Ficool

Chapter 213 - Un respiro entre el hielo y el mar

El viento cortante de enero soplaba sin piedad sobre las calles de Charlottenlund, arrastrando consigo el polvo, las cenizas y los últimos vestigios de la masacre que había sacudido los cimientos de la familia Valmorth. El cielo de Dinamarca, teñido de un gris plomizo y opaco, parecía observar en un silencio casi sepulcral las ruinas parciales de la imponente finca que había sido el epicentro de la guerra de los tres hermanos.

Ryuusei Kisaragi estaba de pie frente a la entrada principal, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo destrozado, observando cómo los equipos de limpieza y los sirvientes que quedaban leales comenzaban a remover los escombros. El aire frío golpeaba su rostro, pero después de haber sentido sus propios músculos desgarrarse y reconstruirse innumerables veces, el clima helado apenas era una molestia. A su lado, los pasos pesados pero firmes de John Valmorth rompieron la monotonía del viento.

John ya no caminaba como el heredero arrogante que alguna vez fue. Había una nueva pesadez en sus hombros, la clase de carga que solo el liderazgo absoluto de una familia en tiempos de crisis podía otorgar. Se detuvo frente a Ryuusei y, sin mediar muchas palabras iniciales, le extendió una bolsa de cuero grueso.

Ryuusei la tomó, sintiendo inmediatamente el peso desproporcionado del objeto. Al abrir levemente la cremallera, el verde de los fajos de billetes, apilados con una precisión casi obscena, se asomó en la penumbra.

—Esto es demasiado —dijo Ryuusei, frunciendo el ceño ligeramente, cerrando la bolsa con un movimiento seco—. No soy un mercenario al que puedas comprar con el exceso de la bóveda familiar.

—Y yo no te estoy comprando, Ryuusei —respondió John, con una voz ronca y serena, cruzándose de brazos mientras exhalaba una nube de vapor blanco—. Considera esto una compensación por tus servicios. Has hecho por esta familia mucho más de lo que cualquier aliado habría estado dispuesto a hacer. Sin ti, los Valmorth habrían terminado devorándose a sí mismos hasta los cimientos. Acéptalo. Te hará falta para lo que sea que vayas a hacer ahora.

Ryuusei sostuvo la mirada de John por unos largos segundos. Había una honestidad brutal en los ojos del Valmorth, una que Ryuusei había aprendido a respetar a base de golpes y sangre. Finalmente, asintió de manera apenas perceptible y acomodó la correa de la bolsa sobre su hombro.

—Hay muchas cosas por arreglar en este país y dentro de la facción —continuó John, girando la cabeza para contemplar la mansión parcialmente destruida—. Charlottenlund ya no es un lugar seguro para operar como el núcleo principal. Hemos decidido trasladar la sede. Nos vamos a mudar a la hacienda que queda en Nørre Nebel. Está más aislada, es más fácil de defender, y será la nueva mansión principal de los Valmorth.

Ryuusei asintió, comprendiendo la estrategia táctica detrás de la decisión. En ese momento, el crujido de unas botas sobre la nieve endurecida anunció la llegada de Hitomi. La chica caminaba hacia ellos con una expresión que mezclaba el agotamiento de los últimos días con una chispa de alivio innegable. Su cabello ondeaba suavemente con la brisa invernal, y al pararse junto a Ryuusei, sus hombros parecieron relajarse automáticamente.

John bajó la mirada hacia su hermana menor. Sus facciones, endurecidas por la guerra y las cicatrices recientes, se suavizaron de una forma que rara vez se le permitía a un líder. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia.

—Hitomi —comenzó John, con un tono que buscaba ser formal pero que inevitablemente se quebró con un matiz de afecto fraternal—. Esta mansión en la que estamos ahorita, o lo que queda de ella en la calle Charlottenlund... va a pasar a ser tuya.

Hitomi abrió los ojos de par en par, sus labios entreabiertos en una expresión de pura incredulidad. Miró las enormes columnas de piedra, los jardines cubiertos de nieve y escombros, y luego de vuelta a su hermano.

—Obviamente, la van a dejar completamente arreglada —se apresuró a aclarar John, casi sonriendo al ver la reacción de su hermana—. Cuando los albañiles y los arquitectos terminen con ella, será como si el incidente nunca hubiera ocurrido. Será tu propiedad, tu refugio. Para que hagas con ella lo que quieras.

