Ficool

Chapter 214 - El Refugio en el Fin del Mundo

La luz pálida de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de la habitación en la nueva hacienda de Nørre Nebel. Ryuusei Kisaragi despertó con un sobresalto, su cuerpo aún recordando el eco del dolor fantasma de la batalla en el coliseo. Se sentó al borde de la cama, frotándose los ojos y sintiendo el frío del suelo de madera bajo sus pies descalzos. La paz era un concepto extraño para él, casi alienígena, y su cerebro tardaba en procesar que no había enemigos al acecho.

De repente, la vibración frenética de su teléfono móvil sobre la mesa de noche rompió el silencio. Miró la pantalla. Era un canal encriptado. Al presionar el botón de aceptar, tuvo que alejar el aparato de su oreja casi de inmediato.

—¡IDIOTA! ¡¿Cuándo demonios piensas volver a la base?! —la voz de Aiko Ishikawa resonó con tanta fuerza que amenazó con reventar el altavoz.

Ryuusei hizo una mueca, pasándose una mano por su cabello negro, el cual ya no tenía rastros del tinte blanco de infiltración.

—Aiko, por favor, no grites. Acabo de despertar y mi cabeza todavía se siente como si Sylvan la hubiera usado de tambor —se disculpó Ryuusei con un tono de cansancio genuino—. Lo siento, de verdad. Han pasado muchas cosas aquí en Dinamarca. En unos días ya voy a estar volviendo a Canadá, lo prometo. ¿Cómo están las cosas por allá? ¿Cómo está Charles? ¿Su fiebre bajó?

Al otro lado de la línea, el tono de Aiko se suavizó, perdiendo la agresividad y adoptando esa seriedad táctica que la caracterizaba a pesar de su corta edad.

—Todo está bien por aquí, no te preocupes —respondió Aiko, soltando un suspiro de alivio—. Cuando llegamos con Charles, su cuerpo parecía un reactor a punto de fundirse. Pensamos que no lo lograría. Pero el viejo Arkadi supo qué hacer al instante. Nos hizo llevarlo a una laguna secreta y sagrada que está cerca del perímetro de la Base Genbu.

Ryuusei escuchaba atentamente, sintiendo cómo un peso inmenso se levantaba de sus hombros.

—Arkadi se paró en la orilla —continuó Aiko, la fascinación evidente en su voz—, empezó a recitar unas palabras rarísimas en un idioma antiguo, algo que ni los traductores pudieron captar, y apuntó con su bastón directamente al agua. La laguna entera empezó a brillar con una luz azul turquesa. Metimos a Charles allí para refrescarlo. El agua hirvió por unos minutos, pero la magia de Arkadi estabilizó su núcleo. Ahorita él se encuentra estable, sano y durmiendo como un bebé.

—Gracias a los cielos... —susurró Ryuusei, cerrando los ojos con gratitud. Saber que Charles había sobrevivido a su propio poder era la mejor noticia de la semana.

—Todos te están esperando, Ryuusei —dijo Aiko, recuperando un poco de su energía mandona—. Kaira ya está preguntando por sus regalos, Bradley está aburrido y yo necesito entrenar. Ah, y por cierto... tienes una visita importante esperando aquí en Genbu.

Ryuusei frunció el ceño, el instinto de alerta encendiéndose de nuevo. —¿Una visita? ¿Quién es? ¿La Asociación de Héroes nos encontró?

—No te preocupes por eso ahora —respondió Aiko con un tono misterioso y una pequeña risa burlona—. Cuando vengas lo sabrás. Solo date prisa, jefe.

Y sin darle tiempo a replicar, Aiko colgó la llamada.

Ryuusei se quedó mirando el teléfono con suspicacia. Suspiró profundamente y se levantó para vestirse. Minutos después, salió al pasillo de la casona y se dirigió a la sala principal, donde encontró a Hitomi Valmorth mirando por la ventana hacia los vastos campos daneses. Llevaba un suéter holgado y se veía mucho más relajada de lo que jamás la había visto en la Mansión Principal.

