El despertar en otro mundo
El silencio era tan perfecto que parecía una burbuja. Cuando abrió los ojos, lo primero que notó no fue la luz, sino la textura del tatami bajo su cuerpo. Fibras vegetales, firmes, con un aroma seco y desconocido. Sus sentidos estaban… amplificados. El aire cargaba un frescor mineral, podía distinguir los matices del olor a madera en la habitación, incluso el roce de la tela en su piel parecía distinto.
Se incorporó con lentitud. Sus manos eran pequeñas. El reflejo en un espejo pulido de cobre le devolvió un rostro infantil, de cabello oscuro y ojos profundos. Tardó apenas un segundo en reconocerlo.
—No puede ser… —murmuró con voz demasiado aguda para lo que esperaba.
Era Itachi Uchiha.
Antes de poder procesar la revelación, la puerta se abrió. Un hombre alto, de expresión firme y autoridad natural, lo observaba. Era Fugaku Uchiha.
—Itachi, ya estás despierto. Ven, el desayuno está listo.
Su mente de físico quedó paralizada. Estoy en su casa. Estoy… en el clan Uchiha.
El ambiente era solemne, disciplinado. La ropa que vestía era sencilla: una túnica oscura de lino suave, distinta a cualquier fibra moderna de la Tierra, pero perfectamente cómoda. El olor del arroz recién cocido, el murmullo lejano de la aldea, todo le confirmaba que estaba vivo en otra realidad.
Durante el desayuno, Fugaku hablaba poco, pero lo observaba con atención. La madre, Mikoto, irradiaba calidez. El protagonista se obligó a imitar la conducta infantil de Itachi, aunque por dentro bullía de preguntas científicas. ¿Cómo fluyen las energías aquí? ¿Cómo percibo tanto detalle?
El descubrimiento de la biblioteca
Ese mismo día, explorando la casa, encontró un espacio que lo dejó sin aliento: la biblioteca Uchiha. Estantes de pergaminos y rollos ilustrados, diagramas con círculos, símbolos, fórmulas de sellos.
Esto… esto es un laboratorio en código visual.
Horas se convirtieron en minutos mientras devoraba con la mirada cada dibujo. Líneas que representaban canales de chakra, posturas para moldear energía, sellos manuales. Para cualquier otro niño serían garabatos crípticos; para él, eran ecuaciones esperando ser resueltas.
No pudo resistir. Eligió un jutsu básico: Katon – bola de fuego.
Reprodujo los sellos de mano lentamente, como quien ensambla un circuito. Sintió el chakra agitarse dentro de su cuerpo, un calor emergiendo desde el estómago hacia el pecho. Cuando exhaló, apenas salió un chispazo rojo que murió al instante.
Pero su corazón se aceleró.
—Funciona. ¡Funciona! —jadeó.
Volvió a intentarlo. Una, dos, cinco veces. Cada vez sentía el chakra con más claridad: ondas, vibraciones, canales que podía imaginar como tubos de energía. Analizó su respiración, varió la velocidad de los sellos, incluso intentó cambiar la proporción entre aire y chakra. El resultado fue siempre distinto: una llama débil, una chispa que explotó demasiado rápido, un humo denso.
Con cada intento, su cuerpo se agotaba, hasta que finalmente cayó de rodillas, sudoroso, sin poder sentir más energía.
Así que este es el límite… el chakra se agota como combustible. Tengo que medirlo, entenderlo.
Lo invadió una emoción infantil y adulta al mismo tiempo: la maravilla de tener un superpoder real y la ansiedad de comprenderlo con precisión científica.
Esa noche, al cenar, no pudo evitar hacer preguntas a sus padres.
—Otōsan… ¿cómo funciona realmente el chakra? ¿Es algo de la sangre, de los músculos, o viene de otro lugar?
Fugaku lo miró en silencio, con una mezcla de sorpresa y sospecha. Mikoto sonrió suavemente.
—Eres muy curioso, Itachi. —dijo ella—. No tienes que entenderlo todo aún. Con el tiempo, lo sentirás.
Pero Fugaku lo siguió observando, más serio. En los ojos de su padre había un brillo de reconocimiento: su hijo estaba cambiando.