La mañana siguiente amaneció sobre Dublín como una mortaja de lino gris. No era una luz solar lo que bañaba las calles de la capital irlandesa, sino una neblina densa y pesada que se pegaba a las ventanas de cristal reforzado como un aliento frío y hambriento. En el Palacio de los MaelMordha, el mundo parecía detenido en un tiempo intermedio. Arthur no había dormido más que unas pocas horas; sin embargo, no había rastro de fatiga en su pequeño cuerpo. Sus ojos amarillos estaban inyectados en una claridad febril, una lucidez eléctrica que sugería que la oscuridad de la noche, en lugar de agotarlo, había actuado como un combustible para el fuego que corría por sus venas.
Para Arthur, el sueño era una pérdida de tiempo, una debilidad de los "hombres de superficie". Él sentía el pulso de la tierra, una vibración constante que subía por las patas de su cama y se filtraba en sus huesos. Era el latido de Irlanda, y esa mañana, el latido era más rápido, más exigente.
Encontró a Siobhan en el ala este de la Gran Biblioteca, un sector conocido como la Sección de las Raíces Negras. Era un lugar donde el aire olía a aceite de lámpara viejo, a pergamino que se deshacía y al aroma metálico del vapor que circulaba por las tuberías de bronce en las paredes. La anciana estaba encorvada sobre una mesa de caoba maciza, clasificando rollos de cuero que databan de la era de las invasiones vikingas. Al oír los pasos de Arthur —pasos que eran demasiado rítmicos y decididos para un niño de su tamaño—, la mano de Siobhan tembló levemente, dejando caer una pluma de ganso.
Ella levantó la vista y, por un instante, su rostro de pergamino se endureció. Siobhan había servido a tres generaciones de MaelMordha, pero nunca había visto una mirada como la de Arthur. Era una mezcla de temor ancestral y una fascinación que no podía evitar. En el niño veía la culminación de mil años de crueldad y sabiduría.
—Señora Siobhan —dijo él. Su voz no tenía la vacilación de la infancia; era plana, pulida como una piedra de río—. Quiero que siga contándome. Anoche el Códice me dio los métodos, pero yo busco los orígenes. He leído las crónicas de los castigos, pero hay lagunas en la historia del Ojo. Usted custodia las verdades que los reyes prefieren no encadenar en los libros públicos.
Siobhan dejó el pergamino con una lentitud ceremonial. Sabía que no podía negarle nada a ese par de ojos amarillos.
—¿Por qué buscas tanta sombra, pequeño señor? —preguntó ella, con una voz que era un susurro agrietado—. Tus hermanos, Aedan y Bran, ya han olvidado las lecciones de anoche. Para ellos, la historia es un adorno para sus uniformes. Se conforman con el poder que reciben como una herencia cómoda. Pero tú… tú buscas en las raíces negras. ¿Qué esperas encontrar allí abajo?
Arthur se acercó a la mesa y, con un movimiento ágil, se subió a una silla de respaldo alto sin esperar invitación. Sus dedos pálidos empezaron a trazar espirales invisibles sobre la madera milenaria de la mesa.
—La comodidad es el primer paso hacia la extinción —respondió Arthur, mirando hacia la penumbra de los estantes—. Mi padre mantiene la paz, pero la paz es solo un estancamiento decorado. Algún día conquistaré toda Europa. No como un general que gana tierras, sino como un soberano que reclama lo que siempre fue suyo. Para eso, necesito entender el mecanismo del mundo. Cómo empezó este fuego, cómo se mantiene y, sobre todo… cómo hacerlo arder más allá de nuestras costas.
Siobhan tragó saliva. El niño no hablaba con la arrogancia de un príncipe malcriado, sino con la certeza matemática de un profeta.
Arthur inclinó la cabeza, permitiendo que la luz de la lámpara de aceite hiciera brillar el tinte amarillo de sus pupilas.
—Hábleme de Thorius —soltó el nombre como si fuera una orden de ejecución.
La anciana se quedó petrificada. El nombre de Thorius era un tabú, una palabra que vibraba con una frecuencia peligrosa en las profundidades de Dublín.
—¿Cómo… cómo has llegado a ese nombre? —susurró ella, mirando frenéticamente hacia la puerta cerrada—. Nadie lo menciona. Ni siquiera vuestro padre, el Rey, se atreve a pronunciarlo sin hacer la señal del Ojo en su pecho. Es una palabra que atrae la desgracia.
Arthur sonrió. Era la misma sonrisa macabra que había aterrorizado a la sirvienta Rochelle la noche anterior.
—Anoche no solo leí el Códice. Bajé a la cripta de los Mapas Olvidados. Allí, entre los registros de impuestos y las genealogías, encontré una referencia a la Bestia del Abismo. Según los diarios del primer MaelMordha, el Ojo Rojo que ahora está engarzado en la corona de mi padre no es una simple gema de Sexta Generación. Es un fragmento. El corazón endurecido, o quizás el órgano sensorial, de una criatura que duerme bajo las raíces mismas de esta isla. Thorius. El gran guardián ctónico.
Siobhan se hundió en su silla, como si el peso de la revelación la hubiera aplastado. El secreto que había guardado durante cincuenta años acababa de ser descuartizado por un niño de once años.
