi cerebro prefiere seis cuando tiene que elegir tres. Piso mal dos veces, Eris me pisa a mí una tercera y nos reímos los dos como si hubiéramos chocado cabezas en un entrenamiento.
Ghislaine asoma por la puerta, brazos cruzados.
—¿Combate con música?
—Tortura preventiva —dice Rudeus—. Queda poco tiempo.
—Entonces alternen. —Ella entra, se detiene a nuestro lado—. Un bloque de baile. Un bloque de espada. Si sudan lo suficiente en ambos, dormirán sin discutir.
Obedecemos. Después del tercer intento, logro no pisar a nadie durante ocho tiempos. Eris, furiosa consigo misma, empieza a seguir mejor cuando Rudeus le traduce el paso a un lenguaje que sí entiende: “finta, avance, pivote”. Yo me guardo la idea para mi propio cerebro testarudo.
Cuando el músico hace una pausa, pasamos al patio. Espadas de práctica otra vez. Ghislaine marca ejercicios por parejas y luego tríos: ritmo, distancia, respiración. A mitad de un intercambio, me mira como solo mira ella.
—Te mueves más ligero. —No es pregunta.
—He estado… ordenando prioridades.
Asiente. Para Ghislaine, esa frase debe tener sentido. El sudor nos recorre la espalda y, por primera vez en la jornada, a Eris se le borra la frustración del baile del gesto. Ahí es invencible: cuando el cuerpo manda y la cabeza obedece.
Al finalizar, un sirviente aparece con una jarra de agua y vasos. Bebemos a sorbos lentos, apoyados en la baranda.
—Plan —dice Eris, recuperando el brillo—. Mañana: mañana baile, tarde espada. Pasado: mañana carrera, tarde magia. Y antes de dormir, duelo.
—Y una clase de protocolo entre medias —apunta Rudeus.
—Pro-qué —resopla Eris.
—Que no le grites a un heredero si te pisa —traduzco.
Ella me señala con la espada de madera.
—Tú te sientas conmigo en la mesa de los niños.
—Prometo no incendiar el mantel —digo—. A menos que Sauros lo pida.
Rudeus cierra la libreta, satisfecho, y mira el cielo que empieza a ponerse naranja.
—Me alegra que estés aquí —dice, con esa honestidad seca que no busca aplausos.
—A mí también.
Nos dispersamos con la promesa de reencontrarnos al amanecer. Un sirviente me acompaña a una habitación de invitados en el ala este. Es sobria, luminosa, con vista al jardín y a las torres de vigilancia. Dejo la mochila junto al armario y me acerco a la ventana.
Pienso en la lista de cosas que quiero hacer antes de la fiesta: entrenar, sí, pero también caminar con Rudeus por el mercado de hechicería, probar una ruta de carrera con Eris por los muros (sin permiso, probablemente), preguntarle a Ghislaine si la fuerza en sus codos y abdomen vienen de un ejercicio que todavía no conozco.
