El Gran Salón del Trono olía a hierro y a vapor ionizado. El silencio no era vacío; era una entidad física que presionaba los tímpanos de las tres jóvenes sirvientas que acababan de entrar con los suministros de limpieza. Sus pasos, erráticos y temblorosos, resonaban contra el basalto negro. En el centro de la estancia, sentado con una postura de una elegancia sobrenatural, estaba Arthur.
No se había movido en horas. La sangre de su padre y sus hermanos se había secado sobre su piel, formando una costra de color granate que parecía una segunda armadura. La Corona del Ojo Rojo descansaba sobre sus sienes, emitiendo un fulgor rítmico, como si el objeto estuviera respirando al unísono con el nuevo Rey. Sus ojos amarillos estaban fijos en un punto invisible del espacio, perdidos en un laberinto de pensamientos que ninguna mente cuerda podría transitar.
Las jóvenes, recién llegadas de las provincias del sur, retrocedieron. Una de ellas dejó caer un balde de agua, y el sonido fue como un disparo en la penumbra. Arthur no parpadeó. No las miró. Simplemente exhaló un susurro que heló el aire:
—Limpien el desorden. Pero no toquen el trono. Aún está caliente.
Las muchachas habrían salido huyendo si no fuera por una mano sarmentosa que las detuvo en las sombras del pasillo. Era Siobhan, la anciana bibliotecaria y custodia de los secretos de la familia MaelMordha. Sus ojos estaban nublados por el llanto contenido, pero su voz era firme, cargada de una advertencia ancestral. Las llevó a un rincón apartado, lejos de la audición del "Pequeño Rey", y allí, bajo la luz de una lámpara de aceite que temblaba, empezó a desenterrar la verdad.
—No lo miren a los ojos —susurró Siobhan, su voz era un crujido de hojas secas—. Lo que ven ahí no es un hombre que acaba de ganar una corona. Es una criatura que nació reclamándola.
Las jóvenes la miraron con horror. Siobhan continuó, bajando aún más el tono:
—Arthur no nació como sus hermanos. Cuando la Reina Elionor entró en labor, el palacio entero sintió un descenso en la temperatura. No fue un parto de sangre y gritos, sino de hielo. El niño nació en un silencio absoluto. No lloró. No buscó el calor del pecho materno. Al contrario, la reina murió en cuestión de minutos porque el bebé, de forma instintiva, absorbió todo su calor vital. Los médicos dijeron que fue una complicación del sistema circulatorio, pero yo lo vi... vi cómo la piel de la reina se volvía azul mientras el niño, con apenas unos segundos de vida, abría esos ojos amarillos y miraba la corona que estaba sobre la mesa de noche. Ya entonces, el Ojo Rojo brilló por primera vez en décadas.
Una de las sirvientas se santiguó. Siobhan soltó una risa amarga.
—La fe no servirá aquí. Magnussen, quebrado por el dolor, decidió que Arthur era un milagro, una compensación del destino por la muerte de su esposa. Pero nosotros, los que andamos por los pasillos, supimos la verdad muy pronto. A los cuatro años, Arthur no jugaba con soldados de madera. Los desarmaba pieza por pieza para ver "dónde se escondía la obediencia". Una vez, lo encontré en la biblioteca arrancando las alas de cien mariposas raras que habían traído del Amazonas. No lo hacía por maldad infantil, sino con una calma que te helaba la sangre. Me miró y me preguntó: "¿Por qué vuelan si el suelo es más seguro?". No había curiosidad en su voz, solo una conclusión lógica y despiadada.
Siobhan se asomó por la esquina para asegurarse de que Arthur seguía inmóvil. El brillo de la corona era ahora más intenso, iluminando el salón con una luz roja que parecía venosa.
—La corona que lleva puesta no es oro simple —continuó la anciana—. Es un Arma Ancestral. Se alimenta de la psique del portador. Magnussen era un buen hombre, un hombre de 3ra generación que intentó gobernar con justicia. Por eso la corona se sentía pesada para él; su cordura era una resistencia. Pero Arthur... Arthur nació con el alma rota. Sus problemas mentales no son una debilidad, son su mayor fuente de poder.
