Ficool

Chapter 117 - Las Seis Estrellas Negras

El tiempo parecía haberse detenido.

En el interior del pabellón reinaba una calma casi irreal.

A simple vista resultaba imposible imaginar que aquel espacio existiera dentro de una estructura tan pequeña. El interior era varias veces mayor de lo que su apariencia exterior permitía suponer.

Un enorme candelabro de cristal colgaba del techo, bañando la estancia con una luz cálida. Alrededor de una mesa redonda se distribuían elegantes sillones tapizados con piel de bestia, y sobre la mesa humeaba un delicado servicio de té.

Mayordomos y sirvientas se desplazaban en absoluto silencio, colocando con precisión una refinada selección de pasteles y manjares.

Al fondo de la sala, un joven elfo interpretaba una melodía con su violín.

Era una pieza lenta.

Melancólica.

Tan solemne que parecía el lamento de un alma olvidada.

Cuando todo estuvo dispuesto, los sirvientes se retiraron discretamente. Solo permanecieron en la sala un anciano mayordomo, dos jóvenes sirvientas y el músico, que continuó tocando sin apartar la vista de su instrumento.

Entonces, una puerta se abrió con absoluta delicadeza.

La primera en entrar fue una mujer de unos treinta años. Vestía un elegante vestido color calipso y un fino velo cubría parcialmente su rostro, ocultando cualquier emoción que pudiera reflejar.

Tras ella apareció un hombre de edad similar, de porte heroico y caminar sereno.

Uno tras otro, los demás invitados fueron entrando en silencio.

Todos irradiaban una presencia distinguida, propia de quienes llevaban la nobleza grabada en cada uno de sus movimientos.

Cuando los seis ocuparon sus asientos, nadie pronunció una sola palabra.

Simplemente comenzaron a disfrutar del té y de los delicados manjares que descansaban sobre la mesa.

La melodía cambió.

Un piano se unió al violín.

Después apareció un segundo violinista.

Finalmente, una enorme arpa comenzó a sonar por sí sola, como si unas manos invisibles acariciaran sus cuerdas.

La música fue creciendo poco a poco.

Primero como un pequeño arroyo.

Después como un río caudaloso.

Hasta convertirse en un inmenso océano de emociones.

Cada nota parecía elevar el alma para, un instante después, sumergirla en una profunda melancolía. Había pasajes cálidos que evocaban un amanecer de primavera y otros tan sombríos que recordaban la soledad de un cementerio bajo la lluvia.

Los seis invitados permanecían inmóviles.

Ninguno hablaba.

Ninguno apartaba la vista.

Solo bebían el té mientras dejaban que aquella interpretación envolviera el ambiente.

Cuando la última nota descendió lentamente, apagándose como el último suspiro de un moribundo, el silencio volvió a adueñarse del pabellón.

Los músicos permanecieron inmóviles.

Esperaban el veredicto.

Después de todo, habían sido contratados para ofrecer un concierto privado a un grupo cuya identidad jamás les fue revelada.

Uno de los hombres dejó con suavidad la taza sobre el platillo.

Tenía alrededor de cuarenta años. Vestía con impecable elegancia y unos finos lentes descansaban sobre su nariz. Su expresión transmitía la frialdad de un hombre que analizaba el mundo con absoluta lógica.

Se puso de pie lentamente.

Comenzó a aplaudir.

—Magnífico.

Los músicos dejaron escapar un suspiro de alivio.

—Son dignos de la fama que los precede.

Una tenue sonrisa apareció en el rostro del joven violinista.

Pero ese alivio apenas alcanzó a existir.

Un destello atravesó el salón.

Nadie vio cuándo la espada abandonó su vaina.

Solo un corte horizontal tan limpio y veloz que parecía haber dividido el propio aire.

El silencio regresó.

Los cuerpos de los músicos permanecieron inmóviles durante un segundo.

Después...

cayeron al suelo al mismo tiempo.

La sangre comenzó a confundirse con el carmesí de la alfombra.

El corte continuó su trayectoria varios metros más antes de impactar contra una de las paredes del pabellón.

Sin embargo, la madera permaneció intacta.

Era como si aquel ataque hubiera decidido atravesar únicamente aquello que su dueño deseaba destruir.

Las dos sirvientas palidecieron.

Incluso el anciano mayordomo sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.

Aun así, ninguno perdió la compostura.

Llevaban demasiados años sirviendo en aquel lugar como para permitirse una reacción.

En cuestión de segundos, otros sirvientes entraron en absoluto silencio.

Retiraron los cadáveres.

Limpiaron la sangre.

Sustituyeron la alfombra.

Reemplazaron las tazas manchadas.

Cuando terminaron su trabajo, el pabellón había recuperado su refinada elegancia.

Como si la música jamás hubiera sonado.

Como si aquellos artistas nunca hubieran existido.

El hombre de los lentes guardó la espada con absoluta tranquilidad.

Tomó otro sorbo de té.

—Eran excelentes músicos...

