Ficool

Chapter 202 - La Máscara del Pecado

La oscuridad en la habitación de Ryuusei era absoluta, rota únicamente por el brillo intermitente del humidificador que trabajaba incansablemente para limpiar sus pulmones. Ryuusei estaba despierto, con los ojos clavados en el techo de concreto, perdido en un laberinto de pensamientos que la fiebre ya no podía nublar.

Hacía semanas que disfrutaba de una tranquilidad relativa. Canadá era aburrido, sí, pero era un aburrimiento seguro. Se había acostumbrado a las tardes de videojuegos con Bradley, a las cenas ruidosas preparadas por Amber y a las discusiones triviales sobre quién lavaba los platos. Quería seguir así. Anhelaba, con una desesperación que le apretaba el pecho, que esa rutina fuera su vida para siempre.

—Nunca pedí esto... —susurró al aire viciado—. Nunca pedí que una chica linda con apellido maldito viniera a tocar mi puerta. Nunca pedí ser una Singularidad.

Pero la realidad no aceptaba devoluciones. Le tocaba seguir adelante, tragar saliva y enfrentar los problemas, aunque el miedo le mordiera los talones. Porque sí, Ryuusei Kisaragi tenía miedo. Miedo de volver a ver sangre, miedo de fallarles a los suyos, miedo de la guerra.

Y había algo más que lo mantenía inquieto. Snow.

Esa entidad, alucinación o síntoma —nunca había sabido definirlo con exactitud— no aparecía desde hacía mucho tiempo. Antes, cada vez que Ryuusei abusaba de su poder y terminaba vomitando bilis por el esfuerzo, Snow aparecía en las noches. Una presencia fría, una voz en su cabeza, una sombra. Su ausencia era un alivio, claro; a nadie le gusta ser acosado por sus propios demonios. Pero, paradójicamente, el silencio de Snow era sospechoso. Era como la calma antes de un tsunami. ¿Acaso se había ido para siempre o estaba acumulando fuerza en algún rincón oscuro de su subconsciente?

—¿Estás planeando tu testamento o simplemente cuentas las grietas del techo?

La voz, suave y carente de calidez, cortó sus pensamientos como una navaja de afeitar.

Ryuusei giró la cabeza lentamente sobre la almohada. Allí estaba Eider. Sentada en la silla del escritorio que había arrastrado silenciosamente hasta el borde de la cama. Lo miraba fijamente, sin parpadear, con esos ojos ámbar que parecían captar la luz residual de la habitación como los de un felino.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí mirándome? —preguntó Ryuusei, cansado.

—Cuarenta y dos minutos —respondió Eider con precisión—. Tu respiración cambió de ritmo hace diez. Sabía que estabas despierto.

Ryuusei suspiró y se pasó las manos por la cara. —Eider... en serio. ¿Cuándo te vas a ir? ¿Cuándo me vas a dejar tranquilo? Esto de tener una asesina velando mi sueño no es bueno para mi presión arterial.

—Me iré cuando complete mi misión —dijo ella, cruzando las piernas con elegancia, a pesar de llevar un pijama de algodón—. Y mi misión requiere que descubra la forma más eficiente de matarte. Hasta que mi algoritmo no encuentre una solución con un 100% de probabilidad de éxito, me quedaré aquí.

—Eso nunca va a pasar —replicó Ryuusei, girándose para quedar de costado, mirándola—. Y es una forma horrible de vivir, pensando en cómo matar a la gente que te da alojamiento y comida.

Hubo un silencio. Ryuusei la observó. A pesar de su frialdad, había algo fascinante en ella.

—Oye —dijo Ryuusei, rompiendo el hielo—. Tú sabes todo de mí. Sabes mis debilidades, sabes quiénes son mis amigos, sabes hasta qué marca de cereal como. Pero yo no sé nada de ti. ¿Tienes algún poder? Digo, eres Clase S. No llegas ahí solo sabiendo hacer té y romper cuellos.

Eider ladeó la cabeza. —Afirmativo. Poseo una habilidad de Sexta Generación.

—¿Y bien? —insistió Ryuusei—. ¿Cómo funciona?

—Clasificado —respondió ella—. Si te lo digo, podrías desarrollar contramedidas. Eso dificultaría mi misión de asesinato.

—¡Eso no es justo! —se quejó Ryuusei, sentándose en la cama—. ¡Es trampa! Tú tienes informes completos sobre mí. Sabes de mis Martillos, de la regeneración... ¡Juega limpio!

Eider lo miró con una ceja arqueada. —Mis informes indican que posees capacidades que no has utilizado desde el incidente en Tokio. Capacidades vinculadas a un artefacto específico. Una máscara.

