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Chapter 200 - Juicios Globales

La luz del sol invernal se colaba por las rendijas de la persiana, golpeando directamente los párpados de Ryuusei. Se removió entre las sábanas, sintiendo que, por fin, la fiebre había remitido lo suficiente como para no sentir que su cabeza era un tambor de guerra.

Al estirar el brazo, su mano chocó con algo cálido y sólido.

Ryuusei abrió un ojo. A su lado, ocupando la mitad de la cama con una postura militarmente rígida incluso al dormir, estaba Eider. La asesina de la Asociación de Héroes dormía con una tranquilidad que contradecía su letalidad.

—Oye... despierta —susurró Ryuusei, empujándola suavemente por el hombro.

Los ojos ámbar de Eider se abrieron al instante, sin rastro de somnolencia. Se incorporó y miró a Ryuusei fijamente.

—Buenos días —dijo ella con su tono habitual, frío pero extrañamente cortés.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Ryuusei, sentándose y frotándose la cara—. Pensé que las asesinas preferían las sombras, no robarme la mitad del colchón.

Eider se alisó el pijama (una camiseta prestada que le quedaba enorme). —He estado pensando durante la noche. Cuando mis superiores me enviaron, el informe decía que "Kisaragi Ryuusei" era un monstruo despiadado, un anarquista que disfrutaba del caos.

Ella hizo una pausa, ladeando la cabeza mientras lo analizaba.

—Pero... mis observaciones preliminares indican lo contrario. Me diste tu cama. Te preocupas por tus subordinados. Tienes mocos, lo cual te hace patéticamente humano. Eres una persona buena, Ryuusei.

Ryuusei sonrió, una sonrisa genuina y amable. —Vaya, gracias. Eso es lo más bonito que me han dicho antes de desayunar. Entonces, ¿eso significa que te vas a ir y dejarme en paz?

—Negativo —respondió Eider, volviendo a su frialdad profesional—. Aún tengo la misión. El hecho de que seas bueno complica el algoritmo de ejecución, pero no lo cancela. Necesito encontrar una forma eficiente de matarte para enviar mi informe final. Hasta entonces, seguiré observando.

—Genial... —suspiró Ryuusei, poniéndose de pie—. Bueno, si me vas a matar, al menos ayúdame con el desayuno. Me muero de hambre.

La cocina era un hervidero de actividad. Eider, demostrando que su eficiencia no se limitaba al asesinato, se movía entre los fogones ayudando a preparar huevos y café con una destreza envidiable.

Poco a poco, el equipo fue llegando. Aiko entró saludando con respeto, seguida de Kaira, quien reía de algo que le contaba a Amber. Sylvan, juguetón como siempre, corría alrededor de la mesa intentando robar una tostada.

Sin embargo, había alguien que no entendía nada.

Ezekiel, el usuario de la Sexta Generación, entró bostezando, con el cabello revuelto. Ayer se había quedado dormido temprano tras un entrenamiento exhaustivo y se había perdido todo el drama de la llegada de Hitomi y Eider.

—Buenos días, gente guapa —dijo Ezekiel con su tono divertido habitual, sentándose junto a Amber—. ¿Me perdí de algo? ¿Por qué hay gente que no conozco comiendo mi cereal?

Sylvan se detuvo y señaló a las nuevas. —¡Sí! ¡Ezekiel, mira! Ella es Hitomi, la chica de pelo blanco. Y ella es Eider, la que está vestida de sirvienta asesina. Y esa niña pequeña es Helly. ¡Es como una fiesta sorpresa!

Ezekiel parpadeó, procesando la información lentamente. —¿Sirvienta asesina? ¿Valmorth? —Miró a Ryuusei—. Ryuusei, me duermo doce horas y conviertes esto en un hotel.

Ryuusei, masticando una tostada, le hizo un resumen rápido. —Hitomi necesita asilo. Helly es la mensajera. Eider es... complicada, pero hace buen café. No hagas preguntas difíciles, mi cabeza aún está procesando todo.

Ezekiel asintió, despreocupado, y entonces sus ojos se posaron en Eider, que servía más jugo. Una sonrisa coqueta apareció en su rostro.

—Hola, señorita maid —dijo Ezekiel, guiñándole un ojo—. Soy Ezekiel. ¿Estás soltera o el uniforme viene con compromiso? Porque si buscas a alguien divertido...

