El hombre más peligroso del mundo, la "Singularidad Primal" capaz de regenerar sus vísceras y convocar el caos, estaba siendo derrotado por un enemigo invisible y humillante: la gripe estacional canadiense.
Ryuusei estaba hecho un ovillo bajo tres edredones térmicos en su habitación del sector central. Su cabeza palpitaba como si Charles estuviera usándola de tambor nuclear, y su nariz era una fuente inagotable de mucosidad.
—Maldito clima... —gimió Ryuusei, sonándose la nariz con un pañuelo que ya parecía papel de lija—. Sobrevivo a misiles en Rusia, pero un viento frío me deja fuera de combate. Patético.
Llevaba dos días encerrado. No quería salir. Primero, por vergüenza; un líder supremo no debería ser visto con los ojos llorosos y voz de pato. Segundo, por responsabilidad; si contagiaba a Aiko o a Brad, la base se vendría abajo. Y tercero, porque había escuchado cosas.
Desde hacía una semana, los ductos de ventilación de su habitación emitían sonidos que no eran normales. No era el crujido del metal por el cambio de temperatura. Eran pasos. Pasos ligeros, casi espectrales, que se detenían justo encima de su cama y luego desaparecían. Ryuusei, en su delirio febril, pensó que eran ratas mutantes del bosque.
Para colmo de males, su comunicador no dejaba de parpadear con mensajes de prioridad roja. El Primer Ministro de Canadá le había informado que debía recogerlo pronto para una cumbre en Ottawa. Al parecer, una delegación de Japón quería hablar con él sobre "asuntos de seguridad global".
—Japón... —murmuró Ryuusei, mirando al techo—. Seguro quieren que pague los impuestos que debo desde hace cinco años.
Como si el estrés político y viral no fuera suficiente, le habían llegado rumores a través de los chats internos de la base. Al parecer, Aiko estaba diciéndole a los reclutas nuevos que la razón del encierro de Ryuusei era un "odio profundo y meditativo hacia los Valmorth".
—¡Yo no odio a nadie! —le gritó a la nada, frustrado—. Solo soy un tipo amable que quiere dormir y no tiene ganas de lidiar con aristócratas. ¿Por qué Aiko siempre tiene que hacer que parezca un villano de anime?
Ryuusei se giró para intentar dormir, pero el sonido volvió. Scritch, scratch.
Esta vez no venía de arriba. Venía de abajo. Justo debajo de su cama.
El instinto de Quinta Generación atravesó la neblina de la fiebre. Ryuusei contuvo la respiración. Lentamente, muy lentamente, bajó la mano hacia el borde del colchón. Se asomó, esperando ver un mapache o quizás una broma de Sylvan.
Lo que vio fueron dos ojos. Dos ojos inmensos, brillantes y fríos, devolviéndole la mirada desde la oscuridad del polvo.
—¡¡AHHHH!! —Ryuusei saltó hacia atrás, enredándose en las sábanas y cayendo de espaldas al suelo.
La figura debajo de la cama no se asustó. Se movió.
Fue un borrón de movimiento. Una agilidad que rivalizaba con la de Aiko, pero con una fluidez más siniestra. La sombra salió disparada de debajo del somier, trepó por la pared como una araña y se impulsó hacia Ryuusei antes de que él pudiera siquiera invocar sus Martillos.
Ryuusei sintió unas piernas fuertes rodear su torso y unas manos delicadas pero firmes aferrarse a su cabeza.
—Espera, espera, tengo moquill... —intentó decir Ryuusei.
CRACK.
El sonido fue seco, como una rama rompiéndose en invierno. El mundo de Ryuusei giró 180 grados de forma antinatural. Su visión se fue a negro. El dolor fue agudo por un milisegundo, y luego, la nada.
...
Treinta segundos después.
El sistema nervioso de Ryuusei se reinició con un chispazo de agonía. Las vértebras cervicales se realinearon, los nervios se reconectaron y el flujo sanguíneo volvió al cerebro.
Ryuusei boqueó, llenando sus pulmones de aire. Abrió los ojos. Estaba tirado en la alfombra.
Frente a él, sentada en su silla de escritorio con las piernas cruzadas, había una chica.