»A los diez años, los médicos de la corte intentaron diagnosticarlo. Hablaron de sociopatía, de esquizofrenia afectiva, de falta de percepción del dolor. Pero Arthur se burló de ellos. Una noche, entró en el cuarto de uno de los doctores y le quemó los libros de medicina frente a sus ojos. Le dijo que su "locura" era simplemente una visión que los cuerdos no podían soportar.
»Descubrimos que cuanto más se alejaba de la realidad, cuanto más se hundía en sus visiones de conquista y sangre, más fuerte se volvía su conexión con el Ojo Rojo. La corona brilla más cuando él está en medio de un brote de frialdad absoluta. Lo que hizo anoche... matar a su padre y hermanos en su propio cumpleaños... no fue un arrebato. Fue un sacrificio deliberado para que su mente terminara de romperse y, así, alcanzar el nivel máximo de la 6ta generación. Ahora, la corona y él son uno solo. Por eso lo llaman An Tiarna Gan Scáth. No tiene sombra porque su alma ya ha sido digerida por el metal.
Las sirvientas escuchaban, paralizadas. El relato de la infancia de Arthur pintaba la imagen de un depredador que había sido alimentado en el seno de la familia real, una semilla de tiranía que finalmente había florecido en un mar de sangre.
Horas más tarde, sin haberse limpiado ni una sola gota de la sangre familiar, Arthur se levantó del trono. No convocó a sus generales, ni pidió una escolta de mil hombres. No los necesitaba. La corona le susurraba coordenadas, frecuencias que vibraban en su hipotálamo.
Salió del palacio de Tara bajo una lluvia fina que no lograba limpiar el carmesí de sus vestiduras. Caminó hacia el puerto, donde un pequeño transporte de alta velocidad, impulsado por motores de vapor, lo esperaba. Su destino no era una ciudad, sino las tierras salvajes del oeste: Keshcorran Caves, en el condado de Sligo.
El viaje fue silencioso. El mar parecía calmarse ante su paso, como si las olas temieran molestar al nuevo Rey. Arthur permanecía en la proa, su piel pálida contrastando con la corona roja, mirando hacia el horizonte con la fijeza de un halcón. No sentía frío, no sentía hambre. Solo sentía el llamado de algo mucho más grande que él, algo que llevaba eones esperando a un amo lo suficientemente loco como para reclamarlo.
Al llegar a las cuevas de Keshcorran, el paisaje era desolador y majestuoso. Las formaciones de caliza se alzaban como costillas de un gigante enterrado. Arthur comenzó el ascenso solo. A medida que se acercaba a la boca de la caverna principal, el aire se volvía denso, cargado de un azufre que habría asfixiado a cualquier otro ser humano.
Entró en la oscuridad total. Pero para Arthur, la oscuridad no existía. La corona emitía un pulso carmesí que revelaba las paredes de la cueva, cubiertas de inscripciones en un idioma que precedía a los celtas. Se detuvo en una plataforma natural que se asomaba a un abismo que parecía no tener fin.
—Thorius —dijo Arthur. Su voz no fue un grito, sino un comando que resonó en la estructura misma de la isla—. El pacto de Magnussen ha muerto con su sangre. Yo soy el nuevo latido. Despierta.
Arthur se quitó la corona y la sostuvo sobre el abismo. Las gotas de sangre que aún goteaban de sus dedos cayeron al vacío. Pasaron segundos de un silencio absoluto, y luego, la tierra tembló. No fue un terremoto ordinario; fue un movimiento tectónico.
Desde las profundidades, dos soles de un color naranja incandescente se abrieron. No eran ojos; eran cráteres de fuego.
El sonido que siguió fue un rugido que no se escuchó con los oídos, sino con los huesos. Una ráfaga de calor abrasador salió del abismo, fundiendo la piedra alrededor de Arthur, pero él no retrocedió. Su ropa empezó a humear, su piel a enrojecerse, pero él sonreía. Era la primera vez que se sentía en casa.
