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Chapter 201 - La Sombra de Yomotsu Hirasaka

Apenas la puerta de caoba maciza se cerró tras la salida de Ryuusei y Charles, el silencio en la oficina del Primer Ministro Sterling se rompió con la entrada apresurada de una mujer. Lesly, la jefa de estrategia de defensa nacional, entró con una carpeta llena de documentos clasificados bajo el brazo. Era una mujer de mediana edad, con el cabello gris recogido en un moño severo y una expresión que denotaba que no había dormido en semanas.

—Siéntese, Lesly —dijo Sterling, frotándose las sienes mientras miraba la silla vacía donde había estado Ryuusei—. Supongo que escuchó parte de la conversación con el enviado japonés.

Lesly asintió, tomando asiento con rigidez. —Señor Primer Ministro, necesitamos hablar seriamente sobre el estatus de Kisaragi Ryuusei. Sé que le tiene afecto personal al chico, pero la situación es crítica.

Ella abrió la carpeta y desplegó un mapa holográfico de Canadá, donde un solo punto brillaba con intensidad en los bosques del norte: la Base Genbu.

—Actualmente, nuestra defensa nacional depende casi exclusivamente del "Grupo Genbu" —explicó Lesly, señalando el punto—. Según nuestros últimos informes de inteligencia, son Ryuusei y diez individuos más. Un total de once personas. Pero no son once soldados cualquiera. Estamos hablando de usuarios que van desde la Cuarta hasta la Sexta Generación.

Lesly deslizó una foto de satélite sobre el escritorio.

—Sin la OTAN, desde que nos separamos para mantener nuestra alianza estratégica con Rusia y proteger nuestros recursos árticos, estamos aislados de Occidente. Ryuusei es nuestro único disuasivo nuclear viviente. Si nos quitan a Ryuusei, o si él decide volver a Japón... Canadá queda indefenso ante cualquier incursión de potencias extranjeras o amenazas de monstruos de Nivel Catástrofe.

Sterling suspiró, girando su silla para mirar por la ventana hacia el Parlamento. La nieve caía suavemente sobre Ottawa.

—Lo sé, Lesly. Créame que lo sé. —Sterling entrelazó los dedos—. Y es una suerte inmensa que lo tengamos de nuestro lado. Ese muchacho, a pesar de todos los problemas que trae, tiene un corazón noble. No nos ha pedido dinero, ni poder político. Solo un lugar para que su gente viva en paz.

—Pero esa paz se acabó, señor —insistió Lesly, su voz temblando ligeramente—. La Corte Internacional en Francia es una trampa. Si Ryuusei va allá, no saldrá libre. Japón y la Asociación de Héroes no buscan justicia, buscan control. Y si no logran controlarlo...

Lesly bajó la voz, como si pronunciar el nombre fuera a invocar una maldición.

—Lo enviarán a Yomotsu Hirasaka.

El nombre cayó como una losa de plomo en la habitación. Sterling se estremeció. Yomotsu Hirasaka no era una prisión común; era el agujero negro del sistema penal de héroes. Una instalación subterránea de máxima seguridad en Japón, diseñada específicamente para contener a Singularidades y amenazas de Sexta Generación. Se decía que quienes entraban allí perdían no solo su libertad, sino su nombre y su mente.

—Estoy al tanto de esa posibilidad —admitió Sterling con gravedad—. Pero Ryuusei ha sido claro conmigo. Él no quiere volverse ciudadano canadiense. Me ha dicho, mirándome a los ojos, que nunca cambiaría su nación de origen. A pesar de que Japón lo llama terrorista, él ama su tierra. Tiene fe en que algún día volverá a Tokio en paz.

—Esa fe va a ser su perdición, y la nuestra —sentenció Lesly—. Si lo encierran en Yomotsu Hirasaka, Canadá perderá su escudo. Y si intenta resistirse al arresto, tendremos una guerra en nuestro suelo. Estamos caminando sobre el filo de una navaja, señor.

Sterling asintió lentamente. —Lo sé. Por eso, lo único que podemos hacer ahora es rezar para que sobreviva a lo que sea que vaya a hacer en Dinamarca.

Mientras tanto, fuera de la oficina, la tensión era de una naturaleza diferente.

