Ficool

Chapter 119 - Las secuelas del estallido

Varios días después del gran estallido de energía en la Cueva Meteorito, Trimbel se había vuelto más concurrida que nunca.

Semihumanos de toda clase recorrían sus calles. Monturas exóticas surcaban el cielo y personajes famosos, que rara vez se dejaban ver ante la sociedad, comenzaban a llegar desde distintos rincones del reino.

Arthur caminaba con tranquilidad entre la multitud.

Su aspecto sencillo y su cabello desordenado hacían que pasara desapercibido para casi todos.

Lo único que solía llamar la atención era el cuervo siniestro que acostumbraba llevar sobre el hombro.

Sin embargo, aquel día era diferente.

El Lich había desaparecido sin decir una sola palabra.

Arthur dejó escapar un pequeño suspiro.

—Supongo que hoy será un día tranquilo...

Mientras avanzaba por la avenida principal, levantó la vista hacia el cielo.

Un enorme guiverno sobrevolaba Trimbel con elegante lentitud. Sobre su lomo viajaba un jinete cubierto por una brillante armadura plateada.

Arthur siguió la escena con la mirada hasta que la silueta desapareció entre los edificios.

—Aprovecharé este momento para ir al gremio y buscar información sobre nuevas misiones.

Continuó caminando mientras otro pensamiento se abría paso en su mente.

Me pregunto si el viejo Lich conocerá algún hechizo para domar bestias... O quizá tenga alguna montura voladora que pueda prestarme...

Reflexionó durante unos segundos.

Después negó con la cabeza.

—No... mala idea.

Una sonrisa incómoda apareció en su rostro.

—Lo más probable es que sus monturas sean igual de siniestras que él.

Por un instante imaginó un murciélago drenavidas, un guiverno zombi o algún halcón putrefacto.

Solo pensarlo le provocó un escalofrío.

—Definitivamente no.

Sacudió la cabeza.

—Será mejor preguntar en el gremio. Quizá encuentre algún domador de bestias dispuesto a acompañarme en una cacería.

Dio unos pasos más antes de detenerse otra vez.

—O tal vez pueda comprar una en alguna subasta...

Bajó la vista con resignación.

—Aunque realmente no soy tan rico...

De pronto abrió mucho los ojos.

—...Espera.

—Sí soy rico.

Se dio una palmada en la frente.

—Había olvidado por completo todos los tesoros que robamos con el Lich del nido de aquel dragón de cuarzo.

Permaneció unos instantes pensativo.

—Aunque todavía hay varios cristales cuyo valor desconozco...

—Lo mejor será averiguar primero cuánto valen antes de pensar en venderlos.

Alzó nuevamente la mirada.

Varias monturas cruzaban el cielo sobre Trimbel.

—Supongo que me estoy dejando llevar por tanta ostentación...

—Ya tenemos al gólem como transporte...

Hizo una breve pausa.

—Pero...

Una pequeña sonrisa asomó en su rostro.

—Realmente me gustaría saber qué se siente volar.

Con ese pensamiento dejó el tema atrás y continuó recorriendo las calles, observando con curiosidad cada nueva raza de semihumanos que encontraba a su paso.

A varios kilómetros de la Cueva Meteorito, una excéntrica figura encapuchada merodeaba por los alrededores.

De ella emanaba un aura lúgubre.

Iba de un lado a otro con el ceño profundamente fruncido... aunque, en realidad, aquel rostro de calavera carecía de cejas.

Se movía con tal nerviosismo que cualquiera habría jurado que le sudaba la frente, pese a que hacía mucho tiempo había perdido la piel y la carne.

De pronto se detuvo.

Como si una linterna se hubiera encendido dentro de su cráneo, sus cuencas vacías parecieron iluminarse.

Una carcajada hueca quebró el silencio.

—¡Lo tengo!

El Lich levantó un dedo huesudo y comenzó a moverlo como si dirigiera una gran sinfonía.

—«Llama que se inunda cuando el helado corazón palpitante es masticado por la ofrenda hacia la muerte, y su delicada vida se evapora como tibia ceniza...»

—¡Ja, ja, ja! ¡Que alguien detenga esta inspiración que me ahoga!

Abrió los brazos con entusiasmo.

—Siento en mis pálidos huesos como si la sangre de miles me bañara...

—¡Qué belleza!

Quien lo observara desde la distancia pensaría que aquel extraño no hacía más que perder el tiempo componiendo poemas.

La realidad, sin embargo, era muy distinta.

Cerca de allí, un grupo de no muertos, liderado por un caballero esquelético menor, emboscaba a mercenarios, aventureros e incluso nobles que intentaban acercarse a la Cueva Meteorito.

Ninguno sobrevivía.

Quienes lograban escapar de los esqueletos terminaban sucumbiendo ante la aterradora energía que envolvía la cueva.

Con cada vida que se apagaba, una pequeña pagoda colocada junto al Lich emitía un tenue resplandor.

Cuando terminó su poema, el no muerto volvió la vista hacia aquel extraño objeto.

—Supongo que todavía es muy poco...

