Capítulo 21
Punto de vista: Alerion
La mañana en la mansión Boreas comenzaba mucho antes que en Delarus. Cuando abrí los ojos, el pasillo frente a mi habitación ya resonaba con el eco de pasos medidos de sirvientes y el golpeteo de cubos de agua contra el suelo de piedra. El aire tenía un aroma fresco, mezclado con cera de velas y pan recién horneado.
No era solo que todo aquí se sintiera más grande: era más formal, más contenido. En Delarus, incluso en las casas importantes, los guardias se permitían bromear entre ellos o intercambiar saludos ruidosos. Aquí, cada gesto parecía calculado para mantener la compostura.
Me vestí y salí al pasillo, Max sobre mi hombro, observando en silencio. Había más sirvientes de los que podía contar, todos en fila atendiendo a los nobles que bajaban a desayunar. Cuando llegué al comedor, mamá ya estaba sentada junto a Sauros Boreas, conversando como si llevaran años de conocerse.
—Buenos días, muchacho —tronó Sauros al verme—. Hoy conocerás a mi hijo, Philip.
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Philip Boreas Greyrat entró poco después: un hombre alto, de porte elegante, cabello castaño bien peinado y un andar seguro, el tipo de noble que sabe que todos lo observan. Su mirada pasó de mamá a mí, evaluándonos con rapidez antes de sonreír cortésmente.
—Así que tú eres el joven del que tanto habló Eris anoche —dijo—. Fue un cumpleaños… memorable.
—Supongo que sí —respondí, sin apartar la mirada.
Después del desayuno, Philip nos ofreció un recorrido por la mansión. Caminamos por pasillos decorados con tapices que narraban la historia de la familia Boreas, desde campañas militares hasta tratados de paz. Los jardines eran amplios, con fuentes de piedra y estatuas de guerreros que habían ganado gloria para el apellido.
—Aquí, la disciplina es tan importante como la fuerza —comentó Philip mientras avanzábamos—. Me alegra que Eris tenga por fin un amigo que pueda entender su... personalidad… y capaz de detenera cuando sea necesario.
Mamá sonrió levemente.
—Si es necesario, lo hará.
Yo preferí no comentar.
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Mientras doblábamos un pasillo que daba hacia el patio de entrenamiento, los vimos: Ghislaine, de pie con su espada al hombro, y Eris a su lado, moviendo los brazos con energía mientras hablaba.
—Ah, ahí está —dijo Philip, y nos acercamos.
Yo aproveché la oportunidad.
—Madre, ella es Ghislaine. Ghislaine, mi madre, Aelinne Dragonroad.
Ghislaine inclinó ligeramente la cabeza. Mamá le devolvió el gesto, sonriendo.
—Mi hijo habla mucho de ti.
Las orejas de Ghislaine se movieron levemente, y su mirada se agudizó al escuchar “Dragonroad”.
—Dragonroad… como Elina… —murmuró, casi para sí misma, antes de sacudir la cabeza—. No es nada, estaba pensando en otra cosa.
Mamá arqueó una ceja, pero no preguntó. El momento pasó rápido, aunque el comentario quedó flotando en mi mente.
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—He oído mucho sobre tu fuerza —dijo mamá—. Me pregunto si te gustaría probarla contra la mía.
Ghislaine sonrió de lado.
—Cuando quieras.
Philip, con evidente interés, nos condujo al centro del patio de entrenamiento. Los guardias y sirvientes se apartaron para dar espacio, y pronto todos parecían expectantes.
El primer cruce fue tan rápido que apenas lo vi: un destello de acero, un cambio de postura, y mamá estaba en el suelo, desarmada, con la punta de la espada de Ghislaine apuntando a su cuello.
—Demasiado confiada —dijo Ghislaine, y retrocedió un paso para dejarla levantarse.
—Otra vez —respondió mamá con una sonrisa que no admitía un “no”.
El segundo combate fue distinto: Ghislaine ajustó su velocidad y fuerza, permitiendo intercambios más prolongados. Mamá respondió con técnica precisa y un control impecable, aunque cada vez que parecía ganar terreno, Ghislaine lo recuperaba con un solo movimiento.
Eris observaba con los puños apretados y los ojos brillando. Yo, en cambio, analizaba cada ángulo de corte, cada cambio de postura, imaginando cómo podría adaptarlo si mezclaba magia en esos intervalos.
Cuando terminaron, ambas se saludaron con respeto genuino.
El combate había dejado un silencio cargado en el patio, roto solo por el murmullo de los sirvientes comentando lo que habían visto. Ghislaine limpió el filo de su espada con calma y me miró directamente.
—Tienes buena postura para tu edad —dijo—. Se nota que has entrenado.
—Lo suficiente para no tropezar con mi propia arma —respondí.
Ella ladeó la cabeza, evaluándome.
—Podría enseñarte un par de cosas mientras estés aquí… si quieres.
Mamá sonrió.
—Acepta, Alerion. Aunque ya tienes tu rutina, nunca sobra aprender de alguien con experiencia.
No lo dudé.
—Acepto.
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Cuando los adultos se dispersaron, Eris se me acercó con pasos rápidos. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillando.
—Tu madre es increíble —soltó sin preámbulos—. ¡Es fuerte y elegante al mismo tiempo!
—Lo sé —respondí, con un tono que sugería que para mí era lo más natural del mundo.
Eris cruzó los brazos.
—Quiero ser como Ghislaine. Fuerte, rápida… pero mis padres dicen que tengo que aprender a leer y escribir. ¡No tengo tiempo para esas cosas aburridas!
