El despacho del Primer Ministro de Noruega ya no existía como tal. Lo que antes era un santuario de la diplomacia, forrado en madera de roble y cristal templado, ahora era una caverna de ceniza, humo y terror. A través del inmenso ventanal destrozado, el cielo de Oslo sangraba un color naranja apocalíptico. A lo lejos, la silueta colosal de Thorius, el dragón que tapaba la luna, lanzaba ráfagas de magma que convertían los rascacielos en charcos de sílice fundida.
Arthur MaelMordha, el "Little Demon King", estaba de pie frente al abismo del ventanal. Su cuerpo, recién regenerado en una amalgama de porcelana endurecida y carne incandescente, emanaba un calor que hacía ondular el aire. Estaba fascinado con su propia obra, absorto en el sonido de las sirenas y los derrumbes.
En la esquina más oscura de la habitación, arrastrándose sobre la alfombra carbonizada, estaba Lars Jensen. El Primer Ministro tenía el rostro manchado de hollín y sangre. Sus pulmones ardían por el humo, pero su mente, entrenada para la supervivencia política, se aferraba a un último hilo de esperanza. Bajo las ruinas de su escritorio, oculto por los escombros, había un teléfono rojo de línea segura, un canal de fibra óptica subterránea que no dependía de los satélites que Arthur seguramente ya había frito con su estática de Sexta Generación.
Jensen extendió una mano temblorosa. Sus dedos rozaron el auricular. Con un movimiento agónico, lo descolgó y marcó un código de tres dígitos. La línea crujió con estática, pero conectó.
—¿Jensen? ¡Por todos los dioses, Jensen, ¿estás vivo?! —La voz de Stan Mcmillan, el Ministro de Defensa, sonó al otro lado, cargada de un pánico impropio de su cargo. Estaba en el búnker subterráneo de comando en las afueras de la ciudad.
—Stan... —susurró Jensen, su voz apenas un silbido ahogado para no alertar al monstruo que estaba a diez metros de él—. No tenemos tiempo. El ejército regular es inútil. La Segunda y Tercera Generación están siendo masacradas en las calles. Tienes que llamarlo. Llama a Mímir.
—¿Mímir? Señor, el protocolo para activar a Thoresen requiere autorización unánime del parlamento, él es...
—¡El parlamento está ardiendo, Stan! —le interrumpió Jensen, con lágrimas de desesperación cortando el hollín de sus mejillas—. Arthur no es un líder, es un demonio de la Sexta Generación. Y esa cosa que trae consigo... Mándalo a Japón. Que Mímir cruce el mundo ahora mismo. Dile a los altos mandos de la Asociación de Héroes que Noruega se rinde ante sus términos, que les daremos los derechos de extracción del Ártico, lo que quieran... pero que envíen a Aurion. Es el único que puede matar a esta cosa.
Jensen escuchó el sonido de la bota de Arthur moviéndose sobre los cristales rotos. El Rey Tirano empezaba a darse la vuelta.
—Hazlo, Stan. Ahora —susurró Jensen, y colgó el teléfono, dejándolo caer entre las cenizas justo cuando los ojos amarillos de Arthur se clavaban en él.
A cuatrocientos kilómetros al oeste, en la ciudad costera de Bergen, la realidad era completamente distinta. La lluvia caía suavemente sobre los tejados de tejas oscuras, y la brisa marina soplaba con una frialdad reconfortante. En un ático de lujo con vistas al fiordo, la guerra parecía una pesadilla ajena.
Arild Thoresen estaba profundamente dormido. Su cama, un mueble de diseño minimalista cubierto con sábanas de seda negra, era un enredo de extremidades. Tres mujeres, modelos de una agencia local que habían caído rendidas ante el encanto (y la abultada cuenta bancaria) del ingeniero, dormían plácidamente a su alrededor. Arild, un hombre de treinta y ocho años con un físico esculpido no por el gimnasio, sino por la biomecánica de la Cuarta Generación, soltó un gruñido cuando un sonido agudo e intermitente taladró su cerebro.
No era su teléfono móvil. Era un implante subdermal en su mastoides izquierdo, vibrando en una frecuencia encriptada de grado militar.
Arild abrió los ojos. Estaba cansado. Las fiestas de tres días siempre le pasaban factura a su metabolismo, que ya de por sí trabajaba horas extras para mantener a raya los nanobots de su sangre. Se desenredó cuidadosamente de las sábanas y de las chicas, caminando desnudo por el suelo de madera climatizada hacia la cocina para servirse un vaso de agua.
Pero antes de llegar a la nevera, se detuvo. Algo andaba mal. Sus sentidos, amplificados por la tecnología en su ADN, detectaron una anomalía en el ambiente.
Hundió la nariz en el aire. Olía a quemado. Pero no era el olor de una tostada olvidada o un cortocircuito en el edificio. Era un olor denso, antiguo, una mezcla de azufre purificado y roca derretida. El olor de la corteza terrestre abriéndose.
