Ficool

Chapter 31 - 31

[Minutos antes]

El mundo de Ellian se rompió en tan solo un segundo.

Un instante antes, Ronan estaba de pie, peleando desesperadamente por protegerlo; un instante después, la hoja plateada de una daga se hundía despiadadamente en su abdomen.

Los ojos de Ronan se abrieron desmesuradamente, llenos de sorpresa y dolor. No hubo un grito estridente, solo un jadeo ahogado, un sonido húmedo y desgarrador que quedó grabado a fuego en la mente de Ellian.

La sangre brotó lentamente, oscura, casi irreal bajo la luz rojiza de las llamas que devoraban todo a su alrededor. Al principio fue apenas una mancha escarlata que se extendía sobre su ropa; luego, un hilo constante, cálido y viscoso, que terminó formando un charco oscuro que empapó el suelo de piedra.

Ellian sintió cómo el calor de esa sangre mojaba sus propias manos: tibia, real e insoportable.

—¡Ronan!

Su grito emergió roto, una mezcla de horror y desesperación que rasgó el aire.

El cuerpo de Ronan se arqueó dolorosamente cuando el encapuchado giró el arma dentro de su carne, desgarrando tejidos y provocándole un gemido seco y angustioso.

—¡NO! ¡Déjalo! —sollozó Ellian, revolviéndose inútilmente entre los brazos que lo retenían con fuerza.

Sus pataleos eran débiles. Sus golpes, insignificantes.

La desesperación crecía con cada respiración, convirtiéndose en una agonía insoportable al comprender su cruda realidad:

Era débil.

En ese cuerpo frágil de niño, no había magia, ni fuerza, ni poder capaz de salvar a Ronan.

—¡Ronan! ¡RONAN! —gritó con toda la fuerza que sus pequeños pulmones podían permitirle, mientras veía cómo la vida de su guardián se escapaba lentamente, gota a gota.

La daga se retorció una vez más, con crueldad calculada, destrozando aún más su interior. El cuerpo de Ronan convulsionó bajo el impacto del dolor. Su visión comenzó a nublarse y el mundo pareció inclinarse de lado.

El dolor era intenso, eso era cierto. Pero lo que más le pesó, lo que realmente le rompía por dentro, fue escuchar el llanto de Ellian: quebrado, infantil… demasiado parecido al de aquellos niños que había visto nacer y morir en las barriadas pobres del exterior.

Ronan intentó respirar con calma, tal como su madre le había enseñado años atrás, cuando la sangre comenzaba a manchar el suelo demasiado rápido.

Durante mucho tiempo, Ronan había creído saber por qué estaba allí.

Un contrato.

Un salario.

Una deuda pendiente con el Archiduque Adam Kafgert, el único hombre capaz de levantar muros lo suficientemente altos y fuertes para mantener lejos a los monstruos que devoraban aldeas enteras.

Eso era todo… ¿verdad? Solo era un trabajo.

Sus dedos temblaron al intentar moverse, mientras su mente viajaba involuntariamente al pasado.

Recordó el exterior. Las madrugadas heladas que calaban los huesos. Los caminos llenos de cadáveres que nadie se molestaba en reclamar. Las mujeres gritando de dolor mientras su madre luchaba por traer nuevas vidas a un mundo que parecía odiarlas desde su primer aliento.

Recordó cargar cubos de agua pesados siendo apenas un niño, con las manos agrietadas por el frío. Recordó sostener entre sus brazos a recién nacidos demasiado débiles para sobrevivir una sola noche más.

Había aprendido desde muy pequeño una lección cruel: la gente moría rápido… y casi siempre, sin ningún significado.

Su visión borrosa regresó al presente.

Ellian estaba allí, llorando, sollozando con el corazón en la mano. Sus lágrimas caían como gotas de cristal, limpias y tristes, mientras estiraba sus pequeñas manos manchadas de rojo, intentando alcanzarlo, resistiendo con todas sus fuerzas lo inminente.

Ronan frunció apenas el ceño, luchando contra la oscuridad que quería llevárselo.

¿Cuándo dejó de ser solo trabajo?

No podía recordar el momento exacto.

Tal vez fue la primera vez que lo conoció, cuando le asignaron la tarea de criarlo y cuidarlo desde que era apenas un bebé. Recordaba cómo el pequeño Ellian se quedaba profundamente dormido en sus brazos apenas lo mecía un poco. O cuando comenzó a dar sus primeros pasos…

Poco a poco, se dio cuenta de que aquel niño, mientras crecía, tenía algo diferente. Siempre sabía lo que necesitaba, cuándo tenía hambre o cuándo debía ser cambiado, sin hacer escándalos innecesarios. No hacía preguntas sobre las cosas simples, era como si hubiera nacido sabiéndolo todo, comprendiendo el mundo sin necesidad de que nadie se lo explicara.

Pero lo que más le había impresionado era su forma de ser.

No era arrogante. Nunca se sintió superior por su título de noble, ni trataba a los demás como si fueran menos que él. Al contrario, siempre los trataba como iguales, con respeto y dulzura, sin importarle su condición o estatus.

Una risa seca quiso salir de su pecho ante ese recuerdo, pero solo consiguió escupir otro hilo de sangre espesa.

No, ya no había sido solo un deber.

Ni solo por cumplir una deuda.