Eider se detuvo en seco. Giró el cuello lentamente y miró a Ezekiel con una expresión de repugnancia tan absoluta que parecía que acababa de ver una cucaracha en la comida.

—Ryuusei —dijo Eider sin dejar de mirar a Ezekiel con asco—. ¿Tengo permiso para golpear a este sujeto? Prometo no dejar daños permanentes en órganos vitales.

—¡No! —gritó Ryuusei rápidamente—. ¡Nadie golpea a nadie! Ezekiel, deja de coquetear, Eider es peligrosa. Y Eider, él es así, ignóralo.

Ezekiel se encogió de hombros, riendo, y volvió su atención a Amber, quien le sonreía tímidamente. —Bueno, lo intenté. Amber, tú nunca me mirarías con esa cara de asco, ¿verdad?

Ryuusei miró alrededor de la mesa. Faltaban personas.

—Oye, ¿dónde está Arkadi? —preguntó a Sylvan.

—El señor Arkadi está meditando en el bosque —respondió el niño—. Dijo que sentía "perturbaciones en el éter" y que necesitaba conectarse con la naturaleza.

—Típico de él —dijo Ryuusei—. Hay que guardarle un plato. ¿Y Brad?

Ryuusei miró a Charles. El chico de la Cuarta Generación, tímido y algo encorvado a pesar de su enorme poder, estaba comiendo en silencio en una esquina de la mesa.

—Eh... Charles —llamó Ryuusei.

Charles dio un respingo. —Ah, ¿sí, Ryuusei?

—¿Dónde está Brad?

—Está durmiendo —respondió Charles con una risita nerviosa—. Dijo que ayer se cansó mucho... eh... escuchando música. No quiere levantarse hasta el mediodía.

Ryuusei negó con la cabeza, divertido. —Ese Brad es el rey de la pereza. Está bien, déjenlo dormir.

El desayuno terminó y la calma volvió momentáneamente. Hitomi Valmorth, queriendo ser útil y no sentirse como una carga, se puso a lavar los platos. Sus movimientos eran elegantes, incluso con las manos llenas de espuma.

Ryuusei se acercó, apoyándose en la encimera. La observó por un momento. A pesar de ser una Valmorth, se veía frágil.

—Oye —dijo Ryuusei suavemente—. Tengo una duda. ¿Por qué huiste realmente? Sé que John y Constantine están locos, pero... ¿irse de casa así? Debe haber algo más.

Hitomi detuvo sus manos. El agua corría por el grifo. Bajó la mirada, avergonzada.

—Es... la tradición —susurró ella, su voz apenas audible—. En la familia Valmorth, la pureza de la sangre es la ley absoluta. Mi madre, Laila, y el Consejo de Ancianos decidieron que, para preservar la Sexta Generación... yo debía casarme con uno de mis hermanos mayores.

Ryuusei abrió los ojos como platos. —¿Qué? ¿Con tus hermanos? Eso es...

—Enfermo. Lo sé —Hitomi apretó el borde del fregadero—. No podía hacerlo, Ryuusei. No podía ser simplemente una incubadora para la siguiente generación de monstruos. Así que investigué. Busqué el lugar más seguro del mundo. Y todos los datos apuntaban a Canadá.

Ryuusei se rascó la nuca, un poco sonrojado. —Bueno, en cierta parte tienes razón. Canadá es tranquilo... o lo era hasta que llegué yo.

—Por eso vine —continuó Hitomi, girándose para mirarlo con esos ojos carmesí llenos de súplica—. Sé que te estoy metiendo en problemas. Sé que no me conoces y que mi apellido te trae malos recuerdos. Pero... acabo de perder a mi madre. John quiere iniciar una guerra civil contra Constantine. Si no hago algo, mi familia se destruirá y se llevarán a medio mundo con ellos.

Ryuusei suspiró. Odiaba los problemas, pero odiaba más ver a alguien sufrir, especialmente si esa persona estaba pidiendo ayuda con tanta sinceridad.

—Mira, Hitomi —dijo Ryuusei, poniéndose serio—. Ya no quería meterme en líos internacionales. Pero... no puedo dejarte sola en esto. Te ayudaré. Veré qué puedo hacer con John y tu hermano loco.

Los ojos de Hitomi se iluminaron. —Gracias... gracias, Ryuusei.

—Pero primero —interrumpió él, levantando un dedo—, tengo que ir a Ottawa. El Primer Ministro me avisó que alguien importante de Japón llegó y quiere hablar conmigo. No puedo irme a Dinamarca sin resolver eso antes.