Arild frunció el ceño. Se acercó a los inmensos ventanales de su ático y deslizó la cortina. Lo que vio le heló la sangre, una hazaña difícil para un hombre con sangre nanotecnológica. No estaba solo mirando por la ventana; en los edificios colindantes, decenas de personas habían salido a sus balcones en plena madrugada, desafiando el frío, señalando hacia el este.
Arild salió a la azotea de su ático. El viento frío lo golpeó, pero sus ojos estaban fijos en el horizonte lejano, en la dirección donde debía estar Oslo. El cielo sobre las montañas no estaba negro; era de un rojo violento y pulsante. Y contra ese telón de fondo infernal, a una distancia que debería hacer imposible distinguir detalles, vio una silueta.
Era una monstruosidad colosal, con dos alas tan inmensas que sus bordes parecían arañar la estratosfera. Cada vez que la criatura batía sus alas, un resplandor naranja iluminaba las nubes desde abajo.
—¿Qué carajos...? —murmuró Arild, apoyando las manos en la barandilla de cristal—. ¿Acaso eso es un demonio?
Rápidamente, volvió al interior de la sala. Agarró un control remoto y encendió la inmensa pantalla plana incrustada en la pared. La señal parpadeó, llena de estática, hasta que sintonizó la única cadena nacional que seguía transmitiendo.
La imagen era caótica. La cámara temblaba violentamente. Una reportera, con el rostro manchado de ceniza y el casco de protección a medio abrochar, gritaba por encima de un estruendo ensordecedor.
"...¡Repito, el centro de Oslo ha caído! ¡Las fuerzas armadas han retrocedido hasta la línea de defensa secundaria en los bosques del norte! ¡Esa cosa... Dios mío, esa cosa no se detiene! ¡El fuego no es normal, está derritiendo el asfalto y el acero estructural de los edificios de la zona financiera en segundos!"
La cámara giró bruscamente hacia la izquierda. En la pantalla, Arild vio cómo una calle entera se hundía mientras un río de magma la atravesaba. Personas corriendo, coches explotando por la simple proximidad al calor extremo.
"...¡No sabemos si el Primer Ministro sigue con vida! ¡Las comunicaciones están cortadas! ¡A todos los ciudadanos que nos escuchen, evacuen hacia los fiordos, ale...!"
La transmisión se cortó abruptamente con un fogonazo blanco, reemplazado por barras de colores de ajuste.
En ese preciso instante, el implante en el oído de Arild volvió a vibrar, esta vez abriendo una línea de audio directa.
—Thoresen. Sé que estás despierto. Tus biométricos me dicen que tu ritmo cardíaco acaba de subir. —La voz de Stan Mcmillan sonó apresurada, casi histérica.
Arild caminó hacia el mueble bar, se sirvió dos dedos de whisky puro y se lo bebió de un trago.
—Ministro Mcmillan. Bonito amanecer nos está regalando. Supongo que esa parrillada en Oslo es el motivo de su llamada.
—Deja tu sarcasmo para otro día, Arild. Noruega está cayendo. El Rey de Irlanda, Arthur MaelMordha, ha cruzado el mar. Tienes una nueva misión, nivel Omega. Vas a ir hasta Japón, a la sede central de la Asociación de Héroes. Tienes que hablar con los altos mandos, usar nuestros códigos de máxima prioridad y pedir que envíen a Aurion. Ahora mismo.
Arild enarcó una ceja, sirviéndose un poco más de whisky.
—¿Japón? ¿Aurion? Stan, eso está al otro lado del planeta. Además, ¿qué pasa con nuestros héroes? ¿Dónde está el Escuadrón Valquiria? ¿Dónde está el 'Martillo del Norte'? Se supone que les pagamos miles de millones al año en contratos gubernamentales para que protejan este país de cosas como esta.
Gemini ha dichoCapítulo 10: La Lengua del Mentiroso y el Vuelo del Colibrí
El despacho del Primer Ministro de Noruega ya no existía como tal. Lo que antes era un santuario de la diplomacia, forrado en madera de roble y cristal templado, ahora era una caverna de ceniza, humo y terror. A través del inmenso ventanal destrozado, el cielo de Oslo sangraba un color naranja apocalíptico. A lo lejos, la silueta colosal de Thorius, el dragón que tapaba la luna, lanzaba ráfagas de magma que convertían los rascacielos en charcos de sílice fundida.
Arthur MaelMordha, el "Little Demon King", estaba de pie frente al abismo del ventanal. Su cuerpo, recién regenerado en una amalgama de porcelana endurecida y carne incandescente, emanaba un calor que hacía ondular el aire. Estaba fascinado con su propia obra, absorto en el sonido de las sirenas y los derrumbes.
