El dolor de cabeza de Ryuusei Kisaragi no era simplemente físico; era una entidad con vida propia que palpitaba al ritmo de su irritación. Bajó las escaleras metálicas hacia el Nivel 3 arrastrando las pantuflas, con la bata mal cerrada y una expresión que habría hecho huir a un oso pardo.
Al llegar a la antesala de interrogatorios, lo primero que vio fue a Aiko. La espadachina de Primera Generación estaba apoyada contra la pared, tecleando furiosamente en su celular, probablemente actualizando el estado de la red interna con nuevos chismes.
—¡Tú! —gruñó Ryuusei.
Antes de que Aiko pudiera reaccionar con su velocidad sobrehumana, Ryuusei le propinó una palmada seca en la nuca.
—¡Au! —se quejó Aiko, frotándose la cabeza—. ¡Ryuusei! ¿Por qué...?
—Deja de esparcir rumores de que odio a los Valmorth —dijo Ryuusei con voz ronca pero autoritaria—. No soy un villano de cómic que planea venganzas en su cuarto oscuro. Tengo gripe. ¡Gripe! Si veo un mensaje más diciendo que estoy "meditando mi odio", te pondré a limpiar las letrinas con un cepillo de dientes.
Sin esperar respuesta, Ryuusei avanzó hacia Bradley. El velocista estaba recostado en una silla, con unos audífonos enormes puestos, moviendo la cabeza al ritmo de un metal industrial que se escuchaba levemente desde fuera.
—¡Y tú! —gritó Ryuusei, quitándole un audífono de un tirón y dándole otra palmada en la parte posterior de la cabeza.
—¡Oye! —protestó Bradley—. ¿Qué hice?
—Bájale al volumen. Se escucha hasta mi cuarto por los ductos de ventilación. Si quiero escuchar gritos, me rompo un hueso. No necesito tu música a las dos de la mañana.
Kaira, que observaba la escena masticando chicle, se inclinó hacia Amber y susurró: —Uf, el jefe está de un humor de perros. Seguro la fiebre le afectó el carácter.
Ryuusei se giró bruscamente, señalándola con un dedo acusador. —¡No estoy de mal humor! —gritó, su voz resonando en el pasillo de concreto—. ¡Simplemente me duele la cabeza, tengo hambre, tengo sueño y hay gente rompiéndome las... la paciencia! ¡Solo quiero dormir!
El silencio reinó en el pasillo. Ryuusei suspiró, se pasó la mano por el cabello desordenado y finalmente miró hacia la sala de interrogatorios. La puerta estaba abierta.
—Bien. Veamos a la famosa "Janet".
Ryuusei entró en la sala. La luz blanca y estéril le lastimó los ojos por un segundo. Cuando su vista se ajustó, se quedó paralizado.
Sentada en la silla de metal, sin ataduras pero rodeada por un campo de tensión invisible, estaba la chica. A pesar de la ropa holgada que le habían prestado y el cansancio evidente en su postura, Ryuusei sintió un impacto en el pecho que no tenía nada que ver con la gripe.
Era hermosa. De una manera etérea, casi irreal. Tenía una elegancia natural que contrastaba con la crudeza de la base militar.
—¿Qué... qué hace alguien como tú aquí? —preguntó Ryuusei, olvidando por un momento su enojo.
La chica lo miró. Sus ojos estaban ocultos bajo la sombra de la capucha, pero Ryuusei pudo sentir la intensidad de su mirada.
—Ella dice que necesita ayuda —intervino Kaira, entrando detrás de él—. Sylvan la encontró medio muerta en el bosque. La trajo, la curó y ahora ella insiste en hablar contigo. Dice que los Valmorth la buscan.
Al escuchar el apellido "Valmorth", la atmósfera en la sala cambió. Sergei, que estaba en una esquina limpiando su arma, se tensó.
Hitomi tragó saliva. Miró a Ryuusei. Recordaba su rostro de los informes, recordaba la brutalidad con la que había destrozado a John en Rusia, pero ahora, viéndolo en persona, con ojeras, bata de dormir y una actitud gruñona pero extrañamente humana, no sabía qué esperar.