—Tengo buenas noticias —anunció Ryuusei, acercándose a ella—. Acabo de hablar con Aiko. Charles ya se encuentra bien. Arkadi logró estabilizar su temperatura en una laguna mágica. Está fuera de peligro.

Hitomi se giró, y una sonrisa genuina y radiante iluminó su rostro carmesí. Se llevó las manos al pecho, aliviada.

—¡Qué alegría! De verdad estaba muy preocupada por él. Verlo casi consumirse por su propio fuego fue aterrador —Hitomi ladeó la cabeza, mirándolo con curiosidad sincera—. Ryuusei... ¿qué tan fuerte es Charles realmente? Lo vi temblar todo el tiempo antes de la batalla, pero cuando liberó su energía... sentí que el mundo entero se iba a romper.

Ryuusei se cruzó de brazos, adoptando una postura reflexiva mientras recordaba la explosión que había borrado a Constantine del mapa.

—Charles es un caso único —explicó Ryuusei, su voz teñida de respeto—. Él es de Cuarta Generación. A pesar de ser un tipo tan tímido y asustadizo, es aterradoramente fuerte. Te lo digo en serio, Hitomi: tal vez, si él se lo propone y pierde el miedo a lastimar a otros, podría vencerme en un combate directo.

Hitomi abrió los ojos con asombro. Que Ryuusei admitiera que alguien podía superarlo no era algo de todos los días.

—Como habrás visto, Charles no necesita grandes conjuros. Él puede hacer explotar las cosas simplemente apuntando con su dedo —continuó Ryuusei, haciendo el gesto con la mano—. Y no solo eso, si se concentra lo suficiente y la adrenalina lo domina, puede hacer explotar cosas con la sola vista. Lo más aterrador es que ni siquiera él comprende su propio límite. No sabemos si su poder puede crecer aún más en el futuro.

Hitomi negó con la cabeza, sorprendida por la dualidad del chico.

—Es increíble... un poder tan masivo de destrucción habitando en un chico tan amable y tímido. —Hitomi se apoyó en el respaldo de un sillón—. ¿Y los demás? Los conozco de lejos, los vi pelear, pero nunca supe exactamente de qué son capaces. Cuéntame sobre tu equipo.

Ryuusei sonrió, sintiendo un orgullo inmenso por la extraña familia que había reunido a lo largo del mundo.

—Bueno, somos un desastre, pero un desastre funcional —empezó Ryuusei—. Tienes a Aiko, que es de Primera Generación. Ella tiene su espada y no tiene ningún poder de destrucción, pero es increíblemente fuerte y rápida; su destreza en combate cuerpo a cuerpo asusta a cualquiera. Luego está Sergei Volkhov, que también es de la Primera Generación, con precisión sobrehumana. No tiene poderes elementales, pero es un francotirador letal y muy bueno con cualquier tipo de armas de fuego.

Ryuusei comenzó a enumerar al resto con los dedos.

—Brad Clayton es de Tercera Generación, y controla la tierra, levantando muros y fosos a voluntad. Bradley es un velocista puro, casi imposible de ver cuando corre en serio. Charles, bueno, ya sabes, explota cosas. Amber Lee es de Tercera Generación, pero con habilidades biológicas y tóxicas avanzadas; es muy inteligente, nuestra doctora y científica. Kaira tiene poderes telepáticos para leer mentes y coordinarnos. Ezequiel Kross es una bestia de la Sexta Generación, y se puede teletransportar cortando el espacio con su hacha. Sylvan es un árbol biológico monstruosamente fuerte que se hace pasar por niño. Y finalmente, Arkadi Rubaskoj, el viejo, también es de Sexta Generación y domina una magia antigua que ni yo termino de entender.

Hitomi se quedó boquiabierta, procesando la magnitud táctica y el poder bruto que residía en ese pequeño grupo de renegados. Se sorprendió por la inmensa cantidad de personas tan peligrosas y únicas que Ryuusei había logrado reclutar bajo una sola bandera.

—Es... abrumador —confesó Hitomi—. Tienes un ejército de reyes sin corona, Ryuusei.