Hitomi se quedó sin palabras. Sus manos juguetearon nerviosamente con el borde de su abrigo. Durante toda su vida, las propiedades y los bienes de los Valmorth habían sido herramientas de control político, cadenas de oro que ataban a los miembros de la familia a los designios de los mayores. Que John le entregara una mansión sin condiciones, simplemente como un regalo, era algo que no lograba procesar de inmediato.

—Yo... —balbuceó Hitomi, con los ojos cristalizándose levemente por la emoción contenida—. Gracias, John. De verdad, gracias.

Se acercó a él y, rompiendo cualquier protocolo de la fría familia Valmorth, lo abrazó con fuerza. John pareció dudar un segundo antes de devolverle el abrazo, envolviéndola con sus brazos protectores.

—Me da mucho gusto conocer a este nuevo John —susurró Hitomi, separándose de él con una sonrisa sincera y un poco burlona—. El antiguo John, el borracho y mujeriego que no le importaba nada, jamás habría hecho algo así.

John soltó una carcajada seca, rascándose la nuca con cierta incomodidad, mientras una leve sombra de arrepentimiento cruzaba su mirada al recordar su pasado.

—Solo trato de mejorar como persona, Hitomi —respondió, encogiéndose de hombros—. Supongo que casi morir un par de veces te da un poco de perspectiva. Disfruten su tiempo libre. Se lo han ganado.

Dicho esto, el líder de los Valmorth dio media vuelta y caminó de regreso hacia los vehículos blindados que esperaban en la entrada del camino, dejando a Ryuusei y a Hitomi solos en medio del paisaje nevado.

El silencio que siguió no fue tenso, sino extrañamente pacífico. Ryuusei miró la bolsa de dinero, luego sus propias manos, que hasta hace poco habían estado cubiertas de sangre, empuñando sus dagas de teletransportación y sus martillos del caos. Sentía que su cuerpo aún vibraba con la adrenalina.

—Bueno... —suspiró Hitomi, sacándolo de sus pensamientos, dándole un suave codazo en las costillas—. Ya que la guerra terminó, al menos por ahora, y ya que parece que eres ridículamente rico de un segundo a otro... ¿qué te parece si vamos a pasear por estas calles?

Ryuusei parpadeó, un poco descolocado por la normalidad de la propuesta. Pasear. Era un verbo que rara vez conjugaba en su vida diaria. Sin embargo, al ver el brillo en los ojos carmesí de Hitomi, cualquier respuesta negativa se desvaneció de su mente.

—Está bien —dijo Ryuusei, esbozando una media sonrisa que rara vez se permitía mostrar—. Me parece una buena idea.

Y así lo hicieron. Dejaron atrás las ruinas de Charlottenlund y se adentraron en las zonas comerciales de Dinamarca que no habían sido tocadas por la destrucción. El contraste era vertiginoso. Pasaron de un campo de batalla a calles adoquinadas y pintorescas, adornadas con luces cálidas que combatían la penumbra del invierno danés. La gente caminaba envuelta en gruesos abrigos y bufandas de lana, riendo, conversando y sosteniendo vasos de café humeante. Para Ryuusei, ver a civiles viviendo sus vidas cotidianas era como observar una obra de teatro de la que no formaba parte.

Hitomi, sin embargo, parecía decidida a arrastrarlo al escenario principal. Lo guio por las calles peatonales hasta detenerse frente a varias tiendas de ropa de diseño.

—No puedes seguir andando por ahí pareciendo un vagabundo letal —le recriminó ella en tono juguetón, empujándolo dentro de una boutique cálida y elegante.

Durante la siguiente hora, Ryuusei se convirtió en el maniquí personal de Hitomi. Lo hizo probarse abrigos largos de lana oscura, suéteres de cuello alto, bufandas tejidas y botas de invierno. Ryuusei, quien estaba acostumbrado a la eficiencia táctica de la ropa de combate, se sentía increíblemente torpe e incómodo frente a los grandes espejos de la tienda. Sin embargo, cuando salió del probador vistiendo un abrigo negro de corte limpio que se ajustaba perfectamente a su complexión atlética, junto con un suéter gris carbón que resaltaba el dorado de sus ojos, hasta él tuvo que admitir que el cambio era drástico.

