Capítulo 19
Punto de vista: Alerion
Roa era… diferente a cualquier ciudad que hubiera visto.
Las murallas blancas y las calles empedradas hablaban de riqueza y tradición. Los guardias vestían armaduras pulidas y portaban las insignias de la familia Boreas con un orgullo que se notaba en su postura.
El señor de la ciudad se ocupaba de asuntos oficiales, y mamá estaba revisando la seguridad de nuestra residencia temporal, así que aproveché para salir con Max a explorar.
No era difícil orientarse: las calles principales llevaban a la plaza central, y desde allí se ramificaban hacia los distritos comerciales, residenciales y el área noble. Lo curioso era cómo el ambiente cambiaba de un lugar a otro.
En el mercado, los comerciantes gritaban ofertas, el olor a pan recién horneado se mezclaba con el de especias, y los niños correteaban entre puestos. En el distrito noble, en cambio, el silencio era casi obligatorio; los sirvientes caminaban rápido y los guardias observaban con ojos calculadores.
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Fue en una de esas calles nobles donde escuché el primer fragmento de rumor. Dos hombres, probablemente comerciantes de alto nivel, conversaban mientras pasaban a mi lado:
—…dijeron que la familia Boreas contrató a un espadachín de rango Rey.
—No me sorprende, con el cumpleaños de la niña tan cerca…
Seguí caminando como si no hubiera oído nada, pero Max, desde mi hombro, me lanzó una mirada que decía esto suena importante.
En otra esquina, frente a una tienda de armaduras, escuché algo más:
—Es una mujer… alta, fuerte, de la raza bestia. Orejas felinas y una espada más grande que yo.
—Dicen que con una sola mano puede derribar a un caballero entrenado…
Me detuve. Alta, musculosa, raza bestia, orejas felinas…
No necesitaba más pistas. Mi corazón dio un vuelco.
—Max… —murmuré.
Él inclinó la cabeza.
—Es ella —dije con una certeza que no dejaba espacio a la duda—. Es Ghislaine.
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Por un momento, sentí la tentación de correr directamente a la mansión Boreas. Pero no. Quería que este encuentro fuera bien, que no fuera interrumpido por protocolos o guardias molestos.
Caminé sin rumbo fijo por un rato, dejando que los recuerdos se filtraran:
La primera —y única— vez que la vi fue cuando tenía apenas dos años, en el gremio de aventureros.
Recuerdo cómo destacaba entre todos: alta, de complexión musculosa, orejas felinas erguidas y una expresión que mezclaba disciplina y fiereza. No hizo falta que dijera mucho; con una sola mirada transmitía que era peligrosa, pero no hostil.
Me habló brevemente, preguntando mi nombre y quéparte de su cuerpo me gustaban. Yo, que en ese entonces apenas podía mantener una conversación larga, me quedé mirándola con una mezcla de asombro y genuina admiración.
No era solo su fuerza lo que me impresionaba… era todo: la seguridad en su postura, el tono grave de su voz, y esos músculos perfectamente definidos que, en mi vida pasada, habrían encajado con el tipo de mujer que siempre había idolatrado.
Aquel encuentro duró poco, pero fue suficiente para grabarla en mi memoria. Y ahora, después de tantos años, estaba seguro: volvería a verla.
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Me quedé observando la mansión Boreas desde lejos. Era un edificio imponente, con un amplio portón custodiado por dos guardias en armadura completa. No era el tipo de lugar al que uno podía simplemente acercarse a preguntar por alguien, y menos un niño.
—Mañana —le dije a Max—. Mañana iré… pero no solo.
Él pareció entender.
Esa noche, apenas terminamos la cena, me acerqué a mamá.
—Quiero ir a la mansión Boreas —dije, directo.
Ella me observó en silencio un momento.
—¿Por qué?
—Su guardaespaldas es Ghislaine. Lo sé. Y quiero verla.
Vi un leve cambio en su expresión: no sorpresa, sino comprensión.