Él se encogió de hombros, riendo levemente. —A veces yo también me sorprendo de que no nos hayamos matado entre nosotros. Ya tendrás tiempo de charlar con todos ellos y conocerlos mejor cuando vayamos juntos a Canadá.

La mención del viaje futuro pareció despertar una idea en la mente de Hitomi. Sus ojos carmesí brillaron con una chispa de aventura.

—Ryuusei... ya que estamos libres por unos días antes de ir a tu base, y ya que John tiene todo bajo control aquí... —Hitomi dio un paso hacia él, entrelazando sus manos detrás de la espalda con una sonrisa traviesa—. Hay que ir a pasear. Quiero llevarte a un lugar muy especial para mí.

Ryuusei la miró, cautivado por la luz en su rostro. Después de tanta sangre y muerte, no podía decirle que no a nada que la hiciera feliz.

—Está bien —accedió él, rindiéndose ante sus ojos—. Si es lo que quieres, vamos. ¿A dónde nos dirigimos?

Hitomi dio un pequeño saltito de alegría que la hizo ver como la adolescente que el mundo le había impedido ser.

—¡A las Islas Feroe! —anunció con entusiasmo.

A la mañana siguiente, Ryuusei se encontraba sentado en un asiento de cuero blanco y reclinable que costaba más que la casa en la que él había crecido. Estaban viajando en un vuelo comercial, pero en la zona de Clase VIP más exclusiva que el dinero podía comprar, cortesía directa de las cuentas bancarias sin fondo de Hitomi. Ryuusei, vestido con ropa informal, se removía incómodo, sintiendo que los asistentes de vuelo lo juzgaban con la mirada, aunque en realidad lo atendían como a un rey. Nunca en su vida pensó que iba a viajar hasta allá, y mucho menos rodeado de lujo absurdo con champán y canapés de caviar.

El trayecto fue largo debido a las escalas obligatorias para aviones comerciales de ese tamaño en rutas nórdicas, demorándose dos días de viaje relajado hasta llegar al aeropuerto de Vágar. Al bajar del avión, el viento implacable del Atlántico Norte golpeó el rostro de Ryuusei. El paisaje era abrumador: acantilados de roca negra afilada que se hundían en un mar embravecido, montañas cubiertas de hierba de un verde radiactivo y nubes bajas que parecían tocar las cabezas de las ovejas que pastaban libres.

Ryuusei se ajustó la chaqueta para protegerse del frío cortante.

—Hitomi... —dijo Ryuusei, mirando alrededor, viendo solo neblina y pasto—. ¿Por qué venimos exactamente a la nada misma en medio de una isla perdida en el océano?

Hitomi, con su abrigo de lana blanca ondeando al viento, le puso un dedo sobre los labios, sonriendo con misterio.

—Cállate y solo confía en mí, Ryuusei —le ordenó juguetonamente.

Ryuusei levantó las manos en señal de rendición y le hizo caso. Contrataron un vehículo todo terreno que los dejó al pie de una montaña escarpada. A partir de allí, tuvieron que subir caminando. Subieron por unos archipiélagos conectados por puentes de piedra antiguos, con el sonido de las olas rompiendo brutalmente docenas de metros más abajo.

Mientras escalaban, Hitomi caminaba con la agilidad de alguien que conocía la ruta de memoria.

—Mi familia tiene una pequeña mansión por acá —comentó Hitomi casualmente, sin siquiera quedarse sin aliento por la subida.

Ryuusei se detuvo por un segundo, apoyando las manos en las rodillas. La palabra "pequeña" en el vocabulario Valmorth siempre era una trampa.

—Hitomi, te lo pregunto seriamente... —Ryuusei la miró con una mezcla de cansancio e incredulidad—. ¿Cuántas casas tiene exactamente tu familia?

Hitomi se detuvo y se llevó un dedo al mentón, poniéndose a pensar genuinamente mientras miraba el cielo gris.

—Mmm... tal vez tengamos unas ocho abandonadas solo por Dinamarca... y otras nueve, o quizás diez, alrededor del mundo. Sí, algo así.

Ryuusei se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir. Estaba saliendo con una chica cuya familia olvidaba mansiones millonarias como si fueran paraguas en un día de lluvia. Negó con la cabeza, riendo por lo absurdo de su propia vida, y siguieron subiendo.

