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El Cisma Divino.

Mistyc098
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Synopsis
En un reino asediado por Sombras Devoradoras y bendiciones antiguas, El Príncipe Donovan Valerius no es un hombre común. Heredero de una corona ancestral, él es, además, un "elegido": un mortal agraciado por dones divinos. Pero en su mundo, el poder no es un regalo, si no una deuda. Los Dioses, esos seres de los que la humanidad depende, exigen un precio incalculable por cada chispa de divinidad. Un sacrificio que roba más que lo material. Mientras su reino se desangra bajo la embestida de creaturas infernales, y su corazón se resquebraja bajo el peso de lo arrebatado, Donovan debe enfrentar una verdad aterradora susurrada en los confines de la corte real: los Dioses no son los salvadores. Su "plan" es una oscuridad más profunda que cualquier sombra. Ahora, con grupo de almas marcadas con tragedias divinas, Donovan debe elegir: ¿ser un peón en el juego cósmico, o alzar su poder contra los mismos creadores del mundo? ¿Puede un corazón "puro" desafiar el destino dictado por quienes lo otorgaron, o el mayor sacrificio aún está por venir? Descubre la verdad en "El Cisma Divino: Legado del sacrificio", donde la línea entre bendición y maldición es tan fina como el filo de una espada, y el destino de la humanidad pende de la rebeldía de un príncipe.
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Chapter 1 - [1]: El eco del precio divino.

El Gran salón de Valerius, un santuario de mármol pulido y tapices bordados en oro, resonaba con un brindis hueco... "¡Por el Príncipe Donovan! ¡Que su reinado sea tan glorioso como su nacimiento!" , tronó la voz del Rey Aldric Valerius, un sonido que apenas velaba la amargura subyacente. Los nobles, enfundados de sedas y joya, se hicieron eco con el titineo de sus copas. Pero para Donovan, el sonido era un eco distante, un rumor inaudible en la tormenta que se agitaba en su pecho.

Sus dieciocho años se sentían como un siglo. La corona de laurel que le habían puesto en su cabeza al iniciar la celebración, un peso muerto que le oprimía el alma. Sus ojos, del color de un cielo de invierno cargado de nieve, se perdieron en el cristal emplomado de la ventana. A fuera, la noche era una boca abierta, oscura y amenazante, que parecía devorar la poca luz que el Palacio derramaba.

"¿No debes, hijo?" , la voz de su padre, más cortante de lo habitual, lo arrancó de su ensimismamiento.

Donovan se giró, una sonrisa forzada tirando de sus labios, un acto que le resultaba cada vez más agotador. "Mis disculpas, padre. Solo... la majestuosidad de la noche me ha cautivado. "

El Rey Aldric, un hombre cuya mirada podía congelar un torrente, lo estudió con una intensidad que traspasaba la formalidad de la corte. "La noche está llena de sombras, no de majestuosidad. Como tú mente que parece estar en algún campo de batalla que solo tú puedes ver. " Hubo una matriz, apenas perceptible, la preocupación genuina en su trono, una grieta en una armadura real.

Donovan apretó la mandíbula. No podía confesar el nudo de ansiedad que se le anudaba en el estómago cada vez que el sol se ponía. No podía hablar de los gritos lejanos que a veces creía escuchar, ni de la extraña sensación de vacío

que crecía con él con cada nueva manifestación de su poder. Un poder que según la viejas leyendas y los cánticos de los clérigos, había sido "otorgado" por los mismos Dioses.

"¿Es la última incursión de las Sombras lo que te agobia, hijo?", insistió Aldric, su voz ahora un susurro teñido de amargura que pocos podían oír. "Esos... regalos de los cielos,

como braman los clérigos." La palabra "regalo" salió con un sarcasmo tan afilado que cortó al ambiente festivo en su cercanía, haciendo que un par de cortesanos encogieran.

Donovan asintió, su mirada fija en un punto invisible sobre el hombro de su padre. "Es la gente, padre. La historia de... lo que esas creaturas hacen." Se le elarizó la piel al recordar los informes: aldeas enteras reducidas a cenizas, los cuerpos desfigurados, la desesperación en los ojos de los pocos supervivientes. "No creo que los Dioses envíen tal terror como una prueba de fe. Si lo hacen, su fe... es perversa."

El Rey Aldric asintió lentamente, su mirada profunda y pensativa, como si viera más de las paredes del palacio. "No, Donovan. Los Dioses no nos envían pruebas. Nos envían... advertencias. O, quizás, simplemente se deleitan en el caos."

Un velo de cansancio cubrió su rostro, haciéndolo parecer más viejo de repente. "Hijo, este poder que llevas... esta 'bendición' que tantos adulan. No es lo que parece. Es una jaula de oro, ¿entiendes?"

Un golpe sordo, un impacto que hizo vibrar el suelo del salón hasta sus cimientos, interrumpió su conversación. El titineo de los vasos cesó. Un silencio helado descendió sobre todos.

Juegos, un segundo impacto, más fuerte, acompañado de un chirrido metálico y un rugido gutural que erizó los vellos de la nuca de Donovan.

"¡Soldados! ¡A las murallas!", la voz del Rey Aldric fue un trueno, cortando el silencio con una autoridad que no dejaba lugar a dudas. El pánico estalló, nobles y cortesanos se lanzaron unos contra otros, buscando la seguridad de la salida, sus rostros distorsionados por el terror.

Pero Donovan no se movió. Su sangre, antes fría por la ansiedad, ahora ardía con una intensidad abrasadora. El poder dentro de él se desató, crepitando bajo su piel, anhelando ser liberado. Un calor abrasador se extendió desde su pecho hasta la punta de sus dedos, su energía de manifestaba casi visible como una aureola pálida alrededor de su cuerpo.

"¡Donovan, no!", gritó su padre, su voz rasposa por la preocupación, pero la advertencia de perdió en el caos y el estruendo de un tercer impacto que hizo añicos un gran vitral.

El Príncipe se lanzó hacia la ventana más cercana, empujando a un noble aterrado a un lado. Abajo, en los jardines, lo que vio lo dejó sin aliento. Una sombra colosal, más alta que los muros exteriores, se alzaba contra la luna, su silueta retorcida y amorfa, como si el horror se hubiera materializado. Sus ojos, dos brazas rojas, se clavaron en el corazón del castillo, y de su boca abierta, un aliento que no era de criatura, sino de agonía, resonó.

Donovan sintió que el vacío en su pecho se expandía, no por miedo, sino por una compresión atroz. Los Dioses no enviaban pruebas. Enviaban monstruos.

Y ese poder en sus venas, esa "bendición" que lo hacía especial, que lo hacia distinto... ¿era acaso el verdadero regalo? ¿O la maldición más grande de todas?

¿Qué es lo que realmente quieren? la pregunta quemó en su mente mientras el rugido de la bestia destrozaba la noche, y el eco del precio divino le helaba el alma.