Había sido porque… sin darse cuenta… tomó una decisión propia: ese niño no conocería el mundo cruel que a él le había tocado sobrevivir.

Aquí, dentro de estos muros, rodeado de campos de flores y seguridad, todo era hermoso y bueno. Pero afuera… afuera era demasiado peligroso. La muerte, la hambruna y la injusticia social acechaban en cada rincón. Y él había jurado, sin decirlo en voz alta, que Ellian nunca sufriría eso.

Su respiración falló por un segundo. El dolor agudo comenzó a alejarse, reemplazado por una sensación de pesadez y frío que recorría su cuerpo.

Y eso… eso sí le dio miedo.

Porque conocía muy bien esa sensación.

La había visto demasiadas veces mientras su madre sostenía manos que se enfriaban lentamente, viendo cómo la vida se apagaba sin remedio.

Ronan intentó enfocar la mirada con esfuerzo. Luchó para mantenerse despierto, aferrándose a la conciencia como si fuera un hilo de seda.

Ya no era para cumplir un contrato.

Sino porque el niño que lloraba frente a él… hacía mucho tiempo que había dejado de ser solo un joven amo o un noble.

Se había convertido… simplemente… en alguien a quien no quería abandonar. Alguien a quien amaba.

Intentó decir algo, dejarle al menos una última palabra, pero solo consiguió expulsar más sangre que le llenó la boca.

Ellian estalló en un llanto desconsolado, sintiendo cómo su propio corazón se partía en mil pedazos al verlo desvanecerse.

—¡Hermano…! —Su voz se perdió entre los gritos, cargada de miedo y desesperación—. ¡Noah, ayúdame!

Pero Noah no podía escucharlo. Seguía atrapado en una lucha feroz contra los espectros y monstruos, incapaz de romper el cerco de sombras que le impedía llegar hasta ellos.

Ellian sintió, por primera vez en su corta vida, una impotencia absoluta y devastadora.

Era débil.

Todo su conocimiento, sus recuerdos pasados, ese sistema que supuestamente tenía… nada de eso servía en ese instante crítico. Su cuerpo infantil era inútil, incapaz de proteger a nadie, incapaz de salvar a la única persona que siempre había estado ahí para él.

Las lágrimas corrían incontenibles por su rostro. Sus manos temblaban, manchadas con la sangre que ahora también era parte de él, incapaces de hacer algo para detener la hemorragia.

—… no te mueras… —susurró entre sollozos desesperados, con la voz rota—. Por favor… no te vayas…

Ronan intentó sonreír débilmente, apenas consciente, luchando con lo último que le quedaba de fuerza para verlo una vez más.

—No… llores… joven amo… —susurró. Su voz era apenas un hilo de aire, débil y casi inaudible, pero lleno de ternura—. Está… todo bien…

Sus ojos se cerraron lentamente, y la mano que intentaba alcanzar la mejilla de Ellian cayó pesadamente a un lado, inerte.

El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.

 

Antes de que Ellian pudiera reaccionar o siquiera emitir un sonido, un golpe brutal impactó contra su estómago, arrebatándole todo el aire de los pulmones. Fue lanzado al suelo con violencia, sin el menor cuidado, quedando tendido allí, incapaz de moverse o respirar bien. Desde su posición, solo podía mirar con impotencia cómo la daga seguía clavada en el cuerpo de Ronan, mientras la vida de su único apoyo se escapaba lentamente.

Todo se volvió oscuro de golpe.

Los secuestradores lo alzaron sin miramientos, tomándolo como un simple bulto para llevárselo y desaparecer de allí. Ellian ya había perdido la conciencia. Lo introdujeron dentro de una bolsa áspera y oscura, sin delicadeza alguna, cerrándola herméticamente. Corrieron con paso rápido y pesado, alejándose del lugar de la masacre, hasta que de pronto… se detuvieron en seco.

Un escalofrío les recorrió la espalda.

Sentían una presión inmensa, un poder destructivo que emanaba desde el centro de la ciudad, una energía tan densa que parecía doblar el aire mismo. Uno de ellos alzó la vista y lo vio.

Allí, de pie entre la destrucción, estaba él.

Un hombre de cabello largo y oscuro, con una piel tan blanca como la nieve virgen, y una apariencia que no pertenecía a este mundo. Era hermoso, de una belleza inigualable, perfecto a la vista… y al mismo tiempo, aterrador. Sus ropas estaban cubiertas de sangre, salpicadas por todas partes, pero extrañamente, ni una sola mancha manchaba su rostro pulcro y atractivo. Él estaba allí, inmóvil, admirando quizás el caos que él mismo había provocado.

El secuestrador se quedó hipnotizado, mirando aquella figura, incapaz de apartar la vista. Era como ver a una deidad, o a un demonio.

—¡Oye! ¡Despierta! —Un golpe brusco de su compañero lo sacó de su embeleso—. ¡Vamos, sígueme! ¡Tenemos que irnos ya!

Continuaron corriendo, pero no pudieron evitar ver lo que sucedía a su alrededor.

Vieron cómo aquel hombre, Adam Kafgert, asesinaba a los monstruos con una facilidad insultante, sin el menor esfuerzo, como si aplastara hormigas bajo sus pies.