A lo lejos, rompiendo la monotonía verde y gris del paisaje, Ryuusei divisó una estructura. A medida que se acercaban, no vio un castillo gótico y sombrío, sino una mansión sorprendentemente colorida, con paredes pintadas en tonos cálidos de rojo y amarillo, techos de turba tradicional y ventanales enormes que miraban hacia el abismo del mar. Era un hogar de verdad.

Estaban a punto de llegar al pórtico de madera cuando la puerta principal se abrió de golpe. Un hombre mayor salió caminando con paso firme. Tenía el cabello completamente blanco y unos ojos carmesí brillantes que atravesaban la niebla. Ryuusei, con sus instintos tácticos activados, dedujo de inmediato que era un Valmorth por esos rasgos genéticos inconfundibles que compartían todos, al igual que Hitomi.

El señor mayor no dijo "hola". Levantó una escopeta de caza de doble cañón y, sin dudarlo, disparó directamente al suelo, a escasos dos metros de las botas de Ryuusei.

¡BLAM!

La tierra y la grava saltaron por los aires. Ryuusei reaccionó en un nanosegundo. Su mirada se oscureció.

—¡Alto! ¡Deténgase, no somos enemigos! —gritó Ryuusei, poniéndose en posición de combate. La energía del caos empezó a vibrar en sus manos, y estaba a punto de pelear con él, con toda la intención de invocar un martillo para lanzárselo directo a la cara y romperle el cráneo por la agresión.

Pero antes de que la magia ancestral se materializara, Hitomi apareció velozmente detrás de Ryuusei. Levantó la mano y le dio un golpe seco y despacio en la parte posterior de la cabeza.

—¡Tranquilo, idiota! ¡No hagas ninguna locura! —le recriminó Hitomi, para luego girarse hacia el anciano armado, gritando con alegría—: ¡Alberto Valmorth!

El señor mayor, que mantenía el ceño fruncido, parpadeó. Al enfocar su vista cansada en la chica de abrigo blanco, bajó el arma lentamente. Su rostro arrugado se transformó por completo, y una sonrisa inmensa, llena de calidez y vida, se dibujó en sus labios.

—¡Mi niña! —exclamó Alberto, tirando la escopeta a un lado de los arbustos.

El anciano corrió hacia ellos con una vitalidad sorprendente. Al llegar, empujó a Ryuusei a un lado con su hombro, mandándolo al suelo de sentón sin ninguna delicadeza, y abrazó a Hitomi con una fuerza tremenda, levantándola un poco del piso.

Ryuusei, tirado en el pasto húmedo, frotándose la cabeza y el trasero, miraba la escena completamente indignado pero en silencio.

Alberto le daba besitos de felicidad en las mejillas y la frente a Hitomi, como un abuelo orgulloso. Hitomi también se alegraba enormemente, devolviéndole el abrazo y riendo a carcajadas.

—¡No puedo creer que estés aquí, pequeña estrella! —dijo Alberto, retrocediendo un paso para mirarla bien—. No sé qué haces por este rincón olvidado del mundo, pero me alegras el mes entero.

Hitomi sonrió, secándose una lagrimita de emoción. —Hay mucho de qué hablar, Alberto. Muchas cosas han cambiado.

El anciano asintió, pero luego su mirada carmesí se desvió hacia el joven de cabello negro que apenas se estaba levantando del suelo, sacudiéndose el barro de los pantalones.

—Y dime, mi niña... —preguntó Alberto, señalando a Ryuusei con el pulgar— ¿quién es el chico debilucho que está en el suelo? ¿Un sirviente nuevo? ¿Un guía turístico?

Hitomi se acercó a Ryuusei, entrelazó su brazo con el de él con total naturalidad y miró a Alberto con una sonrisa radiante y orgullosa.

—Es mi novio, Alberto. Se llama Ryuusei.

El anciano se quedó rígido. La mandíbula casi le llega al piso. El shock fue tan evidente que parecía haber visto un fantasma. Miró a Ryuusei de arriba abajo, escaneando su complexión delgada en comparación con los guerreros de la familia, y luego miró a Hitomi.

