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Chapter 118 - El Tesoro Inalcanzable

Un día después del gran estruendo que sacudió todo el reino, comenzaron a llegar los primeros reportes al gremio de aventureros.

En el último piso del gremio se encontraba una modesta oficina. A primera vista parecía un completo desastre debido a la enorme cantidad de libros que la ocupaban. Sin embargo, cada pila estaba organizada por temas con una precisión casi obsesiva.

Pequeñas columnas de más de dos metros de altura se alzaban por toda la habitación.

Detrás de una de ellas apenas podía distinguirse la silueta de un hombre alto y delgado.

Entre el suave pasar de las páginas y el polvo suspendido en el aire, sonaron unos golpes en la puerta, seguidos por una voz femenina.

—Maestro, han llegado los reportes de los primeros grupos enviados a la Cueva meteorito.

Antes de que pudiera escucharse una respuesta, un fuerte estruendo resonó dentro de la oficina.

Una de las pilas de libros comenzó a balancearse.

Luego otra.

Y otra más.

Como si fueran fichas de dominó, varias columnas terminaron desplomándose al mismo tiempo, sepultando una voz lastimera.

—¡Ay, ay, ay...!

La puerta se abrió de inmediato.

Una joven de unos veinte años, de aspecto sencillo pero impecablemente ordenado, entró con rapidez.

Con un suspiro de resignación comenzó a apartar libros hasta sacar de entre ellos a un anciano completamente magullado.

—Maestro... Ya le dije que, si necesita investigar algo, puede pedirme ayuda. Siempre termina apilando libros por toda la oficina y dejando este desastre.

—Ay, ay, ay... Sí, sí, sí... No tienes que regañarme, pequeña Luna.

El anciano se sacudió el polvo de la barba mientras sonreía.

—No tuve tiempo de llamarte. Esta investigación es de vida o muerte. Puede significar un antes y un después para este mundo.

Luna negó lentamente con la cabeza.

—Eso mismo dijo de la investigación anterior... y de la anterior a esa.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Y todas terminaron exactamente igual.

—Sí, sí, sí...

Lucas soltó una pequeña risa.

—Pero esta vez es diferente, pequeña Luna.

La joven lo ayudó a ponerse de pie con cuidado.

Después de todo, el anciano ya había superado el siglo de vida.

Llevaba una larga barba terminada en punta y unos robustos anteojos redondos. Aunque a simple vista parecía un hombre descuidado, tanto su barba como sus ropas estaban perfectamente limpias y arregladas. Su cabello completamente blanco parecía reflejar la luz de la ventana, pero nada brillaba tanto como la inagotable curiosidad de sus ojos.

Era Lucas Beron.

Maestro del gremio de aventureros de Trimbel.

En sus años como aventurero fue conocido como Lucas el Bardo. Aunque nunca destacó por su fuerza en combate, sus investigaciones sobre el maná revolucionaron buena parte del conocimiento mágico del reino, otorgándole el título de Erudito y el rango de aventurero Adamantita.

Lucas acomodó sus gafas y miró a Luna con evidente impaciencia.

—Vamos, vamos... Muéstrame esos reportes.

Su mirada parecía querer descubrir todos los secretos del mundo.

Luna dejó escapar otro suspiro antes de sonreír con resignación.

—De verdad no tiene remedio, maestro...

Mientras caminaban entre libros desperdigados por el suelo, Lucas soltó una carcajada.

—¡Ja, ja, ja! Sí, sí, sí... No te preocupes por esas cosas, pequeña. Eres mi discípula y tienes mucho más talento que este viejo. No necesitarás convertirte en una fanática de la investigación como tu maestro.

Le dio unas suaves palmadas en el hombro.

—Estoy seguro de que algún día descubrirás incluso más cosas que yo.

Lucas tomó asiento tras el escritorio mientras Luna llenaba una tetera.

Afuera, la lluvia caía con suavidad. El viento golpeaba la ventana de vez en cuando, intentando colarse en la oficina.

El brasero chisporroteaba en un rincón, como en la mayoría de las casas de Trimvel. Había quienes preferían usar hechizos para combatir el frío, pero muchos seguían disfrutando del aroma de la leña ardiendo.

Luna encendió una pequeña varilla de incienso y sirvió el té con cuidado.

Luego tomó asiento frente a su maestro.

Aunque su apariencia era sencilla, transmitía una serenidad difícil de ignorar. Su rostro de rasgos delicados, el cabello gris recogido en una larga trenza y los finos lentes que descansaban sobre su nariz le daban un aire elegante y sereno.

Mientras tanto, Lucas ya había comenzado a leer los reportes.

Uno tras otro.

Su mirada recorría cada hoja con rapidez, deteniéndose solo en algunos párrafos antes de pasar al siguiente documento.

El único sonido que rompía el silencio era el roce del papel entre sus dedos.

—Mmm...

Pasó otra página.

