El edificio gubernamental olía a café caro, moqueta limpia y miedo filtrado por el aire acondicionado. Los guardias de la 2da Generación, hombres con mejoras musculares y reflejos aumentados, estaban apostados cada cinco metros. Pero nada en su entrenamiento los había preparado para lo que cruzó el umbral de la entrada principal.
Llegó a la oficina del Primer Ministro, Lars Jensen, sin que nadie se atreviera a disparar. La presión espiritual de un 6ta generación era como una mano invisible apretando el cuello de los guardias.
Arthur entró en el despacho. Estaba desnudo, pero su cuerpo regenerado emitía tal cantidad de calor que el aire a su alrededor se distorsionaba, ocultando sus partes íntimas tras una bruma de energía pura. Se sentó directamente sobre el escritorio de roble del Ministro, sintiendo cómo la madera empezaba a humear y a ennegrecerse bajo su contacto.
—Señor Jensen —dijo Arthur. Su voz era una mezcla de susurro juvenil y vibración tectónica—. Su café está frío. Déjeme ayudarle.
Arthur señaló la taza con un dedo cuya piel aún se estaba terminando de formar. Instantáneamente, el líquido hirvió hasta evaporarse, dejando una mancha marrón y el olor a grano quemado. El Ministro Jensen retrocedió, su silla chocando contra el gran ventanal que daba a la ciudad gélida.
—¿Quién... quién es usted? ¿Y por qué mis hombres no lo han matado? —preguntó el Ministro con la voz quebrada.
—Soy el Rey de Irlanda —respondió Arthur con una sonrisa de porcelana—. Y sus hombres están vivos porque todavía no he decidido que me molesten. He venido a hablar de sus vecinos... los Valmorth.
Arthur, en su arrogancia, creía que Noruega era el bastión central. No sabía que los Valmorth centrales (Torben, Laila y sus hijos) dirigían todo desde Dinamarca. En su mente, los Valmorth eran una plaga que ocupaba el norte, y él había venido a exterminar el nido más cercano.
—Sé que se esconden aquí —continuó Arthur, ignorando el temblor en las manos del Ministro—. Sé que los Valmorth usan sus fiordos para esconder sus armas y su 6ta generación. Entrégueme sus ubicaciones. Entrégueme a sus líderes. O convertiré este país en un pozo de lava antes de que anochezca.
El Ministro Jensen parpadeó, confundido a pesar del terror.
—¿Los Valmorth? Señor... con todo respeto... aquí solo hay bases de suministros y algunos parientes lejanos... la facción de los "Caminantes del Hielo". Los Valmorth reales, la corona del linaje, están en Copenhague, Dinamarca. Usted... usted ha venido al lugar equivocado si busca a los líderes.
Arthur se quedó inmóvil. La corona en su frente brilló con una intensidad cegadora, reflejando su súbito ataque de ira. "¿El lugar equivocado?". El pensamiento lo humilló. Su "capricho" de invadir Noruega se basaba en una premisa incompleta. Pero, en su demencia, Arthur no aceptó el error; lo transformó en una nueva tiranía.
—¿Equivocado? —Arthur se rió, y el sonido hizo que los cristales del despacho se agrietaran—. No hay errores para un Rey, Ministro. Si los Valmorth centrales están en Dinamarca, entonces Noruega será mi campamento de guerra. He venido a buscar a los "lejanos", como usted dice. Los usaré como mensaje.
—Está temblando, Ministro —dijo Arthur. Su voz era un crujido de ascuas, un sonido que parecía quemar el aire antes de llegar a los oídos de Jensen—. ¿Es por el frío de afuera o por el calor que he traído conmigo?
Jensen apretó los puños bajo la mesa, sus nudillos blancos.
—Usted es un monstruo —logró decir, con la voz quebrada—. Ha entrado en suelo soberano, ha derribado un avión civil y ahora se sienta en mi despacho... desnudo, quemado y exigiendo la rendición de una nación que ha sobrevivido a guerras que su linaje ni siquiera recuerda.
Arthur soltó una risotada seca. Al hacerlo, la piel de sus mejillas se tensó tanto que varias grietas se abrieron, dejando escapar un vapor rojizo que olía a ozono y carne asada.