Ryuusei caminaba despacio por el largo pasillo alfombrado, con las manos en los bolsillos, intentando procesar la amenaza de juicio en Francia. Al levantar la vista, vio una escena que le llamó la atención. A unos cincuenta metros, cerca de la salida, Hitomi Valmorth estaba hablando con Naoki.

No era una confrontación. Parecía... cordial. Hitomi hizo una leve reverencia, propia de la nobleza, y Naoki asintió con respeto marcial antes de darse la vuelta. Ryuusei frunció el ceño. Sabía que las familias nobles y la Asociación tenían lazos, pero ver esa familiaridad le generó una punzada de curiosidad.

Sin embargo, lo que sucedió después fue más intrigante. Naoki, antes de irse, hizo un gesto discreto con la mano hacia Eider, quien estaba parada cerca de una columna revisando su teléfono. La maid asesina guardó el dispositivo y siguió al hombre lobo hacia un recodo apartado del pasillo, lejos de las cámaras de seguridad y de oídos indiscretos.

Ryuusei se detuvo y miró a Charles. El chico de la Cuarta Generación estaba a su lado, mirando fascinado las pinturas históricas de las paredes.

—Charles —susurró Ryuusei.

—¿Sí, jefe? —Charles dio un respingo.

—Necesito que hagas algo por mí. ¿Ves a ese tipo gigante, el hombre lobo, y a Eider? Se acaban de meter en ese pasillo lateral.

Charles asintió vigorosamente. —Sí, el señor que da miedo y la señorita que da más miedo.

—Quiero que los sigas —ordenó Ryuusei en voz baja—. Pero en silencio. Necesito saber de qué están hablando. Eider es mi "sirvienta", pero sigue siendo una empleada de ellos. No quiero sorpresas.

Charles tragó saliva, visiblemente nervioso. Su poder era crear explosiones nucleares, no el sigilo. —P-pero jefe... yo soy muy torpe. ¿Y si me escuchan?

—Confío en ti. Eres pequeño... bueno, más o menos. Solo pégate a la pared y no respires fuerte. ¡Ve!

Charles, impulsado por su lealtad ciega a Ryuusei, asintió y se deslizó por el pasillo, caminando de puntillas de una forma cómica pero sorprendentemente silenciosa para alguien de su poder.

Naoki se detuvo frente a una ventana que daba a los jardines nevados. Eider se paró a dos pasos de distancia, en posición de descanso, con las manos cruzadas sobre su delantal blanco.

—Informe de situación, Agente Eider —gruñó Naoki en japonés, sin girarse.

—Objetivo: Kisaragi Ryuusei. Estado: Vivo y cooperativo. Nivel de amenaza actual: Bajo debido a enfermedad viral (gripe) —recitó Eider con voz monótona.

Naoki se giró lentamente, sus ojos amarillos escaneándola de arriba abajo. Su ceño se frunció al ver el traje.

—¿Cómo lograste infiltrarte en la Base Genbu? Se supone que es una fortaleza impenetrable. Sus sensores detectan intrusos a kilómetros.

—Fue... estadísticamente sencillo —respondió Eider—. Aproveché una brecha en la seguridad perimetral causada por la negligencia de uno de sus miembros (Brad Clayton) y me oculté en el sistema de ventilación.

—Ya veo. —Naoki cruzó los brazos, sus músculos tensando la tela de su traje—. ¿Y el traje? ¿Es necesario para la misión? ¿Algún tipo de guerra psicológica para desestabilizar al objetivo?

Eider miró su propio vestido. —Es... parte de la cobertura. Ryuusei Kisaragi parece responder mejor a figuras no hostiles en entornos domésticos. El traje de maid facilita la proximidad física necesaria para un eventual asesinato.

—No me convence —dijo Naoki secamente—. Pero no estoy aquí para criticar tu vestuario. Lo que no entiendo es por qué te enviaron a ti.

Eider ladeó la cabeza. —¿Señor?

—El plan original de los Altos Mandos —explicó Naoki, bajando la voz— era mantenerte en reserva. Tú eras el último recurso. La "Opción Nuclear". Si Ryuusei perdía el control o se negaba a cooperar en el juicio, tú debías ser activada para eliminarlo. Enviarte ahora, antes del juicio, es un riesgo. Si él descubre quién eres realmente, perderemos la ventaja sorpresa.

—Me avisaron a último momento —admitió Eider—. La orden vino directamente de la Cúpula. Yo tampoco entiendo la prisa. Sin embargo...