—Sí... sí... sí...

Otra más.

Su expresión, hasta entonces relajada, fue perdiendo poco a poco toda señal de entusiasmo.

Cuando terminó de leer, dejó los documentos sobre el escritorio y soltó un largo suspiro.

Tomó la taza de té, dio un pequeño sorbo y permaneció unos segundos en silencio.

Finalmente levantó la vista.

—Luna.

—¿Sí, maestro?

—Comparte la primera parte de esta información con todo el gremio.

La joven asintió y tomó el informe.

—Haz que preparen un comunicado para toda Trimvel... y también para las aldeas cercanas.

Luna comenzó a leer la sección que Lucas le había entregado.

A medida que avanzaba, su expresión fue cambiando.

Primero frunció el ceño.

Después abrió ligeramente los ojos.

Finalmente levantó la mirada con evidente preocupación.

—Maestro...

Su voz apenas fue un susurro.

—Esto... ¿se está expandiendo?

Lucas negó lentamente con la cabeza.

—Aún no lo sé.

Sus dedos comenzaron a golpear el escritorio de forma distraída.

—Necesito más datos.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Lo único que puedo afirmar con seguridad es que todo lo que rodea la Cueva meteorito, en un radio aproximado de cien kilómetros, debe considerarse una zona de peligro absoluto.

Luna tragó saliva.

—Entendido.

—Ve de inmediato.

No podemos permitir que nadie se acerque hasta tener más información.

La joven asintió con firmeza y salió apresurada de la oficina.

El silencio volvió a apoderarse del lugar.

Lucas tomó otro sorbo de té.

El calor descendió lentamente por su garganta mientras el delicado aroma permanecía en su paladar.

Se recostó sobre el respaldo de la silla y fijó la vista en el techo.

—¿Cómo es posible...?

Su voz apenas era un murmullo.

—¿Qué clase de energía puede ser tan densa que incinera cualquier ser vivo con solo entrar en contacto con ella?

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Qué clase de tesoro ha despertado en la Cueva meteorito?

Durante unos segundos no dijo nada más.

Luego dejó escapar un último suspiro.

—Ni siquiera puedo imaginar qué poder alberga ese objeto...

Hizo una pausa.

—Y mucho menos lo que ocurriría si terminara en las manos equivocadas.

Cerró los ojos por un instante.

—Esperemos... que todo esto termine de la mejor manera posible.

A varios kilómetros de la Cueva meteorito, un grupo de mercenarios contemplaba con horror el paisaje que se extendía frente a ellos.

La vegetación había desaparecido por completo.

La tierra era árida y gris, como si un océano de llamas hubiera arrasado todo a su paso.

Uno de los mercenarios montó sobre su halcón de plumas rojas y alzó el vuelo.

Ascendió hasta donde la vista le permitió abarcar toda la región.

Entonces lo vio.

Todo el territorio que rodeaba la cueva parecía quedar encerrado dentro de una inmensa cúpula invisible.

En su interior no existía rastro alguno de vida.

Solo cenizas.

Y un fuego silencioso que parecía consumir incluso el aire.

Mientras observaba aquella escena con el corazón acelerado, distinguió un grupo de aventureros aproximándose sobre monturas voladoras.

Abrió los ojos con sobresalto.

—¡Esperen! ¡No se acerquen! ¡Es peligroso!

Los aventureros apenas le dedicaron una mirada.

Uno de ellos soltó una carcajada.

—¿Tienes miedo?

Otro sonrió con desprecio.

—Los mercenarios siempre han sido unos cobardes.

—Nosotros reclamaremos ese tesoro antes que nadie.

Las risas resonaron en el aire mientras aceleraban el vuelo hacia la cueva.

El mercenario volvió a gritar.

—¡¡Deténganse!!

Pero ya era demasiado tarde.

Las monturas atravesaron un punto invisible.

Durante un instante...

no ocurrió absolutamente nada.

Y al siguiente.

Una llama de color carmesí recorrió sus cuerpos con la rapidez de un relámpago.

No hubo gritos.

No hubo tiempo para reaccionar.

Donde un segundo antes volaban hombres y bestias, ahora solo quedaban cenizas suspendidas en el viento.

El mercenario sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.

Tiró con fuerza de las riendas de su montura y descendió a toda velocidad.

Al llegar junto a sus compañeros, apenas logró contener la respiración.

—¡Regresamos a Trimbel!

Nadie discutió la orden.

Todos dieron media vuelta de inmediato.

No fueron los únicos.

Algunas bestias salvajes, atraídas por la inmensa concentración de maná, también intentaron acercarse a la Cueva meteorito.

Ninguna regresó.

Para todos los que presenciaron aquella escena, solo había una conclusión posible.

Nadie podía acercarse a la cueva.

Al menos...

todavía no.

El tesoro había despertado.

Pero seguía siendo inalcanzable.

Fin del capítulo.

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