—No tengo nada contra ti —dijo ella con voz suave—. Sé lo que pasó en Rusia. Sé que golpeaste a mi hermano. Pero no vengo a pelear. Solo... solo quería llegar aquí porque eres el único al que mi madre temía.
—¿Tu madre? —Ryuusei frunció el ceño—. ¿Quién eres? ¿Por qué los Valmorth te buscan?
Hitomi respiró hondo. Ya no tenía sentido mentir. Kaira estaba a punto de romper sus barreras mentales y Bradley podía noquearla antes de que parpadeara.
—No me llamo Janet —confesó, levantando las manos lentamente para bajar su capucha—. Me llamo Hitomi Valmorth. Soy la hija de Laila Valmorth.
La tela cayó. Una cascada de cabello blanco como la nieve se derramó sobre sus hombros, y al levantar la vista, sus ojos carmesí brillaron con la marca inconfundible de la genética Valmorth más pura.
El sonido metálico de un seguro desactivándose cortó el aire.
En menos de un segundo, Sergei tenía su pistola calibre .50 apuntando directamente a la frente de Hitomi.
—¡Atrás! —rugió Volkhov, su instinto de soldado de la Guerra Fría tomando el control—. ¡Es una Valmorth de sangre pura! ¡Hija de esa bruja! ¡Es una amenaza de nivel catástrofe!
Hitomi se encogió en la silla, cerrando los ojos, esperando el disparo.
—¡Alto! —Ryuusei se interpuso entre el arma y la chica, levantando una mano.
—¡Jefe, apártese! —gritó Volkhov, con las venas del cuello marcadas—. ¡Usted no sabe lo que Laila Valmorth hizo en el pasado! ¡Si es su hija, es un monstruo! ¡Vino a matarnos mientras dormimos!
—¡Baja el arma, Sergei! —ordenó Ryuusei, y su voz, aunque afónica, tenía el peso del líder de la Base Genbu—. Nadie dispara en mi base a una chica desarmada que acaba de pedir asilo. Ya tenemos suficientes problemas como para iniciar una guerra por un gatillo fácil.
Volkhov dudó, su dedo temblando sobre el gatillo, pero finalmente, la lealtad hacia Ryuusei ganó. Bajó el arma lentamente, aunque su mirada seguía clavada en Hitomi con odio puro.
—Esto es un error, Ryuusei —masculló el ruso.
—Tal vez —respondió Ryuusei, girándose para mirar a Hitomi, quien lo observaba con sorpresa—. Pero por ahora, nadie muere.
TOC, TOC, TOC.
Tres golpes fuertes en la puerta de la entrada principal, seguidos por el sonido de la seguridad perimetral desactivándose, interrumpieron la tensión.
—¿Ahora qué? —se quejó Ryuusei, mirando al techo—. ¿Es que nadie duerme en este hemisferio?
Pitt, uno de los guardias de confianza, entró corriendo a la sala de interrogatorios. —Señor... tenemos una situación en la entrada. Una niña. Dice que viene de Dinamarca. Trae credenciales de los Valmorth.
—¿Otra? —exclamó Kaira—. ¿Es el día de puertas abiertas?
Antes de que Ryuusei pudiera ordenar nada, un sonido de tacones bajando por la escalera de metal hizo que todos giraran la cabeza.
De las sombras del pasillo emergió Eider.
El silencio que siguió fue absoluto. Bradley se quitó los audífonos por completo. Volkhov abrió la boca. Kaira dejó de masticar chicle.
Eider, la letal asesina de la Asociación de Héroes, bajaba los escalones con una gracia impecable, vistiendo su traje de maid con delantal blanco, medias altas y la cofia en su cabello rojo.
—Ryuusei —dijo Eider con una reverencia perfecta y una voz sumisa que no coincidía con la asesina que le había roto el cuello hacía unas horas—. Hay mucho ruido. ¿Desea que le prepare un té para calmar sus nervios?
Ryuusei sintió que la sangre se le iba a los pies. —¿Pero qué...? —balbuceó Bradley—. ¿Jefe? ¿Tiene una... maid?
—¡No! —gritó Ryuusei, rojo como un tomate—. ¡No es lo que parece! ¡Todos a la sala de estar! ¡AHORA! ¡Traigan a la niña de la entrada! ¡Traigan a Hitomi! ¡Vamos a aclarar este circo de una vez por todas!