Eider hizo una pausa, sus ojos ámbar suavizándose por una fracción de segundo.

—Mis observaciones indican que el perfil psicológico de Ryuusei es incorrecto. No es un sádico. No es un megalómano. Es... una persona buena. Se preocupa por sus subordinados, incluso por los más débiles. No muestra signos de corrupción por el poder de la Quinta Generación.

Naoki soltó un bufido áspero. Dio un paso hacia ella, su sombra cubriéndola.

—Escucha bien, Eider. No te pagan para hacer juicios morales. Te pagan para ejecutar órdenes. Sigue el plan que te dieron. Observa. Reporta. Y si llega la orden... ejecuta.

Naoki acercó su rostro al de ella, sus colmillos ligeramente visibles.

—Y por favor... no te encariñes. Sabes cómo terminan las cosas cuando un "arma" empieza a sentir. No quiero tener que cazarte a ti también.

Eider mantuvo la mirada, impasible. —Entendido. Misión ante todo.

Naoki asintió y se ajustó la corbata. —Bien. Me voy. La próxima vez que nos veamos, será en la Corte de Francia. Buena suerte.

El hombre lobo pasó por su lado y desapareció por el pasillo principal. Eider se quedó sola unos segundos, mirando la nieve caer.

—Puedes salir, Charles —dijo Eider en voz alta, sin girarse—. Tu respiración se aceleró cuando Naoki mencionó la palabra "ejecutar". Y pisaste una goma de mascar hace tres metros.

Detrás de una gran maceta decorativa, Charles se levantó lentamente, con las manos en alto y una sonrisa de pánico total.

—E-eh... hola, señorita Eider. Yo... eh...

—¿Ryuusei te envió a espiarme? —preguntó Eider, girándose lentamente.

—¡No! ¡No, no, no! —Charles agitó las manos—. Es que... se me cayó una moneda. Una moneda muy valiosa. De la suerte. Y rodó hasta aquí. Y yo estaba buscándola agachado porque... bueno, es pequeña.

Eider lo miró fijamente durante cinco segundos eternos. Charles sentía que esos ojos le hacían una radiografía al alma.

—Tu ritmo cardíaco indica mentira —dijo Eider—. Pero aceptaré tu excusa porque eres un pésimo espía y no representas una amenaza intelectual. Vámonos. Ryuusei nos espera.

Charles soltó el aire que tenía contenido. —S-sí, gracias. Usted es muy amable... a su manera terrorífica.

Ryuusei estaba sentado junto a Hitomi en los sofás de espera cuando vio volver a Charles (pálido) y a Eider (imperturbable).

Decidió no preguntar qué había pasado con Charles delante de ella. Se giró hacia Hitomi.

—¿Qué tal te fue? —preguntó Ryuusei, tratando de sonar casual—. Vi que el Primer Ministro salió un momento, pero... ¿pudiste hablar con Naoki? Lo vi pasar cerca de ti.

Hitomi se tensó imperceptiblemente. Acomodó un mechón de cabello blanco detrás de su oreja.

—No... no tuve tiempo —mintió Hitomi con suavidad—. Pasó muy rápido y parecía ocupado. Además, no creo que un enviado de la Asociación quiera hablar con una Valmorth fugitiva en público.

Ryuusei la observó. Sabía que mentía, o al menos omitía algo, pero decidió no presionar. Todos en ese grupo tenían secretos; él tenía los suyos.

—Entiendo. Bueno, lo importante ahora es cómo llegamos a Dinamarca. El avión del gobierno canadiense solo nos llevará de vuelta a la base.

—No te preocupes por eso —dijo Hitomi, sacando un pequeño sobre de terciopelo negro de su bolsillo—. Helly, antes de irse, me dejó esto. Son pasajes en una aerolínea comercial privada, bajo nombres falsos, y tarjetas de crédito con fondos de la cuenta personal de John. Mi hermano puede ser un idiota, pero es previsor. Tenemos los recursos para irnos cuando quieras.

—Bien por John —dijo Ryuusei—. Al menos su dinero servirá para algo útil.

En ese momento, la puerta de la oficina se abrió nuevamente. El Primer Ministro Sterling salió, acompañado de Lesly. El mandatario, al ver al grupo reunido, cambió su expresión de preocupación por una de diplomacia cálida.

Se dirigió directamente hacia Hitomi.