En la esquina más oscura de la habitación, arrastrándose sobre la alfombra carbonizada, estaba Lars Jensen. El Primer Ministro tenía el rostro manchado de hollín y sangre. Sus pulmones ardían por el humo, pero su mente, entrenada para la supervivencia política, se aferraba a un último hilo de esperanza. Bajo las ruinas de su escritorio, oculto por los escombros, había un teléfono rojo de línea segura, un canal de fibra óptica subterránea que no dependía de los satélites que Arthur seguramente ya había frito con su estática de Sexta Generación.
Jensen extendió una mano temblorosa. Sus dedos rozaron el auricular. Con un movimiento agónico, lo descolgó y marcó un código de tres dígitos. La línea crujió con estática, pero conectó.
—¿Jensen? ¡Por todos los dioses, Jensen, ¿estás vivo?! —La voz de Stan Mcmillan, el Ministro de Defensa, sonó al otro lado, cargada de un pánico impropio de su cargo. Estaba en el búnker subterráneo de comando en las afueras de la ciudad.
—Stan... —susurró Jensen, su voz apenas un silbido ahogado para no alertar al monstruo que estaba a diez metros de él—. No tenemos tiempo. El ejército regular es inútil. La Segunda y Tercera Generación están siendo masacradas en las calles. Tienes que llamarlo. Llama a Mímir.
—¿Mímir? Señor, el protocolo para activar a Thoresen requiere autorización unánime del parlamento, él es...
—¡El parlamento está ardiendo, Stan! —le interrumpió Jensen, con lágrimas de desesperación cortando el hollín de sus mejillas—. Arthur no es un líder, es un demonio de la Sexta Generación. Y esa cosa que trae consigo... Mándalo a Japón. Que Mímir cruce el mundo ahora mismo. Dile a los altos mandos de la Asociación de Héroes que Noruega se rinde ante sus términos, que les daremos los derechos de extracción del Ártico, lo que quieran... pero que envíen a Aurion. Es el único que puede matar a esta cosa.
Jensen escuchó el sonido de la bota de Arthur moviéndose sobre los cristales rotos. El Rey Tirano empezaba a darse la vuelta.
—Hazlo, Stan. Ahora —susurró Jensen, y colgó el teléfono, dejándolo caer entre las cenizas justo cuando los ojos amarillos de Arthur se clavaban en él.
A cuatrocientos kilómetros al oeste, en la ciudad costera de Bergen, la realidad era completamente distinta. La lluvia caía suavemente sobre los tejados de tejas oscuras, y la brisa marina soplaba con una frialdad reconfortante. En un ático de lujo con vistas al fiordo, la guerra parecía una pesadilla ajena.
Arild Thoresen estaba profundamente dormido. Su cama, un mueble de diseño minimalista cubierto con sábanas de seda negra, era un enredo de extremidades. Tres mujeres, modelos de una agencia local que habían caído rendidas ante el encanto (y la abultada cuenta bancaria) del ingeniero, dormían plácidamente a su alrededor. Arild, un hombre de treinta y ocho años con un físico esculpido no por el gimnasio, sino por la biomecánica de la Cuarta Generación, soltó un gruñido cuando un sonido agudo e intermitente taladró su cerebro.
No era su teléfono móvil. Era un implante subdermal en su mastoides izquierdo, vibrando en una frecuencia encriptada de grado militar.
Arild abrió los ojos. Estaba cansado. Las fiestas de tres días siempre le pasaban factura a su metabolismo, que ya de por sí trabajaba horas extras para mantener a raya los nanobots de su sangre. Se desenredó cuidadosamente de las sábanas y de las chicas, caminando desnudo por el suelo de madera climatizada hacia la cocina para servirse un vaso de agua.
Pero antes de llegar a la nevera, se detuvo. Algo andaba mal. Sus sentidos, amplificados por la tecnología en su ADN, detectaron una anomalía en el ambiente.
Hundió la nariz en el aire. Olía a quemado. Pero no era el olor de una tostada olvidada o un cortocircuito en el edificio. Era un olor denso, antiguo, una mezcla de azufre purificado y roca derretida. El olor de la corteza terrestre abriéndose.
Arild frunció el ceño. Se acercó a los inmensos ventanales de su ático y deslizó la cortina. Lo que vio le heló la sangre, una hazaña difícil para un hombre con sangre nanotecnológica. No estaba solo mirando por la ventana; en los edificios colindantes, decenas de personas habían salido a sus balcones en plena madrugada, desafiando el frío, señalando hacia el este.
Arild salió a la azotea de su ático. El viento frío lo golpeó, pero sus ojos estaban fijos en el horizonte lejano, en la dirección donde debía estar Oslo. El cielo sobre las montañas no estaba negro; era de un rojo violento y pulsante. Y contra ese telón de fondo infernal, a una distancia que debería hacer imposible distinguir detalles, vio una silueta.