—Mañana iremos —dijo finalmente—. Pero escucha, Alerion: no estamos en Delarus. Aquí, la forma en que te comportas importa tanto como tus habilidades.
Asentí. Ya estaba decidido.
Capítulo 19 – Parte 2
A la mañana siguiente, mamá y yo cruzamos la ciudad en una pequeña carreta, con Max acomodado sobre mi hombro. El camino hacia la mansión Boreas estaba flanqueado por árboles podados con precisión y farolas elegantes. Todo gritaba “riqueza y poder”.
Los guardias del portón se enderezaron en cuanto nos vieron.
—Señora Aelinne, bienvenida —saludó uno, inclinando la cabeza con respeto.
—Venimos a ver a Ghislaine —dijo mamá con voz firme.
El guardia apenas levantó una ceja, pero no discutió. Un sirviente nos condujo por un pasillo de piedra pulida, decorado con tapices de cacerías y escudos familiares. El sonido de nuestros pasos parecía amplificado en aquel silencio impecable.
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Llegamos a un amplio salón de entrenamiento. El olor a sudor y cuero era inconfundible. Allí estaba ella.
Alta, musculosa, orejas felinas erguidas, cabello gris recogido hacia atrás… y esa misma aura que recordaba de hace años: imponente pero controlada. La espada que portaba casi parecía una extensión de su cuerpo.
Estaba corrigiendo la postura de un guardia.
—Mantén la base, no dejes que el peso de la hoja te arrastre —ordenó con voz grave.
Cuando se giró y me vio, se detuvo. Sus orejas se inclinaron hacia adelante y sus ojos dorados se abrieron apenas.
—…Alerion.
No lo pensé. Mis pies me llevaron hacia ella antes de que pudiera dudar. Ghislaine dejó su espada a un lado y dio unos pasos, agachándose para quedar a mi altura.
—Has crecido —dijo, y esa media sonrisa casi imperceptible apareció.
—Y tú sigues igual… —respondí, aunque por dentro pensaba que estaba incluso más impresionante que en mi memoria.
Me agaché para mirarla de cerca, como cuando tenía dos años y toqué por primera vez la base de sus orejas. No lo hice ahora —habría sido raro—, pero la tentación estaba ahí.
Max saltó a su hombro como si la conociera de toda la vida, y Ghislaine aceptó el gesto con naturalidad.
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La puerta del salón se abrió de golpe.
—¡Ghislaine, entren…! —Una voz infantil resonó, pero se cortó de inmediato.
La niña que entró tenía el cabello rojo fuego y unos ojos tan afilados como su expresión. Su postura decía “soy importante” aunque claramente aún estaba en sus primeros años de vida.
—¿Quién es él? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Un viejo amigo —contestó Ghislaine, sin apartarse de mí.
La pelirroja me midió con la mirada.
—¿Y por qué estás tan cerca de Ghislaine?
—Porque la conozco desde hace años —respondí con calma.
Sus labios se torcieron en una línea tensa.
—Soy Eris Boreas Greyrat —declaró como si estuviera diciendo “la futura dueña de este lugar”.
—Alerion Zakhal Dragonroad —me presenté, sin apartar la mirada.
—…Hmph. —Se cruzó de brazos, pero no dijo más.
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Mamá, que había permanecido en silencio, intervino.
—No queremos robarle más tiempo a Ghislaine. Volveremos después del evento.
Ghislaine me dio un último apretón en el hombro.
—Hablaremos después, pequeño.
Mientras salíamos, noté que Eris seguía observándonos, su ceño fruncido más por incomodidad que por curiosidad. Max giró la cabeza para mirarla, y juraría que hasta él notó el aire de celos que dejó flotando la habitación.
Yo, por mi parte, solo pensaba en la promesa silenciosa que flotaba entre Ghislaine y yo: la próxima vez hablaríamos sin interrupciones.
O al menos eso esperaba.
