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Chapter 61 - capítulo 61

Capítulo 61

El taller de Hespar tenía su propio clima. No importaba si afuera llovía, si el viento traía polvo de la avenida o si la gente apretaba los puestos del mercado: dentro siempre había un calor constante, un olor a metal trabajado y resina quemada que se pegaba a la ropa y a la memoria. Abrí la puerta y Hespar ya estaba de pie detrás del mostrador, con el delantal oscuro y ese gesto de “voy a decir algo para molestarte” tan suyo.

—Estaba pensando —dijo, mientras repasaba una hoja encantada con un trapo aceitado—: subimos los precios. “Alerion” ya es una marca.

—Perfecto —colgué la capa en el gancho—. ¿Quieres que sonría para la pintura del cartel o prefieres mi cara de “no pienso hacer descuentos”?

—La de no hacer descuentos vende más —bufó, contento—. Paso al punto: vino un comerciante. Quiere un cofre con runas para protegerse de su cuñado. Dice que el hombre mete mano a todo lo que brilla.

—Qué tragedia —murmuré, acomodando herramientas—. Haré algo a prueba de dedos entrometidos.

El cliente esperó con los brazos cruzados y la paciencia de quien cree que paga el tiempo. Tallé una secuencia de fijación con “llave de intención”, más un sello antimanipulación que castigaba la prisa: si no seguías el patrón de apertura, te quemaba los dedos. “Para que aprenda a no tocar lo que no es suyo”, le dije. Pagó sin discutir. Esa clase de dolor educaba.

—Buena semana —comentó Hespar al cerrar el cofre y anotar el cobro—. Toma. —La bolsa que me extendió sonó a alivio.

La pesé al vuelo, hice el cálculo mental y sentí ese pequeño clic satisfactorio en el pecho: ya casi recuperaba lo que había soltado por los grimorios de magia santa de tierra y viento. El conocimiento era caro. También valía cada moneda.

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Por la tarde, el dojo estaba vivo. Isolte me esperaba en el centro, espada de práctica en mano, coleta alta, los ojos con ese brillo fuerte que le salía cuando estaba de humor combativo.

—Hoy sí voy a arrancarte un punto —avisó.

—Puedes intentarlo. Me gusta cuando te esfuerzas —respondí, entrando en guardia.

Empezó rápido, como siempre. Su primer corte venía sin adornos, directo, limpio. Lo desvié con un giro mínimo de muñeca y contraataqué buscando su flanco. Mantuvo la línea, bloqueó, retrocedió dos pasos y volvió con un barrido bajo que casi me engancha si no clavo el pie a tiempo. La secuencia se aceleró. Entramos a ese ritmo donde el cuerpo reacciona antes que el pensamiento; ella, usando el Dios del Agua con una fluidez aprendida a golpes; yo, mezclando lo mismo con golpes puntuales del Dios del Norte para quebrar su tiempo.

Reida observaba a un costado, brazos cruzados, boca neutral. Solo movió una ceja cuando forcé a Isolte contra la línea y toqué con la guardia su muñeca. Punto. Ella soltó aire por la nariz, orgullosa incluso en la derrota.

—Cada semana me cuesta más —admitió, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Reida se acercó lo justo para que la oyéramos.

—Sigan así. —Pausa—. Alerion, mantén ese control en las transiciones y no fuerces la cadera cuando rompes la guardia. En un par de meses podremos hablar de la esencia.

La palabra quedó flotando. Flow. No lo dijo, pero lo dijo. Ese borde mítico del estilo donde todo deja de sentirse como esfuerzo y empieza a sentirse como… inevitabilidad. Me guardé la emoción detrás de un asentimiento breve. Isolte también la guardó, aunque le tembló la comisura de la boca.

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Al anochecer, el barrio cambiaba de idioma. Las voces se volvían más bajas, los pasos más rápidos, los puestos de comida humeaban en esquinas con luz tibia. Ayudé a un anciano a levantar un saco que se le había desparramado en mitad de la calle.

—Gracias, joven —dijo, y me puso en la mano un caramelo de menta envuelto en un papel de otro siglo—. Que el fantasma te cuide.

—¿Cuál fantasma?

—El que anda limpiando la mugre de los callejones —susurró, como si el aire escuchara.