Los espectros intentaron rodearlo, lanzándose desde todas direcciones con hambre y furia, pero Adam ya no estaba allí. Desaparecía y reaparecía entre las sombras, dejando tras de sí solo restos que se desvanecían en el aire antes de tocar el suelo. La ciudad entera retumbaba; la propia tierra temblaba, no por lo que él decía, pues no hablaba, sino simplemente por lo que él era: una existencia superior.

—¿Están viendo esto…? —murmuró uno de los encapuchados, con las manos temblando violentamente y el miedo marcado en cada palabra—. No está luchando… ni siquiera se está defendiendo… simplemente, los borra de la existencia.

De pronto, aquella figura hermosa y mortal dirigió su mirada directamente hacia donde estaban escondidos los secuestradores. Sus ojos rojos brillaron en la oscuridad.

Esperaban que avanzara, que fuera por ellos, que los matara en cualquier segundo.

Pero jamás llegó.

En cambio, un sonido seco y húmedo, el crujido de carne siendo cortada limpiamente, resonó en la calle. El secuestrador que llevaba a Ellian giró la cabeza y vio a su compañero caer al suelo, muerto al instante, sin saber siquiera qué lo había tocado.

Y entonces, sin darse cuenta de la verdad, ni de cómo ni cuándo había pasado, sintió que su propia vida se apagaba. Flotaba en el aire, ajeno a todo, y en un parpadeo, él también cayó al suelo, muerto antes de entender qué sucedía.

La bolsa que sostenía en sus brazos, donde estaba Ellian, cayó al vacío. Pero el impacto contra el suelo nunca llegó. Unas manos suaves y firmes la atraparon en el aire, sosteniéndola con un cuidado infinito.

Dentro de la oscuridad de la bolsa, la mente de Ellian flotaba entre el sueño y la muerte. Una voz dulce y conocida acarició sus oídos. Era la voz de su madre, llamándolo por su nombre, clara y suave como siempre.

¿Era un sueño? ¿O ya estaba muriendo?

Sus ojos permanecían cerrados, pesados, no quería abrirlos por miedo a despertar de aquella ilusión. Pero entonces, la voz de su madre cambió. Se tensó. Se llenó de una furia helada que nunca había escuchado antes. Un grito de rabia contenido resonó, y eso lo despertó por completo.

Abrió los ojos de golpe.

Lo primero que vio fue la cabeza de uno de los encapuchados rodando por el suelo, y la sangre caliente que salpicó su rostro infantil.

Y frente a él, sosteniéndolo entre sus brazos con fuerza protectora, apareció la silueta que reconoció con toda su alma.

Su madre, Rose, estaba allí.

Su rostro, habitualmente lleno de dulzura, sonrisas y amor infinito, ahora estaba helado, endurecido por una ira silenciosa y absoluta que irradiaba un poder inmenso. A su alrededor, los demás secuestradores ya no se movían. Todos estaban muertos. Sus cuerpos habían sido atravesados, cortados y despedazados en solo unos instantes por finos hilos invisibles que Rose controlaba con una precisión mortal y letal.

Ella miró los cadáveres, y sus ojos verdes brillaron con un odio que jamás había mostrado ante su hijo.

—¿Cómo se atreven… a tocar a mi hijo? —dijo. Su voz no fue más que un susurro frío, pero cargado de una amenaza que hizo que el aire se congelara.

Se giró hacia Ellian, y al verlo herido, sucio y asustado, su expresión de furia se rompió, volviendo al instante a la ternura desesperada de madre. Se acercó rápidamente, se arrodilló y lo abrazó con fuerza, cubierta de sangre ajena, pero sin mancharlo a él.

—No te preocupes, estoy aquí. Ya pasó todo.

—¡MAMÁ! —gritó Ellian, rompiendo en llanto. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con la sangre y el polvo, pero por primera vez en lo que parecía una eternidad, sentía una felicidad inmensa y un alivio absoluto al verla.

Rose examinó con detenimiento los moretones que cubrían la piel de su hijo. Había recibido varios golpes, estaba sucio y asustado, pero al menos las heridas no eran de gravedad; nada que pusiera en riesgo su vida. Sin embargo, solo ver esas marcas en su pequeño cuerpo fue suficiente para que su mirada se endureciera de nuevo.

Ellian, al darse cuenta de la preocupación y la ira contenida en el rostro de su madre, apretó con fuerza su mano entre las suyas, buscando calmarla a ella tanto como a sí mismo.

—Estoy bien, mamá… —dijo con voz entrecortada, mirándola fijamente—. Pero mi hermano y Ronan… ellos necesitan tu ayuda. ¡Ahora mismo están en peligro! —sus palabras salieron rápidas, cargadas de angustia—. Mi hermano está combatiendo contra los monstruos y Ronan está herido, muy mal… ¡Volvamos hacia allá! Por favor, tenemos que ir, Ronan debe estar allí todavía… y mi hermano Noah… —su voz se quebró, y su cuerpo comenzó a temblar violentamente por el miedo—. ¡Ellos están en un peligro grave, mamá, se van a morir si no vamos!

Rose escuchó cada palabra con atención, y aunque sentía el mismo miedo por los demás, mantuvo la calma para transmitírsela a su hijo. Lo tomó suavemente por los hombros y lo miró a los ojos con firmeza y dulzura.