El ambiente en la habitación cambió drásticamente. La temperatura pareció descender varios grados. Ryuusei bajó la mirada, sus manos se cerraron sobre las sábanas, apretando la tela hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—La máscara del Yin y el Yang... —murmuró Ryuusei. Su voz temblaba ligeramente.

—Los reportes de la Asociación mencionan picos de energía inestables cuando la usas —dijo Eider, sacando una pequeña libreta de la nada—. ¿Qué hace exactamente?

Ryuusei tragó saliva. El recuerdo de la máscara era físico; podía sentir el peso del material frío sobre su rostro.

—Es... complicado —empezó a decir, con la mirada perdida—. Cuando me pongo esa máscara, no es solo un aumento de fuerza. Es como si abriera una puerta que debería permanecer cerrada. Puedo utilizar poderes que van más allá de mi comprensión, manipular la energía de formas que violan las leyes de la física. Pero... tiene un precio.

Ryuusei se llevó la mano al pecho, justo encima del corazón.

—Cada minuto que la llevo puesta, siento como si me clavaran agujas hirviendo en el corazón. Son punzadas horribles, Eider. No es dolor muscular, es dolor vital. Y si la uso demasiado tiempo... empiezo a perder la vista. El mundo se vuelve gris, luego negro. He llegado a la conclusión que si abuso, podría quedar ciego permanentemente o mi corazón podría simplemente explotar.

Eider anotó algo en su libreta, pero su expresión se suavizó imperceptiblemente. —¿Solo daño físico?

Ryuusei negó con la cabeza. —Ojalá fuera solo eso.

Se abrazó a sus propias rodillas, haciéndose pequeño en la cama.

—Depende de la acción —confesó, su voz rompiéndose—. La máscara... se alimenta de la intención. Hubo una vez... fue hace un año creo, ya no me acuerdo. Un grupo de personas hicieron daño a Aiko. Yo... perdí el control. Me puse la máscara.

Ryuusei cerró los ojos con fuerza, intentando bloquear las imágenes que asaltaban su memoria.

—No los maté rápido. Los torturé, Eider. Les hice cosas... cosas feas. Cosas que un humano no debería ser capaz de imaginar. Quebré cada hueso de sus cuerpos sin dejarlos morir. Y mientras lo hacía, la máscara cambió. La parte blanca, la del Yang... empezó a ser devorada por la negra. Se volvió oscura. Sentía placer al escuchar sus gritos.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Ryuusei.

—Si no fuera por Aiko... —susurró—. Ella se dio cuenta. Corrió hacia mí, arriesgándose a que la matara, y me arrancó la máscara a la fuerza. Cuando volví en mí, vi lo que había hecho. Lamento mucho haber llegado a ese punto. Me sentí como un monstruo. Por eso no la uso. Por eso prefiero ser el idiota que se queja por una gripe.

Ryuusei escondió la cara entre sus rodillas, avergonzado. Esperaba un comentario sarcástico de la asesina, o tal vez que anotara "debilidad emocional" en su libreta.

Pero no escuchó nada.

De repente, sintió unos brazos rodearlo.

Ryuusei se tensó, sorprendido. Eider lo estaba abrazando. No era un abrazo cálido y maternal como el de Amber, ni un abrazo de camaradería como el de Charles. Era un abrazo firme, sólido, casi técnico, pero cargado de una intención extraña de consuelo.

Ryuusei no pudo contenerse más y soltó un par de sollozos, dejando que la tensión acumulada saliera. Las lágrimas mojaron el hombro del pijama de Eider.

—Lo siento... —balbuceó Ryuusei—. Estoy llorando como un niño... estoy manchando tu ropa...

—El fluido lagrimal se lava —dijo Eider cerca de su oído. Su voz era tranquila—. No es un error llorar por tus desgracias o por tus pecados, Ryuusei. El remordimiento es una función cognitiva que evita que te conviertas en una máquina.

Eider se separó un poco para mirarlo a los ojos.

—Al final, tú decides. Puedes quedarte aquí, hundiéndote en el recuerdo de esa máscara negra, o puedes aceptar que lo hiciste, aprender de ello y seguir avanzando. Los monstruos no lloran por lo que hicieron. Tú sí. Esa es la diferencia.

Ryuusei se secó los ojos con el dorso de la mano, sintiéndose extrañamente aliviado. Miró a Eider con una mezcla de gratitud y asombro.

—Vaya... —dijo Ryuusei, sonriendo débilmente—. Tienes sentimientos ahí dentro, después de todo. Gracias, Eider. De verdad. Eres una buena persona.

Ryuusei suspiró, más relajado.

—Bueno, ya que nos pusimos sentimentales y somos amigos... ¿ya te puedes ir de mi cuarto? Necesito dormir y...

CRACK.

El mundo de Ryuusei dio un giro de 180 grados en una fracción de segundo.

