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Chapter 215 - El Ojo en el Abismo

El aire en la Gran Biblioteca de Dublín, en aquel invierno de 2016, no olía a polvo ni a descuido. Olía a cera de abejas, a cuero curtido y al sutil aroma del ozono que emanaba de las rejillas de ventilación ocultas tras los estantes de caoba. Era una catedral del pensamiento donde cada libro encadenado a las mesas de piedra valía más que la vida de mil hombres en el continente.

El Rey Magnussen caminaba con una pesadez deliberada, sus botas de cuero negro resonando contra el mármol veteado como el pulso de un gigante. A su lado, tres niños lo seguían intentando imitar su paso firme. Eran sus herederos, los frutos de una sangre que se negaba a diluirse ante la modernidad. El mayor mantenía una postura rígida, casi marcial; el mediano observaba todo con ojos inquietos; y el pequeño... el pequeño poseía la mirada más profunda. Sus cuencas amarillas parecían absorber la escasa luz que las lámparas de gas permitían filtrar, como si ya conociera los secretos que las sombras intentaban ocultar.

Magnussen se detuvo frente a un arco de granito que conducía a la Sala de las Crónicas. Se giró hacia sus hijos. Su rostro, enmarcado por una barba cuidada y un cabello que ya mostraba los primeros hilos de un azul metálico, era una máscara de granito.

—Escuchen bien —dijo el Rey, y su voz era el rugido sordo de un volcán lejano—. El mundo que ven ahí fuera, esta Irlanda que respira paz y opulencia mientras el resto de Europa se desmorona en su propia debilidad, no nació del azar. No nació de la bondad de los santos ni de los tratados de los hombres. Nació del barro, del secreto y de la voluntad de aquellos que supieron mirar hacia el abismo cuando otros cerraron los ojos por miedo.

De las sombras de un estante emergió una sirvienta de avanzada edad, vestida con un hábito gris carbón. Sus manos estaban manchadas de tinta y sus ojos, aunque nublados por la vejez, brillaban con la lucidez de quien custodia una verdad peligrosa.

—Siobhan —ordenó el Rey—, llévalos a la sala especial. Cuéntales cómo se forjó este suelo. Cuéntales por qué el pueblo nos ama y por qué nos teme. No les des fábulas; dales la sangre de sus ancestros.

La mujer hizo una reverencia profunda. —Como ordene, Majestad.

Magnussen asintió, su mente ya en otra parte. Sin una palabra más, se dio la vuelta. En el pasillo lo esperaba otra sirvienta, mucho más joven, de hombros descubiertos y una mirada que prometía el calor necesario para apagar la frialdad de su intelecto. Magnussen la tomó del brazo con una urgencia dominante y desapareció por las escaleras que conducían a sus estancias privadas, delegando el peso de la historia en la anciana.

Siobhan guio a los tres príncipes hacia una cámara circular, cuyas paredes estaban cubiertas de tapices con mapas de una Irlanda prohibida. Cerró la pesada puerta de roble y el silencio se volvió absoluto.

—Siéntense, cachorros de lobo —dijo la anciana, encendiendo una única vela roja—. Su padre ha ido a buscar placer, pero ustedes han venido a buscar el peso de la corona. Y la corona pesa porque está hecha de la piedra más antigua de la creación.

Los niños obedecieron. El más pequeño no parpadeaba. Siobhan comenzó a hablar con un susurro rítmico, casi una oración.

Hace miles de inviernos, mucho antes de que existieran los mapas, estas islas eran solo rocas negras arrojadas a un mar de pesadilla. Los hombres no eran señores, eran presas que huían de un "Cielo" verdugo. Caían piedras de fuego de las nubes y el frío era una cuchilla que degollaba tribus enteras. Mientras en el continente construían templos a la luz, los primeros que llegaron aquí aprendieron que la luz solo servía para que los depredadores te encontraran.

Eran exiliados liderados por el primer MaelMordha. No traían acero, traían manos callosas y una desconfianza eterna hacia lo que venía de arriba. Caminaron por los pantanos del este hasta que MaelMordha sintió un hormigueo en la planta de los pies. Un calor sutil que no venía del sol, sino de las raíces mismas de la tierra.

—"Abajo" —decía MaelMordha—. "Allí no hay rayos. Allí la tierra nos abraza".

Llegaron a una región de montañas bajas, lo que hoy llamamos Wicklow. Notaron que el suelo nunca se congelaba; la nieve se transformaba en vapor antes de tocar la hierba. Empezaron a cavar. No buscaban tesoros, buscaban refugio. Cavaron con costillas de reno y piedras afiladas, hundiéndose en la oscuridad que tanto amaban.

En el décimo sol, MaelMordha llegó a una cámara que olía a sangre vieja y piedra fundida. Allí, incrustada en basalto puro, encontró una piedra del tamaño de una cabeza de buey. Era un cristal de un rojo tan intenso que parecía haber atrapado toda la agonía del mundo. No era estática: tenía vetas negras que recordaban a vasos sanguíneos y, en su centro, una mancha oscura fluctuaba con un ritmo propio.

—Parecía un ojo vivo —susurró Siobhan—. Un ojo que llevaba millones de años esperando a que alguien lo mirara.

Al tocarla, MaelMordha no sintió dolor, sino una inundación de conocimientos. Entendió el flujo del calor subterráneo, cómo doblar el metal con la voluntad y, sobre todo, que su linaje estaba ligado a ese "ojo" para siempre. La piedra pulsó, y el valle entero vibró por primera vez en milenios.

MaelMordha se giró hacia su tribu. Sus ojos ya habían adquirido ese tinte amarillento que hoy porta vuestro padre.

—"Ya no somos hombres" —declaró—. "Somos la piel de esta piedra. Ella nos dará el calor, y nosotros le daremos el orden".

A partir de entonces, la historia cambió. Mientras otras tribus se mataban por pastos, el clan MaelMordha se volvió invisible y superior. Usaron el conocimiento del Ojo Rojo para desarrollar tecnologías que el mundo no comprendería hasta siglos después. Canalizaron el vapor para calentar hogares y forjaron un hierro negro más resistente que cualquier bronce.

Pero el precio era alto. La piedra exigía mentes que soportaran su presión. Los hijos de MaelMordha nacían más inteligentes y fuertes, pero también más fríos. Sus corazones se volvían como el basalto.

Construyeron Dublín de abajo hacia arriba. El pueblo los amaba porque bajo los MaelMordha nunca hubo hambre ni frío. Pero el pueblo no sabía que ese calor venía de un ojo que nunca parpadea.

Siobhan miró fijamente al pequeño de los príncipes.

—Esa piedra roja fue el primer regalo del Abismo. MaelMordha no la encontró; ella lo encontró a él. Buscaba una estirpe de tiranos dispuestos a todo para que el fuego nunca se apague.

El niño más pequeño, aquel cuyo destino ya estaba marcado por la sangre de su propio padre, extendió la mano hacia la vela roja. Sus ojos amarillos reflejaban la llama con una curiosidad calculadora.

—¿Y dónde está la piedra ahora? —preguntó con una voz que hizo que Siobhan retrocediera.

La anciana sonrió de forma enigmática mientras apagaba la vela con los dedos.

—Está en todas partes. En el acero de la ciudad, en el calor de vuestras bañeras y en la sangre que corre por vuestro cuello. Pero si queréis ver su forma original, tendréis que esperar a ser lo suficientemente fuertes para portar la corona. Porque la corona no es de oro, pequeños señores... la corona es solo el marco de ese Ojo.

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