—Mucho mejor —sentenció Hitomi, aplaudiendo levemente con una sonrisa de victoria—. Ahora pareces un chico normal que podría invitarme a salir, y no un terrorista internacional a punto de destruir la ciudad.

Ryuusei soltó un bufido divertido, acercándose al mostrador para pagar con algunos de los billetes que John le había dado. Mientras salían de la tienda, con las bolsas en la mano y el calor de la ropa nueva reconfortando su cuerpo, miró a Hitomi.

—Gracias —dijo en voz baja, pero con una sinceridad absoluta—. Hacía mucho tiempo que no me sentía... humano.

El estómago de Ryuusei rugió en ese momento, rompiendo la atmósfera emotiva. Hitomi soltó una carcajada cristalina que hizo que varias personas en la calle se giraran a mirarla.

—Es hora de comer —anunció Ryuusei, intentando recuperar su compostura y dignidad—. Yo invito. Vamos a donde quieras.

Pero de inmediato, Ryuusei se detuvo en seco, mirando las vitrinas, los letreros en danés y los menús incomprensibles en las puertas de los restaurantes. Era su primera vez en este país bajo circunstancias civiles, y no tenía la menor idea de qué se comía en Dinamarca, ni mucho menos cuáles eran los mejores lugares. Se quedó parado en medio de la acera, parpadeando con evidente confusión.

Hitomi volvió a reírse, esta vez tomándolo de la mano con una naturalidad que hizo que el corazón de Ryuusei diera un vuelco inesperado. El contacto cálido de su piel contra la suya era un contraste brutal contra el frío del ambiente.

—Déjamelo a mí, Ryuusei. Estás en mi territorio ahora —dijo ella, guiándolo por un laberinto de callejuelas hasta llegar a un restaurante acogedor y escondido, iluminado con velas y decorado con madera rústica.

Comieron platos que Ryuusei ni siquiera intentó pronunciar, pero que sabían a gloria. Carnes asadas a fuego lento, salsas densas y calientes, y panes artesanales que se deshacían en la boca. Hablaron de cosas triviales, evitando deliberadamente mencionar a La Muerte, a los Héroes, o a la inminente amenaza que pendía sobre sus cabezas. Por un par de horas, fueron simplemente dos adolescentes de dieciocho y diecinueve años refugiándose del frío.

Al salir del restaurante, con el cielo ya completamente oscuro y la nieve cayendo en copos grandes y lentos, Hitomi hizo una parada que Ryuusei consideró rozando en la locura. Lo arrastró a una heladería artesanal que, desafiando toda lógica climática, seguía abierta.

—¿Helado? —preguntó Ryuusei, levantando una ceja mientras su aliento formaba nubes de vapor—. Estamos a varios grados bajo cero. Si comemos helado, nuestros órganos se van a congelar.

—Tú eres una anomalía con regeneración celular hiperactiva, no te vas a morir por un poco de frío —bromeó Hitomi, empujándolo hacia el mostrador—. Además, el helado en invierno es una tradición que no pienso romper.

Hitomi pidió con entusiasmo un helado de sabor a lúcuma. A Ryuusei le pareció extraño encontrar un sabor tan exótico y lejano en pleno invierno escandinavo, pero no cuestionó la magia de los pequeños lujos. Por su parte, tras revisar las opciones, Ryuusei se decidió por un sabor a maracuyá, buscando algo cítrico y cortante.

Caminaron juntos por la calle vacía, congelándose los dedos pero disfrutando cada bocado. La acidez refrescante del maracuyá limpió el paladar de Ryuusei, mientras que la dulzura cremosa de la lúcuma de Hitomi parecía hacerla inmensamente feliz.

Al terminar el día, la fatiga comenzó a cobrar factura. Hitomi lo guio hacia un hotel cercano. No era uno de los palacios de lujo a los que los Valmorth estaban acostumbrados, sino un lugar normal, acogedor, con una calificación ligeramente alta, pero sin pretensiones. Lo mejor del lugar, descubrieron al entrar a su habitación, era el inmenso ventanal que ofrecía una vista ininterrumpida hacia el oscuro y embravecido Mar del Norte.

