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Chapter 59 - capítulo 59

Capítulo 59 - Un mes en Ars.

Un mes en Ars pasa más rápido de lo que uno espera… aunque el peso de la bolsa de monedas y la cantidad de encargos que salen del taller de Hespar ayudan a que el calendario parezca menos importante. Entre la rutina de encantamientos, entrenamientos en el dojo y paseos por calles cada vez más familiares, el tiempo se me escapó como agua en las manos.

Esa mañana, en vez de ir directo al taller, tomé rumbo al gremio de magos. El aire estaba fresco y las calles aún tranquilas, aunque en las avenidas principales ya se escuchaban los primeros pregones.

El edificio del gremio se alzaba igual que siempre, con sus puertas pesadas y la hilera de aprendices esperando turno para entregar solicitudes o pagar cuotas. Crucé el salón de entrada y me dirigí al mostrador principal. La recepcionista, una mujer de cabello recogido y gafas finas, me miró como si hubiera estado esperando exactamente a que yo apareciera.

—Zakhal Alerion, ¿verdad? —No esperó respuesta antes de sacar una carpeta gruesa—. Llevamos buscándolo varios días.

Me apoyé en el mostrador.

—Supongo que es por las tesis.

Ella asintió con una sonrisa contenida, de esas que usan cuando tienen que transmitir formalidad pero no pueden evitar un toque de orgullo.

—Sus trabajos han causado bastante revuelo… en especial la propuesta sobre magia de rayo. Hubo debates, revisiones, más debates… finalmente, el consejo aprobó su promoción a Maestro Asociado.

—Tardaron un poco más de lo que esperaba.

—Tres semanas era un estimado optimista —dijo mientras firmaba unos papeles—. Cuando un investigador propone algo completamente nuevo, la revisión es más exhaustiva.

Me entregó un pequeño estuche lacrado con el sello del gremio. Dentro, un nuevo broche con el emblema de Maestro Asociado brillaba bajo la luz. Lo sostuve un momento antes de guardarlo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

—¿Y ahora qué?

—Ahora tiene acceso a las bibliotecas de rango santo y puede recibir encargos de investigación más complejos. Ah, y debería estar preparado para recibir invitaciones… ciertos nobles afiliados al gremio se interesan en los talentos prometedores.

—Suena como el inicio de una historia complicada —comenté, y me despedí con una inclinación breve.

Al salir, crucé la plaza frente al gremio y miré hacia las calles que se perdían en la distancia. Un mes en la ciudad más grande del continente y aún sentía que solo había arañado la superficie. Entre mercados, distritos enteros que aún no había pisado y callejones que parecían tragarse la luz, Ars seguía siendo un mapa incompleto en mi cabeza. No me gustaba la sensación de no haber completado las misiones secundarias y perderme una escena interesante.

Y mientras caminaba de regreso, recordé que incluso en ese tiempo habían aparecido rumores extraños… muy extraños.

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Los rumores en Ars son como el polvo: no importa cuánto limpies, siempre hay más al día siguiente. Y lo mejor —o lo peor— es que nunca sabes de dónde vienen ni cuánto de verdad hay en ellos.

Esa semana habían aparecido unos particularmente pintorescos. La versión más popular decía que un “fantasma de una mujer que perdió a sus hijos” se aparecía en las calles oscuras para arrastrar a malhechores hacia el más allá. En otra versión, era un monstruo invisible con hambre selectiva por gente malvada. Y, para quienes preferían la intriga política, se hablaba de un noble que había hecho un contrato con un demonio y estaba coleccionando almas para pagar su deuda.

Me encontré con la versión del fantasma en un mercado de especias, mientras un vendedor intentaba espantar a un grupo de niños curiosos.

—Les digo que lo vi con mis propios ojos. Iba envuelta en un velo blanco, flotando… ¡flotando! —aseguraba, exagerando cada palabra.

—¿Y no pensaste que podía ser una señora con ropa clara y mala postura? —pregunté, dejando caer unas monedas sobre el mostrador.

El hombre me miró con seriedad ofendida.

—¿Y la parte en la que atravesó una pared, también fue mala postura?

No contesté. Solo asentí como si lo creyera y me llevé mi compra.

El rumor del monstruo invisible lo escuché en una taberna, de boca de un mercenario con más cicatrices que dientes.

—No hace ruido, no deja huellas. Solo escuchas un pop… y la gente desaparece. —Golpeó la mesa para dar énfasis, derramando parte de su cerveza.

—¿Y tú lo viste? —preguntó alguien.

—No, pero el primo de un amigo…

Ahí dejé de escuchar. Todos saben que cuando la historia llega al “primo de un amigo”, el siguiente paso es un dragón que jugaba a las cartas.

La versión del noble y el demonio llegó por boca de un cliente en el taller de Hespar, mientras recogía un amuleto.

—Dicen que cada luna llena, cierto noble cierra las puertas y se escuchan gritos desde su mansión. Gritos… y cadenas.

—Puede que sea solo una mala fiesta privada —dije mientras envolvía el amuleto.

El hombre se inclinó hacia mí.

—¿Y si las fiestas privadas son peores que el demonio?

No pude discutirle.

Pero donde realmente se puso interesante fue en el dojo.

Llegué una tarde y encontré a varios alumnos reunidos en círculo, murmurando entre sí. Cuando me acerqué, Isolte estaba en medio, con la espada en la mano… y una expresión que oscilaba entre la irritación y el miedo.