—No te preocupes, cariño. Tu hermano Noah es alguien muy fuerte, valiente y capaz. No es débil, y sabe muy bien cómo protegerse y pelear. Debes mantener la calma, ¿me entiendes? Si te asustas, no podremos ayudarlos como se debe —le explicó con voz serena—. Iremos a buscarlos ahora mismo, te lo prometo. Pero primero… tengo que sanarte a ti.

Colocó ambas manos sobre los moretones y las zonas golpeadas de Ellian. Al instante, una luz blanca, brillante y cálida comenzó a resplandecer desde sus palmas, envolviendo el cuerpo del niño. Era una energía suave, que no dolía en absoluto; al contrario, sentía un alivio inmenso, como si el cansancio y el dolor se desvanecieran al instante. Poco a poco, las marcas oscuras de los golpes desaparecieron por completo bajo aquella luz sanadora, dejando su piel limpia y sana otra vez.

Cuando terminó, Rose sacó un pañuelo de tela fina de su bolsillo y, con mucho cuidado y ternura, comenzó a limpiar la sangre, el polvo y las lágrimas que manchaban el rostro de su hijo, devolviéndole su aspecto limpio.

—Listo. Ahora estás bien —susurró ella, acariciando su mejilla—. Vamos.

 

 

Rose tomó la mano de su hijo con una firmeza protectora, asegurándose de que él estuviera bien sujeto, y comenzó a avanzar con paso rápido pero decidido hacia el lugar que Ellian le había indicado. El camino estaba sembrado de escombros, cenizas y el rastro sangriento de una batalla feroz, pero ella se movía en medio del caos como si fuera intocable. A su alrededor, finos hilos invisibles flotaban en el aire, brillando apenas con una luz letal, listos para cortar o defender al menor indicio de peligro.

Ellian caminaba a su lado, con las piernas aún temblando por el miedo reciente, pero sintiéndose ahora a salvo bajo el calor de la mano de su madre. Sus ojos recorrían todo el paisaje destruido, buscando desesperadamente cualquier rastro de las personas que amaba. Su corazón latía con fuerza, ansioso por encontrarlos.

Al acercarse a la zona central, el ruido se volvió ensordecedor: rugidos que helaban la sangre, el choque metálico de las armas y el sonido desgarrador de algo rompiéndose. Pero lo que más le llamó la atención fue la atmósfera misma; el aire se sentía pesado, denso, cargado de una energía oscura que hacía difícil hasta respirar.

Y entonces, entre la niebla de polvo y humo que cubría todo, lo vio.

Noah estaba allí, de pie, firme como una roca. En una mano sostenía su espada, ya mellada y teñida de rojo; con el otro brazo, y con un esfuerzo sobrehumano, mantenía sujeto contra su pecho el cuerpo inerte de Ronan. Tenía a su mayordomo, su amigo, aferrado a sí, evitando que cayera al suelo, protegiéndolo con su propia vida incluso cuando Ronan ya no podía ni moverse. Noah estaba rodeado por una docena de espectros y monstruos, cubierto de heridas que sangraban sin cesar, con cortes profundos que atravesaban su ropa y su carne… y sin embargo, no retrocedía ni un solo paso.

Con Ronan a cuestas, en cada movimiento, en cada golpe que daba, Noah arriesgaba el doble. Cada vez que una criatura se abalanzaba sobre ellos, él respondía con un golpe certero y violento, gritando con la fuerza de quien no tiene intención de perder. Respiraba con dificultad, el pecho subía y bajaba con agitación, sus brazos temblaban por el peso y el agotamiento extremo… pero sus ojos seguían fijos, brillantes y llenos de determinación.

No lo había soltado ni un segundo. Ni siquiera para defenderse mejor.

—¡NOAH! ¡RONAN! —gritó Ellian, y su voz se quebró en el aire. Quiso correr hacia ellos, desesperado, pero Rose lo retuvo suavemente, apretando su mano para calmarlo.

—Espera… ya falta poco. Ya van a estar a salvo —le susurró ella, y en su mirada no había miedo, sino un orgullo doloroso al ver la valentía de su hijo mayor.

Noah escuchó ese grito. Escuchó su nombre. Giró la cabeza bruscamente, con la respiración entrecortada, y al ver a su hermano pequeño de pie, sano y salvo, y a su madre allí presente… una mezcla de alivio absoluto y furia salvaje recorrió todo su ser. Con un grito que nació de lo más profundo de sus fuerzas, descargó un golpe final tan fuerte que hizo retroceder y caer a los monstruos que lo acorralaban, abriendo un camino entre el caos, mientras apretaba con más fuerza a Ronan contra su propio cuerpo, como si con ese abrazo pudiera mantenerlo vivo.

—¡¡MADRE!! ¡¡ELLIAN!! —respondió él con voz ronca, casi irreconocible por el esfuerzo, luchando por mantenerse en pie—. ¡¡VAYAN HACIA ATRÁS, ES DEMASIADO PELIGROSO AQUÍ!! ¡¡TENGO A RONAN, PERO ESTÁ MUY HERIDO… NO PUEDO DEJARLO, PERO ESTOY AGOTADO!!