La expresión de Hitomi cambió. Se secó las manos rápidamente.

—¿Japón? —preguntó ella—. Ryuusei... sé quién es. Mis informantes me dijeron que la Asociación de Héroes envió a un emisario de alto rango. Es Naoki.

¿Naoki?

—Es un hombre lobo —explicó Hitomi—. Un diplomático y guerrero de la Asociación. Por favor... déjame ir contigo. Puedo ser útil si las cosas se ponen feas.

Ryuusei lo pensó un segundo. —Está bien. Prepara tus cosas. Nos vamos en una hora.

El equipo estaba listo frente a un vehículo blindado. Ryuusei revisaba su teléfono cuando vio a Eider subirse al asiento del copiloto con total naturalidad.

—¿Y tú para qué vienes? —preguntó Ryuusei.

—Mi misión es seguirte —susurró Eider, ajustándose el cinturón—. Si te vas a otra ciudad y te matan, no podré matarte yo.

Ryuusei rodó los ojos. —Lógica impecable... Charles, ¡vamos!

Charles, que estaba escondido detrás de una caja, se asomó tímidamente. —¿Yo? ¿Por qué yo, Ryuusei?

—Porque necesito que salgas y te de un poco el aire —dijo Ryuusei, empujándolo amablemente hacia el auto—. Además, quiero que practiques tus poderes en un entorno controlado si es necesario. Y no quiero ir solo con ellas dos, me siento en desventaja numérica.

Charles asintió, resignado, y se subió al asiento trasero junto a Hitomi.

Eider se giró desde el asiento delantero y clavó sus ojos en Charles. Lo escaneó de arriba abajo.

—Sujeto: Charles —murmuró Eider—. Estructura corporal engañosa. Nivel de amenaza potencial: Cataclísmico. Tus poderes son de naturaleza explosiva y nuclear, ¿correcto?

Charles se puso rojo como un tomate y se encogió en su asiento. —S-sí... señorita.

—Fascinante —dijo Eider—. Deja de temblar. No voy a diseccionarte... hoy.

—¡Jefe, dígale que deje de mirarme! —gimió Charles.

Antes de arrancar, Hitomi bajó la ventanilla y llamó a la pequeña Helly, que esperaba afuera con una mochila.

—Helly —dijo Hitomi con autoridad suave—. Ya puedes irte con John. Dile que leí su carta y que aceptamos. En unos días iremos a Dinamarca. Dile que resista.

Helly asintió con una sonrisa valiente y corrió hacia el bosque, donde Arkadi la esperaba para teletransportarla.

El vehículo arrancó, rumbo a la capital.

El viaje fue tranquilo, salvo por los silencios incómodos que Charles intentaba llenar con chistes que nadie entendía y las miradas analíticas de Eider.

Al llegar al edificio gubernamental, fueron recibidos por el Primer Ministro Sterling. El hombre, canoso y con aspecto afable, sonrió al verlos.

—¡Ryuusei! —exclamó Sterling, estrechando su mano—. Qué bueno verte, muchacho. Y veo que trajiste compañía.

Ryuusei sonrió. —Hola, Primer Ministro. Él es Charles, uno de mis mejores chicos.

Sterling, demostrando por qué era tan querido, abrazó a Charles sin dudarlo. —Un placer, hijo. Bienvenidos a la casa del pueblo.

Charles, sorprendido por el afecto, devolvió el abrazo torpemente. —H-hola, señor Ministro.

—Ellas son Hitomi y Eider —presentó Ryuusei—. Se quedarán en la sala de espera. Este asunto con Japón prefiero manejarlo solo... bueno, con Charles de apoyo moral.

Hitomi asintió comprensiva y se sentó junto a Eider en los sofás de cuero del vestíbulo.

Ryuusei y Charles siguieron a Sterling hacia la oficina principal. El ambiente cambió de inmediato. Sentado en una silla que parecía de juguete bajo su enorme tamaño, había una figura imponente.

Era Naoki. Medía más de dos metros, con rasgos faciales afilados y vello facial que recordaba a un lobo. Vestía un traje formal que apenas contenía sus músculos.

—Aquí está —dijo Sterling—. Ryuusei, él es Naoki. Viene en representación directa de la Asociación de Héroes y el Gobierno de Japón.

Naoki se levantó. Su sombra cubrió a Ryuusei.