Era una monstruosidad colosal, con dos alas tan inmensas que sus bordes parecían arañar la estratosfera. Cada vez que la criatura batía sus alas, un resplandor naranja iluminaba las nubes desde abajo.
—¿Qué carajos...? —murmuró Arild, apoyando las manos en la barandilla de cristal—. ¿Acaso eso es un demonio? Las historias de la Sexta Generación decían que estaban locos, pero no que tenían mascotas salidas del inframundo.
Rápidamente, volvió al interior de la sala. Agarró un control remoto y encendió la inmensa pantalla plana incrustada en la pared. La señal parpadeó, llena de estática, hasta que sintonizó la única cadena nacional que seguía transmitiendo.
La imagen era caótica. La cámara temblaba violentamente. Una reportera, con el rostro manchado de ceniza y el casco de protección a medio abrochar, gritaba por encima de un estruendo ensordecedor.
"...¡Repito, el centro de Oslo ha caído! ¡Las fuerzas armadas han retrocedido hasta la línea de defensa secundaria en los bosques del norte! ¡Esa cosa... Dios mío, esa cosa no se detiene! ¡El fuego no es normal, está derritiendo el asfalto y el acero estructural de los edificios de la zona financiera en segundos!"
La cámara giró bruscamente hacia la izquierda. En la pantalla, Arild vio cómo una calle entera se hundía mientras un río de magma la atravesaba. Personas corriendo, coches explotando por la simple proximidad al calor extremo.
"...¡No sabemos si el Primer Ministro sigue con vida! ¡Las comunicaciones están cortadas! ¡A todos los ciudadanos que nos escuchen, evacuen hacia los fiordos, ale...!"
La transmisión se cortó abruptamente con un fogonazo blanco, reemplazado por barras de colores de ajuste.
En ese preciso instante, el implante en el oído de Arild volvió a vibrar, esta vez abriendo una línea de audio directa.
—Thoresen. Sé que estás despierto. Tus biométricos me dicen que tu ritmo cardíaco acaba de subir. —La voz de Stan Mcmillan sonó apresurada, casi histérica.
Arild caminó hacia el mueble bar, se sirvió dos dedos de whisky puro y se lo bebió de un trago.
—Ministro Mcmillan. Bonito amanecer nos está regalando. Supongo que esa parrillada en Oslo es el motivo de su llamada.
—Deja tu sarcasmo para otro día, Arild. Noruega está cayendo. El Rey de Irlanda, Arthur MaelMordha, ha cruzado el mar. Tienes una nueva misión, nivel Omega. Vas a ir hasta Japón, a la sede central de la Asociación de Héroes. Tienes que hablar con los altos mandos, usar nuestros códigos de máxima prioridad y pedir que envíen a Aurion. Ahora mismo.
Arild enarcó una ceja, sirviéndose un poco más de whisky.
—¿Japón? ¿Aurion? Stan, eso está al otro lado del planeta. Además, ¿qué pasa con nuestros héroes? ¿Dónde está el Escuadrón Valquiria? ¿Dónde está el 'Martillo del Norte'? Se supone que les pagamos miles de millones al año en contratos gubernamentales para que protejan este país de cosas como esta.
Se escuchó un golpe seco al otro lado de la línea, como si Stan hubiera golpeado una mesa por la frustración.
—¡Las agencias privadas se han negado a desplegarse! —gritó el Ministro, perdiendo la compostura—. ¡Dijeron que sus contratos cubren amenazas de hasta Quinta Generación, control de disturbios y defensa civil! ¡No quieren perder a sus héroes estrella contra un maldito dragón!
Arild abrió los ojos de par en par. La palabra hizo eco en su cabeza.
—¿Un dragón? —susurró Arild, mirando hacia la ventana, hacia la silueta alada que seguía incendiando el horizonte—. Así que esa cosa no era un demonio. Es un maldito dragón real. Con razón esos cobardes en mallas de colores se esconden.
Arild dejó el vaso sobre la mesa con un chasquido. Su mente analítica comenzó a procesar las variables. Una bestia ctónica. Un líder de la Sexta Generación con la mente fracturada. Esto no era una misión de rescate; era un suicidio diplomático y logístico.
—Stan —dijo Arild, su tono volviéndose gélido y mercantil—. Te recuerdo que yo renuncié a las agencias privadas y cambié a la sede "pública" por una sola razón: porque ustedes, los burócratas, cuando están desesperados, pagan mucho más que las corporaciones. Así que te lo preguntaré una sola vez: ¿Cuánto me van a pagar por convertirme en el cartero que salva el mundo?
—¡¿Estás bromeando, Thoresen?! —bramó Stan, su voz distorsionándose por la indignación—. ¡El país entero está en peligro! ¡Gente está muriendo carbonizada mientras hablamos! ¡Y tú me preguntas por dinero!