Pero Rose no dio ni un paso atrás. Al contrario, soltó la mano de Ellian y se colocó frente a él, erguida, imponente, mirando fijamente a las bestias que aún intentaban acercarse, olfateando nuevas presas. En ese instante, su presencia cambió por completo; ya no era solo una madre protectora, sino una fuerza de la naturaleza desatada.

—YA BASTA.

No fue un grito. Fue una orden absoluta, fría y cortante, que pareció detener el tiempo mismo a su alrededor.

En un parpadeo, docenas de hilos finos y brillantes salieron disparados desde entre sus dedos, extendiéndose en todas direcciones con una velocidad imposible de seguir a simple vista. No hubo ruido de espadas, ni golpes secos. Solo el sonido suave y aterrador del aire siendo cortado.

Uno a uno, los monstruos que amenazaban a Noah cayeron al suelo, partidos en pedazos antes de siquiera entender qué había pasado. Los pocos que quedaban con vida, al sentir la presión abrumadora del poder que emanaba de aquella mujer, retrocedieron aterrorizados, olfateando una muerte segura, y finalmente huyeron perdiéndose entre las sombras.

El camino estaba libre.

Aprovechando ese instante, Noah corrió hacia ellos, pero sus piernas, agotadas y heridas, fallaron. Cayó de rodillas frente a su madre y su hermano, respirando con dificultad, sintiendo que el mundo le daba vueltas… pero sin soltar ni por un segundo el cuerpo de Ronan. Lo sostenía con infinito cuidado ahora que por fin estaban a salvo, meciéndolo levemente contra sí, como si fuera lo más preciado que existía. Tenía cortes profundos en los brazos y un golpe feo en la costilla que le hacía arder todo el lado derecho, pero lo único que le importaba, lo único que miraba con desesperación, era el pecho de Ronan, buscando ver si todavía se movía.

—Aquí estoy… —murmuró Noah, con la voz rota, lágrimas mezclándose con el sudor y la sangre en su rostro—. Lo mantuve conmigo todo este tiempo… no lo dejé caer ni una sola vez. Lo sostuve… lo prometí… y lo sostuve.

Levantó la vista hacia Ellian, y le acarició el cabello con la única mano que tenía libre, la que no estaba ocupada protegiendo a su amigo. Una sonrisa triste y agotada se dibujó en sus labios.

—Gracias al cielo… están bien. Perdóname, hermanito… perdona a este hermano mayor por no haber podido protegerte mejor. Tuviste mucho miedo, ¿verdad, Ellian? Lo vi en tus ojos… perdóname por haberte asustado así.

—¡Noah…! —Ellian se lanzó hacia él, rodeándolo con sus pequeños brazos con toda la fuerza que tenía, llorando ahora de alegría y alivio, temblando violentamente contra el pecho de su hermano—. ¡No digas eso! ¡Lo siento yo! Yo no pude ser de ninguna ayuda… y tú tuviste que luchar contra todos ellos tú solo… tuviste que matarlos a todos… y lo hiciste cargando con Ronan… ¡eso debió ser tan doloroso y tan difícil!

Ellian apretó más fuerte el abrazo, sintiendo cómo el cuerpo de Noah temblaba por el cansancio y el dolor de sus heridas.

—¡Gracias, hermano! Gracias por no dejar a Ronan atrás. Gracias por salvarnos a los dos. Sabía que eras fuerte… mamá me dijo que eras muy fuerte… pero Noah… —lo miró a los ojos, con lágrimas corriendo por sus mejillas— aunque seas el más fuerte de todos… eso no significa que no te duela, ¿verdad? Veo tus heridas… y me duele a mí también verte así.

Noah correspondió el abrazo con suavidad, cerrando los ojos y dejando escapar todo el aire que había estado reteniendo. Una inmensa sensación de alivio lo invadió al sentir a su hermano a salvo entre sus brazos. Si su madre no hubiera llegado en ese preciso momento… si ella no hubiera estado aquí… en este momento ya se habrían llevado a Ellian lejos, y él no habría podido impedírselo.

—Perdóname tú a mí… —susurró Noah, con la voz quebrada—. Perdóname por ponerte en peligro y por no haberte puesto a salvo antes de todo esto. Tenía miedo… tanto miedo de que te hicieran daño.

Pero entonces, Ellian apartó su cara del pecho de su hermano y su mirada cayó de lleno sobre Ronan.

Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos, ahora con una angustia desgarradora. Vio el rostro pálido, casi grisáceo, del mayordomo. Vio la daga que aún seguía clavada en su abdomen, profunda, terrible, manchando la ropa y las manos de Noah con sangre que no paraba de salir.

—Mamá… —llamó Ellian, y su voz fue solo un hilo de aire cargado de súplica. Se giró hacia Rose, tomando su mano y apretándola con desesperación, tirando de ella hacia donde estaban los dos chicos—. ¡Mamá, por favor, míralo! Él está tan frío… siento sus manos heladas… Noah lo cargó hasta aquí, luchó con él para salvarlo… pero se nos está yendo, mamá, se nos va… ¡por favor, sálvalo! ¡Te lo ruego, salva su vida!

Rose se arrodilló inmediatamente junto a ellos, con movimientos rápidos pero llenos de delicadeza. Con mucho cuidado, ayudó a Noah a acomodar el cuerpo de Ronan en una posición más estable, apoyándolo contra sus propias piernas para que Noah pudiera descansar un poco, pero sin mover ni un milímetro el arma clavada, sabiendo que arrancarla sin más sería matarlo al instante.