No tuve que preguntar mucho más para entender. A media cuadra, dos hombres arrastraban a una mujer y a su hija hacia un callejón. La madre se debatía sin gritar, con esa clase de miedo que se queda atrapado en la garganta. No me acerqué. Extendí la mano como quien espanta polvo. Chas. La primera sombra desapareció. Chas. La segunda se partió en silencios que nadie sabría describir.

“Y pensar que me sigo topando con estas cosas… Al menos sirven para seguir afinando la magia.”

La mujer se quedó mirando el vacío con los ojos muy abiertos, abrazó a su hija y se arrodilló en piedra mojada.

—¡Gracias, espíritu! ¡Gracias, protector! —dijo hacia la oscuridad.

Me alejé con el caramelo en el bolsillo. El rumor crecería solo. Los rumores necesitaban poca ayuda.

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A la mañana siguiente, el taller recibió a un marinero con tatuajes viejos y supersticiones nuevas.

—Necesito un talismán para no morirme ahogado —soltó, serio como una enfermedad.

—Puedo encantarte un amuleto de flotabilidad. Si te vas al fondo, te saca a la superficie, y si te quedas a flote, te ayuda a mantener la cabeza fuera. No reemplaza aprender a nadar.

—Ya sé nadar. —Mentía con el tono, pero no me iba a pelear contra eso.

Le preparé un disco de cobre con un sello de empuje ascendente atado al pulso. A prueba de tontos sin ser indestructible. Pagó en monedas húmedas que olían a sal.

Antes del mediodía llegó ella: noble, velo fino, manos cuidadas, mirada general.

—Quisiera… —tosió, como si la palabra se le resistiera— un encantamiento para el anillo de mi esposo. Aumento de vitalidad. Por la salud, ya sabe. Se siente… cansado.

A veces el trabajo te pide ser profesional, otras te pide no reírte. Le expliqué un sello de estímulo de circulación, recuperación rápida y resistencia sostenida, duración treinta minutos, costo elevado, contraindicaciones si se abusa. No me dejó terminar los detalles médicos. Ya estaba sacando una bolsa que sonó a “no más preguntas”.

“Este encargo paga más que cinco armaduras”, pensé mientras guardaba el dinero donde Hespar no pudiera hacer chistes durante una semana.

—Es por su salud —repitió, mirando la ventana.

—La salud es importante —asentí con cara de médico.

Hespar esperó a que saliera para mirarme de medio lado.

—¿Qué exactamente le pusiste?

—Ciencia.

—Ajá.

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En el dojo, el entrenamiento grupal tenía el caos controlado de siempre. Un muchacho de manos nerviosas insistía en abrir demasiado los codos en guardia.

—No estás abrazando un barril —le dije, moviéndole los brazos a la altura justa—. Si abres así te rompen por dentro.

—¿Así mejor?

—Así es un comienzo. Mantén el peso en la planta, no en el talón.

Reida pasó, miró, asintió una vez. En su idioma, era “bien hecho”.

Isolte llegó tarde con un dulce en la mano, intentando disimular el azúcar detrás de cara seria.

—Estaba practicando en otro lado —informó.

—Qué conveniente que la práctica deje migas —dije, y me ofreció la mitad del dulce en silencio, soborno oficial para que no preguntara. Acepté; la paz tiene precio.

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Esa noche, el mercado nocturno brillaba con esa luz que no venía solo de las lámparas. Encontré al mismo comerciante de materiales “legales y no tan legales” del primer día. Tenía la sonrisa de quien sabe reconocer clientes útiles.

—Necesito polvo de obsidiana, fibras de wyvern y dos frascos de resina de bruma. Buena, no la que cortan con carbón.

—Tengo. —Todo el mundo decía “tengo” hasta que contabas el dinero—. ¿Investigas?

—Experimentos —respondí, y conté el dinero.

Antes de irme, le pregunté por las subastas.

—Fin del próximo mes—dijo bajando la voz por puro teatro—. El lugar se anuncia por invitación… o por ingenio. Entras si alguien te quiere dentro, si sabes seguir señales, o si puedes desaparecerte cuando hace falta.

—Entendido.

—No preguntes por detalles con nombres. Los detalles con nombres desaparecen. —Me guiñó un ojo—. Y no todos vuelven.

