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Chapter 58 - capítulo 58

Capítulo 58 - Rutina

En Ars, los talleres de buen renombre se parecían un poco a las tabernas caras: el olor podía ser fuerte, pero siempre había cola para entrar. El de Hespar no era la excepción.

Abrí la puerta y me recibió el sonido de un martillo golpeando metal encantado. Hespar estaba inclinado sobre una mesa, con ese gesto serio que ponía cuando estaba tan concentrado que parecía que masticaba la pieza en lugar de trabajarla.

—Llegas justo para ganarte el desayuno —dijo sin levantar la vista.

—Perfecto. ¿Viene incluido en el pago o lo anotas como deuda? —respondí, colgando la mochila en el gancho de siempre.

Él bufó, que era su forma habitual de decir que la broma no le molestaba tanto. Me señaló una caja de madera oscura.

—Tres encargos listos para entregar hoy. No los toques sin lavarte las manos.

Me acerqué a revisarlos: un amuleto de protección contra fuego, un cuchillo con runas de corte limpio y un anillo que ayudaba a mantener la concentración mágica. No eran trabajos tan complicados para mi nivel actual, pero aún asi debían tomarse en serio.

Mientras ajustaba una inscripción, un cliente habitual entró, un tipo bajito con sombrero de ala ancha que parecía estar siempre apurado.

—¡Hespar! El brazalete que me diste funciona demasiado bien. Mi esposa cree que se lo quité de las manos a un noble. —Se giró hacia mí, como si me conociera de toda la vida—. Tú eres el aprendiz, ¿no? El que escribe las runas rápido.

—Aprendiz de lujo —le corregí—. El otro día casi escribo un poema en vez de un encantamiento.

El hombre soltó una carcajada y se fue con su encargo, aún murmurando sobre su esposa.

Cuando la puerta se cerró, Hespar me pasó una bolsa pequeña que tintineó con un sonido satisfactorio.

—Tu parte de la última semana.

El peso era bueno. Muy bueno. Tanto que me dieron ganas de hacerle un encantamiento a mi bolsillo para que no se escapara ninguna moneda.

Antes de que pudiera guardarla, entró una mujer con una espada envuelta en tela. La dejó sobre la mesa y me miró con una ceja levantada.

—Dijeron que aquí arreglan lo que otros rompen.

—Entonces llegó al lugar correcto —dije, destapando la hoja. Tenía un trabajo de encantado tan mal hecho que me dieron ganas de pedirle disculpas en nombre del gremio entero.

Ella me observó mientras tomaba medidas y raspaba suavemente una runa.

—¿Eres el aprendiz nuevo?

—El mismo. Aunque si sigue viniendo tanta gente a verme, voy a empezar a cobrar por autógrafos.

Sonrió apenas, como si no quisiera admitir que le había hecho gracia.

La mañana siguió así: ajustes, pequeños arreglos, algún regateo amistoso con clientes que intentaban pagar menos. En todos los casos, salían por la puerta con sus encargos y con la certeza de que el “aprendiz de Hespar” sabía lo que hacía.

Cuando el último cliente se fue, Hespar se apoyó contra la mesa y me miró de reojo.

—¿Sabes? Empiezas a sonar como alguien que va a necesitar un ayudante propio pronto.

—¿Es una amenaza o una oferta?

—Depende de cuántos pedidos termines hoy.

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Capítulo 58 – Parte 2

El patio principal del dojo estaba más despejado de lo habitual. La mayoría de los alumnos entrenaban en el lado oeste, lo que nos dejaba un espacio amplio para el trabajo serio. Isolte estaba allí, apoyada contra un poste, balanceando su espada de práctica en un movimiento lento y medido.

—Llegas tarde otra vez —dijo, pero no sonaba molesta, más bien como si estuviera probando mi reacción.

—Y tú cada vez pareces más paciente —le respondí, caminando hasta el centro del tatami—. Eso sí que es un cambio.

Se acomodó el flequillo con un gesto rápido y se puso en guardia.

—Hoy no pienso perder tan rápido.

—Hoy tampoco pienso dejarte ganar.

El primer intercambio fue rápido: su estocada vino recta, precisa, y mi respuesta fue desviarla apenas con un giro de muñeca. Sentí cómo ajustaba su postura al instante, sin perder el equilibrio como lo hacía antes.

—Mejor —comenté mientras retrocedía un paso—. Ya no dejas tanto hueco al contraataque.

—Tampoco voy a dejarte presumir de eso mucho tiempo.

Volvió a atacar, esta vez con una combinación que mezclaba cortes altos y barridos bajos. No eran movimientos perfectos, pero tenía la intensidad de alguien que había practicado hasta que le dolieran los brazos. Respondí con bloqueos mínimos, dejando que sintiera que casi me alcanzaba.

Tras unos minutos, Reida apareció al borde del tatami, cruzada de brazos.

—¿Están calentando o piensan luchar de verdad?

Isolte y yo intercambiamos una mirada. Y ahí empezó el ritmo de verdad.