Ryuusei corrió hacia Eider, agarrándola del brazo y arrastrándola hacia un rincón mientras los demás obedecían confundidos.
—¿Por qué bajaste? —siseó Ryuusei—. ¡Te dije que te quedaras en el cuarto!
—Tenía sed —dijo Eider con su cara inexpresiva—. Quería agua.
—¡Mentirosa! —acusó Ryuusei—. ¡Solo querías ver qué pasaba! ¡Hay grifos en el baño de mi cuarto!
PUM.
El puño de Eider se hundió en el estómago de Ryuusei con una precisión devastadora. Ryuusei se dobló, quedándose sin aire.
—Es de mala educación llamar mentirosa a una dama, Ryuusei —susurró ella, alisándose el delantal—. Y más a una que te está preparando té.
Ryuusei tosió, tratando de recuperar la dignidad y el oxígeno. —Te odio... vamos a la sala.
La escena era digna de una pintura surrealista. En los sofás de cuero desgastado estaban sentados los miembros más peligrosos de la Base Genbu. En el centro, Ryuusei (aún con dolor de estómago), flanqueado por Eider (de pie, con las manos cruzadas servicialmente) y frente a ellos, Hitomi Valmorth y la recién llegada: una niña pequeña, sucia por el viaje, llamada Helly.
Todas las miradas estaban puestas en Eider.
—Eh... antes de empezar —dijo Ryuusei, carraspeando—. Ella es Eider. Es... una amiga que conocí hace unos días.
—¿Una amiga vestida de sirvienta? —preguntó Aiko, arqueando una ceja con malicia—. Jefe, no sabía que tenía esos gustos.
Eider dio un paso adelante. —Soy la sirvienta personal de Ryuusei-sama. Él es mi amo. Estoy aquí para servirle en todo lo que necesite.
—¡NO SOY TU AMO! —gritó Ryuusei desesperado—. ¡Deja de decir eso! ¡Es una broma! ¡A ella le gusta bromear! ¿Verdad, Eider?
—Si eso le complace, amo —respondió Eider sin pestañear.
Ryuusei se cubrió la cara con las manos. —Olviden esto. Ella se queda. Punto. Ahora... tú.
Ryuusei señaló a la pequeña niña mestiza que temblaba de frío. Helly sostenía una carta arrugada con el sello de John.
—Me llamo Helly, señor —dijo la niña con voz firme—. Vengo enviada por el Amo John Valmorth. Tengo un mensaje urgente para la señorita Hitomi y una petición para usted.
Hitomi se inclinó hacia adelante. —¿John te envió? ¿Cómo está él? ¿Cómo está mamá?
Helly bajó la mirada. Sus manos apretaron la carta.
—Señorita Hitomi... lo siento mucho. Su madre, Lady Laila... falleció hace unos días. Justo antes de Año Nuevo.
El mundo de Hitomi se detuvo. Aunque había huido de ella, aunque la odiaba por todo lo que hizo... Laila era su madre. Sintió un vacío frío en el estómago. No lloró inmediatamente, el shock era demasiado grande.
—¿Muerta? —susurró Hitomi.
—Sí —continuó Helly—. Y las cosas están mal. El Amo Constantine ha tomado el control de la familia. Hiroshi es su segundo al mando. Se van a casar con las herederas de los Von Drachen y los Kurogane. Están consolidando el poder para purgar a los mestizos y a cualquiera que no sea útil.
Un murmullo recorrió la sala. Volkhov maldijo en ruso.
—El Amo John... él es diferente ahora —dijo Helly, mirando a Ryuusei—. Él se ha mudado a la Hacienda Vindmølle. Ha salvado a todos los sirvientes mestizos. Se ha llevado al Maestro Alistar. Pero está solo contra Constantine y Hiroshi. Él... él dice que necesita su ayuda, Señor Ryuusei.
Ryuusei parpadeó, incrédulo. —¿John Valmorth? ¿El mismo tipo arrogante al que le rompí la cara en Rusia? ¿El que me amenazó con matarnos a todos?
—El mismo —asintió Helly.