Su voz sonó decepcionada.

—Pero hay tiempo.

Acarició distraídamente la pagoda con una de sus falanges.

—La avaricia es un veneno maravilloso.

Una risa baja escapó de entre sus mandíbulas.

—Cada día llegarán más aventureros... más nobles... más mercenarios...

—Todos querrán reclamar el tesoro.

Permaneció unos segundos contemplando la lejana Cueva Meteorito.

—No sé qué clase de tesoro ha despertado...

Hizo una pausa.

—Pero su energía...

Guardó silencio durante un instante.

—Se parece ligeramente a la que siento en ese mocoso.

Después observó sus propias manos de hueso y volvió a reír.

—O quizá solo sean mis huesos, que se vuelven cada día más opacos.

—¡Ja, ja, ja!

Su mirada se desvió lentamente hacia Trimbel.

—Ya sea por el tesoro...

Levantó una de sus manos esqueléticas.

—...o por mis propias manos...

Una sonrisa macabra pareció dibujarse en su calavera.

—El destino de quienes se acerquen será exactamente el mismo.

Al llegar al gremio, Arthur se dirigió directamente hacia el tablón de misiones.

Allí se reunía toda la información importante para los aventureros: nuevos encargos, anomalías registradas por el gremio y los avisos de mayor relevancia.

Sin embargo, lo primero que captó su atención no fueron las misiones.

Un enorme cartel, cubierto por varios símbolos de peligro, dominaba el centro del tablón.

Arthur se acercó y comenzó a leer.

> **Por orden del Gremio de Aventureros, la Cueva Meteorito ha sido declarada zona de acceso prohibido.**

>

> **Queda terminantemente prohibido acercarse a menos de cien kilómetros de su ubicación.**

>

> **Todo aquel que ignore esta advertencia lo hará bajo su propia responsabilidad.**

>

> **Su destino será la muerte.**

>

> **Los aventureros con misiones cercanas deberán presentarse en el gremio para recibir nuevas instrucciones.**

La sorpresa se dibujó en el rostro de Arthur.

Sabía que algo grave había ocurrido en la Cueva Meteorito, pero jamás imaginó que el gremio prohibiría acercarse a ella.

—Con razón...

Sus ojos recorrieron las misiones colocadas alrededor del aviso.

—Me parecía extraño que tantas recompensas hubieran aumentado.

Algunos encargos pagaban el doble.

Otros, incluso el triple de lo habitual.

—Parece que el peligro alrededor de la cueva alcanzó niveles absurdos...

Permaneció unos instantes pensativo.

—Quizá debería aceptar una misión en el Bosque Susurrante.

Todavía me queda una semana antes de que comiencen las clases en la academia.

Una misión más me vendría bien para ganar algo de dinero... y mantenerme en forma.

Comenzó a revisar los encargos uno por uno.

La mayoría se desarrollaban cerca de la Cueva Meteorito y exigían rangos demasiado altos.

Las pocas misiones alejadas de la ciudad ofrecían recompensas poco atractivas.

Después de varios minutos encontró una que llamó su atención.

La descolgó del tablón y caminó hacia el mostrador.

Una joven recepcionista le dedicó una amable sonrisa.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Quiero aceptar una misión.

La mujer lo observó de arriba abajo.

—Perdón... se ve muy joven. Pensé que aún no era aventurero.

Arthur sonrió con cierta vergüenza.

—No se preocupe.

La recepcionista extendió la mano.

—¿Qué misión desea tomar?

Arthur le entregó el documento.

Ella lo leyó rápidamente y negó con suavidad.

—Lo siento, joven. Esta misión está destinada a aventureros de rango Plata.

Arthur bajó la vista hacia su pecho.

Un instante después se dio una palmada en la frente.

—Cierto...

Metió la mano en su bolsa espacial y sacó el collar donde llevaba colgada su placa de aventurero.

Se lo colocó alrededor del cuello y sonrió con timidez.

—Perdón por el descuido.

—Mi nombre es Arthur Schopenhauer.

—Soy un aventurero de rango Plata recién ascendido.

La recepcionista tomó la placa.

La examinó con un pequeño artefacto mágico y, tras unos segundos, sonrió.

—Mis disculpas, señor Schopenhauer.

Le devolvió la placa junto con el documento de la misión.

—Aquí tiene.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Permítame darle un consejo.

—No es el primero que acepta este encargo.

Su expresión se volvió más seria.

—Varios aventureros ya fueron a investigarlo...

Bajó ligeramente la mirada.

—Y ninguno regresó en buenas condiciones.

Arthur recibió la misión y asintió con gratitud.

—Gracias por la advertencia.

Guardó el documento en su bolsa y abandonó el gremio.

Una vez afuera, volvió a sacarlo y leyó su contenido una última vez.

**Investigación del asesinato y desaparición de una caravana de mercenarios en el Bosque Susurrante.**

**Solicitud presentada por el comerciante Lerwen.**

Arthur dobló cuidadosamente el documento y lo guardó otra vez.

Una nueva aventura estaba a punto de comenzar.

**Fin del capítulo.**

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