Hizo una breve pausa antes de concluir con total indiferencia:

—Lástima que su interpretación fuera demasiado alegre.

La mujer del velo dejó la taza sobre el platillo con delicadeza.

Sacó un fino cigarrillo de una elegante pitillera y lo encendió con absoluta calma.

Después dirigió una mirada cargada de desdén al hombre de los lentes.

—Si pensabas matarlos desde el principio... ¿por qué traerlos?

Exhaló lentamente una fina columna de humo.

—Su sangre arruina el aroma del té.

Sus ojos se entrecerraron.

—Procura no comportarte como un idiota cuando estoy presente, Laberinto.

Una sonora carcajada rompió el silencio.

—¡Ja, ja, ja!

Laberinto apoyó un codo sobre el respaldo de su silla.

—La única cosa capaz de arruinar el ambiente eres tú, Serpiente.

Sonrió con absoluta tranquilidad.

—Aunque debo admitir que hoy luces menos venenosa de lo habitual.

La temperatura del ambiente pareció descender varios grados.

La mirada de Serpiente era tan fría que habría podido congelar un lago.

Antes de que alguno de los dos volviera a hablar, una enorme figura se puso de pie.

Su sola presencia imponía más respeto que cualquier amenaza.

Observó a ambos durante unos segundos.

No había enojo en su rostro.

Solo una calma pesada.

Después volvió a tomar asiento.

—Serpiente.

—Laberinto.

Su voz grave hizo vibrar la mesa.

—No volveré a repetirlo.

Hizo una breve pausa.

—Esta es la primera vez en muchos años que las Seis Estrellas Negras se reúnen en un mismo lugar.

Su mirada recorrió lentamente a todos los presentes.

—No hemos venido a discutir entre nosotros.

—Hemos venido a decidir el futuro de nuestra organización... y el del mundo que está a punto de cambiar.

El silencio volvió a instalarse.

Entonces otra voz rompió la tensión.

Era el hombre de porte heroico que había entrado junto a la mujer del velo.

Su cabello dorado contrastaba con unas pupilas completamente blancas.

Sonreía con una calidez casi contagiosa.

—Montaña tiene razón.

Apoyó una mano sobre su pecho con teatralidad.

—¿Acaso no somos amigos?

Suspiró con exagerada tristeza.

—Los extrañé muchísimo.

Cada noche me preguntaba si mis queridos compañeros estarían bien...

Si estarían comiendo lo suficiente...

Si alguien estaría haciéndoles la vida imposible...

Qué dura puede ser la amistad cuando el cariño no es correspondido...

Su actuación era tan exagerada que rozaba lo ridículo.

Laberinto lo observó con absoluta indiferencia.

—Sigues siendo un pésimo actor, Máscara.

Máscara llevó una mano a su pecho, fingiendo haber recibido una herida.

—Qué cruel eres.

Negó lentamente con la cabeza.

—Yo solo intento mantener unido este hermoso grupo de amigos.

Después miró hacia el lugar donde habían muerto los músicos.

—Aunque...

Sonrió con tristeza.

—Tú sí que eres despiadado.

Aquellos pobres artistas tocaron con toda el alma.

¿Era realmente necesario matarlos?

Laberinto acomodó con calma sus lentes.

—No hables de crueldad.

Su mirada se volvió tan fría como una hoja de acero.

—De todos los presentes...

...el más cruel eres tú.

Máscara permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después sonrió todavía más.

—¿Ves?

Hasta mis amigos sienten envidia de mi bondad.

Qué desgracia la mía.

Un pesado suspiro escapó de Montaña.

—Basta.

Solo esa palabra bastó para que el ambiente volviera a congelarse.

Su mirada pasó lentamente de uno a otro.

—No pienso seguir perdiendo tiempo con discusiones infantiles.

Hizo una pausa.

Su voz se volvió aún más grave.

—Y estoy seguro de que ninguno desea comprobar qué ocurre cuando pierdo la paciencia.

Nadie respondió.

Ni siquiera Máscara.

Por primera vez desde que comenzó la reunión, el pabellón quedó completamente en silencio.

Montaña asintió levemente.

—Así está mejor.

Entrelazó las manos sobre la mesa.

—Ahora...

Hablemos de asuntos importantes.

Montaña recorrió la mesa con la mirada.

—Empezaremos por ti, Caramelo.

La joven, que hasta ese momento había permanecido completamente concentrada en un pastel, levantó la vista con tranquilidad. A simple vista no aparentaba más de quince años.

Terminó de tragar el bocado antes de responder.

—Todo marcha bien.

Tomó otro pastelillo como si hablar de negocios fuera tan cotidiano como merendar.

—Aunque últimamente nos está llegando demasiada mercancía defectuosa.

Le dio un pequeño mordisco.

—Muchos adultos y ancianos mueren con un solo azote.

Hizo una breve pausa para saborear el dulce.

—Creo que deberíamos pedir a los reclutadores que capturen más niños.

Son mucho más resistentes a la tortura.