La habitación era cálida, alfombrada y estaba iluminada por luces tenues. Se quitaron los pesados abrigos y las botas húmedas, dejándose caer en un gran sofá frente a una televisión de pantalla plana. El sonido del oleaje golpeando contra la costa en la distancia era una melodía relajante.

—Hacía más de dos años que no veía una película —murmuró Ryuusei, recostando la cabeza en el respaldo del sofá, sintiendo que por primera vez en meses su guardia interna descendía por completo. Había estado tan inmerso en la supervivencia, en la sangre y en el entrenamiento, que la idea del entretenimiento humano le resultaba alienígena.

—Entonces tenemos que arreglar eso inmediatamente —declaró Hitomi, tomando el control remoto y navegando por los canales bajo demanda del hotel—. Vamos a ver un clásico. Algo que todo el mundo debe ver al menos una vez en su vida. Vamos a ver Titanic.

Ryuusei la miró de reojo, escéptico, pero no protestó. Se acomodaron en el sofá, compartiendo una gruesa manta de lana que encontraron en el armario. A medida que la película avanzaba, el ambiente en la habitación se volvió íntimo y relajado. Ryuusei, en contra de sus propios pronósticos, se vio absorbido por la trama, aunque su mente táctica no dejaba de analizar inútilmente las rutas de escape del barco hundiéndose.

Todo iba bien hasta que llegaron a la famosa escena final, con Jack aferrado al borde de la puerta de madera mientras Rose flotaba a salvo sobre ella en el océano helado.

Ryuusei soltó un bufido ruidoso y cruzó los brazos.

—Esa película está ridículamente sobrevalorada —sentenció, rompiendo el silencio dramático de la escena.

Hitomi pausó la película de inmediato, girando la cabeza hacia él con los ojos entrecerrados y una expresión de ofensa profunda, casi cómica.

—¿Perdón? ¡Es una obra maestra del cine romántico! ¿Cómo puedes decir que está sobrevalorada en la escena más triste de toda la maldita película? —exclamó ella, dándole un golpe suave en el hombro.

—Porque es ilógico —argumentó Ryuusei, inclinándose hacia adelante con la seriedad de quien está discutiendo una estrategia militar—. Mira el tamaño de ese tablón. Hay espacio más que suficiente para los dos.

—¡No es cuestión de espacio, Ryuusei, es cuestión de flotabilidad! —rebatió Hitomi, levantando las manos exasperada—. ¡Si los dos subían, la puerta se hundía y ambos morían congelados! Jack hizo el sacrificio definitivo por amor.

—Eso es una excusa pobre de física básica —insistió Ryuusei, señalando la pantalla congelada—. Podían haber tomado turnos. Podían haber atado uno de los chalecos salvavidas debajo del tablón para darle más sustentación. Rose se quedó ahí acostada como una reina mientras el tipo se convertía en un cubito de hielo. Rose pudo compartir el tablón, y lo sabes.

Hitomi lo miró fijamente por unos segundos, manteniendo una expresión de indignación total. Pero entonces, el labio inferior de Ryuusei tembló en un intento por contener una sonrisa. Hitomi no pudo soportarlo más y estalló en una carcajada limpia y fuerte. Ryuusei la siguió un segundo después.

La discusión intelectual sobre un pedazo de madera ficticio se disolvió en risas incontrolables. Se rieron hasta que les dolió el estómago, hasta que las lágrimas se acumularon en los bordes de sus ojos. Era una catarsis, una liberación de todo el estrés, la tensión y el dolor acumulado de los arcos anteriores. Por un instante, el mundo exterior desapareció por completo. No había enemigos, no había profecías, no había linajes malditos. Solo ellos dos.

Cuando las risas finalmente se apagaron, dejando solo sonrisas cansadas y respiraciones acompasadas, Hitomi apoyó la cabeza en el hombro de Ryuusei. El contacto fue suave, pero Ryuusei sintió que una corriente eléctrica le recorría la columna.

—Me alegra que estemos aquí, Ryuusei —murmuró Hitomi, mirando hacia la televisión apagada—. Ha sido el mejor regalo que podría haber pedido.

Ryuusei frunció el ceño ligeramente, confundido por sus palabras.

—¿Regalo? —preguntó, girando el rostro para mirarla—. ¿A qué te refieres?

Hitomi levantó la vista hacia él, con una sonrisa tímida y los ojos brillando a la luz tenue de la lámpara.