—El altruismo no paga el mantenimiento de mis nanobots, Stan —respondió Arild, caminando hacia una puerta oculta detrás de una estantería en su sala—. Si quieres patriotismo, llama a los boy scouts. Si quieres a Mímir, el fantasma que puede cruzar sistemas de defensa internacionales sin ser detectado y plantarse en la oficina de los jefes de Japón antes del desayuno, vas a tener que abrir la billetera. ¿Cuánto?
Se hizo un silencio tenso en la línea. Stan respiraba pesadamente. Sabía que no tenía otra opción.
—Tres millones —dijo finalmente el Ministro, escupiendo las palabras—. Tres millones de euros. Transferidos a tu cuenta offshore en Suiza en cuanto aterrices en Tokio y entregues el mensaje.
Arild sonrió. Una sonrisa depredadora.
—Trato hecho. Prepárate para ver cómo se mueve el dinero.
Arild cortó la comunicación. Salió a la calle en bata, bajó rápidamente las escaleras hacia el sótano de su complejo residencial y abrió la pesada puerta de acero de su cochera privada.
Las luces LED se encendieron en cascada, revelando un espacio que parecía un laboratorio de investigación cuántica más que un garaje. En el centro, sobre un podio de cristal, descansaba su traje y su vehículo.
Mientras Arild se despojaba de su bata y comenzaba a enfundarse en el traje de polímeros sintéticos, la verdadera naturaleza de su poder de Cuarta Generación cobraba vida. A diferencia de las generaciones inferiores, que dependían de la musculatura (1ra y 2da) o de la afinidad elemental (3ra), la Cuarta Generación manipulaba las leyes fundamentales de la física mediante simbiosis tecnológica.
Arild Thoresen era un pionero en la manipulación de la constante de Planck a nivel localizado. Su cuerpo estaba saturado de Nanitos de Compresión Cuántica, que se adherían a las membranas celulares y a las cadenas de ADN.
Cuando Arild activaba su poder, no "encogía" mágicamente. Estaba ejecutando una reducción forzada del espacio vacío entre los núcleos atómicos y las nubes de electrones dentro de su propia masa biológica. La fórmula que dictaba su existencia, conocida en el bajo mundo científico como la "Ecuación Mímir", era una aberración de la mecánica cuántica
Para evitar colapsar en un micro-agujero negro debido al aumento infinito de densidad al encoger su masa en un volumen casi nulo
los nanitos de Arild abrían micro-fisuras espaciales. Estas fisuras redirigían el 99.9% de su masa inercial hacia una dimensión de bolsillo momentánea —un "Espacio de Hilbert"— permitiéndole mantener la fuerza proporcional de un humano adulto mientras pesaba menos que un gramo de polvo en la realidad estándar.
El traje que se acababa de poner estaba diseñado con fibras de grafeno inestables que se encogían en perfecta sincronía con su campo biomagnético. Se ajustó el Casco-Interfaz "Sleipnir" sobre la cabeza. La visera oscura se iluminó con docenas de flujos de datos: temperatura, densidad del aire, rutas de vuelo y escáneres térmicos.
—Iniciando compresión —ordenó Arild en voz alta.
El proceso fue instantáneo y visualmente perturbador. Con un zumbido agudo, el espacio alrededor de Arild pareció succionarse hacia adentro. En menos de un parpadeo, el hombre de un metro ochenta desapareció de la vista humana.
Ahora, a tamaño microscópico, Arild corrió por el suelo de su cochera (que a sus ojos parecía un desierto de cráteres de concreto) y saltó hacia su vehículo.
No era un jet. Era un Colibrí Robótico de Infiltración Transcontinental.
A tamaño humano, el artefacto no era más grande que una nuez. Pero para el Arild miniaturizado, era una nave espacial de combate. Estaba construido con aleaciones de titanio-carbono y propulsado por un micro-reactor de fusión fría alojado en el abdomen del ave mecánica. Las alas no batían como las de un pájaro real; vibraban a frecuencias ultrasónicas para generar propulsión magnética.
Arild abrió la escotilla del lomo del colibrí y se sentó en la cabina de pilotaje. Conectó su casco a la interfaz de la nave.
—Destino: Tokio. Sede Central de la Asociación de Héroes. Altitud de crucero: 15,000 metros para evitar a esa cosa de fuego. Velocidad: Mach 4 sostenido.
Las alas del colibrí emitieron un zumbido inaudible para el oído humano. El ave robótica salió disparada por el respiradero del garaje, rasgando el aire como un misil invisible. A esa velocidad y tamaño, eluden cualquier radar militar del mundo. Mímir iba en camino. Noruega dependía de sus alas microscópicas.
Mientras el colibrí cruzaba los cielos del norte, el despacho del Primer Ministro en Oslo se había convertido en la sala de tortura personal del "Little Demon King".
