Los pasillos del Palacio de Dublín, una estructura que se hundía tanto en la tierra como se alzaba hacia el cielo, se enfriaban con una rapidez antinatural una vez que el Rey Magnussen se retiraba. El calor geotérmico, ese aliento cálido y sulfuroso que subía desde las profundidades del Ojo Rojo, se mantenía como un abrazo constante en las salas del trono y los salones de banquetes. Sin embargo, en las alas más antiguas y alejadas, como la Gran Biblioteca, el frío se colaba por las rendijas de las ventanas de hierro como un recordatorio de que, más allá de los muros fortificados, el invierno de Irlanda seguía siendo un verdugo implacable.
Arthur, el menor de los príncipes MaelMordha, no dormía. Su existencia parecía prescindir de la vulnerabilidad del sueño. Mientras sus hermanos mayores, Aedan y Bran, yacían en sus aposentos del piso superior, roncando con la despreocupación de quienes ven la historia como un simple trámite para heredar galones y mapas, Arthur permanecía en una vigilia perpetua. Para Aedan, las crónicas de Siobhan eran solo un pretexto para justificar futuras conquistas militares; para Bran, eran un manual de vigilancia y control poblacional. Pero Arthur… Arthur las bebía como si fueran el primer trago de sangre de un depredador joven.
A las dos de la madrugada, cuando el sistema automático de las lámparas de gas soltaba un chasquido metálico y las llamas se extinguían en un suspiro, el niño se deslizó fuera de su cama. Sus pies descalzos, pálidos y pequeños, no emitieron sonido alguno sobre el mármol veteado. Se movía con una fluidez que no pertenecía a un niño de su edad, evadiendo las patrullas de los guardias de élite con la facilidad de una sombra que conoce cada rincón de su propia oscuridad.
Llegó a la Sala de las Crónicas. La pesada puerta de roble, reforzada con bandas de hierro negro, estaba entreabierta. En el centro de la mesa circular, la vela roja que Siobhan había encendido horas atrás seguía ardiendo, aunque la mecha era ahora un hilo agonizante que luchaba contra la penumbra.
Arthur se sentó en la misma silla de respaldo alto. Frente a él descansaba el tomo que la anciana le había prohibido tocar: el Códice de la Piel y el Vapor. Era un libro grueso, cuyas tapas de cuero negro estaban surcadas por vetas rojas que parecían palpitar bajo la luz de la vela. Arthur extendió su mano y acarició la superficie; el cuero estaba tibio, casi como si conservara el calor corporal de quien lo encuadernó.
Al abrirlo, el niño no buscó poemas ni hazañas heroicas. Sus pupilas amarillas, dilatadas hasta casi borrar el iris, comenzaron a devorar los registros de los "Incidentes de Estabilización". No eran batallas; eran castigos metódicos diseñados por los MaelMordha para purgar la debilidad y proteger el secreto del Ojo.
Leía sobre la "Danza del Vapor", una tortura donde los traidores eran colgados de los talones sobre pozos geotérmicos abiertos. La descripción era quirúrgica: narraba cómo la piel se humedecía primero, luego se ampollaba en racimos blancos y finalmente se desprendía en jirones humeantes, dejando la musculatura expuesta al aire gélido del túnel hasta que el choque térmico detenía el corazón. Arthur no sentía náuseas. Sentía una curiosidad académica. Sus dedos pasaban las páginas con delicadeza, deteniéndose en las ilustraciones hechas con tinta de cinabrio que mostraban a niños de clanes rivales a los que se les extraía el globo ocular izquierdo para "alimentar" la piedra. La leyenda decía que el Ojo Rojo era una criatura hambrienta de perspectiva, y que cada ofrenda permitía al Rey ver un kilómetro más allá del horizonte.