Además...

Sonrió con total inocencia.

—Los nobles pagan mucho mejor por ellos.

Nadie mostró la menor reacción.

Montaña simplemente asintió.

—Hazlo.

Luego dirigió su atención al hombre cubierto por una oscura capucha.

Ni su rostro.

Ni sus manos.

Ni un solo fragmento de piel podía verse bajo aquellas telas negras.

—Misterio.

¿Cómo marchan las minas?

Durante unos segundos no obtuvo respuesta.

Finalmente, una voz grave emergió desde la oscuridad de la capucha.

—Hemos tenido un inconveniente.

Por primera vez, todos los presentes dejaron de lado el té.

—Los cristales de petrificación fueron robados.

El silencio se quebró de inmediato.

—¿Qué?

La exclamación fue casi unánime.

Montaña golpeó la mesa con tal fuerza que las tazas vibraron.

—¿Quién fue lo bastante estúpido como para robarnos?

Misterio negó lentamente con la cabeza.

—Lo desconozco.

Contacté con Lerwen.

Él tampoco sabe qué ocurrió.

Todo indica que la caravana que se dirigía hacia la Academia Cielo Eterno fue emboscada en el Bosque Susurrante.

Hice una investigación personal.

No encontré absolutamente ningún rastro.

Serpiente cruzó lentamente las piernas.

—¿Y si ese comerciante decidió quedarse con los cristales?

Montaña negó antes de que Misterio pudiera responder.

—No.

Lerwen será muchas cosas.

Pero no lo bastante valiente para convertirnos en sus enemigos.

Laberinto apoyó un dedo sobre la mesa.

—Entonces solo quedan unos pocos sospechosos.

Acomodó sus lentes.

—Dudo que el gremio o la realeza hicieran un movimiento tan torpe.

Levantó ligeramente la mirada.

—Si alguien fue capaz de atacar una caravana nuestra...

...apostaría por Colmillo Azul.

Montaña asintió.

—Investigaremos a esa organización.

Si fueron ellos...

se arrepentirán de haber nacido.

Un pesado silencio recorrió nuevamente la sala.

Después Montaña volvió a hablar.

—Laberinto.

¿Cómo avanza la subasta?

—Según lo previsto.

Dentro de un mes celebraremos una gran subasta en el bajo mundo de Trimbel.

Es el momento perfecto.

Todo el reino se dirige hacia esa ciudad.

Nobles.

Mercenarios.

Aventureros.

Sectas.

Todos llevarán dinero...

Y nosotros tendremos algo que venderles.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Montaña.

—Perfecto.

Después volvió la vista hacia la mujer del velo.

—Serpiente.

¿Cómo marcha el reclutamiento?

Serpiente apagó lentamente el cigarrillo.

—Sin problemas.

Aunque algunos candidatos siguen siendo demasiado débiles.

Mueren antes de convertirse en semillas útiles.

Montaña asintió.

—Continúa seleccionando solo a los mejores.

Entonces dirigió la mirada hacia el hombre de cabello dorado.

—Máscara.

¿Cómo avanzan nuestras relaciones con la nobleza?

Máscara apoyó tranquilamente la taza sobre el platillo.

—Mucho mejor de lo esperado.

Ya he conseguido la confianza de varios nobles influyentes.

Pero todavía necesitaré tiempo para acercarme a la realeza.

Hizo una breve pausa.

—Ellos son bastante más cuidadosos.

—¿Y las sectas?

La sonrisa de Máscara perdió parte de su calidez.

—Más complicado.

Son mucho más desconfiadas.

Un solo error...

y podrían borrar a nuestra organización del mapa.

Montaña permaneció unos segundos en silencio.

Finalmente habló.

—Entonces queda decidido.

Nuestro destino es Trimbel.

Y nuestro verdadero objetivo...

la Cueva Meteorito.

Su mirada recorrió uno a uno a los presentes.

—Movilizaremos a toda nuestra gente.

Quiero información.

Quiero el tesoro.

Y quiero descubrir quién se atrevió a desafiar a las Seis Estrellas Negras.

Nadie discutió la orden.

Mientras aquella reunión llegaba a su fin, el enorme bisonte dorado continuaba avanzando por los caminos del reino.

La ruta hacia Trimbel solía estar plagada de emboscadas, saqueadores y mercenarios.

Sin embargo...

Nadie se atrevía siquiera a mirar dos veces aquella caravana.

No era el gigantesco bisonte lo que inspiraba temor.

Era el estandarte que ondeaba sobre el pabellón.

Seis estrellas negras rodeaban un inmenso sol de color carmesí.

Aquel símbolo era conocido en todo el bajo mundo.

Pertenecía al Sol Sangriento.

La organización criminal que disputaba el dominio del continente con Colmillo Azul.

Y, sin que la mayoría del reino lo supiera...

todas esas fuerzas convergían hacia un mismo lugar.

Trimbel.

La tormenta comenzaba a reunirse sobre la ciudad.

Fin del capítulo.

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