Ficool

Chapter 60 - capítulo 60

Capítulo 60

La mañana comenzó con una frase que rara vez escuchaba de Hespar:

—Tómate la mañana libre.

Parpadeé, esperando que hubiera algún truco oculto.

—¿Libre… como en “puedo irme” o como en “puedo trabajar en otra cosa para ti”?

—Libre como en “sal de mi taller antes de que me arrepienta”. —Hespar volvió a su mesa, ajustando unas runas en un medallón sin mirarme.

No lo pensé dos veces. Tomé mi bolsa y salí antes de que cambiara de opinión.

El aire matinal de Ars tenía un frescor engañoso, el tipo que se disipa en cuanto las calles se llenan de gente. Decidí aprovechar la oportunidad para hacer algo que había estado posponiendo: una visita seria al gremio de magos.

El edificio estaba más concurrido de lo habitual. Una fila de aprendices y oficiales de rango medio se extendía hasta casi la puerta, todos con expresiones que iban de la impaciencia al aburrimiento. Me colé por el lado derecho, saludando con una inclinación mínima a un par de rostros conocidos, y subí directo al segundo piso, donde se guardaban los grimorios de acceso restringido.

La bibliotecaria, una mujer de cabello gris recogido en un moño que parecía indestructible, me observó como quien reconoce a un cliente caro.

—Zakhal Alerion… ahora Maestro Asociado. —Lo dijo con una mezcla de formalidad y un ligero toque de aprobación—. ¿Qué busca hoy?

—Dos grimorios. Magia Santa de viento y tierra.

Sus cejas se alzaron un instante. No hizo comentarios, pero fue hasta un armario con cerradura y sacó dos volúmenes encuadernados en cuero grueso, cada uno con runas de protección grabadas en la tapa.

—Sabe que no son baratos, ¿verdad?

—Lo sé.

Cuando me dijo el precio final, sentí cómo el peso imaginario de mis ahorros se evaporaba. Era… casi todo.

Mientras contaba las monedas, hice un breve drama interno: adiós a la bolsa pesada que me había acompañado estos meses, adiós a la sensación tranquilizadora de tener un colchón de oro. Pero los libros, con sus páginas gruesas y el olor a pergamino tratado, eran más que objetos: eran puertas abiertas a un poder que no podía conseguir de otra forma.

—Firmas aquí —dijo la bibliotecaria, empujando un libro de registro hacia mí.

Cuando salí del gremio, los grimorios parecían pesar más por lo que representaban que por el cuero y las páginas.

No era suficiente con comprarlos; quería que el día siguiera rindiendo, así que me dirigí al gremio de artesanos y encantadores.

En el mostrador principal, un hombre calvo con delantal me recibió con una sonrisa amplia.

—Ah, el aprendiz de Hespar. O debería decir… ¿encantador avanzado?

—Todavía no oficialmente —respondí, dejando sobre el mostrador una carpeta con copias de los recibos de trabajos que había hecho en el taller.

Los revisó con calma, asintiendo varias veces.

—Esto es más de lo que algunos presentan en un año. No veo razón para no actualizar su licencia.

Sacó un nuevo certificado, más elaborado que el anterior, con el sello dorado del gremio. Me lo entregó con una mano y con la otra me ofreció un apretón firme.

—Enhorabuena. Y… si alguna vez piensa trabajar por cuenta propia, avísenos. Un talento como el suyo no pasa desapercibido.

Guardé la licencia y salí, sintiendo que, aunque mi bolsa de monedas estaba casi vacía, mi cartera de habilidades estaba mucho más llena que antes.

---

Llegué al dojo antes de lo habitual. La puerta principal estaba abierta y desde el pasillo ya se escuchaban voces, choques de madera y algún que otro grito de esfuerzo. Hoy era día de examen, y no cualquier examen: Isolte pasaba de rango intermedio a avanzado en el estilo del Dios del Agua.