Antes de que pudiera terminar la frase, las piernas de Eider se dispararon como resortes. Sus muslos, fuertes como el acero, se cerraron alrededor del cuello de Ryuusei en una llave de sumisión perfecta. Ryuusei quedó inmovilizado, con la cara presionada contra el colchón y las piernas de la asesina cortándole el flujo sanguíneo a la cabeza.

—¡Ghk! —Ryuusei pataleó—. ¡Eider! ¡El aire!

—Error de cálculo —dijo Eider desde arriba, apretando un poco más—. No somos amigos. Soy tu observadora. Y acabas de bajar la guardia. Lección número uno: nunca asumas que la empatía anula la letalidad.

Lo mantuvo así durante diez segundos eternos, hasta que Ryuusei empezó a ver estrellitas, y luego lo soltó. Ryuusei cayó sobre la almohada, tosiendo y masajeándose el cuello.

—Estás... loca... —jadeó Ryuusei.

—Ahora que estás despierto y oxigenado —dijo Eider, volviendo a sentarse en la silla como si nada hubiera pasado—, tenemos que hablar de logística. No podemos ir todos a Dinamarca.

Ryuusei se incorporó, todavía sobándose la garganta. —¿Qué? ¿Por qué no? Somos un equipo.

—Estratégicamente es un suicidio —explicó Eider—. Si llevas a todos tus efectivos de combate a territorio enemigo, dejas tu base de operaciones desprotegida. La Base Genbu es tu santuario. Si los Valmorth o la Asociación deciden atacar Canadá mientras estás fuera, no tendrás a dónde regresar.

Ryuusei frunció el ceño. Odiaba admitirlo, pero ella tenía razón.

—Además —añadió Eider—, la seguridad de este lugar es deficiente. Yo entré sin ser detectada. Necesitas dejar una guardia fuerte.

—¿Qué propones? —preguntó Ryuusei.

—Propuesta táctica: Kaira, Bradley, Arkadi y Amber se quedan.

—¿Esos cuatro? —Ryuusei analizó la lista—. Kaira y Bradley son la fuerza de choque y defensa rápida. Arkadi es el mejor sensor y estratega místico. Y Amber... bueno, Amber mantiene el lugar funcionando y cura a los heridos.

—Exacto. Tú, yo, Hitomi, Charles, Brad, Volkhov, Aiko, Sylvan, Ezekiel iremos a Dinamarca. Es un equipo de infiltración y asalto pesado equilibrado.

Ryuusei se rascó la cabeza. —Tiene sentido. Pero va a ser difícil. Sylvan adora a Amber. El niño árbol la ve como una mamá. Convencerlo de que la deje va a ser una pesadilla. Y Kaira... su orgullo se va a ver herido si le digo que "se queda en la banca".

—Eres el líder —dijo Eider, levantándose y caminando hacia la puerta—. Convencerlos es tu trabajo. El mío es asegurarme de que no mueras en el intento. Buenas noches, Ryuusei.

Eider salió de la habitación, dejando a Ryuusei solo con el zumbido del humidificador y un dolor de cuello nuevo.

La mañana siguiente trajo consigo un desayuno tenso. Ryuusei, con el dolor de cabeza regresando levemente, reunió a todos en la mesa larga. Cuando soltó la noticia de quiénes se quedaban y quiénes se iban, el silencio fue sepulcral.

—¿Me estás jodiendo? —La voz de Kaira rompió la calma. La chica se puso de pie, golpeando la mesa con las palmas—. ¿Me vas a dejar aquí? ¿A mí? ¿Mientras ustedes se van a pelear contra vampiros aristócratas en Europa?

Kaira estaba furiosa. Su orgullo de guerrera estaba herido.

—¡Soy una de las más fuertes aquí! —gritó—. ¡Bradley es muy rápido y sabe pelear, y Amber pelea y tiene poderes tóxicos! ¿Por que no nos llevas? ¿No confías en mí, Ryuusei?

Ryuusei suspiró, masajeándose las sienes. Sabía que esto pasaría.

—Kaira, no es que no confíe en ti. Es precisamente porque confío en ti que te quedas. —Ryuusei trató de usar la lógica, pero Kaira cruzó los brazos, mirando hacia otro lado con un puchero indignado.

—No me vengas con discursos de líder motivacional. Es una falta de respeto.

Ryuusei miró a Eider buscando ayuda, pero la asesina estaba muy ocupada untando mermelada en una tostada, ignorando el drama.

—Está bien... —dijo Ryuusei, sacando su última carta—. Kaira, escúchame. Dinamarca es la capital de la moda en el norte de Europa. Copenhague tiene tiendas exclusivas que no existen aquí en Canadá.

El oído de Kaira se agudizó. Giró la cabeza ligeramente. —¿Y?