—¿Tu novio? —tartamudeó Alberto, incrédulo—. ¡Por todos los dioses de la sangre! ¿Cómo es posible que Hitomi Valmorth, la joya de la Sexta Generación, vaya a salir con un tipo de la calle sin poderes?

Hitomi soltó una carcajada cristalina y negó con la cabeza.

—Eso no es cierto, Alberto. No lo subestimes por su cara de niño bueno. Ryuusei es un chico de Quinta Generación. Es más fuerte de lo que aparenta.

Alberto entornó los ojos, no muy convencido, cruzándose de brazos mientras bufaba. Un Quinta Generación forastero era algo raro de ver, pero aún así le parecía poco para su querida Hitomi. Sin embargo, la mención de las jerarquías de poder trajo fantasmas del pasado a la mente del anciano.

—Si tú estás aquí con un extranjero... —Alberto bajó la voz, su tono volviéndose cauteloso—. Dime, ¿cómo está tu madre? ¿Y tus hermanos, Constantine e Hiroshi? ¿Laila finalmente te expulsó por tu rebeldía?

Hitomi intercambió una mirada sombría con Ryuusei. El peso de las últimas semanas volvió a caer sobre sus hombros.

—Es mejor que entremos a la mansión y hablemos con claridad —sugirió Hitomi suavemente—. Hace frío aquí afuera y la historia es muy larga.

El interior de la colorida mansión era cálido, adornado con madera de abedul y gruesas alfombras de lana de oveja. Una chimenea crepitaba en el salón principal, dando un contraste acogedor a la tormenta que amenazaba afuera. Se sentaron alrededor de una mesa rústica, y Alberto sirvió jarras de cerveza negra y espesa.

Allí, frente al fuego, Hitomi le explicó todo lo sucedido en las últimas semanas. Habló de su huida, de la locura de su madre, de la masacre en la Mansión Principal en Dinamarca, y de la brutal guerra civil. Explicó cómo su madre, Laila, murió ahogada en su propia ambición y sangre; y cómo sus dos hermanos, Constantine e Hiroshi, también perdieron la vida en el campo de batalla por mantener el trono. Finalmente, le contó que actualmente John, el hermano que todos subestimaban, era el nuevo jefe de toda la familia Valmorth, y que con él al mando, ya no iba a haber ningún tipo de discriminación o esclavitud hacia los mestizos o las ramas inferiores.

Alberto Valmorth trataba de procesar toda la abrumadora información con su viejo cerebro. Tomó un largo trago de cerveza, limpiándose la espuma del espeso bigote blanco con el dorso de la mano. Sorprendentemente, no había lágrimas ni luto en su rostro.

El anciano dejó la jarra sobre la mesa y, de repente, sonrió abiertamente. Se alegraba.

—Te seré muy honesto, niña —dijo Alberto, su voz gruesa resonando con alivio—. Nunca me cayó bien mi prima lejana, o sea tu madre, Laila. Para mí, ella era muy racista, podrida por dentro. Siempre quiso seguir todas esas antiguas y crueles tradiciones a rajatabla, creyendo que nosotros éramos dioses. Sabiendo desde siempre que las mujeres Valmorth son más fuertes que los hombres, ella usó ese poder para someter a todos, incluso a su propio esposo, Torben. Qué suerte que ya todo ese infierno se terminó y que las cosas están bien ahora.

Lo dijo de buena manera, sin malicia, sino como alguien que ha visto demasiada tiranía y por fin respira libertad. Hitomi lo entendió perfectamente y asintió, sintiéndose en paz de no tener que fingir dolor frente a él.

Alberto se recostó en su silla, mirando a la pareja. Su expresión se volvió pícara.

—Y me alegro mucho de que salgas con un buen chico, Hitomi —dijo Alberto, guiñándole un ojo—. A decir verdad, para mis adentros yo siempre pensaba que a ti no te gustaban los hombres, y que más bien preferías a las mujeres. ¡Con esa actitud tan fiera que te cargas!

Hitomi se puso roja como un tomate. Le tiró un cojín del sofá a la cara del anciano.