Entonces, Thorius emergió.
No hay palabras en el lenguaje humano, ni métricas en la ciencia de la 1ra hasta la 6ta generación, que puedan describir la escala de lo que salió de esa cueva.
Primero aparecieron las garras, cada una del tamaño de un edificio de diez plantas, clavándose en el basalto y pulverizándolo como si fuera arena. Luego, el cuello, una columna de escamas de obsidiana y magma que parecía no terminar nunca, elevándose hacia el techo de la cueva y atravesándolo como si la montaña fuera papel.
Arthur, que medía poco menos de un metro ochenta, se quedó allí, inmóvil. Desde la perspectiva de Thorius, el Rey de Irlanda no era más que una mota de polvo, una hormiga insignificante que osaba portar el Ojo Rojo. La cabeza del dragón era una montaña de cuernos, cicatrices y fuego eterno. Un solo diente de la bestia era más grande que el trono de Arthur en Dublín.
La escala era incomprensible. Si Thorius extendiera una sola de sus alas, podría cubrir condados enteros, dejando a Irlanda en una noche perpetua. El calor que emanaba de su cuerpo era tal que los pozos geotérmicos de todo el país empezaron a desbordarse simultáneamente.
El dragón acercó su hocico a la pequeña figura ensangrentada. El soplido de Thorius fue una tormenta de ceniza que casi lanza a Arthur al vacío. El ojo de la bestia, un océano de fuego líquido de kilómetros de diámetro, se enfocó en el pequeño punto rojo que brillaba en las manos del joven.
Arthur no se intimidó. Se puso la corona de nuevo. El metal se enterró en su piel, vinculando su sistema nervioso directamente con la voluntad de la bestia.
—Eres demasiado grande para este mundo, Thorius —susurró Arthur, mientras la sombra del dragón, que ahora ocupaba todo el horizonte, lo envolvía—. Pero este mundo se hará pequeño para nosotros. Vamos a Noruega. Vamos a buscar a los Valmorth. Y después... le enseñaremos a ese tal Ryuusei lo que ocurre cuando el sol se apaga frente al verdadero fuego.
Thorius emitió un sonido que fue como el choque de dos planetas. La montaña de Keshcorran se partió en dos cuando el dragón comenzó a desplegarse, sus alas rompiendo la corteza terrestre, preparándose para el vuelo que cambiaría la historia de la humanidad.
Abajo, en la entrada de la cueva, Arthur parecía haber desaparecido, consumido visualmente por la inmensidad de su montura. El Rey Tirano se había convertido en el jinete del apocalipsis.
El abismo ya no era silencio; era un diálogo tectónico. El aire, saturado de azufre y energía ionizada de la 5ta Generación, vibraba con frecuencias bajas que hacían colapsar los ecos de la caverna. Frente al océano de fuego líquido que era el ojo de Thorius, la figura ensangrentada y frágil de Arthur se mantenía en pie, no por fuerza muscular, sino por la demencia que el Ojo Rojo bombeaba directamente a su sistema nervioso.
La bestia colosal, una montaña de obsidiana y magma, había despertado. Sus respiraciones eran erupciones controladas que fundían la piedra bajo los pies descalzos del "Little Demon King". Arthur, con la corona ya fusionada a su cuero cabelludo, no sentía el calor abrasador. Solo sentía el llamado del vacío.
—KHAN-KAR THOK-ZIN. ZHU-ZIN ASH... (Mi fuego es la piedra. Tu latido es el fin...) —vibró Thorius. El sonido no entró por los oídos de Arthur; resonó en la base de su cráneo. No eran palabras, eran bloques de memoria y voluntad cruda que la corona traducía instantáneamente—. THOR-KHA... THOK-MAR KHAN. (Tú eres... El Ojo que Me Mira).
Arthur, con una sonrisa que no tocaba sus ojos amarillos y dilatados, dio un paso hacia el abismo. El calor era tan intenso que las pocas gotas de sangre que quedaban de su familia se evaporaron antes de tocar el suelo.