El patio estaba más lleno que de costumbre. Los alumnos que no tenían prueba ese día estaban sentados en las gradas, comentando entre sí como si esperaran una pelea de campeonato. En el centro, Isolte calentaba, moviendo la espada con esa mezcla de precisión y velocidad que solo alguien con talento natural y disciplina podía tener.

—Llegas justo para ver el espectáculo —comentó Reida desde su puesto, con los brazos cruzados—. Y para variar, no estás con cara de haber sido ofendido por tu almuerzo.

—Hoy solo vengo a disfrutar —respondí, tomando asiento en la primera fila.

El examinador, un instructor de rango santo con cicatrices en los antebrazos, dio la señal. El contrincante de Isolte era otro alumno de rango avanzado, corpulento, de movimientos sólidos. El primer intercambio fue directo y sin vacilaciones: Isolte desvió un corte alto con un giro fluido y contraatacó con un barrido bajo que obligó a su oponente a retroceder dos pasos.

La tensión en el patio se rompió con murmullos admirativos. A cada ataque, Isolte parecía medir la distancia con una precisión instintiva, sin desperdiciar energía. Su oponente, por el contrario, empezaba a mostrar signos de presión.

En menos de cinco minutos, un movimiento de quiebre lateral dejó la espada del adversario fuera de su alcance. El examinador levantó la mano.

—Punto final. Rango avanzado.

Los aplausos fueron inmediatos. Isolte, sudorosa pero erguida, aceptó la felicitación con una inclinación breve, aunque no pudo evitar sonreír.

Fue entonces cuando decidí ser… yo mismo.

—Entonces, ¿lo celebramos esta noche? —dije en voz lo bastante alta para que todo el mundo escuchara—. Un lugar elegante, por supuesto.

El silencio que siguió fue breve pero suficiente para que Isolte me mirara con ojos muy abiertos.

—¡Yo…! —la palabra se le atascó—. Sí.

Lo dijo tan rápido que ni ella parecía haberlo procesado. El color subió a sus mejillas, y fue entonces cuando sonreí con esa calma que tanto la irritaba.

—Sabía que dirías que sí. Te ves muy linda cuando aceptas sin pensarlo.

La risa estalló entre los alumnos. Algunos silbaron, otros repitieron la frase con tono burlón.

—¡Alerion! —protestó Isolte, apuntándome con el dedo como si quisiera atravesarme con la mirada.

—¿Sí? —pregunté, fingiendo inocencia.

—Nada… olvídalo.

Reida se acercó con paso tranquilo, pero sus ojos tenían un brillo divertido.

—Isolte, tienes permiso, deberías relajarte de vez en cuando. Solo regresa temprano —Luego, en voz más baja pero audible para varios—. Desde cuándo los niños de ahora son tan… asertivos.

Eso provocó otra ola de risas y un nuevo rubor en Isolte.

—Nos vemos al anochecer en la entrada del dojo —dije, levantándome—. Y no te preocupes, yo elijo el lugar.

Ella frunció el ceño, pero no pudo evitar que una ligera sonrisa se escapara.

Mientras salía del dojo, escuché a un par de alumnos apostando si volvería a tiempo o si Reida acabaría buscándonos por media ciudad. No les aclaré nada. A veces, dejar que la imaginación de los demás trabaje es mucho más efectivo que cualquier explicación.

---

Las noches sobre Ars siempre tenían un brillo particular, dependiendo del humor de cada persona. Yo estaba apoyado en la verja del dojo, con las manos en la espalda, observando cómo la gente pasaba a buen ritmo, algunos vestidos con ropas elegantes, otros con el uniforme simple de los que salían de un día de trabajo duro.

El portón se abrió con un chirrido leve y, por costumbre, giré la cabeza esperando ver la figura habitual de Isolte: ropa de entrenamiento, coleta apretada, mirada segura. Pero no… lo que salió fue otra cosa.