—¡Alberto! ¡Cállate, eso no es verdad! —le recriminó ella, muerta de la vergüenza mientras Ryuusei intentaba ocultar su risa tosiendo falsamente—. ¡No digas tonterías frente a él!

Se rieron juntos, llenando la cabaña con una energía curativa. Alberto, recuperando el aliento tras la risa, miró a Ryuusei directamente a los ojos y le apuntó con un dedo huesudo.

—Oye, forastero. Tienes la suerte de ir acompañado de una chica tan bella, noble y fuerte como ella. Cuídala mucho. Se nota a leguas que eres un buen chico, y eso es un milagro en el mundo en el que vivimos.

Ryuusei bajó la mirada, jugueteando con el asa de su jarra de cerveza. Esa frase siempre le pesaba.

—Le doy las gracias por el cumplido, señor Alberto —dijo Ryuusei con un tono suave pero melancólico—. Pero eso de "buen chico" no va realmente conmigo. Digamos que en el pasado he hecho cosas horribles. Soy una mala persona, y actualmente soy alguien muy buscado por muchas autoridades en el mundo.

Alberto se echó a reír a carcajadas, como si Ryuusei acabara de contarle el mejor chiste del mundo.

—¡Hijo mío, todos en esta familia estamos manchados de sangre y buscados por alguien! —bromeó Alberto—. Si tienes remordimientos, es porque tu alma sigue viva.

Pero la risa del anciano se cortó abruptamente. Llevó su mano derecha hacia su pecho, apretando la tela de su camisa sobre el corazón. Su rostro palideció y soltó un quejido sordo, cerrando los ojos por el dolor.

Hitomi se levantó de un salto, la silla cayendo hacia atrás por la fuerza, y corrió a su lado, asustada.

—¡Alberto! ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¡Ryuusei, haz algo! —gritó ella, el pánico tiñendo su voz.

El anciano levantó la mano izquierda lentamente, pidiéndole que se calmara. Respiró profundo unas cuantas veces hasta que el espasmo pasó, abriendo los ojos y esbozando una sonrisa débil para tranquilizarla.

—Tranquila, mi niña... no es nada. Es solo la edad —la calmó Alberto, acariciando su mano con suavidad—. Ya tengo 75 años. Los años del poder pesan en el cuerpo. Ya en uno de estos días voy a morir, y eso es algo natural. Bien sabes que todos los hombres Valmorth mueren alrededor de los 70 años debido al desgaste de la genética; es nuestro destino, y yo ya he vivido horas extras gracias al aire puro de esta isla. No llores por mí, que estoy listo para cuando el Segador me llame.

Hitomi tragó saliva, sus ojos brillando con lágrimas contenidas, y se agachó para abrazarlo con fuerza, escondiendo el rostro en el hombro de su viejo amigo y guardián de la infancia.

Alberto le devolvió el abrazo, mirando por el gran ventanal de la sala. Afuera, el cielo gris finalmente se había roto, y una fuerte lluvia comenzó a azotar los verdes prados de la isla.

—Mira nada más... —murmuró Alberto, señalando la tormenta—. Es un clima hermoso. Salgan. Vayan afuera y diviértanse, que la juventud es demasiado corta para gastarla preocupándose por viejos moribundos.

Hitomi se separó, secándose las lágrimas, y Ryuusei se acercó a ella. Le tomó la mano con suavidad.

—Vamos, Hitomi —le dijo Ryuusei, tirando un poco de ella—. Salgamos afuera para disfrutar de la lluvia. Es lo que él quiere.

Hitomi asintió y, dejándose guiar por Ryuusei, salieron de la mansión hacia la inmensidad de la pradera.

Alberto se quedó sentado en su sillón frente al fuego, mirando por la ventana. Desde allí, vio una hermosa escena: dos jóvenes enamorados corriendo y jugando bajo la lluvia torrencial, empapándose de pies a cabeza sin ningún tipo de preocupaciones. Se reían, salpicaban agua y se perseguían como si no fueran los seres más letales del mundo, sino simples adolescentes.