Era, objetivamente, hermosa. Tenía el cabello rojo intenso, cortado en un estilo bob asimétrico que enmarcaba un rostro de porcelana. Sus ojos eran de un color ámbar depredador. Llevaba un traje táctico ajustado de color negro que resaltaba una figura atlética y peligrosa.
—Te tardaste treinta y dos segundos en regenerar —dijo ella. Su voz era melodiosa, pero carente de cualquier emoción humana. Estaba tomando notas en una pequeña libreta—. Interesante. El informe decía veinte. La fiebre debe estar ralentizando tu metabolismo celular.
—¿Quién... diablos... eres? —graznó Ryuusei, frotándose el cuello recién soldado—. Y eso dolió, maldita sea.
—Soy Eider —dijo, invadiendo su espacio personal—. Clase S, Rango 4 de la Asociación de Héroes de Japón. División de Eliminación de Amenazas Anómalas.
—¿Héroes? —Ryuusei parpadeó, confundido—. Oye, si vienes por los impuestos, podemos hablarlo. No hace falta romper cue...
CRACK.
Esta vez no la vio venir. Eider giró sobre su talón y le propinó una patada giratoria en la sien que le rotó el cráneo nuevamente. Ryuusei cayó como un saco de papas.
...
Treinta y cinco segundos después.
—¡Auch! —gritó Ryuusei, reviviendo—. ¡Deja de hacer eso!
Se puso de pie de un salto, activando sus reflejos. Intentó teletransportarse usando una de sus dagas que tenía en la mesa de noche, pero Eider interceptó su mano en el aire, torciéndole la muñeca con una técnica de Aikido perfecta.
—Conozco tus movimientos, Kisaragi —dijo Eider al oído de Ryuusei, mientras lo inmovilizaba contra la pared—. He estudiado los videos de Rusia. Sé que dependes de tus dagas para el desplazamiento instantáneo. Sé que tu fuerza física base es inferior a la de un Cuarta Generación sin tus martillos. Y sé que tu regeneración tiene un límite de dolor mental.
—Eres... muy intensa... para ser una visita —jadeó Ryuusei, tratando de zafarse.
—Cálmate —ordenó Eider—. Solo estoy probando la resistencia de tus tejidos blandos.
—¡Pídeme que me calme cuando no me estés rompiendo los huesos! —gritó Ryuusei.
Harto de ser el saco de boxeo, Ryuusei aprovechó su peso superior para empujarla. Logró liberarse y retrocedió, jadeando. La fiebre le hacía ver doble.
—Escucha, loca del pelo rojo —dijo Ryuusei, levantando las manos—. No entiendo qué está pasando. Tengo fiebre, tengo mocos y solo quiero una aspirina. Dame un momento, por favor.
Eider ladeó la cabeza, como un ave rapaz analizando a un ratón herido.
—Un momento... —repitió ella.
—Sí. Un tiempo fuera. Time out.
Eider pareció considerarlo. Bajó la guardia. Ryuusei suspiró aliviado y bajó las manos para acomodarse el pantalón del pijama.
Fue un error.
En el instante en que Ryuusei bajó la guardia, Eider se deslizó por el suelo como si fuera hielo. Se metió en su guardia baja y lanzó una patada ascendente con precisión quirúrgica directo a la entrepierna de Ryuusei.
El sonido no fue un crack. Fue un golpe sordo y nauseabundo.
Los ojos de Ryuusei se desorbitaron. Su boca se abrió en un grito silencioso, el tipo de grito que solo los hombres conocen, donde el aire se niega a salir porque el dolor es demasiado profundo para ser expresado.
Ryuusei cayó de rodillas, abrazándose el estómago, con lágrimas reales saliendo de sus ojos.
—La regeneración visceral también cubre los órganos reproductivos —observó Eider fríamente, anotando en su libreta—. Pero el dolor fantasma persiste. Fascinante.
—Te odio... —gimió Ryuusei, colapsando de lado—. Te odio mucho...
Pasaron las horas. O tal vez fueron días. Para Ryuusei, fue un bucle de dolor y oscuridad. Cada vez que intentaba levantarse, Eider estaba allí. Una llave de brazo, una dislocación de hombro, otro cuello roto. Ella no lo mataba definitivamente (porque no podía), pero lo mantenía en un estado constante de muerte y resurrección.