—¿Y quiere mi ayuda? —Ryuusei soltó una risa nerviosa—. ¿Después de haberlo humillado frente a Aurion? ¿No está furioso? ¿No me odia?
Helly sonrió, una sonrisa infantil y honesta.
—Oh, sí. Lo odia muchísimo. Todas las noches, antes de dormir, el Amo John insulta su nombre con palabras que no puedo repetir aquí. Dice que usted es un bárbaro, un animal y que ojalá se atragante con una cuchara.
Bradley soltó una carcajada. Aiko se tapó la boca para no reír.
—Pero... —continuó Helly, poniéndose seria— también dice que usted es el único hombre lo suficientemente fuerte y loco para ayudarlo a detener la guerra que se avecina. Por favor, vengan a Dinamarca. Si no lo hacen, los matarán a todos.
Ryuusei miró el reloj en la pared. Eran casi las 02:30 AM. Su cabeza le daba vueltas. Laila muerta. John pidiendo ayuda mientras lo insultaba. Una maid asesina a su lado. Una princesa Valmorth en su sofá.
—Es demasiado tarde para procesar esto —dijo Ryuusei, poniéndose de pie—. Mi cerebro está frito. Mañana decidiremos si vamos a Dinamarca o si mandamos a John al diablo.
Ryuusei miró a Hitomi, que seguía en estado de shock.
—Hitomi, puedes quedarte. Nadie te tocará aquí. Helly... tú duerme con ella. Kaira, llévalas a la habitación de invitados del sector este.
—¿Y nosotros qué hacemos, jefe? —preguntó Bradley.
—Dormir. Y si escucho tu música otra vez, te rompo el reproductor. ¡Dispersense!
Ryuusei entró en su cuarto y cerró la puerta, apoyando la espalda contra la madera. Suspiró profundamente, sintiendo que el peso del mundo caía sobre sus hombros.
Caminó hacia su cama, listo para colapsar. Pero se detuvo.
Eider ya estaba ahí. Acostada en su lado de la cama, tapada hasta la nariz, mirándolo con esos ojos ámbar imperturbables.
—Oye... —dijo Ryuusei—. Hay que poner límites. Ya invadiste mi vida, mi cocina y mi interrogatorio. No vas a invadir mi cama.
Ryuusei fue al armario, sacó dos mantas extras y una almohada. Las tiró al suelo, haciendo un nido improvisado sobre la alfombra.
—Abajo —señaló Ryuusei—. Eres la intrusa. Duermes en el suelo.
Eider se sentó en la cama, mirándolo fijamente.
—¿Me vas a hacer dormir en el suelo? —preguntó con un tono extrañamente vulnerable—. Me tienes prisionera aquí, me obligas a usar este traje ridículo delante de tus amigos... ¿y ahora me tratas como a un perro?
Ryuusei abrió la boca para protestar. —¡Tú te pusiste el traje! ¡Y tú dijiste que eras mi sirvienta!
—Hace frío en el suelo. Y mi espalda me duele por la patada que me diste hace unos instantes por la tarde.
Ryuusei la miró. Sabía que era una asesina. Sabía que ella podría dormir sobre clavos si quisiera. Pero verla ahí, con el traje de maid y esa mirada de "cachorro pateado" (que seguramente era fingida), rompió su poca resistencia.
—Maldita sea... —gruñó Ryuusei.
Recogió las mantas y la almohada del suelo.
—Quédate con la cama. Yo duermo en el suelo.
Eider se acomodó instantáneamente, cerrando los ojos con una pequeña sonrisa de victoria casi imperceptible. —Gracias, amo.
—Cállate y duerme —masculló Ryuusei, tirándose a la alfombra e intentando encontrar una posición cómoda.
Mientras miraba la oscuridad debajo de su propia cama, Ryuusei se preguntó: "¿Por qué le estoy haciendo caso a una desconocida que intentó matarme? ¿Y por qué siento que mi vida acaba de volverse mil veces más complicada con la llegada de Hitomi?"
Ryuusei cerró los ojos, sin saber que al otro lado del océano, John Valmorth estaba afilando su propia desesperación, esperando que el "Dragón" mordiera el anzuelo.