Al revisar la herida, su rostro serio se tensó al límite. Podía ver con claridad: la hoja había destrozado órganos internos, cortado vasos vitales y la pérdida de sangre era inmensa. Cualquier persona normal, cualquier otra persona, ya habría muerto hace mucho rato, mucho antes de ser sacada de allí. Solo la fuerza de voluntad inquebrantable de Ronan, sumada al calor y la estabilidad que Noah le había dado al sostenerlo todo este tiempo, había sido el único hilo que lo mantenía aún atado a este mundo.

—La herida es muy profunda… —dijo ella con voz grave y determinada, aunque se notaba en su frente que concentrar ese nivel de poder le costaría una inmensa cantidad de energía—. Casi todo su interior está dañado… pero no es imposible. Aún queda vida en él, y eso es lo único que necesito. Tiene una voluntad de acero… y fue la suerte más grande que tuvo el tenerte a ti, Noah. Tú lo sostuviste, tú le diste calor, tú no dejaste que se rindiera. —Ella miró a su hijo mayor a los ojos con profunda gratitud y orgullo—. Eso marcó la diferencia entre la vida y la muerte para él. Gracias, hijo mío. Gracias por no abandonar a quien te necesitaba, incluso cuando tú mismo estabas muriéndote de dolor.

Sin embargo, antes de poner sus manos sobre Ronan, Rose cambió de objetivo. Giró sus palmas hacia Noah, que respiraba con dificultad y cuya propia sangre no dejaba de manar de sus cortes.

—Pero primero… primero te sanaré a ti —susurró ella con una ternura infinita, y una luz blanca, brillante y cálida brotó de sus manos, envolviendo el cuerpo de Noah. La luz penetró en sus heridas, deteniendo el flujo de sangre al instante, calmando el ardor, cerrando poco a poco los cortes.

Noah soltó un suspiro tembloroso, sintiendo cómo el dolor agudo desaparecía, siendo reemplazado por una sensación de paz y alivio inmenso. Levantó la vista hacia su madre.

—Mamá… —salió de sus labios, apenas un susurro cargado de emoción.

Ellian estaba de pie a un lado, observando todo con los ojos muy abiertos. Su mirada estaba fija en el rostro de su madre. Y fue en ese momento, viéndola concentrada, viendo cómo sus cejas se fruncían levemente por el esfuerzo, viendo la forma en que sus ojos brillaban húmedos, llenos de un dolor que no era suyo, pero que ella sentía como propio… que todo cambió para él.

Vio esa expresión. Vio esa angustia real, ese miedo a perderlos, ese amor desesperado que brotaba de cada uno de sus gestos.

Ellian se sorprendió. Nunca, en todo el tiempo que tenía memoria, había visto a su madre así. Había visto su dulzura, su calma, su fuerza… pero nunca esa vulnerabilidad, esa forma de mirarlos como si su propio corazón estuviera partido en mil pedazos solo por verlos sufrir.

En sus ojos, en esa mirada llena de preocupación y de entrega absoluta, Ellian entendió de golpe una verdad que hasta ahora solo sabía de nombre, pero no de sentimiento.

Ella no fingía. No cumplía un papel de un personaje era real 

realmente se preocupaba. sufría por ellos. los amaba con toda su alma, sin condiciones, sin reservas, con una intensidad que dolía de tan grande que era.

Y en ese instante, con el corazón apretado por la emoción, Ellian comprendió al fin lo que significaba tener una verdadera madre.

 

Una vez que las heridas de su hijo estuvieron cerradas, tratadas y limpias con los remedios adecuados, Rose retiró sus manos lentamente, aunque el brillo intenso en sus ojos no se apagó ni un segundo. Giró toda su atención hacia el hombre que yacía inmóvil y pálido entre los brazos de Noah. Su expresión ya no era solo de preocupación; ahora había determinación pura, la seriedad absoluta de quien sabe que la vida de alguien depende enteramente de sus manos y de lo que sabe hacer con ellas.

Rose se arrodilló junto a Ronan, cubriendo sus heridas con magia curativa.

—Hay demasiada sangre… —murmuró ella, sintiendo cómo el calor de la vida se le escapaba entre las yemas de sus dedos

— La hoja ha cortado tejidos nobles, ha penetrado hondo… pero

levantó la vista hacia Noah, con firmeza absoluta en sus ojos oscuros

—no es imposible de reparar Conozco estas heridas.

Se apartó un poco para darle espacio, pero mantuvo sus manos muy cerca, lista para ayudar, limpiar y guiar cada movimiento.

—Saca el arma, Noah. Hazlo de golpe, sin dudar ni un instante. Si lo haces despacio, rasgarás más la carne y será peor. Y prepárate bien: en el momento en que salga, la hemorragia será violenta. Tienes que estar listo para contenerla al segundo.

Noah asintió con seriedad, apretando la mandíbula. Su mirada se posó en el rostro pálido del hombre que había dedicado su vida a cuidar a su hermano pequeño con devoción absoluta.

—Entendido, madre.