—Bueno... es que hoy es 20 de enero. Yo... hoy cumplo 19 años.

El mundo de Ryuusei se detuvo por completo. El cerebro del joven, capaz de procesar ataques a velocidades hipersónicas y elaborar complejas tácticas de combate en milisegundos, experimentó un cortocircuito absoluto. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras la realidad de la información lo golpeaba con la fuerza de un camión.

¡El cumpleaños de Hitomi! ¡Y no tenía absolutamente nada preparado! ¡Ni un regalo, ni una sorpresa, ni siquiera lo sabía!

Sin decir una sola palabra, Ryuusei se puso de pie de un salto, haciendo que la manta cayera al suelo.

—¡Vuelvo enseguida! —gritó, con el pánico evidente en su voz.

—¿Ryuusei? ¡Espera, ¿a dónde vas?! —preguntó Hitomi, sobresaltada y confundida al ver cómo él corría hacia la puerta.

Pero Ryuusei ya había cruzado el umbral, cerrando la puerta de la habitación de un portazo. Corrió por los pasillos del hotel a una velocidad inhumana, ignorando las miradas asustadas de un par de huéspedes en el pasillo, y salió a la calle.

El frío de la madrugada danesa lo recibió como un bofetón. Estaba nevando con más fuerza ahora, una tormenta invernal en toda regla. Pero Ryuusei no se detuvo. Corrió por las calles desiertas de la ciudad costera, buscando desesperadamente algo, cualquier cosa que estuviera abierta.

Casi todas las tiendas tenían las rejas bajadas y las luces apagadas. La desesperación comenzó a apoderarse de él. "¿Cómo pude ser tan idiota?", se recriminaba internamente mientras sus botas dejaban profundas huellas en la nieve fresca. Dobló una esquina, luego otra, sus sentidos agudizados buscando el más mínimo rastro de actividad comercial.

Finalmente, a unas cuatro cuadras del hotel, vio un pequeño letrero de neón parpadeante que decía "Åben" (Abierto). Era una tienda de conveniencia de veinticuatro horas, una gasolinera pequeña con una sección de regalos improvisada para turistas perdidos.

Ryuusei entró como un huracán, haciendo sonar la campanilla de la puerta con una fuerza excesiva. El viejo dependiente detrás del mostrador casi deja caer su taza de café al ver al joven agitado, cubierto de nieve y con la mirada frenética. Ryuusei ignoró las barras de chocolate y los llaveros baratos, dirigiéndose directamente a la única estantería que parecía tener algo remotamente aceptable como regalo.

Había unas cuantas tazas feas, mapas de la región y, en el estante superior, un grupo de animales de peluche. Agarró el primero que vio que no estuviera manchado de polvo: un pingüino de felpa absurdamente regordete, con una pequeña bufanda roja tejida alrededor de su cuello.

No era una joya invaluable. No era una espada forjada por dioses. Era un simple y patético pingüino de gasolinera. Pero era todo lo que tenía. Corrió al mostrador, arrojó un billete que superaba por diez el valor del juguete, y sin esperar el cambio, volvió a salir disparado a la tormenta.

Quince minutos después, la puerta de la habitación del hotel se abrió lentamente.

Hitomi, que estaba sentada en el borde de la cama, preocupada por su repentina desaparición, se puso de pie de inmediato. Al ver la figura que entraba, no supo si gritar o reír.

Ryuusei estaba empapado de la cabeza a los pies. El elegante abrigo negro que habían comprado horas antes estaba cubierto de una gruesa capa de nieve medio derretida. Su cabello oscuro estaba pegado a su frente, goteando agua fría sobre la alfombra del hotel. Estaba temblando levemente, y su respiración era agitada.

En sus manos extendidas hacia el frente, como si estuviera ofreciendo un sacrificio a una deidad enfurecida, sostenía el pingüino de felpa.

—Feliz... cumpleaños —jadeó Ryuusei, con la voz entrecortada por el frío y la carrera—. Yo... no lo sabía. Es lo único que encontré abierto. Lo siento.

Hitomi se quedó mirándolo por un segundo que a Ryuusei le pareció una eternidad. Luego, se llevó las manos a la boca y soltó una carcajada vibrante, genuina y llena de ternura. Caminó hacia él, ignorando que estaba completamente empapado, y tomó el pingüino de sus manos con un cuidado reverencial.