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Los días siguientes decidieron avanzar a su manera. No eran iguales, pero rascabas un poco y debajo tenían el mismo esqueleto: mañana de taller, tarde de dojo, noche de ciudad.

Las mañanas olían a cuero curtido y a piedra molida; las manos terminaban con esa capa fina de metal que no sale con un solo lavado. Las tardes tenían el sabor del sudor y la madera pulida por años de golpes; el cuerpo reclamaba agua, el oído retenía correcciones. Las noches sabían a pan y sopa en puertas abiertas donde una madre servía sin mirar demasiado a quién, con la cortesía natural de los barrios que aprenden a sobrevivir juntos.

Empecé a reconocer rostros. Los niños del callejón pobre me saludaban como si fuera parte de su mapa; a veces les hacía un truco de hielo que flotaba como una moneda breve y terminaba derritiéndose en sus manos, o una chispa de fuego que no quemaba pero calentaba. Les dejaba monedas para dulces. Ellos me pagaban con risas, que valían más en calles como esas.

Entre encargos y paseos, practicaba. La magia de salto es justo cuando crees que no la vas a fallar y te equivocas de medio metro. Empecé a usar barriles vacíos, piedras marcadas con tiza, objetivos que no gritaban si los partías. Ajusté la distancia, conté pasos sin contarlos, busqué ese punto en la cabeza donde decir “aquí” fuera igual a “aquí”.

A veces la ciudad me ofrecía escenas cómicas para digerir los otros asuntos: un padre regateando con su hija para que no se pusiera el vestido caro “del maniquí”, un matrimonio discutiendo sobre quién olvidó comprar sal, un borracho charlando con un perro con más dignidad que él. La vida también hacía ruido.

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El último tramo de este mes comenzó con un encargo grande: un sistema de seguridad para un comerciante de telas con socios nobles. El hombre tenía modales de alquiler y miedo de propietario. Le instalé un conjunto de runas discretas que avisaban con un zumbido en el metal si alguien cruzaba zonas prohibidas y sellaban compartimentos con una firma de calor. Firmó el recibo con mano temblorosa y me habló, como al pasar, de un evento social en la ciudad.

—No todas las invitaciones se ganan con apellido —dijo, como si me dejara caer una cuerda.

Hespar, cuando se enteró, chasqueó la lengua.

—Podrías ir a mirar gente que se cree importante. A veces ahí están los encargos más caros. —Pausa—. O podrías ir para comer gratis. No te juzgaré. Mucho.

—Lo pensaré —respondí, sabiendo que mi cabeza ya estaba en otra parte: fin de mes, subasta, señales que no todos sabían ver.

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Volví al dojo con las manos descansadas y el cuello ingobernable. Isolte me esperaba con una sonrisa corta.

—Reglas especiales: solo Dios del Agua —propuso.

—Acepto.

Fue un combate distinto. Quitar el Norte de la ecuación volvía las cosas más limpias y más peligrosas. Aquí no bastaba con ser rápido; había que ser inevitable. El juego se volvió de dedos, de respiración, de pequeños desplazamientos que hacían que el otro pegara al aire. Sentí dos veces la orilla de algo. No era aún el Flow, pero sí su sombra cuando se asoma.

Alguien al fondo comentó en voz alta—demasiado—que “si seguíamos así terminaríamos casándonos en el tatami”. Isolte perdió el ritmo por medio segundo, me chocó el hombro, tropezó y se fue conmigo al suelo. La risa nos ganó antes de la vergüenza. Reida se llevó una mano a la frente por el espectáculo.

—Idiotas —dijo sin convicción, que en su idioma significaba “bien, pero no lo hagan costumbre”.

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Esa noche puse las bolsas de monedas sobre la mesa de la posada y me tomé el tiempo de abrirlas una por una. Había empezado con una, después fueron dos, ahora eran varias. Pesaban distinto. Pesaban seguridad. Pesaban tiempo comprado para estudiar y equiparme mejor. Mi cuaderno estaba lleno de esquemas, listas de materiales, contactos anotados con rasgos mínimos que me ayudaban a recordar (el hombre del diente de oro, la mujer que apoya la mano izquierda sobre el mostrador dos segundos antes de pedir rebaja, el guardia que parpadea cuando miente).