—THOR-KHA SHOR! ZHU-ASH KAR-KOR. (¡Te equivocas, Madre de las Sombras! El fin no ha llegado) —respondió Arthur en la frecuencia del dragón. Su voz humana era un susurro patético frente a la inmensidad de Thorius, pero la corona amplificaba su voluntad para que la bestia la reconociera—. No me mires como tu fin. Mírame como tu espejo.
Thorius acercó su hocico, una plataforma de cuernos y magma. Su aliento casi lanza a Arthur al vacío. El dragón sentía la fractura mental de su portador, el caos que alimentaba su propio poder.
—KAR-KOR ASH. KHA-KHAN ZIN THOR-A-KOR. (Tu espejo está roto. Mi fuego es el Abismo de la Verdad) —replicó Thorius—. ¿Qué buscas de mí, portador de la locura?
Arthur miró al dragón, y por un momento, su mente se aclaró lo suficiente para recordar el mito que había subvertido. Él no era el Arturo de las leyendas que sacaba una espada para unir un reino; él era el Arturo que despertaba a un demonio para quemar el mundo.
—Dime, Thorius —dijo Arthur, su voz llena de una indiferencia aterradora—. ¿Cómo quieres ser recordada? Tienes milenios de poder acumulado. ¿Quieres ser la "anciana del abismo" que murió en silencio, una leyenda olvidada por las razas que ahora caminan sobre tu espalda? ¿O quieres ser la Reina de la Ceniza que conquistó toda Europa? Yo te ofrezco el mundo, Thorius. Te ofrezco que cada ser vivo de este continente sepa tu nombre antes de morir.
Thorius permaneció inmóvil. Sus ojos cambiaron de color, de un naranja incandescente a un rojo profundo, como si estuviera leyendo los hilos del tiempo. La vibración de su respuesta fue tan baja que las montañas de Sligo temblaron.
—KHA-ZIN ZHU-KHAN. KHA-KHAN ZIN KAR-ASH... (Veo el futuro que buscas. Pero el futuro también me mira a mí). —El dragón comenzó a vibrar una profecía que solo Arthur podía entender, una cascada de imágenes y dolor—. Veo dos chicos. Una semilla de poder puro, una singularidad de la 6ta Generación. Y otra semilla de vacío, un recipiente de 1ra Generación sin luz.
» El chico sin poder gobernará toda Europa. Tendrá al mundo entero a sus pies, no por la fuerza de sus músculos, sino por la fuerza de su voluntad corrompida. Creará un imperio sobre cadáveres. —La voz de Thorius se volvió un rugido sordo y acusador—. Pero... el chico con poder lo matará. Su luz apagará tu sol negro.
Arthur soltó una carcajada que resonó en la caverna como metal rompiéndose. No había miedo en su risa, solo una demencia pura y refinada.
—¿El "chico con poder" me matará? —preguntó Arthur, sabiendo que el dragón hablaba de él en tercera persona—. ¡Que lo intente! No entiendes nada, Thorius. La muerte no me asusta. Lo que me asusta es no tener el control.
Thorius continuó, sin inmutarse por la reacción de Arthur.
—Pero eso sí... Tu reinado será largo. La gente de Irlanda te amará con un terror que confundirán con devoción. Tu corona será más brillante que el sol. —La vibración se volvió dolorosa, casi física en la mente de Arthur—. Pero... tu cabeza será tu cárcel. La corona del Ojo Rojo se alimentará de tu locura hasta que no quede nada de ti. Tu demencia será un abismo insoportable. Y al final... en las crónicas que escriban sobre tu imperio... serás recordado como Arthur el Enfermo. No como un tirano, no como un conquistador... sino como una singularidad que se asfixió en su propia demencia.
Arthur dejó de reír. Su expresión se volvió de una seriedad pétrea. Se miró las manos, frágiles y pálidas, y luego miró la inmensidad del dragón.
