Todo es oscuridad.
No recuerdo exactamente qué pasó, pero sé que tuve un accidente y morí. Fue rápido; de un momento a otro, la luz se extinguió. Ahora mismo siento que floto en un mar vacío. Todo es negro, pero en lugar de miedo, siento una tremenda paz.
Parece como si mi vida terrenal hubiera sido una prisión, con mi cuerpo actuando como cadenas que solo traían tristeza. Mi muerte me ha liberado del sufrimiento. No puedo recordar nada de mi vida anterior, pero no me preocupa. En mi estado actual soy incapaz de sentir dolor o ansiedad por lo pendiente. Solo... paz.
Siento que mi mente está a punto de entrar en un sueño del que posiblemente nunca despertaré. No me resisto; espero que suceda para poder descansar eternamente. Es como estar en los brazos de mi madre, bajo una manta cálida, sin necesidad de pensar.
Cierro los ojos lentamente mientras pierdo el sentido de mí mismo. Mi último pensamiento es un recuerdo lejano: el más preciado. Veo los rostros borrosos de mis padres; ellos sonríen, y yo también.
. . .
Mi mente tomó conciencia.
Recuperé el sentido como si despertara de un letargo infinito. Al principio, era incapaz de pensar, solo podía esperar. Fue una espera sin tiempo, por lo que no resultó aburrida. Hasta que, un día, una luz repentina iluminó mi rostro.
No sé qué ocurrió después, pero me encontré llorando en los brazos de una mujer. Ella me miraba con una ternura que, de alguna manera mágica, me calmaba. Dejé de llorar. Aunque era ignorante de mi entorno, sentía un déjà vu, una familiaridad efímera que no lograba atrapar. El sueño me invadió de nuevo y mis pestañas se cerraron.
Han pasado unos años desde que abrí los ojos en este mundo.
Poco a poco, recuperé fragmentos de memoria ocultos en mi subconsciente. Al unirlos, llegué a la conclusión de que soy un reencarnado. Es un concepto extraño que apareció en mi mente al intentar explicar mi situación. A veces siento una superposición entre mis pensamientos actuales y esas memorias de "otro lugar". Todavía no comprendo la razón de esto; solo me queda esperar a que el tiempo hable.
Un día, caminaba por los jardines del recinto. Logré escabullirme de esos molestos drones de vigilancia que siempre zumban sobre mi cabeza, recordándome que nunca estoy realmente solo.
Vi un árbol muy alto, imposible de escalar para mi cuerpo actual. Al pie de un arbusto, encontré una piedra rodeada de hormigas trabajando. Me quedé observándolas, molestándolas con una ramita para ver cómo reaccionaban. Les cortaba el paso, las obligaba a retroceder. No era el juego más divertido del mundo, pero resultaba entretenido de una forma analítica.
Mi concentración se rompió por el ruido de unas niñas que corrían cerca. —¡Vamos, atrápame! —¡No escaparás! —¡Jajaja, no me atraparás! —una de ellas sacó la lengua en provocación.
Me puse de mal humor. Yo había llegado primero. Refunfuñé para mis adentros, pero decidí que pelear sería una pérdida de tiempo. Me marché, pero algo me detuvo: ¿Las niñas eran siempre tan extrovertidas y salvajes al jugar? En mis recuerdos fragmentados, las niñas eran más reservadas. Ignoré el pensamiento; no podía entender el contexto de este mundo aunque lo intentara por cien horas.
Caminé sin rumbo fijo por el impecable césped hasta que vi a una niña sentada en un banco de madera labrada. Estaba sola, mirando fijamente a otro grupo de hormigas.
Era poco común ver a alguien así. La mayoría de los niños del recinto siempre estaban gritando o compitiendo por atención. Yo no encajaba con ellos; sus juegos me parecían vacíos. Ver que alguien compartía mi interés por las hormigas despertó mi curiosidad.
Me acerqué. Tenía el cabello negro y vestía una ropa que se veía cara, aunque cómoda. En su pecho llevaba bordado un emblema que no reconocí —mi tía Sarah aún no terminaba de enseñarme todas las insignias de las familias que nos visitaban—, pero no me importó. Ella estaba sumergida en su propio mundo, tan concentrada como yo lo estuve hace un momento.
—Hola, ¿qué estás haciendo?
La niña se sobresaltó, claramente sorprendida por mi interrupción. Antes de responder, sus ojos recorrieron el lugar de izquierda a derecha, inspeccionando los alrededores como si buscara a alguien más. Finalmente, se señaló a sí misma con un dedo, ladeando la cabeza con duda.
—¿Me hablas a mí?
Su reacción me pareció genuinamente divertida. Solté una pequeña risa. —Jejeje, ¿quién más está aquí entonces? —Ah... eh... —Se quedó sin palabras al darse cuenta de lo obvia que era mi pregunta. Parecía que las habilidades sociales no eran su fuerte.
Bajó la mirada hacia el suelo, donde el hormiguero seguía en plena actividad. —Veo que te gusta observar a las hormigas —comenté, rompiendo el hielo. —Este... sí. Es muy interesante —respondió ella, ganando un poco de confianza—. Son tan pequeñas, pero pueden cargar cosas que pesan diez veces su propio cuerpo. Además, son muy ordenadas, no como otros insectos.
—Vaya, sí que sabes mucho. Ella bajó la cabeza, algo avergonzada. —No, solo un poco... mi mamá me lo contó, pero... —Aun así es interesante —la interrumpí, dándole crédito—. No sabía lo del peso.
—Mi mamá también dice que cuando un enemigo ataca la manada, todas salen a defender su tesoro más preciado: las crías. Dice que no dudarían en morir por ellas. —¿No tienen miedo a la muerte? —pregunté, arqueando una ceja.
