Ficool

Chapter 32 - 32

El cuerpo de la bestia quedó reducido a cenizas flotantes, que danzaban en el aire como polvo estelar. La barrera mágica de Adam se desvaneció lentamente, revelando el campo destruido y silencioso. Solo el crepitar lejano de algunos incendios menores se mantenía en el ambiente, como un eco del caos que acababa de extinguirse.

Adam se giró con calma, sus ojos carmesí buscaron de inmediato a Ellian.

Allí estaba su hijo, de pie junto a Noah y rose su esposa, con el rostro manchado de sangre seca y una expresión que intentaba mantenerse firme. Al verlo, Adam caminó directamente hacia ellos. A medida que avanzaba, su aura se suavizaba ligeramente. No completamente —porque su presencia seguía siendo dominante y fría—, pero algo en él se quebraba ante la imagen de su hijo tan pequeño, tan manchado por la guerra.

Ellian lo esperó, y cuando Adam se acercó lo suficiente, el niño lo miró directamente, sin dramatismos, sin lágrimas nuevas, solo con una voz baja y temblorosa que contenía todo lo que no podía decir.

—Padre… —dijo con esfuerzo—. Ronan aún respira.

Adam bajó la mirada hacia el cuerpo del joven, tumbado sobre los brazos de Rose, quien mantenía presión sobre su herida.

—Por favor —añadió Ellian con un hilo de voz, pero firme—. No dejes que muera.

Adam no respondió de inmediato. Su mirada recorrió las heridas de Ronan, el tono azulado de su piel, la respiración débil. Luego volvió a mirar a su hijo.

—¿Lo deseas con ese grado de certeza? —preguntó Adam, sin emoción, pero con la atención total centrada en Ellian tocó un mechón de su pelo manchado de sangre.

El niño asintió, más fuerte esta vez. No era solo una súplica. Era una decisión. Una orden nacida del corazón.

—Él me protegió —dijo Ellian—. No porque debiera hacerlo… sino porque quiso.

Adam respiró hondo. Extendió una mano sobre el pecho de Ronan, y de sus dedos emergieron sellos flotantes, oscuros y luminosos a la vez, con símbolos . La energía se expandió en círculos concéntricos alrededor del cuerpo herido.

—Este tipo de magia… no garantiza nada —advirtió, sin dejar de canalizar—. Pero si alguien puede sobrevivir a esta curación... será porque merece vivir.

Rose observó en silencio, apartándose un poco para dejarle espacio. Noah, aún herido, se mantuvo de pie a unos pasos, atento a todo, con los ojos fijos en Ronan.

Adam comenzó a recitar en voz baja una fórmula arcana. Las heridas de Ronan lentamente dejaron de sangrar, y una luz suave se filtró por las grietas de su piel. El cuerpo ya no temblaba de dolor. La respiración, aunque débil, volvió a estabilizarse.

Pasaron largos minutos. El hechizo terminó cuando una esfera de luz blanca, formada por la energía de Adam, se fundió en el pecho de Ronan.

—Ahora descansa —murmuró Adam, más para sí que para los demás.

Se incorporó y miró una vez más a Ellian. Su rostro no mostraba afecto explícito, pero sus ojos se suavizaron apenas.

—Está fuera de peligro. Por ahora.

Ellian bajó la cabeza, cerrando los ojos un segundo. No dijo gracias. No era necesario. Su silencio era respeto, comprensión, y un reconocimiento silencioso entre padre e hijo.

Adam se giró luego hacia Rose. Su vestido estaba rasgado, manchado de sangre. Sus ojos, antes fríos por la batalla, ahora mostraban el agotamiento de una madre que había peleado hasta el final.

Él extendió su mano hacia ella. Un gesto simple, pero en ellos significaba todo.

—Volvamos.

Y mientras el cielo aún ardía con las luces del desastre, la familia Kafgert se mantuvo en pie. Herida, pero unida.

Adam volvió a mirar a sus hijos. Noah había estado luchando durante todo el ataque, su cuerpo mostraba signos de fatiga, rasguños y sangre seca, aunque ninguna herida mortal. El joven mantenía su postura firme, pero sus piernas temblaban levemente. Adam se acercó sin decir palabra y lo cargó en brazos con una facilidad casi inhumana. Noah no protestó. Cerró los ojos un momento y dejó que su padre lo envolviera en ese silencio protector.

Rose, por su parte, intentaba ayudar a Ellian a caminar. El niño había dejado de llorar, pero su rostro seguía pálido y sus pequeños dedos se aferraban con fuerza al vestido ensangrentado de su madre. Antes de que pudiera dar un paso más, Adam se giró hacia ellos. Su mirada fue suficiente.

Con un gesto suave de su brazo, la gravedad pareció detenerse. Rose sintió cómo sus pies dejaban el suelo con ligereza, y antes de entenderlo del todo, ella y Ellian flotaban hacia Adam, quien los sujetó con cuidado y sin esfuerzo. A pesar de la sangre, del cansancio, y del aura gélida que solía envolverlo, Adam era ahora el centro silencioso de todo lo que debía sobrevivir.