—Arthur el Enfermo... —susurró, probando las palabras en su lengua—. Es un buen nombre. Me da igual cómo me recuerden, Thorius. Me da igual cómo o cuándo moriré. Lo que me importa es el ahora. Y el ahora... —Arthur miró hacia el este, hacia donde sabía que estaba la civilización que su familia había protegido durante siglos—. ...el ahora es un capricho. Solo un capricho. Quiero Noruega para mí. Quiero que el Reino de los Valmorth caiga antes de que mis manos se enfríen.
Thorius emitió un sonido que fue una mezcla de aceptación y desprecio.
—ZHU-ZIN ASH! KHAN KHA. (¡El sueño ha terminado! Móntame).
El dragón acercó su cabeza a la plataforma. Para Arthur, la inmensidad era incomprensible. No había una escalera, no había una cuerda. Solo había cuernos y escamas de obsidiana del tamaño de edificios de diez plantas. Arthur, con su debilidad física, comenzó el ascenso.
Le llevó media hora. Cada movimiento era una tortura. Sus manos frágiles se clavaban en la piedra rugosa de las escamas. Sus pies descalzos se cortaban, dejando un rastro de sangre que se evaporaba instantáneamente. Pero a Arthur no le importaba. Su mente estaba en un trance de poder. A medio camino, el calor de la bestia comenzó a consumir lo poco que quedaba de sus vestiduras. Su ropa se quemó, convirtiéndose en ceniza que el viento de la cueva se llevó.
Cuando Arthur finalmente llegó a la cima de la cabeza de Thorius, estaba completamente desnudo, pero a él no le importaba. La corona del Ojo Rojo se había impregnado tan profundamente en su cráneo que ya no se distinguía dónde terminaba el metal y dónde empezaba el hueso. Su piel estaba enrojecida, ampollada por el calor, pero él no sentía el dolor. Él era el calor.
Desde la entrada de la cueva, si alguien hubiera estado allí para verlo, la imagen habría sido terrorífica y patética al mismo tiempo: una figura pequeña y frágil, apenas un punto de fuego incandescente, se había montado sobre una montaña de destrucción ancestral. El Little Demon King había reclamado su trono.
Thorius no esperó a que Arthur se acomodara. Abrió sus alas. La envergadura era tan inmensa que las montañas de Sligo parecieron colapsar hacia adentro. El dragón se lanzó al aire, no como un ave, sino como un meteoro. La montaña de Keshcorran se partió en dos cuando la bestia emergió, pulverizando miles de toneladas de roca en su ascenso.
El vuelo fue una pesadilla visual. Thorius se elevó por encima de las nubes de tormenta. Cuando extendió sus alas por completo, el cielo nocturno desapareció. A kilómetros de distancia, en las costas de Dublín y el norte, los habitantes miraron hacia el oeste y sintieron un terror primigenio: la luna había sido tapada, no por una nube, sino por una silueta colosal y alada que parecía abarcar todo el horizonte. El mundo entero pareció quedar en una noche perpetua.
Llegaron hasta el Reino de Tara en cuestión de minutos. Thorius, la bestia, se posó en la cima de la colina real, donde una vez estuvo el trono de Magnussen. El impacto sísmico de su aterrizaje fue detectado por sismógrafos en todo el planeta. Los ciudadanos de Dublín, que ya sabían de la desaparición de la familia real, salieron a las calles con terror.
Arthur, de pie sobre la cabeza del dragón, miró hacia abajo. No sentía vergüenza por su desnudez, ni dolor por sus quemaduras. Se sentía un dios. Activó la corona del Ojo Rojo al máximo de su capacidad. La energía geotérmica de todo el país se canalizó a través de él. Su cuerpo entero estalló en llamas, un fuego de un rojo negro que no lo consumía, sino que lo revestía.
"¡Pueblo de Irlanda! ¡Miradme! Soy Arthur, vuestro Rey, An Tiarna Gan Scáth, el Señor sin Sombra y el Señor del Fuego. Magnussen está muerto. Mis hermanos están muertos. El viejo mundo ha ardido para que yo naciera."
