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Chapter 218 - El Sol Negro sobre el Trono de Basalto

Dublín no amaneció con el sol, sino con un zumbido. Era una vibración sorda, un latido que ascendía desde las profundidades de la tierra, recorriendo las tuberías de cobre y las vigas de hierro negro hasta manifestarse como un calor constante y reconfortante en cada hogar. El cielo, sin embargo, era una losa de acero templado que parecía haber sido forjada en los mismos hornos geotérmicos del palacio. El aire en la capital irlandesa tenía un peso distinto; olía a vapor ionizado, a tierra antigua removida y al sutil aroma metálico del Ojo Rojo, esa gema de 6ta generación que latía bajo la ciudad entera como un corazón artificial.

Irlanda, bajo la dinastía MaelMordha, se había convertido en un milagro de orden en medio de un continente que se desangraba. Mientras Europa lidiaba con fronteras rotas y crisis energéticas, Dublín prosperaba. No había hambre, no había apagones, y el frío era una leyenda que los ancianos contaban a los niños junto a estufas que nunca se apagaban. Pero dentro de los muros del Palacio de Tara, reconstruido con la grandiosidad de un imperio olvidado, la atmósfera estaba cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. Era el cumpleaños del príncipe Arthur.

El Gran Salón de Banquetes era una oda al basalto y a la sangre. Las mesas kilométricas de piedra negra pulida reflejaban la luz de miles de velas rojas que flotaban en candelabros de hierro forjado con forma de garras. Los tapices en las paredes no narraban fábulas de santos, sino la cruda realidad del linaje: el descubrimiento del Ojo, el pacto con las profundidades y la ascensión de una estirpe que no temía a la oscuridad.

El Rey Magnussen, a sus 85 años, presidía la mesa con una dignidad que desafiaba a la muerte. Su cabello, antes de un azul metálico vibrante, era ahora una cascada blanca que enmarcaba un rostro tallado por la responsabilidad de un reino secreto. A su derecha, el príncipe Aedan, de 27 años, vestía su uniforme militar con una arrogancia que el vino solo lograba acentuar. A su izquierda, Bran, de 25 años, movía sus manos finas con la inquietud de quien guarda mil secretos de estado.

Y en el centro, el vacío absoluto de Arthur.

Esa medianoche cumpliría 20 años. Técnicamente aún tenía 19, pero su presencia era la de un ser que había vivido milenios en la sombra. Su piel era de un blanco marmóreo, y sus ojos amarillos no parpadeaban. No miraba la comida, ni el vino, ni a las hermosas mujeres de la nobleza que intentaban captar su atención. Arthur miraba a través de las cosas, como si el mundo físico fuera solo una cortina molesta que ocultaba la verdadera estructura del poder.

—Hoy celebramos la promesa —rugió Magnussen, levantando una copa de oro macizo que contenía un licor rojo destilado de minerales—. Arthur, mi chispa más brillante. ¡Que tu futuro sea tan vasto como el calor que nos da la vida!

El brindis fue una explosión de júbilo artificial. Arthur inclinó la cabeza, esbozando una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Mientras el salón se llenaba de música de arpas y el estrépito de los cubiertos de plata, Magnussen se hundió en el silencio de su propio trono. Los recuerdos, esos parásitos del tiempo, empezaron a devorarlo.

Recordó el incidente de los mastines cuando Arthur tenía ocho años. Aedan y Bran habían llorado sobre los cuerpos de sus perros favoritos en el jardín subterráneo. Arthur, con las manos pequeñas empapadas en una sangre que ya empezaba a enfriarse, los había observado con una curiosidad científica. "Querían saber si el calor venía de dentro o de fuera", había explicado el niño con una voz que no temblaba. Magnussen, en su ceguera de padre, había castigado a los hermanos por dejar que el niño "jugara" con cosas peligrosas, protegiendo a Arthur porque veía en él el último rastro de su esposa Elionor. Pero en el fondo, Magnussen sabía que el niño no era un regalo de su esposa, sino del Abismo.

De repente, las luces del salón se atenuaron rítmicamente. El sistema geotérmico soltó un bufido de vapor y una tarta monumental, de glaseado negro como la obsidiana, fue traída por seis sirvientes. Veinte velas rojas ardían con una llama azulada, indicando que el gas que las alimentaba venía directamente de las vetas más profundas.