Mientras tanto, en las estancias privadas de la corona, el Rey Magnussen yacía sobre sábanas de lino de mil hilos. Su pecho, ancho como un escudo, subía y bajaba con una lentitud pesada. A su lado, Rochelle, la sirvienta de ojos claros y hombros delicados, se mantenía despierta, observando el perfil de granito del hombre que gobernaba la isla. El silencio de la habitación era denso, interrumpido solo por el siseo lejano de las tuberías de cobre que transportaban el calor de la tierra por las paredes.
Rochelle alzó la vista hacia el techo tallado, donde las sombras de las vigas parecían dedos largos.
—Majestad… —susurró ella, con una voz que temblaba como una hoja seca—. Su hijo menor… Arthur.
Magnussen no abrió los ojos, pero su respiración se detuvo por un segundo.
—¿Qué pasa con él? —preguntó, con un tono que era un gruñido bajo.
—Sus ojos… —continuó Rochelle, ganando una valentía suicida—. No son los de un niño. Parecen los de un demonio que mira desde el fondo de un pozo. A veces, cuando paso por su cuarto, lo escucho hablar solo, pero no es su voz… es como si algo más lo estuviera usando de altavoz.
El Rey se movió con la rapidez de un rayo. En un solo movimiento fluido, su mano grande y callosa se cerró alrededor de la muñeca de la mujer, apretando hasta que el hueso crujió levemente. La obligó a girarse, encarando su furia. Antes de que ella pudiera gritar, el golpe llegó: una bofetada abierta que resonó en la alcoba como un latigazo.
Rochelle cayó hacia atrás, el labio roto y la mirada nublada.
—No vuelvas a decir eso —gruñó Magnussen. Se incorporó en la cama, y bajo la luz mortecina de la chimenea, los hilos azules de su cabello brillaron con una intensidad metálica—. Arthur fue el último regalo de mi esposa. Elionor murió dándole su última gota de vida a ese niño. Ella sabía que no lo vería crecer, pero me pidió que lo protegiera porque él es la verdadera esencia de nuestro linaje. Es lo único puro que me queda de una mujer que era demasiado buena para este mundo de piedra.
Magnussen se inclinó sobre ella, su sombra cubriéndola por completo.
—Si vuelves a insinuar que mi hijo es algo maligno, te enviaré a los niveles inferiores. Te aseguro que el Ojo encontrará tu lengua muy entretenida antes de consumirla. Ahora, lárgate.
Rochelle se levantó, temblando violentamente. Recogió su bata de seda y salió de la habitación sin mirar atrás, con las lágrimas rodando por sus mejillas y el sabor a hierro de su propia sangre en la boca.
El pasillo exterior estaba sumido en un frío que calaba los huesos. Rochelle caminó deprisa, con el corazón martilleando contra sus costillas, deseando llegar a la seguridad de las dependencias de los criados. Pero al pasar frente a la entrada de la Gran Biblioteca, se detuvo en seco. Una luz roja, tenue y pulsante como un latido, se filtraba por debajo de la puerta de roble.
Algo en su interior, un instinto de supervivencia que gritaba "corre", fue anulado por una curiosidad morbosa. Empujó la puerta apenas unos centímetros.
Allí estaba él. Arthur permanecía sentado, inmóvil, con el gran códice abierto sobre sus rodillas pequeñas. La vela roja proyectaba sombras grotescas sobre su rostro infantil. Pero lo que hizo que Rochelle estuviera a punto de desmayarse fue la sombra en la pared trasera. Debido al ángulo de la luz, la sombra de Arthur no era la de un niño. Las proyecciones oscuras se curvaban hacia arriba, formando dos estructuras que recordaban a cuernos retorcidos, y detrás de sus hombros, la sombra parecía desplegar unas alas membranosas que se agitaban levemente con el parpadeo de la llama.
Arthur no se giró, pero su voz, melódica y demasiado madura, llenó el aire de la biblioteca.
—Buenas noches, Rochelle. No te quedes ahí afuera. El frío es para los que no tienen fuego en la sangre. Ven. Siéntate conmigo.