Con una mano sujetó firmemente el torso de Ronan para inmovilizarlo por completo, y con la otra aferró el mango de la daga con toda su fuerza. Respiró hondo, midiendo cada detalle, calculando el movimiento, y con un tirón rápido, seco y certero, extrajo el metal de un solo movimiento limpio.

Un sonido húmedo, profundo y desgarrador resonó en el silencio del lugar. Al retirar la daga, la carne quedó completamente abierta, separada en los bordes, dejando ver el interior destrozado, la cavidad expuesta y los músculos cortados en toda su profundidad. Tal como Rose había advertido, la sangre brotó con fuerza inmediata, oscura y abundante, corriendo sin control por entre los dedos y empapando todo al instante.

—¡Presiona! ¡Ya! —ordenó ella con calma pero con urgencia, pasándole telas limpias al momento.

Noah reaccionó al instante. Sin soltar nada, rasgó con fuerza la parte inferior de su propia túnica, arrancando tiras largas y anchas de aquella tela gruesa y resistente, y las presionó contra la herida con ambas manos, haciendo peso para intentar frenar el flujo descontrolado. El sudor comenzó a perlar su frente, pero sus manos no temblaban.

—La herida es muy profunda… —dijo Noah con voz tensa, analizando el corte con la mirada experta

— Ha dañado estructuras internas, músculos que sostienen todo el cuerpo… Madre, si solo cerramos la piel por fuera, se verá bien, sí, pero por dentro seguirá desangrándose o se separará al moverse. Tenemos que hacerlo bien, tal como me enseñaste.

Rose asintió, apartando las telas poco a poco para evaluar si habían logrado controlar el caudal, limpiando el entorno con paños más limpios que ella misma sacó de su propio equipo de viaje.

—Exacto. Esa es la clave. Debes suturarlo , hijo. Primero reparas lo que está roto en el interior, las capas profundas, y luego vas subiendo, uniendo todo capa por capa hasta llegar a la piel. Lo que mantiene viva a una persona es una buena costura, buenos remedios y manos firmes. 

Ellian estaba arrodillado al otro lado, con las manos juntas contra su pecho, temblando sin control, con los ojos llenos de lágrimas mientras veía a su mayordomo. De pronto, un quejido ahogado y un grito de esfuerzo escaparon de los labios de Noah; fue entonces cuando, con su magia, hizo surgir un cuchillo de maná brillante y fino, tan afilado y perfecto que podía cortar la carne con la misma precisión exacta que un bisturí de cirujano.

Ellian miraba todo con el corazón en un puño, viendo cómo la energía brotaba suavemente de la punta del dedo de su hermano. Noah usaba aquella hoja luminosa para recortar y acomodar con mucho cuidado los tejidos dañados, limpiando lo que estaba roto para que pudiera unirse bien, y luego pasaba a usar sus agujas y sus hilos, enlazando y cosiendo todo con una destreza y una precisión perfecta

Noah sacó entonces de su bolsillo el pequeño estuche de cuero antiguo con bordados dorados, ese equipo médico que siempre llevaba consigo

Lo abrió con cuidado, revelando su contenido: frascos de cristal con polvos finos de hierbas y minerales para coagular y desinfectar, ungüentos de olor fuerte y limpio, y un juego de agujas largas, finísimas y brillantes, hechas de un metal que no se oxidaba, junto a hilos especiales, fuertes y tratados para no causar infección.

Tomó uno de los frascos más importantes. Con mucha precisión y delicadeza, espolvoreó su contenido sobre toda la superficie interna y externa de la herida abierta, asegurándose de que llegara hasta lo más profundo, a cada rincón cortado. Ronan dio un respingo débil, un gemido ahogado escapó de sus labios, pero no despertó; la mezcla actuaba ya, adormeciendo el dolor agudo y activando la coagulación en las zonas más afectadas.

—Esto limpia, frena el sangrado y evita que se pudra —explicó Noah en voz baja, mientras sus dedos se movían con una agilidad impresionante, digna de un maestro, poniendo en práctica todo lo aprendido

—Madre, guíame en cada punto.

—Empieza aquí. Une este músculo con este otro. Tira con la fuerza justa, no aprietes demasiado o cortarás la carne con el hilo, pero lo suficiente para que quede firme y junto. Recuerda: lo que está dentro es lo que sostiene todo el cuerpo.

Noah continuó su trabajo minucioso. Introducía la aguja dorada en los tejidos profundos, uniendo capa por capa, suturando con nudos firmes y rápidos, reconstruyendo el interior destrozado tal como se reconstruyen los cimientos de una casa dañada. Sus ojos estaban fijos, su respiración controlada, ignorando la sangre, el olor a hierro

Finalmente, después de un tiempo que pareció eterno, Noah dio el último punto, cerrando la piel de la superficie con una línea recta, limpia y perfecta que atravesaba todo el abdomen. Cortó el hilo con cuidado, limpió los últimos restos de sangre y suspiró, dejando caer toda la tensión acumulada de sus hombros.

—Listo —dijo con voz ronca pero llena de satisfacción, acariciando suavemente la frente fría de Ronan—. La herida era profunda, sí… estuvo muy cerca de órganos vitales… pero está cerrada por capas, desde adentro hacia afuera, tal como debía ser. Las medicinas han hecho su trabajo. Ya no hay peligro de que se desangre

La hemorragia disminuyó considerablemente

Ellian miró a su madre con ojos llenos de esperanza y miedo.