En mi mente cruzaron fragmentos borrosos. Memorias de documentales o libros de mi vida anterior que no lograba enfocar del todo, pero que le daban sentido a sus palabras. —No lo sé —continuó ella—, pero dice que jamás permitirían que alguien dañara sus huevos. Además, poseen un ácido que usan como arma de defensa.
—Ah, con razón saben tan feo —solté sin pensar. Ella me miró con los ojos como platos, horrorizada. —¿Te comiste una? —Fue un accidente —me encogí de hombros—, mordí una por casualidad mientras jugaba.
—¡No vuelvas a hacer eso! —advirtió ella con urgencia—. Atacar a las hormigas hace que rocíen una feromona de alarma. Si lo haces, todas vendrán a atacarte. —¿Atacarme? ¿Esas cosas? —Solté un bufido de desdén. ¿Qué podían hacer esos puntos insignificantes contra mí?—. No seas miedosa. Eres casi un titán para ellas, ¿qué podrían hacer si mantengo la distancia? Mira.
Agarré una rama cercana y, con un movimiento rápido, golpeé a una de las hormigas enviándola a volar lejos de su posición. Emilia entró en pánico. —¡N-no hagas eso! Vas a hacer que llamen a toda la colmena. —Por favor... —Sentí un poco de desprecio por su miedo. Eran seres minúsculos.
Pero entonces, un pinchazo repentino en mi pierna me cortó el pensamiento. El escozor se transformó rápidamente en un dolor agudo. —¡Ay! —Palmeé la zona instintivamente. Al retirar la mano, vi el cuerpo de una hormiga que aún movía una pata lentamente antes de morir. Me había mordido. —V-ves, te lo dije —insistió ella, tirando de mi manga—. Vámonos antes de que vengan más.
El dolor encendió mi temperamento. —Ahora verán... sufrirán por haberme picado —mascullé. La ira, impulsiva y cegadora, tomó el control. —¡No lo hagas! Vámonos o nos picarán a los dos. —¡No quiero!
La escena se volvió surrealista. Del hormiguero comenzó a salir una verdadera estampida de insectos, una marea negra coordinada por el rastro químico que yo mismo había provocado. Agarré una piedra y la lancé con rabia contra la entrada de la colmena, pero antes de que pudiera hacer más, ella me tomó de la mano y me arrastró lejos de allí.
...
Una vez que estuvimos a una distancia segura, ella soltó un suspiro de alivio, aunque su voz seguía siendo baja y tímida. —¿Por qué hiciste eso? —Me dolió —me quejé, señalando la mancha roja e hinchada en mi piel. —Si no las hubieras molestado, no te habrían picado.
Sus palabras me hicieron reflexionar. Había reaccionado por puro impulso. —Tienes razón —admití, calmándome—. Pero... ¿cómo es que esa me picó si ni siquiera tuvieron tiempo de comunicarse? Ella se quedó callada, sin saber qué responder. Fue entonces cuando recordé algo. Levanté la planta de mi pie y vi una mancha húmeda y aplastada. —Ya veo... —susurré—. Pisé una sin darme cuenta mientras me acercaba. El olor del ácido debió marcame desde el principio.
El sol ya estaba en lo alto, marcando el mediodía. Emilia soltó una pequeña exclamación de sorpresa. —¡Oh, no! Se va a hacer tarde. —¿Tú también te vas? —pregunté. —Sí, debo apresurarme antes de que se enojen conmigo.
—Entonces... nos vemos mañana, ¿qué dices? Ella se quedó aturdida por un segundo, como si no esperara la invitación. Luego, una sonrisa entusiasta iluminó su rostro. —¡Sí! —Mi nombre es Alex Asmodavi Hecatom —me presenté con una sonrisa. —Yo me llamo Emilia Arvena. Un gusto conocerte, Alex.
Se despidió agitando la mano mientras corría hacia la salida de los jardines. "Qué niña tan interesante", pensé. Era mucho más agradable que el resto de los hijos de nobles que conocía, siempre tan competitivos y ruidosos.
Al llegar a la salida del recinto, vi una figura familiar. Era una mujer de porte impecable, con el cabello negro perfectamente arreglado y un traje formal que gritaba autoridad. Su rostro, maduro y serio, revelaba a alguien que había lidiado con las cargas más pesadas del Estado.
—Hola, tía Sarah —dije, tratando de ocultar mi cansancio con entusiasmo. Hacía tiempo que no venía de visita a esta zona del dominio. —Alex —respondió ella con un tono de reprimenda suave pero firme—. No deberías andar solo por aquí hasta tan tarde.
Inflé las mejillas en señal de protesta, aunque sabía que no serviría de nada. —Es que estar en casa es aburrido, así que vine un rato al parque. —Bueno —Sarah suspiró, sin sorprenderse por mi respuesta—, mientras no salgas de los límites de seguridad del clan, está bien. Recuerda que allá afuera... el mundo es peligroso. —Lo sé —respondí con sencillez.
—Vayamos a casa antes de que la comida se enfríe. Caminamos hacia un auto negro de cristales blindados que nos esperaba en la entrada. Mientras subíamos, no pude evitarlo. —Oye, tía, ¿sabes? —¿Qué sucede? —Hoy conocí a una niña... fue interesante.
Sarah arqueó una ceja, mostrando interés por primera vez en toda la tarde. —¿Ah, sí? —Sí, mientras observábamos las hormigas... —Y así, mientras el auto se ponía en marcha, comencé a relatarle el encuentro, bajo su mirada atenta y curiosa.