—Qué par de locos... —murmuró Alberto para sí mismo, sonriendo con nostalgia—. Ojalá la juventud de nuestra familia siempre sea así a partir de ahora. Libres de la maldición de la sangre.

Afuera, bajo el diluvio, el agua helada pegaba la ropa al cuerpo de Ryuusei. Hitomi, con su cabello blanco oscurecido por la humedad y el rostro empapado, se detuvo frente a él, respirando agitadamente por la carrera.

—Ryuusei... —preguntó Hitomi, elevando la voz para hacerse oír sobre el ruido de la tormenta— ¿Por qué te encanta tanto la lluvia? Siempre te veo salir cuando llueve, incluso en Canadá.

Ryuusei levantó el rostro hacia el cielo gris, dejando que las gotas heladas golpearan sus mejillas. Cerró los ojos por un segundo, buscando una respuesta profunda, pero al final, bajó la mirada hacia ella y se encogió de hombros, sonriendo con una honestidad desarmante.

—No lo sé —confesó él—. No tengo una razón poética o mágica. Simplemente... es hermoso. Me hace sentir limpio. Y cuando llueve, el mundo se queda callado por un momento.

Hitomi lo miró, cautivada por la sencillez de su alma. Sin importarle el frío, dio un paso adelante, se puso de puntillas y los dos se besaron. Fue un beso lleno de pasión y libertad, perdiéndose el uno en el otro. Ryuusei la rodeó con sus brazos y, con un movimiento fluido, la cargó, levantándola del suelo mientras ella enrollaba sus piernas alrededor de su cintura.

Se besaron sin pausa bajo una lluvia fuerte y con truenos retumbando en la lejanía, ignorando el viento del Atlántico. Al separarse, ambos riendo por la falta de aire, Hitomi apoyó la frente contra la de él.

—Oye, Ryuusei... —dijo ella, con un tono curioso y travieso—. Si en uno de estos días tenemos tiempo libre... ¿me puedes enseñar a regenerarme tan rápido como lo haces tú? Podría ser útil en la próxima pelea.

Ryuusei la bajó lentamente, parpadeando con absoluta incredulidad, el agua resbalando por sus pestañas.

—¿Qué? —Ryuusei la miró como si hubiera hablado en otro idioma—. Hitomi, eres una de las mujeres más fuertes del mundo, eres de la Sexta Generación, La Cima Desconocida del Poder... ¿Cómo es posible que no sepas cómo regenerarte a voluntad? Es como lo básico de nuestra supervivencia.

Hitomi se encogió de hombros, restándole importancia, y apartó un mechón de cabello mojado de su cara con indiferencia.

—Simplemente nunca me llamó la atención aprenderlo —respondió ella con total sinceridad—. Mamá intentó enseñarme, pero me parecía aburrido estar sanando células mentalmente. Prefería aprender a clavar mis lanzas en los pulmones de mis enemigos antes de que me tocaran. Si no te golpean, no necesitas regenerarte, ¿verdad?

Ryuusei se echó a reír a carcajadas, arrojando la cabeza hacia atrás, maravillado por la lógica brutal e impecable de la realeza Valmorth.

Ambos, tomados de la mano, bajaron corriendo por la colina cubierta de hierba resbaladiza hasta llegar a la orilla rocosa del mar. Sin dudarlo un segundo, se lanzaron a las olas grises y se metieron al mar a nadar, desafiando el frío extremo de las Islas Feroe con la calidez de su propia energía y juventud.

Desde la ventana empañada de la colorida mansión, Alberto los miraba a lo lejos. Vio cómo las cabezas de los dos jóvenes se asomaban entre las olas embravecidas, chapoteando y riendo en medio de un clima que mataría de hipotermia a cualquier humano normal en minutos.

El viejo Valmorth tomó un último sorbo de su cerveza, recostándose en el sillón con el corazón lleno de una paz que no había sentido en siete décadas.

—Qué par de locos enamorados —dijo en voz alta, y se rio con ganas, dejando que el sonido se mezclara con el crepitar de la chimenea. El mundo exterior podía estar en guerra, pero en ese rincón del fin del mundo, el amor había ganado su propia pequeña batalla.

More Chapters