Sus golpes se volvieron más fluidos, y en varias ocasiones vi chispazos de algo que, con tiempo, podía convertirse en dominio real del flujo. Yo aumenté la presión, pero sin romperla; quería que sintiera que estaba peleando al límite, no contra una muralla imposible.

En una pausa breve, mientras ambos respirábamos con fuerza, Isolte habló entre sonrisas.

—¿Siempre entrenas así?

—Depende de con quién. Algunos solo aguantan tres minutos.

—¿Y cuánto llevo yo?

—Casi diez… y todavía no te he tirado al suelo.

Se rió y volvió a la carga. Esta vez, su defensa resistió un empuje lateral que antes la habría desarmado. Usó mi propio movimiento para girar y contraatacar, obligándome a retroceder dos pasos.

—Eso estuvo bien —admití.

—No me subestimes.

En uno de los intercambios siguientes, nuestras espadas se cruzaron en un ángulo incómodo, quedando a pocos centímetros el uno del otro. Podía sentir su respiración acelerada, y vi cómo sus ojos, normalmente fríos, brillaban con esa mezcla rara de orgullo y diversión que solo aparece en combate parejo.

—Eres más fuerte —dijo, rompiendo el bloqueo—. Pero no por mucho tiempo.

—Te tomo la palabra —respondí, y retomamos el intercambio.

Los alumnos que entrenaban al fondo empezaron a mirar hacia nosotros. No era raro; Reida también nos observaba con un gesto de satisfacción.

—Sigan así —dijo—. Van a hacer que mis otros alumnos parezcan mancos.

Isolte sonrió ante el comentario, y yo aproveché para marcar un golpe rápido que detuvo justo antes de tocar su hombro.

—Sonreír en combate es peligroso.

—O una distracción muy útil —me replicó, devolviéndome el gesto con un toque en el brazo.

El entrenamiento terminó después de casi media hora de ida y vuelta. Ninguno estaba exhausto, pero el sudor y las marcas en las espadas hablaban de la intensidad.

Mientras guardábamos las armas, Isolte se acercó.

—Mañana, otra vez.

—Si no me rompes antes la mano con esos bloqueos, claro.

Me dio un codazo leve.

—Cállate.

En ese momento, noté a alguien cerca de la entrada del dojo. Un hombre, sin uniforme, observándonos con una calma extraña. Llevaba una capa ligera y una expresión neutra, pero sus ojos se fijaban en mí como si estuviera evaluando cada movimiento que había hecho.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, inclinó la cabeza en un saludo mínimo y desapareció entre la gente antes de que pudiera decir algo.

Isolte siguió mi mirada.

—¿Lo conoces?

—No —respondí, y dejé el tema ahí.

Pero algo en la forma en que me había mirado me decía que hago pasaría pronto.

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El barrio pobre de Ars tenía su propio ritmo. Calles estrechas, sombras largas y un silencio que se interrumpía solo para que algo peor lo reemplazara: un grito, una discusión, o el ruido seco de alguien cayendo al suelo.

Pasaba por allí de regreso a la posada, por un atajo que conocía desde hacía unos días. No buscaba problemas, pero los problemas no pedían permiso.

En una esquina, cuatro hombres bloqueaban el paso a un muchacho flaco, de unos trece años. Vestía ropas sucias, llevaba una bolsa pequeña contra el pecho y los ojos abiertos como si ya supiera que iba a perder lo que tenía. Uno de los hombres le arrebató la bolsa y la vació en el suelo: unas monedas y un pedazo de pan duro.

—Tasa de paso —dijo el que parecía el líder, un tipo grande, sin cejas, con la nariz torcida como si se la hubieran roto muchas veces.

El chico no contestó. Tenía los labios apretados y el cuerpo rígido. Sabía que si corría, lo alcanzarían.

Me apoyé contra una pared a media calle, como si estuviera esperando a alguien. Desde allí podía verlos perfectamente, pero ellos no me prestaban atención. No lo necesitaban… o eso creían.

Extendí la mano en un gesto casual, como si espantara polvo.

El líder desapareció. Un instante estaba ahí, y al siguiente, el aire se llenó con el ruido seco de algo pesado cayendo a unos metros más allá: su cuerpo, retorcido e incompleto, como si hubiera perdido una parte en el trayecto. Nadie entendió qué había pasado.

Uno de los matones gritó y retrocedió, mirando en todas direcciones. El segundo intentó correr, pero su cabeza se hundió hacia dentro como si una prensa invisible lo hubiera atrapado. Cayó de rodillas y luego de lado, sin un sonido más.

El tercero quedó paralizado, con la bolsa del chico en la mano. Se le escapó y salió huyendo en dirección contraria.

El chico se quedó pararizado del miedo por un momento, y al ver que nada pasaba se agachó lentamente para recoger sus cosas. No me miró directamente, pero vi que temblaba.

Seguí caminando mi camino, pensando en los ajustes que debía hacerle a la magia de salto y la conveniencia de "accidentes mágicos" en situaciones como esta. Como sea, valía la pena experimentar.

Al doblar la esquina, el bullicio de la ciudad volvió a cubrirlo todo: vendedores ambulantes, risas, el golpeteo de botas sobre piedra. Como si nada hubiera pasado.

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