Entre las cartas apiladas por la dueña de la posada encontré una con un sello de cera que no reconocí. El relieve no era de ningún gremio oficial. La abrí con la punta del cuchillo. Adentro, una pieza de cartulina gruesa, tinta oscura, letras sintéticas: invitación. Lugar y hora ausentes; en su lugar, un conjunto de pistas que solo tenían sentido si ya sabías que las buscabas: “el reloj que no marca horas en el callejón de la tintorería”, “el farol que se enciende con dos parpadeos”, “el puente donde el agua siempre corre al revés según los borrachos”. Sonreí. Subasta.

Guardé la invitación en el forro de la chaqueta, donde no estorbara ni delatara.

Me senté y escribí. A mis padres les hablé de trabajo, de rutina, de que Ars no tenía fin ni forma única. Les dije que estaba bien, que comía lo suficiente, que tenía amigos decentes (omití el detalle de que uno de ellos me quería matar en los entrenamientos, pero por diversión sana). A Eris le conté que aquí venden espadas que parecen malas y cortan como buenas, y que engañar a los vendedores es un juego con premio si sabes mirarlos. Le dije que no le había ganado a nadie con mi “sonrisa”, solo con técnica (me imaginé su risa maliciosa en la cara). A Rudy, que todavía estaba en esa edad donde todo es nuevo incluso si no lo parece, le hablé de trucos de ventilación en forjas y de cómo el humo viaja si lo invitas con dos dedos de viento. Cerré todas con una misma línea: cuando cumpla trece, voy a dar el siguiente paso del viaje. No porque huya de algo, sino porque este viaje de "observación" puede que se convierta en algo más emocionante de lo que esperaba inicialmente.

Apagué la lámpara. El cuarto se llenó del ruido de la ciudad mas grande del continente: gente que ríe y gente que no, un perro que conversa con la noche, una carreta que decide cruzar tarde. Antes de dormir, pensé en la primera vez que entré al taller de Hespar, a medio entender dónde poner las manos; en el primer duelo con Isolte, cuando todavía creía que podía ganar con fuerza; en la primera vez que usé la magia de salto con intención… y en lo que haría cuando ya no necesitara intención para que saliera como quería.

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Los días que siguieron no pidieron permiso. Volvieron a empezar como les gustaba: con la puerta del taller abriéndose y un cliente entrando disfrazado de problema. Ese día fue un noble que quería una espada preciosa que “no cortara demasiado”. Me recordó a los aderezos que solo existen para quedar bien en retratos. Le encanté el filo con un límite de daño por contacto y un brillo que se apagaba si no era él quien la sostenía. Pagó doble para que el brillo fuera “profesional”.

—Te van a empezar a buscar por caprichos —me dijo Hespar, sin reproche—. Aprenderás a escoger. No todos los caprichos son dinero fácil.

—Lo sé.

Y escogí. Escogí decir no a dos encargos que olían a lío: una caja con doble fondo para alguien que no quería admitirlo; un brazalete con sello que “solo se activara si la persona lloraba”. Escogí sí a lo que me dejaba dormir.

Por la tarde, Isolte traía los codos marcados de bloquear y una constancia que me gustaba ver. No era genialidad pura. Era otra cosa: voluntad. Me dejó un rasguño en el antebrazo que me duró tres días y me miró con orgullo como si ese rasguño fuera un trofeo.

—No lo cubras —me dijo—. Así recuerdas que puedo hacerlo peor.

—Sí, señora.

De noche, la ciudad siguió inventando historias sobre el fantasma. Ahora había quien juraba que era una mujer vestida de blanco, y quien decía que era un monstruo con garras invisibles que aparecía con un “pop”. Un niño repitió que su tío conocía a un amigo al que el fantasma le había dado una cachetada por tirar basura. Le compré un dulce para que me contara el resto y no hubo resto. Los rumores necesitan huecos para respirar.

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La semana de la subasta se acercó como lo hacen los problemas interesantes: dejando señales para quien mira y nada para quien no. En una esquina, un reloj sin manecillas señalaba la misma hora para todos; en un patio, un farol parpadeaba dos veces y se apagaba solo cuando pasaba alguien con gorra. En el puente de piedra, los borrachos discutían sobre la dirección del agua y yo escuché sin corregirlos. Aprendí el camino un paso a la vez, sin preguntar nombres.