El pueblo, paralizado por el terror al ver a un hombre en llamas sobre una bestia que tapaba el cielo, cayó de rodillas. No era devoción; era puro instinto de supervivencia.
"Mi padre led dio paz y calor, y se volvieron débiles. Yo les ofrezco destino. No vamos a sentarnos a esperar a que los Valmorth de Noruega o los héroes de Japón vengan a nosotros. ¡Nosotros vamos a ellos! A partir de este momento, Irlanda ha dejado de ser una isla. ¡Somos un imperio! Y nuestro primer acto como imperio será reclamar las tierras de Noruega para nuestro fuego. ¡Soldados, prepárense! La era de la ceniza ha comenzado."
Arthur no esperó a una respuesta. Se montó de nuevo en Thorius y el dragón abrió sus alas, despegando con un estruendo que rompió los vidrios de todos los edificios de Dublín. Se dirigieron hacia el norte, hacia las tierras gélidas de los Valmorth.
Mientras volaban sobre el Mar del Norte, el cielo estaba oscurecido por el ala de Thorius. La bestia volaba a una altitud que ninguna persona normal podía sobrevivir sin equipo, pero Arthur estaba protegido por el aura de la corona.
De repente, a lo lejos, Arthur detectó una singularidad. No era un usuario de poder, era una máquina de: un avión de pasajeros comercial que hacía la ruta Londres-Oslo. Arthur sonrió.
Arthur: (Vibrando su voluntad hacia Thorius) "THOK-KAR KHA! KAR-SHOR KHAR!" (¡Mira ese intruso! ¡Que tu fuego lo reclame!)
Thorius no dudó. El dragón emitió una ráfaga de fuego geotérmico desde su hocico. No fue un aliento de fuego humano; fue un chorro de magma ionizado que atravesó el cielo como un rayo de sol negro. El calor que emanó de Thorius fue tan inmenso que Arthur, a pesar del aura de la corona, sintió cómo sus manos frágiles y pálidas empezaban a quemarse. Sus dedos se ampollaron instantáneamente, su piel se fundió en cuestión de segundos.
Arthur no gritó. Se miró las manos carbonizadas, sus ojos amarillos brillando con una satisfacción macabra. Observó el avión de pasajeros. No hubo una explosión tradicional; el avión simplemente se desintegró, derretido por el calor antes de que la presión lo hiciera estallar. La silueta carbonizada del avión cayó hacia el mar gélido del Norte, dejando un rastro de vapor y ceniza en el cielo oscuro.
Arthur: (Mirando sus manos en llamas) "THOR-ASH KAR... MAR-ZIN KHAN..." (El fuego es incompleto... Pero mi latido es fuerte...)
Arthur se giró hacia el hocico del dragón, su voz vibrando con la orden de separación.
Arthur: "ZHU-ZIN ASH! KHAN ZIN ZHU. (¡El capricho ha sido cumplido! Madre de las Sombras, escóndete en los bosques del norte. Tú eres demasiado grande para lo que sigue)."
Arthur ordenó a Thorius que aterrizara en las tierras vírgenes de los bosques noruegos, lejos de la capital. El dragón emitió una vibración de aceptación, "KHA-ASH ZIN Thor..." (Tú eres incompleto, pero... te obedeceré).
Thorius descendió en silencio, sus alas rompiendo los árboles centenarios de un bosque profundo. Arthur bajó de su cabeza, sus pies carbonizados tocando la nieve noruega. La corona del Ojo Rojo seguía brillando en su frente. No tenía ropa, estaba en llamas, con las manos carbonizadas y los pies cortados. Pero a él no le importaba.
Miró hacia el horizonte, hacia Oslo.
Arthur: "No necesito un ejército para esto. Solo necesito control."
Arthur, el Rey Tirano, el Niño Demonio, el hombre que en las crónicas prohibidas sería recordado como Arthur el Enfermo, comenzó a caminar hacia la capital de Noruega, con la intención de hablar cara a cara con el Primer Ministro. Él era An Tiarna Gan Scáth, y el mundo estaba a punto de saber por qué su nombre era un abismo.