Vestía un vestido marfil, sencillo pero con un corte que resaltaba su figura juvenil, ceñido a la cintura por una cinta azul marino que armonizaba con su cabello. El cabello, ese que siempre estaba recogido, ahora caía suelto en ondas suaves que brillaban bajo la luz mágica. La Isolte de siempre tenía presencia… pero esta, con solo caminar hacia mí, parecía otra persona.

—No sabía que podías verte así de bien… —escapó de mi boca antes de que mi cerebro aprobara el comentario.

Ella se detuvo un instante, como si le hubiera tirado una piedra invisible que la hizo tambalear. Su mano subió instintivamente a tocarse un mechón, y giró la cara hacia la calle, fingiendo interés por una farola.

—Tsk… deja de decir cosas raras —masculló, pero el color en sus orejas decía otra cosa.

No insistí. Si lo hacía, probablemente me acabaría golpeando por “provocador”, y hoy no había venido para esquivar patadas. Solo buscaba salir de la rutina.

—Vamos, que la ciudad no se va a recorrer sola —le dije, echando a andar.

La avenida principal estaba en su apogeo nocturno. Las tiendas mostraban telas bordadas con hilos que parecían brillar por sí mismos, joyas que jugaban con la luz y armas que eran más obras de arte que herramientas de combate. Me detuve ante un puesto de amuletos “protectores” que juraban evitar la mala suerte… Hespar habría muerto de risa viendo esos grabados mal hechos.

—¿De verdad alguien compra esto? —pregunté, levantando uno.

—Si lo vendes bien, sí —contestó Isolte con un tono más serio del esperado.

Seguimos andando hasta toparnos con un vendedor ambulante que ofrecía dulces de miel. Tenían forma de esferas translúcidas, bañadas en azúcar caramelizado, y olían tan bien que mi estómago aprobó la compra antes que yo.

—Prueba uno —le dije, pasándole uno.

Lo aceptó sin mirarme, mordiéndolo con un gesto neutro… hasta que sus ojos se abrieron ligeramente y la comisura de sus labios se curvó hacia arriba.

—…Está bueno.

—Te lo dije. —Me comí el mío de un bocado.

Más adelante, la música de un grupo callejero nos envolvió. Violines y tambores se mezclaban con el canto de un hombre que improvisaba versos sobre la gente que pasaba. Varias parejas bailaban en medio de la calle, y yo, por puro instinto de molestar, me giré hacia Isolte.

—¿Quieres intentarlo?

—Ni lo sueñes.

—Cobarde.

—No es miedo… es… preferencia. —Aceleró el paso, pero su forma de evitar mi mirada fue demasiado evidente como para que yo no sonriera.

La ruta nos llevó a una plaza donde varios niños jugaban a perseguirse entre las patas de una estatua gigante de un dragón. El dragón tenía incrustaciones de gemas falsas, pero bajo la luz nocturna parecían reales. Isolte se quedó observando a los niños por un momento más largo de lo normal.

—¿Te gustaría volver a ser así? —pregunté.

—No. —Su respuesta fue seca, pero sus ojos seguían en los niños. No insistí.

Pasamos por un callejón que se abría a un mirador. Desde allí, Ars se desplegaba como un mar de luces y reflejos. Los canales brillaban como cintas doradas, y las pequeñas barcas que pasaban parecían luciérnagas en movimiento.

Nos quedamos allí un rato, sin hablar.

—Gracias por venir —dije al final.

—Hm. —Ella asintió, pero esta vez su sonrisa era clara, aunque fugaz.

De regreso, paramos en un puesto que vendía té caliente con especias. Compré dos vasos y le pasé uno. Caminamos en silencio, el vapor subiendo entre nosotros. En la entrada trasera del dojo, se detuvo.

—…Te divertiste, ¿no? —preguntó, sin mirarme.

—Sí. ¿Y tú?

—Supongo que sí.

Sonreí de lado.

—Entonces habrá que repetirlo.

Rodó los ojos, pero no dijo que no. Y con un leve gesto, desapareció detrás de la puerta.

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