Finalmente, el cuerpo de Ryuusei dijo basta. No por el daño físico, sino por el agotamiento de la enfermedad. La fiebre subió a 40 grados. Su regeneración dejó de responder por falta de calorías.
—Ya no... puedo más... —susurró Ryuusei, tirado en la alfombra, temblando de frío—. Ganas tú... llévame a Japón... o córtame la cabeza y úsala de llavero... no me importa...
Ryuusei cerró los ojos y se desmayó.
El olor a cebollino y jengibre despertó a Ryuusei.
Abrió los ojos con pesadez. Ya no estaba en el suelo. Estaba en su cama, arropado cómodamente. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por una lámpara de lectura.
Al girar la cabeza, casi le da un infarto de nuevo.
Sentada a su lado, en el borde de la cama, estaba Eider. Pero ya no llevaba el traje táctico negro. Llevaba un traje de maid (sirvienta) clásico: vestido negro con delantal blanco con volantes, y una cofia en el cabello rojo.
—¿Estoy muerto? —preguntó Ryuusei con voz ronca—. ¿Este es el cielo de los otakus?
—Sigues vivo —respondió Eider. Su tono seguía siendo igual de plano—. Encontré este atuendo en el armario de suministros del cuarto piso. Al parecer, a alguien en esta base le gustan los disfraces. Mi ropa estaba manchada con tu sangre y mucosidad. Era antihigiénico.
Ryuusei parpadeó, tratando de procesar la imagen. La asesina letal vestida de sirvienta victoriana. Era surrealista.
Eider sostenía un tazón humeante en sus manos.
—Siéntate —ordenó.
Ryuusei, temiendo por su vida, obedeció y se sentó, apoyándose en el cabecero.
—Tienes fiebre y deshidratación severa —explicó Eider—. Tu regeneración consume calorías masivas. Si no comes, tu cuerpo empezará a canibalizar tus propios músculos. Preparé sopa.
Eider llenó una cuchara y la acercó a la boca de Ryuusei.
—Abre.
Ryuusei miró la sopa con desconfianza. —¿Tiene veneno?
—Si quisiera matarte, ya lo habría hecho —dijo ella—. Abre.
—No me gusta la sopa —se quejó Ryuusei, comportándose como un niño—. Quiero pizza. O hamburguesas. La sopa es agua sucia con trozos de...
GOLPE.
Eider soltó la cuchara, y con dos dedos rígidos, golpeó la tráquea de Ryuusei en un punto de presión exacto. Ryuusei boqueó involuntariamente por el espasmo, abriendo la boca de par en par.
Con una velocidad de rayo, Eider recuperó la cuchara y la metió en la boca abierta de Ryuusei antes de que pudiera cerrarla.
—Traga —dijo ella.
Ryuusei tosió, tragó y sintió el calor reconfortante del caldo bajando por su garganta. Estaba... delicioso.
—Está buena —admitió Ryuusei, con lágrimas en los ojos por el golpe en la garganta.
—Lo sé. Mi abuela me enseñó. Ahora come más.
Mientras Eider lo alimentaba a la fuerza (con la amenaza latente de otro golpe en la tráquea), Ryuusei decidió que era momento de obtener respuestas.
—Entonces... eres de la Asociación —dijo Ryuusei entre cucharadas—. ¿Por qué? ¿Por qué enviaron a alguien como tú?
—Eres una amenaza de Nivel Omega —respondió Eider limpiando una gota de caldo de la barbilla de Ryuusei con una servilleta, un gesto extrañamente maternal—. Después de lo que hiciste en el centro de Tokio, Rusia... destruir una instalación militar, enfrentarte a Aurion y aún integrante de la familia de los Valmorth , mostrar poderes que desafían la física... Japón entró en pánico.
—Solo me defendí.
—Eso es irrelevante. La Asociación no tolera variables incontrolables. Me enviaron para evaluarte y, si eras una amenaza activa, eliminarte.
Ryuusei la miró. A pesar del traje de maid ridículo, Eider emanaba un aura de competencia absoluta. Sus ojos bajaron involuntariamente. El traje de sirvienta era... ajustado. Muy ajustado. Resaltaba una cintura pequeña y unas curvas que el traje táctico había disimulado.