—Suficiente por hoy —susurró.

Extendió su mano libre hacia el cielo nocturno. La sangre seca en su muñeca contrastaba con la luz blanca que brotó de sus dedos. Círculos mágicos comenzaron a girar en el aire, uno dentro del otro, inscritos con símbolos que brillaban como constelaciones. Era magia de alto nivel, antigua.

Un portal se abrió, enorme y majestuoso, con una ráfaga de viento suave y cálido que envolvió a la familia. No era un simple túnel entre dos puntos; era un hechizo de resguardo, creado para teletransportarlos sin causarles daño ni alterar su equilibrio interno.

—Vamos a casa —dijo Adam en voz baja.

Y atravesaron el portal.

El palacio imperial los recibió con un silencio inquietante. Los guardias a la entrada apenas pudieron inclinarse antes de sentir un escalofrío recorrerles la espalda. La presencia de Adam, envuelto en esa aura aún activa de batalla y poder divino, bastaba para que nadie se atreviera a alzar la voz.

El portal se cerró a sus espaldas. En un rincón del vestíbulo, varios sirvientes se apresuraron a acercarse, pero Adam les hizo un gesto simple con la cabeza.

—No los toquen —ordenó—. Traigan a los sanadores. Que atiendan a Ronan de inmediato.

Un grupo de magos médicos corrió en dirección al herido, sin atreverse a cuestionar. Ronan fue llevado a una sala protegida, entre hechizos de estabilización y palabras apresuradas. Rose, aún en brazos de Adam, insistió con voz firme:

—Quiero estar con él.

Adam la observó por un segundo. Asintió. La bajó con cuidado, permitiéndole ir tras el grupo médico junto a Ellian, que seguía aferrado a su mano.

Noah aún descansaba en sus brazos.

abrió los ojos y murmuró con voz ronca:

—Gracias, padre…

Adam bajó la mirada, contemplándolo.

—Hiciste un buen trabajo, Noah —respondió con voz grave—. Ahora descansa.

Lo llevó a su habitación. Lo depositó con delicadeza sobre la cama y se inclinó para curar sus heridas. Mientras lo hacía, las criadas tocaron a la puerta.

—Traigan agua caliente y un pañuelo limpio —ordenó sin levantar la vista.

Las sirvientas obedecieron de inmediato. Cuando el pañuelo y el agua llegaron, Adam las despidió con un gesto. Él mismo limpió el rostro de Noah, retiró sus zapatos y lo acomodó entre las sábanas para que tuviera un sueño profundo y reparador. Al terminar, Noah ya dormía, sin heridas, ni la suciedad del combate. El rostro del chico, por primera vez en horas, lucía sereno.

Adam se inclinó y depositó un suave beso en la frente de su hijo.

—Que tengas dulces sueños, Noah —susurró, y se retiró en silencio de la habitación.

Minutos más tarde, Adam cruzó solo los pasillos del ala este, donde se encontraba la cámara del emperador. Sus pasos resonaban con fuerza medida, como si cada uno cargara el peso de la batalla que acababa de librar. No se detuvo. No mostró emociones.

Frente a las puertas de la sala imperial, los caballeros imperiales abrieron paso sin decir una sola palabra. El emperador lo esperaba.

La gran sala estaba en penumbra, iluminada solo por antorchas altas y braseros encendidos. En el trono, el emperador Damián lo aguardaba con una copa de vino aún intacta en la mano. Su rostro era una máscara de calma, pero sus ojos brillaban con interés.

—Archiduque Kafgert —dijo con voz suave—. ¿Informe?

Adam se detuvo a unos metros del trono. Se inclinó levemente. No por respeto, sino por formalidad.

—La amenaza fue eliminada. La flor fue transformada en una entidad abominable. No dejó rastro alguno tras su destrucción.

—¿Y tu familia?

Adam alzó la mirada.

—Heridas leves . Pero vivos.

Damián asintió lentamente, casi con satisfacción.

—Entonces, podemos respirar tranquilos.

—Por ahora —respondió Adam con frialdad—. Pero el hecho de que algo así haya llegado tan cerca… no es casualidad.

El emperador entrecerró los ojos, interesado.

—están empezando a movilizarse

Adam no respondió de inmediato. Luego, con voz baja y seria, añadió:

—Si . Tomaré medidas .

Damián sonrió, apoyando su copa sobre el brazo del trono.

—Hazlo. Y cuando lo encuentres… asegúrate de que no quede nada de él.

Adam se dio media vuelta, sin pedir permiso para retirarse. No lo necesitaba. Ya había hecho más de lo que cualquier soldado o noble habría podido lograr.

Porque al final, Adam Kafgert no era solo el archiduque.

Era la tormenta que protegía el imperio con manos frías

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