La sala entera se puso de pie en un silencio sepulcral. Arthur se levantó. Su sombra, proyectada por las velas, pareció alargarse hacia el techo, adquiriendo formas que no correspondían a un cuerpo humano. Se acercó al pastel, cerró los ojos y, por un breve segundo, el aire en la habitación descendió varios grados.

Sopló.

Las veinte velas se apagaron con un sonido que recordó al cierre de una tumba. Un solo aliento frío contra un fuego ancestral. El salón estalló en aplausos, pero muchos de los invitados se frotaron los brazos, sintiendo un escalofrío que no debería existir en el corazón del palacio más caliente del mundo.

—¡Hermano! —gritó Aedan, dándole una palmada que habría derribado a un hombre común—. ¿Qué deseaste? ¡Queremos saber qué pide el futuro Rey de las Sombras!

Arthur lo miró con una ternura macabra. —En la noche lo sabrán —susurró—. Mejor dicho... todos lo van a sentir.

Por la tarde, mientras los vapores del alcohol adormecían a la nobleza, Arthur decidió pasear por Dublín. Quería sentir el pulso de lo que consideraba su propiedad privada. Dos guardias de élite lo seguían a una distancia de diez metros, portando rifles geotérmicos de 4ta generación, armas capaces de fundir el acero a quinientos metros.

La ciudad era una utopía de tecnología y piedra. Los ciudadanos, al verlo, no solo se inclinaban por protocolo, sino por una gratitud genuina que Arthur encontraba patética. Una mujer le presentó a su hijo recién nacido; un comerciante le ofreció especias traídas de las rutas seguras de los MaelMordha; un veterano de guerra le juró lealtad eterna.

Arthur les sonreía a todos. Tocaba sus manos, besaba las frentes de los niños y escuchaba sus peticiones con una paciencia infinita. Pero en su mente, no veía personas. Veía unidades de energía. Veía herramientas que, cuando llegara el momento de despertar a Thorius, serían el combustible necesario para mantener el imperio. "Os daré grandeza", pensaba mientras acariciaba el rostro de un niño, "pero la grandeza exige que algunos sean las cenizas sobre las que camina el resto".

Al caer la noche, regresó al palacio. El sol se hundía tras las montañas de Wicklow, tiñendo el cielo de un naranja violento que recordaba a un campo de batalla. Encontró a su padre en la Cámara Privada del Trono. Magnussen estaba solo, con la corona depositada sobre un pedestal de mármol. Sin ella, el Rey parecía un anciano que se desmoronaba ante el peso del aire.

—Padre —dijo Arthur, entrando con la confianza de quien ya es dueño del lugar—. Tenemos que hablar de la madre dragona. Thorius ha dormido lo suficiente. El mundo exterior está cambiando.

Magnussen soltó un suspiro que pareció vaciar sus pulmones. —Arthur... Thorius es una reliquia. Es una fuerza que no podemos controlar si se despierta del todo. La mantengo sedada con el Ojo Rojo para que Irlanda respire. Si la despiertas, el calor se convertirá en fuego. Y el fuego no distingue entre súbditos y enemigos.

—Europa está débil —insistió Arthur, acercándose a la corona—. Los Valmorth se están matando entre ellos. Laila ha muerto. Constantine y Hiroshi también. John Valmorth ha tomado el mando tras una masacre. Y hay un chico, Ryuusei... una singularidad que está rompiendo el equilibrio de las 1ra hasta la 6ta generación. Si no despertamos a Thorius ahora, seremos la próxima presa.

Magnussen lo miró con una tristeza infinita. —Thorius dejará tres huevos cuando muera. Ese es el futuro, Arthur. Dragones jóvenes que podrás moldear a tu voluntad en diez o veinte años. No fuerces el despertar de la madre. Déjala morir en paz.

Arthur se acercó y abrazó a su padre. Fue un abrazo de una fuerza inusual. —Te quiero, padre. Por eso no dejaré que veas cómo el mundo nos olvida.

La medianoche llegó con un clic metálico. El sistema de iluminación del palacio pasó al modo de guardia, bañando los pasillos en un rojo mortecino. Arthur salió de su habitación. No llevaba sedas reales, sino una armadura ligera de cuero de dragón tratado. En sus manos portaba un hacha corta de obsidiana, una reliquia que su antepasado MaelMordha usó para sacrificar a los primeros druidas. En su espalda, un arco de precisión con flechas cuya punta contenía "hielo negro", un mineral capaz de detener el flujo de energía de cualquier ser vivo.