—…y yo les digo que no es gracioso. —Me miró apenas entré—. Alerion, diles que los fantasmas no existen.

—Depende del fantasma —contesté, dejando mi bolsa en un banco—. ¿Qué clase de fantasma?

Uno de los chicos, con una sonrisa maliciosa, intervino:

—El que se aparece detrás de ti cuando estás sola y apaga todas las lámparas.

Isolte lo fulminó con la mirada.

—No es gracioso.

—Es un poco gracioso —murmuré, lo suficiente para que ella lo oyera.

Se cruzó de brazos.

—Tú también tienes cara de hacerme una broma.

—¿Yo? Jamás me aprovecharía de una debilidad tan evidente. —Me giré hacia el grupo—. ¿Por qué no entrenamos antes de que alguien invente que el fantasma también sabe pelear?

Reida, que había estado observando desde un rincón, intervino con una sonrisa casi imperceptible.

—Si el fantasma sabe usar espada, podría ser un buen sparring para ti, Isolte.

—¡Abuela! —protestó ella, indignada.

Las risas se extendieron por el grupo, y hasta Reida dejó escapar una breve carcajada. Isolte me miró como si quisiera clavarme la espada… pero su rostro traicionó una sonrisa involuntaria.

Durante el entrenamiento, cada vez que pasaba cerca de ella, me inclinaba un poco y susurraba:

—Cuidado… está detrás de ti.

La respuesta siempre era un golpe rápido que yo desviaba sin esfuerzo.

Al final de la sesión, cuando guardábamos las armas, ella me lanzó una mirada de advertencia.

—Si vuelves a hacerlo, voy a…

—¿A qué? ¿Invocar al fantasma para que me asuste? —terminé por ella.

—Exacto.

No lo admitió en voz alta, pero esa tarde se fue del dojo con una sonrisa, y los demás alumnos siguieron hablando de fantasmas como si fuera la novedad más grande del mes.

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Capítulo 59

Cuando cae la noche, Ars cambia de cara. Las luces de las farolas de maná y los faroles de aceite iluminan las avenidas principales, pero más allá de esas zonas, las sombras toman el control. Para mí, esas sombras eran un mapa en constante expansión.

Después del entrenamiento en el dojo, solía tomar un camino distinto cada vez. Algunos días terminaba en mercados donde se vendían minerales raros y materiales para encantamiento que no se veían en Delarus ni en sueños. Otros, pasaba frente a salones de juego llenos de humo y risas ebrias, o burdeles donde las cortinas rojas ocultaban más secretos de los que cualquiera querría admitir.

Y, a veces, los paseos nocturnos eran… más prácticos.

En un callejón del distrito sur, tres hombres con marcas de pandilla tenían acorralado a un niño contra un muro. No me acerqué. Desde la esquina, con la misma calma con la que uno acomoda una herramienta, extendí la mano.

El primero desapareció y volvió a aparecer detrás de su posición original, como un saco de carne y hueso. El segundo se quedó paralizado por un instante antes de que sus extremidades se plegaran hacia dentro con un crujido seco, quedando inconsciente y desangrandose; invisible para cualquiera que no supiera lo que pasaba. El tercero, simplemente desapareció y no volvió a aparecer, probablemente esté bajo tierra o si tuvo suerte, en algún lugar aleatorio de la ciudad.

Seguí mi camino. Nadie relacionaría esas muertes conmigo. Ni siquiera los testigos, si los había, no entenderían lo que vieron. Para ellos sería un fantasma, un monstruo invisible, o un mal sueño.

No siempre eran criminales comunes. Una vez, en una terraza iluminada por lámparas mágicas, un noble reía mientras empujaba a una joven criada contra una barandilla. Un parpadeo y desapareció, reapareciendo en el aire sobre el canal a unos 20 metros. El chapoteo final fue ahogado por el bullicio de la calle.

Podía sentir que la magia de salto se volvía más precisa. Las distancias, el control sobre el punto de aparición… todo mejoraba con la práctica. Pero había algo en esa eficiencia que me hacía pensar.

En la vuelta a la posada, miraba mis manos como si esperara encontrar alguna señal visible del cambio. No había sangre, ni cicatrices nuevas, pero en algún lugar más profundo, algo se estaba moldeando.

“Es un bien menor”, me repetí mentalmente. Menos depredadores en las calles, menos basura humana dañando a inocentes. Un equilibrio, aunque el método fuera invisible y despiadado.

En mi habitación, encendí la lámpara y me senté en el escritorio. Tomé papel, tinta y escribí una carta breve:

> Queridos padres:

Espero que estén bien. Ars es… inmensa. Cada día descubro algo nuevo, ya sea un lugar, una persona o un rumor tan ridículo que parece inventado para hacer reír.

El trabajo con Hespar va mejor de lo que esperaba, ya domino todo tipo de encantamientos avanzados, y mis progresos en el gremio de magos han sido reconocidos.

Creo que me quedaré aquí más tiempo.

Con afecto,

Alerion.

No mencioné el resto. No todo cabe en una carta, y no todo debe contarse.

Apagué la lámpara y dejé que la ciudad siguiera respirando allá fuera, sabiendo que mañana tendría más rutas que explorar… y quizá más experimentos que realizar.

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