Hespar me sorprendió esa tarde.

—Si tienes que no estar mañana, hazme el favor de avisarme con tiempo—dijo, afilando un cuchillo que ya no necesitaba filo—. No te quiero dar por muerto.

—No planeo morirme.

—Nadie lo planea. Por eso pasa.

Me calcé la chaqueta, toqué el bolsillo interior donde dormía la invitación, y asentí. A veces Hespar era más padre que maestro. Supongo que permitirse ese rol le salía más barato que contratar a un ayudante nuevo.

En el dojo, Isolte me lanzó una mirada lateral.

—¿Estas ocultando algo?

—¿A que te refieres?

—¿No te irás antes de aprender el "Flow" de la abuela?. —me miró cómo si fuera a romper una promesa inexistente — ¿Cierto?

—Deberías pensar en alcanzarme en lugar de que yo te deje más atrás.

—Ya veremos...—dijo sin estar convencida.

—Parece que te he dejado ganar confianza recientemente, la próxima te ganaréen 3 movimientos.

Nos dimos un golpe corto en la guardia y seguimos, porque decir más a veces revela algo innecesario.

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La víspera, caminé el barrio pobre a propósito. Los chicos estaban montando una portería con cajas y piedras, una pelota de trapo cambiaba de dueño con reglas que nadie conocía y todos aceptaban. Hice un truco de hielo plano para que resbalara el que se creía más rápido. Se cayó con dignidad, se levantó con risas, me pidió otra magia. Les dejé monedas para jugo. La más pequeña me llamó “señor fantasma”. Le dije que yo era alérgico a las sábanas blancas. Se rió como si hubiera dicho algo brillante.

Esa noche no practiqué salto con barriles. Me quedé mirando la ventana, el cielo estaba especialmente despejado.

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Llegó el día esperado, y la ciudad decidió comportarse como una ciudad normal hasta la tarde. En el taller, cerré un encargo para un hombre que olía a especias caras y vino. Me habló de un baile con invitados de medio reino. Hice un sonido neutral que significaba “gracias por el dato”. Hespar remató:

—Si vas, juzga a las personas por sus escoltas, y si una flor hermosa te llama, camina en dirección contraria.

—Consejo sabio.

—Tengo días inspirados.

A la salida, me alcancé a ver en el reflejo de la vitrina de un tintorero: tenía la postura más erguida que el primer mes, el gesto menos ansioso, la mirada un poco más… enfocada. No era vanidad. Era balance.

En el dojo, Isolte pidió revancha con reglas del Agua. Volvimos a esa cuerda floja limpia. Me concedió dos puntos, le concedí uno y medio, y nos tiramos el último por risa cuando un alumno dijo que apostaba su paga a que nos golpeábamos la frente al mismo tiempo. Casi ocurre. Reida nos echó con un “descansen” que sonaba a “ya, niños”.

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Esa noche, en la habitación, repetí el ritual de las bolsas. La mesa crujió un poco por el peso. Las anotaciones crecían como una planta bien regada: listas de técnicas que había probado, notas sobre materiales que funcionaban mejor de lo que prometían, nombres de gente que sí valía la pena saludar dos veces. Saqué la invitación, la miré con calma, la devolví al forro. Me até las botas con ese cuidado que uno tiene cuando sabe que caminará por lugares donde tropezar se paga con más que una caída.

Y escribí una línea final en el cuaderno, no para nadie más que para mí: “Cuando cumpla 13, me muevo.” No era amenaza ni promesa. Era dirección. No debía obsesionarme con esta parte del mapa con tantos laberintos sin salida.

Apagué la lámpara y la ciudad siguió respirando. No esperó aplausos. No los necesitaba. Yo tampoco.

Mañana, el reloj sin horas decidiría marcar algo y el farol de los dos parpadeos me dejaría pasar, o no. Si no me dejaba, tendría mis propios parpadeos. Si me dejaba, cuidaría dónde ponía los ojos. Si algo salía mal, recordaría que desaparecer a destiempo crea más problemas que los que arregla.

Dormí con la espada al alcance, la chaqueta con los bolsillos revisados dos veces, el caramelo de menta olvidado en el bolsillo como talismán improvisado. Me hizo gracia: el anciano había tenido razón. A su manera, el fantasma cuidaba. Yo me cuidaría.

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