La miré, y en ese momento vi algo familiar: esa misma determinación física y cero interés por lo académico que yo tenía de niño en mi otra vida.
—Te entiendo. Pero si quieres ser la mejor, tarde o temprano tendrás que saber leer. Las técnicas avanzadas no siempre se aprenden con un maestro al lado.
Frunció el ceño, como si intentara procesar la idea, pero no estaba convencida.
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—Por cierto —dije—, ayer no te di ningún regalo porque vine como escolta, pero ahora que somos amigos… y compartimos el mismo fetiche…
—¿Fe… qué? —preguntó, inclinando la cabeza.
—Fetiche —repetí, como si fuera obvio—. Una apreciación profunda y especial por algo. En este caso… —hice un gesto hacia Ghislaine, que estaba hablando con mamá a unos metros— …mujeres fuertes.
Eris parpadeó un par de veces, y de pronto su cara se volvió roja hasta las orejas.
—¡Yo no…! Bueno… sí… ¡pero no es lo que piensas!
Max, desde mi hombro, emitió un chillido gutural que sonó peligrosamente parecido a una risa.
Ghislaine, que claramente había escuchado, giró la cabeza con una ceja arqueada.
—No voy a preguntar —dijo seca, y volvió a su conversación.
La reacción de Eris fue una mezcla de vergüenza y orgullo mal disimulado.
—Somos amigos… pero no vuelvas a decir esa palabra frente a todos.
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—En fin, tu regalo —dije, cambiando de tema—. Te enseñaré un hechizo.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Magia? ¿De hielo, como ayer?
—No, hielo es demasiado complicada para comenzar. Vamos a probar con fuego. Es más… espectacular.
Nos movimos hacia un rincón del patio, lejos de las miradas más estrictas. Dibujé en el aire con la mano, concentrando un poco de maná y formando una pequeña chispa que flotó antes de apagarse.
Luego le enseñé a Eris el canto para el hechizo básico de fuego.
Después de aprenderlo e intentarlo varias veces, le repetí las instrucciones con paciencia:
—Concéntrate en el calor. Imagina que tu maná es aceite y tu voluntad es la chispa.
Eris cerró los ojos y extendió la mano y comenzó a cantar el hechizo. Al principio, nada. Luego, una diminuta chispa apareció y se apagó en menos de un segundo.
—¡Otra vez! —exigió.
En el décimo intento, logró mantener la chispa lo suficiente para que una llama del tamaño de una vela parpadeara en su mano.
—¡Lo hice! —gritó, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Sí, pero no lo uses dentro de la mansión o terminarás incendiando algo.
—…Entonces lo haré afuera. —La picardía en su voz me dio la clara señal de que esto iba a traer problemas si Sauros o Philip la veían.
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Cuando terminó de saborear su victoria, se giró hacia mí con una expresión seria y determinada.
—Ahora enséñame a hacerlo sin cantar —dijo como si fuera lo más lógico del mundo.
—No es tan sencillo —advertí—. Requiere más control y concentración.
—No me importa. Quiero hacerlo como tú.
Suspiré y decidí darle una oportunidad. Primero intenté explicarle la teoría: cómo enfocar el maná directamente en la formación del hechizo, sin la “muleta” del canto. Eris me miraba como si estuviera hablando en un idioma extranjero.
—Es como… reducir el camino que recorre tu maná, pero concentrándolo más rápido —dije.
—Ajá… ¿y cómo hago eso? —preguntó, sin un ápice de comprensión.
Opté por un método más práctico.
—Piensa en algo que odies… algo que quieras quemar en este instante. Mientras recuerdas la sensación del hechizo.
Eris entrecerró los ojos, apretó los puños y murmuró:
—…Ese idiota del abanico.
—Perfecto, usa esa energía —la animé.
El primer intento nada, luego el segundo, el tercero y cuando estaba a punto de probar otro enfoque, resultó en una chispa apagada. Luego, en un pequeño humo que salió de su palma. Después, accidentalmente liberó una una chispa mas grande que casi cae en los ojos de Max, quien saltó a mi cabeza y me dio un zarpazo de protesta.
—¡Ups! —rió Eris, sin un gramo de arrepentimiento.
Probamos varios métodos más, algunos tan absurdos como hacer que diera saltitos mientras intentaba concentrarse “para activar el flujo de maná”, pero nada parecía funcionar del todo.
Finalmente, en el que parecía su último intento antes de rendirse, Eris cerró los ojos con fuerza, se inclinó hacia adelante y apretó los dientes.
Una llama limpia y estable brotó de su mano sin que pronunciara una sola palabra.
—¡Lo hice! ¡Sin cantar! —celebró, y justo después, sus piernas cedieron. Cayó hacia atrás, agotada, pero con una sonrisa que no dejaba dudas de lo orgullosa que estaba.
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Un aplauso suave llegó desde un lado. Philip, que había estado observando en silencio, se acercó con paso firme.
—No pensé que fueras capaz de lograr que intentara magia sin quejarse —comentó, y luego miró a Eris, inconsciente pero sonriendo—. Está bien, solo está agotada.
Se agachó, la cargó con facilidad y me miró.
—Buen trabajo, Alerion. Puedes verla mañana… aunque espero que no vuelvas a dejarla al borde del colapso.
—Prometo que la próxima vez no la haré saltar —respondí, aunque no prometí no enseñarle cosas peligrosas.
Philip sonrió con un gesto breve y se la llevó hacia el interior de la mansión, mientras Max me daba un golpecito en la cabeza, como recordándome que estaba jugando con fuego… literalmente.