—El linaje —repitió Arthur con desprecio—. Los Valmorth. Siempre los Valmorth. He venido a limpiar este país de esa plaga. Sé que se esconden en sus fiordos, sé que los "Caminantes del Hielo" le pagan a su gobierno para que miremos hacia otro lado. Entrégueme sus bases. Entrégueme sus nombres. Noruega dejará de ser el patio trasero de Dinamarca para convertirse en el puesto de avanzada de mi imperio.
El Primer Ministro Jensen, a pesar del terror, era un hombre de principios antiguos. Sabía que los Valmorth centrales estaban en Dinamarca, pero las ramas noruegas eran los protectores de su infraestructura energética. Si entregaba a los Valmorth, entregaba el corazón de su país a un loco que ni siquiera podía mantener su propia piel pegada a los huesos.
—No hay acuerdo, Arthur —dijo Jensen, llamándolo por su nombre para intentar humanizarlo, un error fatal—. Noruega no se rinde ante caprichos. Si quiere a los Valmorth, búsquelos usted mismo en las nieves, si es que su cuerpo aguanta un kilómetro más antes de deshacerse. Pero mi gobierno no será su informante. Retírese ahora, o daré la orden de que mis guardias de élite...
Arthur no lo dejó terminar. Se puso de pie, y el escritorio de roble estalló en llamas espontáneas por el simple contacto de sus pies carbonizados. La figura del "Little Demon King" se irguió, pequeña y frágil en estatura, pero con una presencia que parecía llenar cada rincón del edificio. Sus manos, que eran garras negras de ceniza, temblaban de furia.
—¿"Si mi cuerpo aguanta"? —Arthur siseó—. Mi cuerpo es un detalle técnico. Mi voluntad es el mapa de este mundo. Usted ha elegido el frío, Ministro. Yo le daré el sol.
Arthur echó la cabeza hacia atrás. La corona del Ojo Rojo brilló con una intensidad tal que las cámaras de seguridad del despacho se fundieron instantáneamente. Sus pulmones, reconstruidos a medias, se llenaron de aire caliente y lanzó un grito que no fue humano. Fue un comando en la lengua de los que dominan la tierra desde las sombras.
—¡THOR-KHA! ¡SHOR-AZ KHAN-KAR! —gritó Arthur hacia el ventanal, su voz vibrando en la frecuencia del dragón—. (¡Madre de las Sombras! ¡Que tu aliento sea mi respuesta!).
A kilómetros de distancia, oculto entre las nubes bajas y los bosques de pinos que rodeaban Oslo, la masa continental que era Thorius reaccionó. El dragón abrió sus mandíbulas, y el cielo noruego, que debería estar sumido en el azul crepuscular, se volvió de un naranja apocalíptico.
Un rayo de fuego geotérmico, una columna de magma puro concentrado por la voluntad de la 6ta Generación, descendió desde las nubes. No golpeó el edificio gubernamental directamente; Arthur quería que Jensen mirara. El rayo impactó en el centro del distrito financiero, vaporizando el asfalto y convirtiendo los edificios de cristal en charcos de sílice fundida en segundos. El estruendo fue el de mil volcanes estallando a la vez.
Jensen cayó de rodillas cuando la onda de choque hizo estallar los cristales reforzados de su despacho. El calor fue tal que las cortinas se prendieron fuego y el papel de la oficina empezó a arder espontáneamente.
—¡Deténgalo! ¡Por favor! —suplicó el Ministro, viendo cómo su ciudad empezaba a arder bajo el ala de una bestia que apenas podía procesar su mente.
Pero Arthur ya no escuchaba. El esfuerzo de canalizar la voluntad de Thorius y mantener el Vínculo de Sangre con la corona fue el detonante final para su cuerpo colapsado.
—¡AAAAAAHHHHHHHHGGGGG!
El grito de Arthur cambió. Ya no era un comando; era un alarido de agonía pura, biológica y absoluta. El poder de la 6ta Generación es un océano intentando pasar por el cuello de una botella, y el cuerpo de Arthur era esa botella rota.
Sus piernas fallaron. Cayó sobre la alfombra en llamas, y las personas que se habían quedado paralizadas en los pasillos —secretarias, asesores, guardias de la 2da generación— se asomaron por la puerta destrozada, presenciando algo que los perseguiría en sus pesadillas hasta el día de su muerte.
Arthur estaba sufriendo un colapso de regeneración traumática.