—Es perfecto, Ryuusei. De verdad lo es —dijo ella, abrazando el peluche contra su pecho, con los ojos brillantes—. Gracias. Ha sido la cosa más ridícula y hermosa que alguien ha hecho por mí.

Ryuusei dejó escapar un largo suspiro de alivio, quitándose el abrigo mojado y dejándolo caer sobre una silla. Se pasó una mano por el cabello húmedo, sintiendo que un rubor inusual calentaba sus mejillas.

—Bueno... para que estemos a mano en cuanto a sorpresas —murmuró Ryuusei, bajando la mirada momentáneamente por timidez—, tienes que saber que yo... yo cumplo diecinueve años recién el 26 de marzo.

Hitomi se detuvo en seco, abrazando al pingüino. Sus ojos carmesí se abrieron de par en par.

—¿El 26 de marzo? —preguntó, procesando la información—. Eso significa que... ¡soy mayor que tú!

—Por dos meses y unos días, no te emociones demasiado —replicó Ryuusei, cruzándose de brazos, tratando de mantener una fachada de dureza que fracasaba miserablemente frente a su estado de empapamiento.

—Ah, no, no, no. Las reglas son las reglas, Ryuusei —dijo ella, apuntándolo con una sonrisa juguetona, dando un paso más cerca de él—. A partir de hoy, tienes que tratarme con el respeto que merece una mujer mayor y más experimentada.

Ryuusei bufó, negando con la cabeza, pero la sonrisa en su rostro era innegable.

La atmósfera en la habitación cambió sutilmente. La broma se disipó en el aire cálido, dejando tras de sí una tensión eléctrica, íntima. Hitomi dio otro paso al frente, acortando la escasa distancia que los separaba. Levantó la vista hacia él, su expresión suavizándose por completo. Dejó el pingüino a un lado, sobre la mesita de noche.

—Tienes mucha suerte de estar saliendo con una chica como yo, ¿sabes? —susurró Hitomi, su voz apenas un murmullo que se mezclaba con el sonido del oleaje en la ventana. Sus ojos carmesí buscaron los dorados de Ryuusei, llenos de una vulnerabilidad que rara vez mostraba.

Ryuusei tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía con más fuerza que en cualquiera de sus batallas contra los Heraldos. Levantó una mano con cautela, sus dedos, acostumbrados a la empuñadura áspera de sus martillos, rozaron con una delicadeza temblorosa la mejilla de ella.

—Más que suerte... —susurró Ryuusei, inclinándose lentamente hacia su rostro, perdiéndose en la calidez de su mirada—. Es un milagro.

Sus labios se encontraron. No fue un beso apresurado, ni cargado de la desesperación trágica del fin del mundo. Fue un beso torpe, dulce y extraordinariamente tímido. Dos almas rotas, que albergaban un poder capaz de destruir ciudades enteras, descubriendo la fragilidad de la piel y el calor del otro. El tiempo pareció detenerse en esa habitación de hotel en Dinamarca, lejos de los Pilares, lejos de Aurion, lejos de los fantasmas del pasado. Se besaron sentados al borde de la cama, rodeados por el silencio de la nieve cayendo afuera y la promesa silenciosa de un refugio mutuo.

Cuando finalmente se separaron, ambos tenían las mejillas encendidas y la respiración superficial. Se miraron a los ojos, incapaces de borrar las pequeñas sonrisas de sus labios. La inmensidad de sus poderes de 5ta y 6ta generación no servía de nada frente a la inexperiencia de sus corazones.

La timidez juvenil se apoderó de ambos con una rapidez abrumadora. Sin necesidad de articularlo, compartían un mismo nivel de nerviosismo. Se levantaron, casi tropezando con sus propios pies, y tras desearse las buenas noches con voces un par de tonos más altas de lo normal, se dirigieron a dormir en camas separadas.

Afuera, el Mar del Norte rugía bajo la luna de enero. Adentro, bajo el peso de mantas calientes, Ryuusei cerró los ojos, escuchando la respiración tranquila de Hitomi a unos metros de distancia. Sabía que la guerra de los rebeldes estaba a la vuelta de la esquina, y que la sombra de los Héroes acechaba, pero por esta noche, el mundo estaba en paz.

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