—¿Va a vivir…?

Rose no respondió de inmediato.

—Necesitamos agua bendita —fue lo único que dijo

Pero ninguno pudo decir nada más.

Porque en ese instante, un rugido resonó en los cielos, desgarrando la quietud momentánea.

La flor, la maldita flor que había desencadenado esta tragedia, se había transformado en una bestia monstruosa, retorciéndose con violencia en el aire. Sus pétalos ahora eran garras oscuras, y decenas de ojos horribles observaban con hambre.

Rose se levantó con firmeza.

Noah apretó su espada con rabia contenida.

Pero ninguno de ellos avanzó.

Porque Adam Kafgert ya estaba allí, de pie, encarando a la criatura con calma absoluta.

Sus ojos carmesí brillaban intensamente, con un aura dominante y aterradora. Él era la verdadera amenaza, el depredador definitivo.

Y la bestia lo sabía.

Un rugido estremeció los cimientos de la ciudad imperial.

Adam sonrió ligeramente, no con arrogancia, sino con la fría determinación de quien sabe que tiene la victoria asegurada.

Envolvió la ciudad en una barrera mágica para protegerla del daño colateral que su pelea podría provocar.

Luego, dio un paso adelante, listo para enfrentar al monstruo.

Porque ahora era personal.

Habían lastimado a su familia.

Y nadie podía desafiarlo sin pagar un precio devastador.

El verdadero combate, la batalla decisiva entre la bestia florecida y el verdadero monstruo de esa ciudad, estaba por comenzar.

Adam avanzó lentamente hacia la criatura, sus pasos resonando en medio del silencio que había invadido la ciudad imperial. Las llamas aún ardían, pero todo parecía haberse detenido para presenciar este enfrentamiento.

La bestia lanzó un rugido desgarrador, y sus decenas de ojos se clavaron en él con odio y hambre. Sus garras negras se extendieron amenazantes, rasgando el aire mientras preparaba su ataque.

Adam ni siquiera desenvainó su espada.

En cambio, extendió lentamente una mano, su expresión fría e impasible, con una seguridad casi insultante para la criatura.

—Ven —murmuró con voz calma, pero cargada de autoridad.

La bestia, enfurecida por su actitud desafiante, se lanzó hacia él con una velocidad devastadora. El suelo tembló bajo su peso y el aire vibró con la presión del ataque.

Pero Adam no se movió.

La criatura impactó violentamente contra una barrera invisible que Adam había desplegado con apenas un gesto. Un escudo traslúcido brilló brevemente alrededor del archiduque, absorbiendo la fuerza monstruosa de la embestida.

La bestia rugió frustrada, retrocediendo y sacudiendo su cuerpo cubierto de pétalos y garras.

—¿Eso es todo? —Adam arqueó ligeramente una ceja, observándola con indiferencia.

La criatura, irritada por el tono provocador del hombre, comenzó a girar sobre sí misma, invocando sombras que emergieron del suelo como lanzas negras, disparándose hacia Adam desde todas las direcciones.

Adam hizo un ligero gesto con su mano derecha, y cada lanza de oscuridad se congeló en el aire antes de disiparse en humo inofensivo.

La bestia rugió aún más fuerte, esta vez liberando una oleada masiva de energía oscura, que consumía todo a su paso. Las piedras del suelo se agrietaron, y la presión del ataque era tan grande que incluso Noah y Rose tuvieron que cubrirse tras una barrera mágica improvisada.

Adam simplemente suspiró.

Levantó ambas manos y comenzó a susurrar palabras en un idioma antiguo, incomprensible y prohibido para la mayoría. Una energía oscura pero imponente emergió desde sus pies, envolviendo rápidamente todo su cuerpo. Sus ojos rojos brillaron intensamente.

La energía liberada por la bestia chocó contra él, pero en lugar de dañarlo, comenzó a ser absorbida lentamente por el aura oscura de Adam.

—Tu poder es inútil contra mí —dijo con frialdad

—Soy yo quien controla las sombras.

La criatura retrocedió, ahora sí, mostrando verdadera inquietud. Sus decenas de ojos se movían con desesperación, comprendiendo que no enfrentaba a un simple humano.

Adam aprovechó ese instante de duda.

Moviendo la mano con elegancia, invocó cientos de lanzas oscuras desde el cielo. Las armas descendieron con precisión absoluta, clavándose en el cuerpo monstruoso de la criatura y fijándola al suelo, inmovilizándola.

La bestia intentó luchar, pero no pudo escapar de la prisión que Adam había creado para ella.

Finalmente, el archiduque dio un paso más, acercándose al rostro retorcido de la bestia.

—Has cometido un grave error al amenazar lo que es mío —dijo con una voz fría, casi susurrante.

La criatura emitió un último rugido, pero ya era tarde.

Adam extendió su mano y tocó el núcleo oscuro de la bestia. Al hacerlo, una poderosa explosión de energía negra envolvió el área.

Cuando la luz se disipó, solo quedaba Adam, impasible y sereno, en medio de un campo vacío. La bestia había sido consumida por completo.

La ciudad quedó en silencio absoluto.

Adam respiró profundamente, mirando hacia Noah, Rose y Ellian con una leve pero auténtica preocupación, oculta detrás de su habitual expresión dominante.

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