Su cuerpo se convirtió en un campo de batalla biológico. Como un ser quemado hasta el núcleo, su biología de 6ta generación finalmente "despertó" ante la inminencia de la muerte, pero lo hizo de la forma más violenta posible.
—¡Mírenlo! —gritó un guardia, retrocediendo con horror—. ¡Se está... se está rompiendo!
No era una curación mágica. Era una reconstrucción forzada. La piel carbonizada de Arthur empezó a desprenderse en grandes costras negras, revelando debajo una carne que no era roja, sino de un rosa eléctrico, palpitante. Sus huesos emitían chasquidos secos, como disparos de fusil, mientras se alargaban y se soldaban en nuevas posiciones para soportar el peso de su propia energía.
Arthur se retorcía en el suelo, sus manos garras negras arañando el suelo mientras uñas nuevas, translúcidas y duras como el diamante, brotaban de sus dedos sangrantes. Su mandíbula se desencajó y se volvió a cerrar con un sonido metálico, sus dientes cayendo al suelo para ser reemplazados por una dentadura nueva, más afilada, diseñada para masticar palabras de poder.
El "Little Demon King" estaba aprendiendo a regenerarse a las malas. Cada célula de su cuerpo estaba siendo martilleada por el Ojo Rojo, obligándola a mutar, a endurecerse, a volverse algo que ya no pertenecía a la raza humana.
—KAR-ASH... ZHU-ZIN... —balbuceó Arthur entre espasmos, intentando usar el idioma dragón para calmar su propio sistema nervioso—. (El fuego es incompleto... pero el estado es eterno...).
La gente lo veía con una mezcla de asco y fascinación religiosa. Eran testigos del nacimiento de un monstruo que se negaba a morir. Su piel empezó a cubrirse de una sustancia blanquecina, una especie de queratina reforzada que parecía mármol líquido. Poco a poco, las heridas abiertas se cerraron, no con suavidad, sino con cicatrices que parecían grabados antiguos.
El proceso duró minutos que parecieron horas. El calor en la habitación era insoportable, pero nadie podía apartar la vista. Al final, Arthur dejó de gritar. Se quedó inmóvil en medio de los restos humeantes del despacho, rodeado de ceniza y vapor.
Lentamente, se puso en pie.
Ya no era el ser carbonizado y frágil que había entrado. Su piel ahora tenía una textura antinatural, una superficie lisa y fría como la piedra, de un color blanco cadavérico. Sus manos eran funcionales de nuevo, aunque sus dedos eran demasiado largos, demasiado perfectos. La corona del Ojo Rojo estaba ahora tan integrada en su cráneo que parecía haber nacido de él, brillando con una luz sorda, satisfecha.
Arthur miró sus manos, cerrando y abriendo los puños. Sintió la nueva fuerza fluyendo por sus nervios, una conexión con la 6ta generación que ya no quemaba sus tejidos, sino que los alimentaba.
Miró al Primer Ministro, que seguía en el suelo, temblando.
—Parece que mi cuerpo ha decidido aguantar un poco más, Ministro —dijo Arthur. Su voz ya no era un crujido; era clara, gélida y cargada de una autoridad absoluta—. Thorius ha empezado a calentar su ciudad. Si no quiere que termine el trabajo, dígame ahora mismo dónde están los asentamientos de los Valmorth lejanos. Mi paciencia se ha regenerado junto con mi piel, pero mi capricho sigue siendo el mismo.
Jensen, viendo al ser que acababa de reconstruirse frente a sus ojos, viendo la ciudad de Oslo arder a través del ventanal roto, bajó la cabeza. La resistencia de Noruega había muerto en el momento en que Arthur se negó a morir.
—Están en el norte... —susurró el Ministro—. En los valles de Gudbrandsdalen. Tienen una fortaleza oculta en las minas antiguas. Por favor... detenga al dragón.
Arthur sonrió, y esta vez, su cara no se agrietó.
—Buena elección, Ministro. Prepárenme un transporte. Mi "enfemedad" ha pasado a una nueva etapa. Y los Valmorth van a descubrir que el invierno no es nada comparado con la fiebre que traigo conmigo.
Arthur salió del edificio caminando sobre los cristales rotos, sus pies descalzos y ahora endurecidos no dejaban sangre, solo una marca de calor residual. Afuera, el pueblo de Oslo lo veía emerger de las ruinas: un niño-rey de mármol y fuego, el Little Demon King que había vencido a la muerte para reclamar su tiranía.