Caminó primero hacia la habitación de Aedan. El general dormía rodeado de mapas y maquetas de batallas que nunca ocurriría. Arthur levantó el hacha. No hubo vacilación, no hubo odio. Solo eficiencia. El golpe fue tan limpio que la cabeza de Aedan se separó del cuerpo antes de que el cerebro pudiera procesar el dolor. Arthur observó cómo la sangre manchaba los mapas, borrando las fronteras que su hermano tanto amaba. "Demasiado ruidoso", susurró.

Bran fue el siguiente. El espía tenía el sueño ligero y llegó a sentarse en la cama al oír el crujido de la puerta. Pero Arthur no usó el hacha. Tensó la cuerda del arco y soltó una flecha que atravesó la garganta de Bran, clavándolo contra el respaldo de madera de la cama. El príncipe mediano intentó hablar, pero solo salieron burbujas de sangre. Arthur se acercó y le cerró los ojos con suavidad. "Demasiado curioso", dijo.

Finalmente, entró en el dormitorio del Rey. Magnussen dormía con la corona a escasos centímetros de su mano. Arthur no usó armas de inmediato. Se sentó a los pies de la cama y observó a su padre. El Rey roncaba con dificultad, el peso de los años aplastando su tráquea.

Arthur tomó la corona. El metal estaba frío, pero al tocar sus dedos, el Ojo Rojo comenzó a latir con una luz carmesí. La gema reconoció la sangre pura, la ambición sin límites, y se vinculó a él con un chispazo eléctrico que recorrió toda la columna de Arthur.

Magnussen abrió los ojos. Vio a su hijo con la corona puesta. Vio la flecha en su mano. —Arthur... —susurró el anciano, sin miedo, solo con una resignación absoluta.

—Es hora de que Irlanda deje de ser un refugio para convertirse en un volcán, padre —dijo Arthur.

Tensó el arco a bocajarro. El sonido de la cuerda fue lo último que Magnussen escuchó antes de que la punta de hierro frío apagara la luz de sus ojos para siempre.

Al amanecer, el primer sirviente que entró al salón del trono con el desayuno real soltó la bandeja. El ruido de la porcelana rompiéndose fue el pistoletazo de salida de una nueva era.

Arthur estaba sentado en el trono de basalto. No se había limpiado la sangre; las manchas rojas en su rostro y manos parecían una pintura de guerra sagrada. La corona de los MaelMordha brillaba con una intensidad que hacía que las sombras de la sala cobraran vida propia.

—Buenos días —dijo Arthur. Su voz no era la de un joven de 20 años, sino la de un monarca que ya había conquistado el tiempo—. Mi padre y mis hermanos han decidido que su tiempo en este mundo ha terminado.

Los guardias de la puerta, aterrados, cayeron de rodillas. El poder que emanaba de Arthur era de una 6ta generación tan pura y violenta que el aire se sentía espeso, difícil de respirar.

—Primer edicto —anunció Arthur, poniéndose de pie. Su sombra en la pared parecía tener alas gigantescas que se desplegaban—. Preparen la flota geotérmica. Vamos a invadir Noruega. Quiero las cabezas de los Valmorth que quedan, especialmente la de John y esa niña, Hitomi. No quiero competidores en el norte.

Se acercó al borde del estrado, mirando a los sirvientes y soldados que temblaban ante él.

—Y segundo... preparen los sacrificios. Vamos a bajar a las cámaras de sedimentación. Thorius ha dormido demasiado tiempo bajo mi padre. Voy a despertarla. Si es vieja, que sus últimas llamas reduzcan a Europa a cenizas. Si es joven, que nos sirva de montura. Pero Irlanda ya no será un secreto. Irlanda será el fin de todo lo que conocen.

Arthur salió al balcón del palacio. Abajo, Dublín seguía respirando su calor artificial, sin saber que el hombre que ahora llevaba la corona no buscaba mantenerlos calientes, sino convertirlos en el fuego que consumiría al mundo.

—Que empiece la conquista —susurró hacia el horizonte, donde el sol de 2020 empezaba a iluminar un mundo que Ryuusei Kisaragi pronto tendría que defender de un monstruo mucho más letal que cualquier cosa que hubiera enfrentado antes—. El Sol Negro ha salido.

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