Arthur estaba sentado con las piernas cruzadas sobre lo que quedaba del escritorio de caoba de Jensen. La madera humeaba ligeramente bajo su contacto. El Rey de Irlanda no llevaba camisa; su piel de porcelana regenerada y llena de venas que palpitaban con luz roja oscura lo hacían ver como un dios antiguo y cruel. La Corona del Ojo Rojo, incrustada permanentemente en su cráneo, latía al ritmo de su corazón.
En el suelo, Lars Jensen no paraba de hablar. Rogaba, negociaba, suplicaba.
—¡Le daremos los pozos petroleros! ¡Le entregaremos las bases de datos de la OTAN! ¡Por favor, Su Majestad, Arthur, detenga a la bestia! ¡Mi pueblo no tiene la culpa de la arrogancia de los Valmorth! ¡Todo el tesoro nacional está a su disposición! ¡Se lo suplico!
Las palabras salían de la boca de Jensen como una catarata de desesperación. Lloraba, con las manos unidas en señal de rezo.
Arthur, sin embargo, tenía la mirada perdida en el techo, apoyando la barbilla en su puño. Suspiró profundamente, un sonido cargado de aburrimiento existencial. La perorata del político le resultaba insufriblemente ruidosa.
—Hablas demasiado, Jensen —dijo Arthur, su voz baja y vibrante, obligando al Primer Ministro a callarse al instante—. Tu voz es como el zumbido de un mosquito atrapado en un vaso de cristal. Me da dolor de cabeza. Y cuando tengo dolor de cabeza... Thorius se pone nervioso.
Arthur bajó la mirada hacia el suelo lleno de escombros. A unos centímetros de la mano temblorosa de Jensen, había un pedazo de cristal roto, afilado y triangular, proveniente del ventanal destruido.
Arthur extendió una mano pálida y señaló el cristal.
—Saca la lengua, Jensen.
El Primer Ministro parpadeó, el terror congelando la sangre en sus venas. —¿Q-qué...?
—Que saques la lengua —repitió Arthur, con una sonrisa lánguida que no llegó a sus ojos amarillos—. Quiero verla.
—¡No! ¡Por favor, no! —Jensen retrocedió, arrastrándose hacia atrás como un cangrejo, el instinto de autopreservación superando su entrenamiento diplomático—. ¡No estoy armado! ¡No le he faltado al respeto! ¡Haré lo que ordene, pero por favor, no me mutile!
La sonrisa de Arthur se desvaneció, reemplazada por una máscara de frialdad psicópata. La Corona en su cabeza brilló con intensidad carmesí. A kilómetros de distancia, un rugido sordo hizo temblar los cimientos de la ciudad, y una nueva columna de fuego se elevó desde el distrito comercial de Oslo, iluminando el despacho con un resplandor sangriento.
—Si no sacas la lengua en los próximos tres segundos, Jensen, le ordenaré a Thorius que queme el hospital infantil que está a dos cuadras de aquí. Tres... dos...
Jensen cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Abrió la boca, temblando convulsivamente, y sacó la lengua.
Arthur asintió, satisfecho. Con un movimiento rápido, saltó del escritorio y se agachó frente al Primer Ministro. Recogió el pedazo de vidrio roto del suelo y se lo ofreció, poniéndolo en la mano del político.
—Tómalo. Ahora, te vas a cortar la lengua tú solo.
Los ojos de Jensen se abrieron de par en par, desorbitados por el horror absoluto. Miró el vidrio manchado de hollín en su propia mano, y luego miró a la criatura de Sexta Generación frente a él.
—¡Ggggh... e-estás loco! —balbuceó Jensen, la lengua aún fuera, dificultando su pronunciación—. ¡Eres un monstruo desquiciado!
Arthur soltó una carcajada cristalina, como la risa de un niño jugando con hormigas antes de quemarlas con una lupa.
—¿Loco? Eso me lo han dicho desde que era un niño, Jensen. "Arthur el Enfermo", me llamaban en los pasillos de mi propio castillo. Así que sí, tal vez esté loco. Pero las reglas de mi locura son absolutas.
Arthur se sentó en el suelo, cruzando las piernas frente a su rehén.
—Como te resistes a mi orden, vamos a jugar un juego. Para hacerlo justo. Un juego de adivinanzas, como los que jugaban los antiguos nórdicos en estas tierras. Tres turnos cada uno. Si yo gano, te cortas la lengua tú mismo, sin dudarlo. Si tú ganas... yo y Thorius nos vamos de Noruega ahora mismo y no volveremos jamás. Te doy mi palabra de Rey.
Jensen miró el vidrio. Miró la ciudad ardiendo. Su cerebro calculó las probabilidades. Era un político brillante, famoso por su agudeza mental. Si había una forma de salvar su país usando palabras en lugar de ejércitos que no tenía, debía tomarla.
Tragó saliva, guardó la lengua en su boca, apretó el vidrio en su puño y asintió.
—Acepto.
—Perfecto —ronroneó Arthur—. Empiezo yo. Escucha con atención, político.