—Thorius no es un dragón de los cuentos de hadas, Arthur —dijo ella, recobrando una seriedad sombría—. Es una fuerza de la naturaleza. Antes de que el hombre supiera encender un fuego, Thorius ya moldeaba el basalto de Irlanda con su aliento. El primer MaelMordha no lo derrotó; hizo un pacto. El Ojo es el vínculo, la cadena y el regalo. Es lo que mantiene al coloso en un sueño inducido. A cambio, la bestia exhala el calor que nos hace ricos y poderosos. Pero es un equilibrio frágil, niño. Un equilibrio de sangre.
Arthur escuchaba con una intensidad devoradora. Para él, esta información era más valiosa que todo el oro del tesoro real.
—Entonces la corona es un bozal —dedujo Arthur—. Mi padre la usa para mantener el orden, para que el pueblo lo ame porque sus pies no se congelan en invierno. Usa el poder de Thorius para ser un buen administrador. Pero Thorius… Thorius podría ser el motor de un imperio. Si el Ojo puede encadenar a un dios subterráneo, también puede proyectar ese calor como un arma.
Siobhan sacudió la cabeza, sus ojos nublados por las lágrimas del miedo.
—¿Por qué querrías despertar tal destrucción? Irlanda ya es la joya de Occidente. No hay hambre aquí, mientras en el continente las naciones se despedazan por recursos. Tenemos el secreto del vapor, el acero negro, la medicina mineral. ¿Qué más podrías desear que no tengas ya?
Arthur se puso de pie sobre la silla, ganando altura, mirando a la anciana desde arriba.
—No deseo posesiones, Siobhan. Deseo trascendencia. No quiero ser recordado como el tercer hijo de un rey que mantuvo las estufas encendidas. Quiero ser el Sol Negro que Europa nunca vio venir. El que despertó lo que otros, por cobardía, mantuvieron dormido.
Hizo una pausa, y su tono cambió a uno más gélido, casi profético.
—Además, el tiempo se nos acaba. Los de Dinamarca… la familia Valmorth. Están moviendo las piezas.
Siobhan palideció tanto que su piel pareció volverse traslúcida.
—¿Los Valmorth? Son leyendas de ultramar, Arthur. Sombras en el norte.
—No son sombras —replicó el niño—. Son depredadores en busca de un territorio. He escuchado a los guardias de la frontera hablar de la "Guerra de los Tres Hermanos". Sé que Laila Valmorth tiene cuatro hijos: Constantine, Hiroshi, John y Hitomi. Guerreros de generaciones puras. Siento su existencia como una presión en el aire, como si el Ojo Rojo intentara advertirme de que otros ojos, de color carmesí, están mirando hacia nuestra isla. Algún día vendrán por nosotros. Querrán nuestra corona. Querrán a Thorius para ellos.
Siobhan se levantó, temblando visiblemente. Sus manos, manchadas de tinta, se cerraron en puños.
—Si sabes eso, entonces deberías apoyar a tu padre en la defensa de nuestro hogar, no soñar con desatar a una bestia que no puedes controlar.
Arthur soltó una risa baja, un sonido que no tenía nada de infantil. Era una risa que parecía venir de un túnel profundo.
—Mi padre se defenderá con muros y tratados. Yo me defenderé con el fuego original. Despertaré a Thorius antes de que los Valmorth pongan un pie en Dublín. Y cuando lo haga, no solo salvaré a Irlanda… la convertiré en el centro de un mundo nuevo. Un mundo donde el calor solo pertenecerá a quienes tengan el valor de portar la piedra de sangre.
Arthur se bajó de la silla con una gracia felina. Se acercó a la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez hacia la anciana, que permanecía inmóvil como una estatua de sal.
—Gracias por la confirmación, Siobhan. Mañana quiero que me traigas los registros de la forja de la corona. Quiero saber cómo se rompe el sello del sueño de Thorius. No intentes mentirme; el Códice me dirá si lo haces.
La puerta de la biblioteca se cerró con un clic suave, un sonido definitivo que pareció resonar por todo el palacio.
Siobhan se dejó caer sobre sus pergaminos, sintiendo un frío que ninguna tubería geotérmica podía mitigar. No era el frío del invierno irlandés, ni el de la humedad de la niebla. Era el frío absoluto de la comprensión: el futuro de su nación ya no estaba en manos de un rey humano que buscaba la paz, sino en las de un niño que veía en el fin del mundo su propia oportunidad de gloria.
En el pasillo, Arthur caminaba hacia sus aposentos. Al pasar frente a un gran espejo de bronce, se detuvo. Miró su reflejo: un niño pequeño, vestido con sedas oscuras, de apariencia frágil. Pero en el reflejo, sus ojos amarillos no parpadeaban. Por un segundo, le pareció ver tras de sí la silueta de una bestia alada hecha de humo y brasas, una sombra que ocupaba todo el corredor.
Arthur no se asustó. Extendió la mano y tocó el frío metal del espejo.
—Pronto, Thorius —susurró—. Pronto dejaremos de soñar para empezar a quemar.
Afuera, la niebla sobre Dublín comenzó a disiparse, pero no porque saliera el sol, sino porque el suelo mismo parecía estar emitiendo un calor inusual, un vapor que nacía del miedo de una tierra que presentía a su nuevo amo.