—Kisaragi Ryuusei —dijo Naoki en japonés. Su voz era profunda, como un gruñido—. Mi inglés es limitado. Hablaré en mi idioma.

—No se preocupe —respondió Ryuusei en un japonés perfecto—. Nací allá. Lo entiendo perfectamente.

Naoki asintió y sacó un dispositivo traductor para que Sterling y Charles pudieran seguir la conversación, aunque Charles parecía más interesado en no desmayarse por la presencia del hombre lobo.

—Seré directo —dijo Naoki, caminando alrededor de la sala—. Existe una disputa diplomática grave entre Japón, Canadá y Rusia por tu causa. Según nuestros registros, naciste sin poderes, un "civil". Pero hace un año, ocurrió el Incidente de Tokio.

Ryuusei se tensó. Recordaba el fuego, los gritos y su despertar.

—Te enfrentaste a Aurion, el Héroe Número Uno —continuó Naoki—. Fue catalogado como un ataque terrorista. Desapareciste. Luego, hace unos meses, reapareciste en Rusia. Te aliaste con el presidente ruso, te enfrentaste nuevamente a Aurion en la frontera y, contra todo pronóstico, él se retiró. Quedó registrado como una victoria táctica tuya.

Naoki se detuvo frente a Ryuusei, mirándolo a los ojos.

—La pregunta que se hace el mundo es: ¿A quién perteneces, Kisaragi? No eres un héroe registrado. No eres militar. Tienes el poder para detener a un ejército, pero operas sin bandera. Japón te reclama como ciudadano y criminal. Rusia te ve como un aliado. Y Canadá te protege.

Ryuusei apretó los puños. —Yo solo quiero vivir en paz. No pertenezco a nadie. Protejo a los míos.

—Esa respuesta no es suficiente para la geopolítica —sentenció Naoki—. Si esto sigue así, sin regulación, los héroes de otras naciones empezarán a verte como una amenaza existencial. Podrías detonar una Tercera Guerra Mundial simplemente existiendo sin control.

El silencio en la sala era asfixiante. Sterling se secó el sudor de la frente.

—Por eso —concluyó Naoki—, la Asociación ha tomado una decisión. Deberás presentarte ante una Corte Internacional de Héroes en Francia. Se juzgarán tus "crímenes de guerra" y se decidirá tu estatus. Si no asistes, Canadá será declarado país hostil por albergar a un terrorista de Clase Omega.

Naoki recogió sus documentos. —Tienes una semana para presentarte en París.

El hombre lobo hizo una reverencia seca a Sterling y salió de la habitación, dejando un rastro de tensión en el aire.

Sterling se desplomó en su silla. —Dios mío... Ryuusei, lo siento. Canadá te apoya, la gente te quiere aquí, pero... una guerra global...

Ryuusei miró al suelo. Se sentía culpable. —Lo siento, Sterling. No quería traerles tantos problemas.

De repente, Charles le dio un codazo suave en las costillas a Ryuusei.

—Jefe... —susurró el chico tímido—. Dígale. Dígale sobre el "otro asunto". No podemos ir a Francia todavía.

Ryuusei parpadeó y luego sonrió con vergüenza. Se rascó la cabeza.

—Eh... Primer Ministro —dijo Ryuusei—. Sobre eso de ir a Francia... va a tener que esperar un poco. Voy a tener que salir del país unos días, pero no hacia París.

Sterling levantó la vista, esperanzado. —¿Ah, sí? ¿Vas a esconderte?

—No exactamente. Apareció un asunto un poco importante —dijo Ryuusei con naturalidad—. Tengo que ir a Dinamarca. Es un tema familiar... con los Valmorth.

El color desapareció del rostro de Sterling. Sus ojos se pusieron en blanco por un segundo.

—¿V-Valmorth? —balbuceó el Primer Ministro, llevándose la mano al pecho—. ¿La familia de aristócratas inmortales? Ryuusei... ¿en qué clase de problema te has metido ahora? ¡Casi prefiero la Tercera Guerra Mundial!

Ryuusei soltó una risa nerviosa. —Es una larga historia. Pero prometo volver para el juicio. Charles, vámonos. Tenemos una guerra de vampiros que detener antes de que me juzguen por terrorista.

Sterling, con la cabeza sobre el escritorio, solo levantó un pulgar débilmente mientras Ryuusei y Charles salían de la oficina, listos para el siguiente desastre.

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