—Y... si te quedas a proteger la base sin quejarte —prometió Ryuusei—, cuando vuelva te traeré ese bolso de diseñador que vi que estabas mirando en internet. O un vestido. De marca. Original.

Los ojos de Kaira brillaron. Su postura agresiva se desinfló al instante.

—¿Lo dices en serio? —preguntó, tratando de ocultar su emoción—. ¿El bolso de cuero negro con hebillas doradas?

—El mismo —confirmó Ryuusei—. Y quizás unos zapatos a juego.

Kaira se sentó lentamente, alisándose el cabello. —Bueno... alguien tiene que cuidar que la base no se caiga a pedazos. Supongo que puedo hacer el sacrificio. Pero más te vale traer el recibo.

Ryuusei suspiró aliviado. Crisis número uno: resuelta mediante soborno.

Pero la crisis número dos era más pequeña, más verde y mucho más ruidosa.

—¡NO! ¡NO QUIERO! —gritaba Sylvan, aferrado a la pierna de Amber como si fuera una garrapata—. ¡Yo no voy si Amber no va! ¡Amber es mamá! ¡No quiero ir con los feos!

Amber acariciaba la cabeza del niño árbol con tristeza, mirando a Ryuusei con impotencia. —Ryuusei... tal vez debería ir. Sylvan es muy inestable sin mí.

—No podemos arriesgarte, Amber —dijo Ryuusei—. Tu poder es vital aquí. Si volvemos medio muertos, necesitamos que alguien nos cure.

Sylvan empezó a llorar, y sus lágrimas se convertían en pequeñas hojitas que caían al suelo. —¡No quiero! ¡Me quedo! ¡Me voy a plantar aquí y no me muevo!

Sus pies empezaron a echar raíces en el suelo de concreto del comedor.

Entonces, Hitomi se levantó de su asiento. Caminó suavemente hacia Sylvan y se arrodilló frente a él, quedando a la altura de sus ojos llorosos.

—Sylvan —dijo Hitomi con una voz dulce, que recordaba al sonido de un arroyo—. Mírame.

El niño sollozó y la miró.

—Amber no puede ir porque tiene una misión muy importante: preparar la casa para cuando volvamos —explicó Hitomi, limpiándole la cara con un pañuelo—. Pero yo voy a estar contigo. Y te prometo que no dejaré que nada malo te pase.

Hitomi le sonrió, y había una calidez genuina en esa sonrisa, una luz que contrastaba con la oscuridad de su apellido.

—Confía en mí, pequeño. Además, en Dinamarca hay bosques antiguos, mucho más viejos que los de aquí. Árboles que hablan historias de vikingos. ¿No quieres escucharlos?

Los ojos de Sylvan se abrieron con curiosidad. —¿Árboles vikingos?

—Sí. Y si vienes, te dejaré dormir en mi regazo en el avión.

Sylvan miró a Amber, quien asintió animándolo. El niño sorbió su nariz y soltó la pierna de Amber.

—Está bien... —dijo Sylvan con voz temblorosa—. Voy a ir. Pero tengo miedo.

—Es normal tener miedo —dijo Ryuusei—. Yo también tengo miedo.

Sylvan miró a Hitomi y luego a Ryuusei.

—Entonces llévenme —dijo el niño.

Cerró los ojos y concentró su energía. Su cuerpo empezó a brillar con una luz verde esmeralda. Sus extremidades se encogieron, su piel se volvió corteza rugosa y su cabello estalló en un follaje verde brillante.

En cuestión de segundos, donde antes había un niño, ahora había un bonsái perfecto, plantado en una pequeña maceta de cerámica que apareció mágicamente.

Hitomi se llevó las manos a la boca, sorprendida. —¡Vaya!

Ryuusei se agachó y recogió la maceta con cuidado.

—Es su modo de viaje —explicó Ryuusei, mirando las hojitas del bonsái—. Se transforma para ahorrar energía y para que sea más fácil transportarlo. Básicamente, se desmayó del estrés.

Ryuusei le entregó la maceta a Hitomi.

—Tú lo convenciste —dijo Ryuusei—. Tú lo llevas. Parece que le caes bien.

Hitomi sostuvo el pequeño árbol contra su pecho, sintiendo el latido lento de la vida vegetal en su interior.

—Lo cuidaré con mi vida —prometió ella.

Ryuusei miró a su equipo reducido: Charles (que revisaba nerviosamente su mochila), Volkhov (siempre listo), Aiko, Eider (imperturbable) y Hitomi con el bonsái.

—Bien, gente —dijo Ryuusei, poniéndose sus gafas de sol para ocultar el cansancio de sus ojos—. Vámonos a Europa. Tenemos una cita con el destino, y no quiero llegar tarde.

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