Arthur inclinó la cabeza, sus ojos amarillos brillando con malicia.
—Devoro montañas, destruyo ciudades. No tengo boca, pero siempre tengo hambre. Si me das de comer, vivo; si me das de beber, muero. ¿Qué soy?
Jensen respiró aliviado. Era un clásico. La mente de Arthur tal vez estuviera rota, pero sus acertijos eran básicos.
—El fuego —respondió Jensen con firmeza.
Arthur aplaudió suavemente. —Correcto. Un punto para la burocracia. Tu turno. Intenta sorprenderme.
Jensen pensó rápidamente. Tenía que buscar algo abstracto, algo que un tirano egocéntrico no considerara en su día a día.
—Nace en el silencio de una sonrisa, se alimenta de susurros en la oscuridad. Cuanto más cerca la tienes, menos la ves venir. Y cuando sale a la luz, destruye reyes y reinos. ¿Qué es?
Arthur se quedó mirando a Jensen por un segundo. Luego, soltó un bufido de aburrimiento.
—La traición —respondió Arthur—. Qué poético, viniendo de un político. Yo vivo rodeado de traición, Jensen. Conozco su olor mejor que el de mi propia sangre. Cero a cero. Mi turno de nuevo.
La temperatura en la sala pareció bajar, a pesar del calor del cuerpo de Arthur.
—No tengo cuerpo, pero puedo ser asesinado. No tengo voz, pero puedo gritar en tu mente por las noches. No tengo peso, pero puedo aplastarte hasta hacerte suplicar por la muerte. ¿Qué soy?
Jensen frunció el ceño. El miedo amenazaba con nublar su juicio. "No tiene cuerpo... grita en la mente... te aplasta...". Las imágenes de las personas muriendo afuera pasaron por su cabeza. El arrepentimiento.
—La culpa —dijo Jensen, con la voz temblorosa—. O un recuerdo doloroso.
Arthur ladeó la cabeza. —Aceptaré ambas como correctas. Eres bastante perceptivo. A ver con qué me atacas ahora.
El Primer Ministro sabía que este era su momento. Tenía que arrinconarlo con un concepto físico paradójico.
—Es más grande que el mundo, pero cabe en un agujero. Cuanto más de ella hay, menos puedes ver. ¿Qué es?
Arthur parpadeó. Miró hacia las cenizas. Su mente de Sexta Generación, procesando datos de energía geotérmica a nivel continental, se topó con un obstáculo lógico simple. Se quedó en silencio por unos diez segundos, lo que para Jensen fue una eternidad de esperanza.
Finalmente, Arthur sonrió.
—La oscuridad. Un truco barato de percepción espacial. Me aburres, Jensen.
Estaban en la recta final. El último turno. La tensión era sofocante. El sudor empapaba la frente del político noruego.
—Bien, Jensen. La adivinanza final para ti —dijo Arthur, levantándose lentamente, caminando en círculos alrededor del Primer Ministro arrodillado—. Presta mucha atención, porque tu lengua depende de esto.
Arthur se detuvo detrás de Jensen. Su voz resonó justo en la nuca del político.
—No se puede comprar, pero puede ser robada. No se puede sostener, pero se puede perder para siempre. Es lo único que nos diferencia de las bestias, pero cuando se rompe, somos peores que ellas. ¿Qué es?
Jensen cerró los ojos, el pánico devorando sus neuronas. "Robada... perder para siempre... diferencia de las bestias...". Pensó en el alma. Pensó en la moralidad. Pensó en el dolor.
El tiempo se agotaba. Sintió el calor de la mano de Arthur acercándose a su cuello.
—¡La razón! —gritó Jensen—. ¡La cordura!
Arthur se detuvo. Suspiró teatralmente y caminó de vuelta al frente, aplaudiendo lentamente.
—Impresionante. Realmente creí que fallarías esa. La cordura, sí. Esa cosita frágil que ustedes los mortales valoran tanto. Felicidades, Jensen. Has empatado.
El Primer Ministro casi se desploma del alivio. Solo necesitaba una adivinanza más. Una que el Rey Demonio no pudiera responder, y Noruega se salvaría. Tenía que ser algo directo, algo que el ego desmedido de Arthur no le dejara ver por la pura obviedad de su locura. Pero Arthur saco otra adivinanza.
Jensen apretó el vidrio en su mano hasta que casi se corta la propia palma.
—Mi última adivinanza, Jensen. Presta atención.
Jensen lo miró directamente a los ojos amarillos. Su voz sonó más fuerte, cargada del peso de una nación entera.
—Es el símbolo de mi orgullo, la carga de mi locura. Está unida a mi sangre, pero me consume desde adentro. ¿Qué es lo que tengo en mi cabeza?
Arthur esperaba que Jensen entrara en una paradoja filosófica sobre la mente, el poder, o la locura. Estaba preparado para argumentar que cualquier respuesta abstracta era incorrecta.