—Mis ojos están aquí arriba, Kisaragi —dijo Eider sin cambiar de tono.
—Lo siento —dijo Ryuusei rápidamente, mirando al techo—. Es la fiebre. Me hace mirar... cosas.
—Concluí que no puedo matarte con métodos convencionales —continuó Eider, ignorando su excusa—. Tus dagas te permiten escapar de cualquier confinamiento. Tu máscara del Yin y Yang te da versatilidad elemental. Tus martillos rompen cualquier defensa física. Y te regeneras. Eres un rompecabezas molesto.
—Gracias, supongo.
—Así que cambié de táctica. Me quedaré contigo.
Ryuusei casi se atraganta con la sopa. —¿Qué? ¿Aquí? ¿En mi cuarto?
—Sí. Viviré contigo. Comeré contigo. Te observaré dormir. Voy a estudiar cada aspecto de tu biología y tu psicología hasta encontrar tu punto débil. Y cuando lo encuentre... te mataré. Por las buenas o por las malas.
—Eso es... perturbadoramente honesto —dijo Ryuusei.
—Deja de mirar mi cintura o te romperé el cuello otra vez. Esta vez dejaré que suelde chueco.
—¡Ya paré! ¡Ya paré! —gritó Ryuusei, tapándose los ojos.
En ese momento, tres golpes secos sonaron en la puerta de la habitación.
—¡Ryuusei! —era la voz de Kaira. Sonaba urgente—. Sé que estás ahí y sé que estás despierto. Mi mente siente tu angustia desde el pasillo. ¡Abre! Tenemos una situación grave.
Ryuusei se congeló. Miró a Eider. Ella ya estaba de pie, con un cuchillo de combate que había sacado de entre los pliegues de su falda de maid.
—¡No entres! —gritó Ryuusei, con pánico—. ¡Me estoy cambiando! ¡Estoy desnudo! ¡Muy desnudo!
—¡No me importa tu desnudez, idiota! —respondió Kaira desde afuera—. ¡Capturamos a una intrusa! Se hace llamar "Janet", pero sabe cosas de los Valmorth. Bradley la trajo. Necesitamos que bajes al interrogatorio ahora mismo.
Ryuusei sintió que el dolor de cabeza regresaba con fuerza. ¿Una intrusa? ¿Valmorth? ¿Y él atrapado con una asesina japonesa vestida de sirvienta?
Ryuusei miró a Eider, suplicante.
—Escucha... —susurró él—. Tengo que bajar. Es mi equipo. Si no voy, entrarán. Quédate aquí. Por favor. No mates a nadie.
Eider jugó con el cuchillo entre sus dedos.
—Tienes treinta minutos, Kisaragi. Si en treinta minutos no vuelves para que siga con mi observación... bajaré a buscarte. Y si bajo yo, la gente morirá.
—Treinta minutos. Entendido —dijo Ryuusei, poniéndose de pie mareado. Se puso una bata encima del pijama para ocultar los moretones recientes.
—Y Ryuusei... —dijo Eider cuando él estaba por abrir la puerta.
Él se giró.
—Si le dices a alguien que estoy aquí, te cortaré la lengua antes de que puedas regenerarla. Será doloroso.
Ryuusei asintió frenéticamente y abrió la puerta lo justo para deslizarse hacia afuera, cerrándola de golpe tras de sí.
En el pasillo, Kaira lo miró con el ceño fruncido.
—Te ves horrible —dijo la telépata—. Y hueles a... ¿sopa de pollo? ¿Quién te hizo sopa? Aiko está en el gimnasio.
—Me la hice yo. Soy un chef oculto —mintió Ryuusei, sudando frío—. Vamos. ¿Quién es esa "Janet" y por qué me están arruinando mi día de enfermedad?
Ryuusei caminó hacia el ascensor, arrastrando los pies. Tenía fiebre, le dolía la entrepierna, tenía una asesina psicópata esperándolo en su cama y ahora tenía que interrogar a una supuesta espía.
"Solo quiero volver a dormir", pensó Ryuusei mientras el ascensor descendía hacia la oscuridad del Nivel 3. No tenía idea de que la chica que lo esperaba abajo no era una espía cualquiera, sino la hermana del hombre que más odiaba en el mundo.
