Adam regresó a la habitación de sus hijos. El silencio del pasillo era denso, un contrapeso al eco de la batalla que aún resonaba en su mente. Cuando llegó a la puerta de Noah, la encontró entreabierta. Su hijo mayor dormía pacíficamente, bañado por la luz de la luna que se filtraba por la ventana y pintaba su rostro con un resplandor plateado.
Adam no entró. Se quedó allí, con una mano apoyada en el marco de la puerta, sintiendo una extraña mezcla de alivio y una preocupación que no lograba definir. Luego se dirigió con pasos rápidos y contenidos hacia la habitación de Ellian. La encontró vacía. El pánico lo atravesó al instante, una punzada fría recorrió su espalda.
Entonces se detuvo.
Desde la dirección de la sala médica llegaban voces amortiguadas. Las reconoció. Sabía que allí estarían.
Cuando llegó, los sanadores ya se habían retirado, dejando a Rose y Ellian solos con el joven sanado. Ellian estaba sentado al borde de la cama, sujetando la mano de Ronan, mientras Rose le limpiaba la frente con una toalla húmeda. Al ver entrar a Adam, ella le ofreció una sonrisa cansada, pero cálida.
—Está dormido —susurró—. Los sanadores dijeron que la curación fue un milagro. Su aura se estabilizó por completo. Ahora solo necesita descansar.
Adam se acercó a la cama, con los ojos fijos en el rostro pálido de Ronan. Aún no había color en sus mejillas, pero su respiración era firme y el pulso constante. La magia de Adam había cumplido su propósito. Sintió una breve satisfacción, fugaz como todo en él.
—¿Y tú? —preguntó con una voz más suave de lo habitual—. ¿Estás herida? Deberías descansar.
Ella negó con la cabeza y posó su mano sobre la de él.
—No lo estoy. No me iré hasta saber que está bien. Se arriesgó por nuestro hijo, cariño. Lo menos que podemos hacer es cuidarlo.
Ellian se movió. Sin soltar la mano de Ronan, miró a su padre. No había lágrimas en sus ojos, solo una gratitud silenciosa. Sus miradas se encontraron y algo profundo pasó entre ambos.
—Gracias, papá —dijo en voz baja, ruborizándose—. Yo… quiero quedarme con él. Quiero estar aquí cuando despierte.
Adam no lo discutió. Sabía que su hijo necesitaba ese momento. Miró a Rose y ella asintió sin palabras. Sabía lo que le esperaba en los días por venir: consejos, emperadores, magos… pero por ahora solo era un padre y un esposo.
Extendió la mano hacia Rose y ella la tomó.
Juntos salieron de la sala médica, dejando a Ellian con su amigo. La mano de Adam ya no tenía el frío de la batalla, sino la calidez de quien protege lo que ama.
—Vayamos a la habitación —dijo
—Necesitas descansar.
Ella asintió. El agotamiento finalmente la venció. Al llegar, Adam la llevó en brazos y cerró la puerta con un clic apenas audible.
Rose se recostó en la cama. Sus ojos ya se cerraban cuando vio a Adam de pie frente a la ventana, observando el cielo oscuro.
—¿Qué ves? —preguntó en voz baja.
Adam no se giró.
—El mismo cielo, Rose.
Ella se durmió con esa imagen: su esposo firme ante la noche, vigilando un mundo peligroso que jamás permitiría que le arrebatara a su familia.
Adam se acercó a la cama y la arropó con ternura. Una sonrisa leve, rara vez mostrada en público, suavizó su expresión.
La calma comenzó a regresar al palacio.
Más tarde volvió a la sala médica. Ronan estaba despierto, sentado en la cama. Ellian dormía profundamente en una silla, con la cabeza ladeada por el cansancio. Ronan intentó incorporarse al ver al archiduque, pero Adam levantó una mano en silencio.
—Descansa —susurró.
Se acercó a su hijo y lo tomó en brazos con cuidado. El niño se acomodó contra su pecho sin despertar. Adam miró una última vez a Ronan.
—Puedes quedarte aquí. Nos veremos mañana.
Ronan asintió, con los ojos llenos de gratitud.
Adam recorrió el pasillo en silencio, acompañado solo por la respiración tranquila de Ellian. Lo dejó en su cama, acomodó las sábanas y le acarició el cabello antes de salir sin hacer ruido.
Su corazón estaba en paz.
Pero la paz no duraría.
Debía purgar el Imperio.
Cuando llegó al sector de los nobles, el esplendor había sido reemplazado por ruina. Los suelos de mármol estaban resquebrajados y teñidos de escarlata. El fuego devoraba las mansiones mientras las llamas danzaban como espectros hambrientos.
Adam se detuvo. Su aura se expandió como un vendaval helado, tensando el aire. Sus caballeros lo rodearon con espadas desenvainadas.
Lo que hallaron fue horror: cuerpos destrozados, rostros irreconocibles, fragmentos de una nobleza extinguida.
Adam cerró los ojos un instante y luego habló con la certeza de un verdugo.
—Que no quede ninguno vivo.
—¡Sí, mi señor!
Mientras obedecían, Adam levantó la mano y el Imperio comenzó a reconstruirse bajo su voluntad. El mármol volvió a unirse, las grietas se cerraron y una barrera invisible envolvió la capital. La sangre desapareció, absorbida por la oscuridad. Los cuerpos fueron devorados por sombras que se extendían bajo sus pies.
Quedó solo.
Entonces un ardor lacerante atravesó su cuello. Tosió sangre. El dolor se expandió por sus venas y trepó hasta su cráneo como miles de cuchillas invisibles.
Cayó de rodillas.
Algo dentro de él se estaba rompiendo.
Su magia… no era solo poder. Era un canal hacia algo vasto y voraz que latía más allá de lo humano.
Resistió con fiereza. Rechazó la voluntad oscura que intentaba abrirse paso. Se levantó, aún temblando. La sombra seguía allí, paciente.
No podía ignorarlo.
Necesitaba respuestas.
Sin mirar atrás, avanzó hacia la torre de los magos, el único lugar donde quizá encontraría la verdad sobre la fuerza que lo reclamaba… y sobre la voz que susurraba en sus oídos.