Arthur lo miró fijamente. La sonrisa de su rostro se borró de inmediato. Sus ojos amarillos se abrieron de par en par, inyectados en una sorpresa repentina y un miedo casi palpable. Llevó ambas manos temblorosas hacia su propia frente.
—La... —balbuceó Jensen, su voz perdiendo la autoridad divina—. ¿Lo que tengo en mi cabeza...?
Arthur vio el quiebre. El monstruo estaba dudando.
—¡Responde! —exigió Arthur, sintiendo la victoria al alcance de sus manos.
—La corona... —dijo Jensen, su voz apenas un hilo, cayendo de rodillas. El cuerpo de Arthur pareció perder fuerza. Apoyó las manos en el suelo alfombrado de cenizas, bajando la cabeza como si el peso del Ojo Rojo lo hubiera aplastado de repente.
El silencio llenó el despacho. Solo se escuchaba la respiración agitada del Primer Ministro, que veía cómo el tirano colapsaba ante una simple adivinanza.
Paso un segundo. Dos segundos. Tres.
Y entonces, los hombros de Arthur empezaron a temblar.
No era un temblor de debilidad. Era una sacudida rítmica.
Desde el suelo, un sonido gutural empezó a brotar del pecho de Arthur. Empezó como un murmullo, luego un gorgoteo, hasta que estalló en una carcajada absolutamente desquiciada, estridente y maniática que hizo que los cristales rotos en el suelo vibraran.
Arthur echó la cabeza hacia atrás, riendo a carcajadas mientras se sostenía el estómago. Sus ojos amarillos brillaban con una crueldad pura y sin filtro.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Ay, por todos los demonios, Jensen! —Arthur se secó una lágrima de risa de su mejilla de porcelana—. ¡Eres un tonto! ¡Un completo e irremediable idiota!
El alivio de Jensen se evaporó al instante, reemplazado por un pozo de terror oscuro.
—¿Qué...? Yo... pero si respondí. Dije la corona. Y esa es la respuesta. Has perdido.
Arthur se levantó de un salto, su postura recta y amenazante volviendo en una fracción de segundo. Ya no había rastro del miedo que había fingido.
—¡Fallaste, político imbécil! —rugió Arthur, acercándose a Jensen con una velocidad inhumana—. La respuesta correcta era "pelo". ¡Tengo pelo en la cabeza! Tu respuesta era una basura filosófica.
El rostro de Arthur se contorsionó en una máscara de sadismo puro.
—Pero no acertaste mi estado mental. Así que el juego se acabó. ¡Has perdido!
Antes de que Jensen pudiera articular una sola palabra de protesta, antes de que pudiera intentar apuñalar a Arthur con el vidrio, la biología de la Sexta Generación actuó con una brutalidad insuperable.
La mano pálida de Arthur se disparó hacia adelante. Agarró la mandíbula de Jensen con una fuerza que hizo crujir el hueso, obligándolo a abrir la boca de par en par.
Con la otra mano, Arthur arrebató el pedazo de vidrio manchado de sangre del puño del Primer Ministro.
No hubo dudas. No hubo más juegos.
Arthur metió los dedos en la boca de Jensen, agarró la lengua resbaladiza y húmeda con un agarre de hierro y tiró de ella hacia afuera, estirando los músculos hasta su límite.
—Te dije que hablabas demasiado —susurró Arthur al oído del político.
Con un movimiento brutal y aserrado, Arthur hundió el cristal afilado en la base de la lengua de Jensen. El cartílago y el tejido se rasgaron bajo el filo del vidrio.
Los gritos de Lars Jensen fueron sonidos gargarizados y ahogados por su propia sangre, que brotaba a borbotones, empapando su camisa blanca y salpicando el rostro sonriente del Rey de Irlanda.
Con un último tirón violento, Arthur separó el órgano de la boca de su víctima.
Jensen cayó de costado, convulsionando en el suelo, llevándose ambas manos a la boca sangrante mientras emitía chillidos sordos de pura agonía.
Arthur se quedó de pie en medio del despacho en ruinas, sosteniendo el trozo de carne ensangrentada en su mano, mientras el vidrio caía al suelo con un tintineo tintineante. Miró la lengua de Jensen con asco y la arrojó a las cenizas.
Se giró hacia el ventanal, limpiándose la sangre de las manos en un tapiz destrozado.
—Thorius —susurró Arthur, la Corona del Ojo Rojo latiendo en su cabeza con un fulgor satisfecho—. Quema el resto de la ciudad. Ya no hay nadie aquí con quien valga la pena hablar.
Y a lo lejos, el dragón obedeció, desatando un nuevo infierno sobre la tierra. Mientras tanto, en las alturas invisibles de la atmósfera, un colibrí robótico volaba a la velocidad del sonido hacia Japón, llevando consigo la última esperanza de un mundo que ardía por el capricho de un rey loco.