La mujer retrocedió un paso, el terror paralizando sus pulmones.
Arthur alzó la vista y la miró fijamente. Sus ojos amarillos no solo brillaban; parecían emitir un calor propio que hacía que el aire a su alrededor vibrara.
—Este libro es maravilloso —dijo el príncipe, acariciando las páginas de piel humana—. Contiene la verdad que mi padre intenta ocultar con su falsa diplomacia. ¿Sabías que el bisabuelo de mi padre una vez capturó a un druida que intentó sellar el Ojo con cánticos antiguos? No lo mató de inmediato. Lo despellejó vivo, centímetro a centímetro, usando cuchillos calentados al blanco vivo para que las heridas se cauterizaran y el hombre no muriera desangrado demasiado pronto.
Arthur sonrió, y sus dientes blancos parecieron demasiado afilados en la penumbra.
—Usó la piel de la espalda del druida para encuadernar este tomo. Dice en el margen que, cuando llueve sobre Dublín, la piel de este libro todavía se estira y exhala el aroma del bosque. ¿No es fascinante? Es la inmortalidad a través del dolor.
Rochelle sintió que el mundo daba vueltas. Las sombras en la pared se alargaron, envolviendo los estantes de libros como si la oscuridad misma estuviera cobrando vida propia bajo el mando del niño.
—Y hay más —continuó Arthur, su voz volviéndose un susurro conspirador—. El tatarabuelo ahogó a toda una aldea en la costa porque uno de sus pescadores dijo haber visto el Ojo brillar desde el mar. Los obligó a entrar en un pozo de vapor. Primero a los niños, Rochelle. Quería que los padres escucharan cómo los pulmones de sus hijos se cocían antes de que ellos mismos fueran empujados al vacío. Dice que el vapor en Dublín olió a carne asada durante tres semanas completas.
La sirvienta chocó contra la puerta, sus manos buscando desesperadamente el picaporte.
—¿Por qué tienes tanto miedo? —preguntó Arthur, inclinando la cabeza con una ternura fingida que era más aterradora que cualquier grito—. Algún día, yo haré cosas mucho más grandes. Mi padre es un hombre de contención, un guardián que teme usar todo el calor que tiene bajo los pies. Pero yo no tengo miedo.
Arthur cerró el libro con un golpe seco que resonó como un disparo en el silencio de la biblioteca.
—Europa está fría, Rochelle. Las naciones del continente se han vuelto débiles, se esconden tras tratados y leyes humanas. Yo les devolveré el calor. Los quemaré hasta que solo queden cenizas, o los calentaré hasta que me adoren como a un sol negro. Seré el Rey que conquistó lo que mis antepasados solo se atrevieron a esconder.
Rochelle finalmente logró abrir la puerta y salió corriendo. Sus pasos resonaron desesperados por los pasillos vacíos, una huida inútil de una presencia que ya se había filtrado en sus pesadillas.
Arthur se quedó solo en la inmensidad de la biblioteca. Se levantó y caminó hacia la ventana alta que miraba hacia la ciudad. Afuera, la nieve caía con fuerza sobre los techos de Dublín, pero él podía sentir el pulso de la Piedra Roja vibrando bajo el suelo, enviando ondas de calor que solo él podía interpretar.
Apoyó la frente contra el vidrio helado. El contraste entre el frío exterior y el fuego que corría por sus venas le produjo un placer casi extático.
—Algún día —susurró, y su aliento empañó el cristal con un dibujo que recordaba a un ojo rasgado—. Toda Europa sabrá mi nombre. Y cuando el sol del cielo se apague, el sol que nace de la sangre de los MaelMordha será lo único que quede para iluminar la oscuridad.
La vela roja se extinguió por completo. Las sombras se retiraron a los rincones, pero en la penumbra absoluta de la Gran Biblioteca de Dublín, los ojos amarillos de Arthur MaelMordha siguieron brillando, fijos en un horizonte que ya empezaba a arder en su imaginación.