—Lady Valmorth —dijo Sterling, haciendo una leve inclinación de cabeza, reconociendo su estatus aristocrático—. Es un honor, aunque las circunstancias sean lamentables. Canadá lamenta profundamente la pérdida de su madre.

Hitomi se puso de pie y devolvió la reverencia con elegancia perfecta. —Gracias, Primer Ministro. Su hospitalidad ha sido una luz en tiempos oscuros.

Luego, Sterling posó su mirada en Eider. Sus ojos se detuvieron en la pequeña tarjeta de identificación que colgaba discretamente al lado de su pecho, bajo el delantal: Asociación de Héroes - Clase S - Ejecutor.

Sterling tragó saliva, pero mantuvo la compostura. Asintió hacia ella. —Agente. Espero que su estancia en nuestro país sea... pacífica.

—Dependerá de las circunstancias, señor —respondió Eider sin pestañear.

Finalmente, Sterling buscó a Charles. El chico estaba intentando esconderse detrás de Ryuusei.

—Charles, hijo, acércate un momento —llamó Sterling.

Charles se acercó tímidamente. Sterling le puso una mano en el hombro y bajó la voz para que solo él y Ryuusei escucharan.

—Escucha, Charles. Cuando tengas un momento a solas con Ryuusei... dile esto de mi parte. Dile que lamento en el alma no poder ayudarlos más en este asunto de los Valmorth. Mis manos están atadas por el Parlamento. No podemos enviar tropas ni apoyo oficial a Dinamarca sin provocar un incidente internacional. Están solos en esto.

Charles asintió con seriedad, sintiendo el peso de la responsabilidad. —Se lo diré, señor. No se preocupe. Nosotros cuidaremos al jefe.

—Sé que lo harán. —Sterling le dio unas palmaditas en la espalda—. Ahí afuera está el auto. Un transporte seguro los llevará de vuelta a la Base Genbu. Que Dios los proteja.

El viaje de regreso fue silencioso. El paisaje nevado pasaba velozmente por las ventanillas del auto blindado. Ryuusei miraba el horizonte, su mente saltando entre juicios en Francia, guerras en Dinamarca y asesinas durmiendo en su cama. Su dolor de cabeza había vuelto, un recordatorio palpitante de que no había descansado de verdad.

Al llegar a la base, el sol ya comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y naranjas.

Ryuusei bajó del auto y respiró el aire helado del bosque. Necesitaba aclarar su mente antes de dar el siguiente paso.

Entró en la sala principal, donde el resto del equipo estaba disperso. Bradley estaba jugando cartas con Sylvan, Aiko limpiaba su espada, Volkhov leía un libro en ruso y Kaira discutía con Ezequiel sobre qué canal de televisión poner.

—¡Atención todos! —gritó Ryuusei, su voz resonando en el búnker.

Todos se detuvieron y lo miraron. La seriedad en el rostro de Ryuusei, usualmente sonriente o quejumbroso, les indicó que esto no era una charla casual.

—Charles, Eider, Hitomi... reúnanse con el resto —ordenó Ryuusei—. Tenemos que hablar.

Ryuusei esperó a que todos formaran un semicírculo a su alrededor. Miró a cada uno de ellos: sus amigos, su familia disfuncional, su ejército personal.

—El tiempo de descanso se acabó —anunció Ryuusei—. Acabo de volver de Ottawa. La situación es la siguiente: Tenemos una orden de comparecencia en Francia para un juicio internacional que podría declararnos criminales de guerra. Pero eso tendrá que esperar.

Ryuusei señaló a Hitomi.

—Antes de enfrentarnos al mundo, tenemos que resolver una guerra civil. Nos vamos a Dinamarca. Vamos a entrar en la boca del lobo, en territorio de los Valmorth, para detener a un lunático que quiere jugar a ser dios.

Ryuusei hizo una pausa y miró a Charles.

—Y quiero que sepan algo... esta vez, no tenemos el respaldo de Canadá. No hay caballería viniendo a salvarnos. Estamos solos. Somos nosotros once contra el ejército privado más poderoso de Europa.

Una sonrisa desafiante se dibujó en el rostro de Volkhov. Bradley tronó sus nudillos. Aiko enfundó su espada con un clic metálico.

—¿Solos? —preguntó Ryuusei, devolviéndoles la sonrisa—. Me gusta esas probabilidades. Preparen su equipo. Nos vamos al amanecer.

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