Ficool

Chapter 46 - Capitulo 45

[Duquesa Luneth]

El interior de la casa olía a aroma simple y cálido de los hogares donde la vida nunca se detiene.

Mariela cerró la puerta tras de sí mientras mis hombres quedaban afuera junto con Kyot. Dentro, el silencio era espeso, apenas roto por el crepitar del fuego en la chimenea.

Liana, la mujer de mirada fuerte y manos curtidas, me ofreció asiento en una silla de madera junto a la mesa. Su esposo, Roderic, permanecía de pie detrás de ella, con los brazos cruzados, observándome con esa mezcla de respeto y desconfianza que uno tiene frente a los nobles.

Sus hijos, tres, se mantenían a un lado, en silencio. Reconocí en ellos los mismos gestos que había visto tantas veces en mi propio hijo cuando era pequeño: esa mezcla de timidez y curiosidad.

Liana se inclinó un poco, con una sonrisa contenida.

—Es un placer conocerla, duquesa Vyrenthal —dijo con voz suave—. Y sobre todo, conocer a la madre de Eiren… perdón —se corrigió con una ligera risa nerviosa—, de Neyreth.

No pude evitar sonreír apenas.

—Puede llamarlo Eiren, si gusta —respondí—. Fue usted quien le dio ese nombre cuando él no recordaba el suyo. Es un nombre hermoso… y por lo que he oído, él lo aprecia.

Sus ojos se suavizaron.

—Lo elegimos entre todos —dijo—. Sonaba a alguien que debía seguir adelante, incluso si había perdido todo.

Roderic carraspeó, con tono directo:

—Si me permite la pregunta, su gracia… ¿qué hace aquí exactamente?

Liana le lanzó un codazo rápido en las costillas.

—¡Roderic! —susurró entre dientes.

Pero yo levanté una mano, sonriendo apenas.

—Está bien. Entiendo la pregunta. Y la verdad… —suspiré—, no es fácil de explicar.

Me incliné un poco hacia ellos, apoyando las manos sobre la mesa.

—Hace unos meses, cinco para ser exactos… mi familia y yo estábamos cenando. Era una noche tranquila. Pero de pronto… sentimos algo.

—¿Algo? —repitió Liana, con el ceño fruncido.

—Un tirón —dije lentamente—. Como si… algo dentro de nosotros se estremeciera. No sabría cómo describirlo. Lo sentimos todos, mi esposo, mi hija, incluso mis otros dos hijos. Fue como si una cuerda invisible nos hubiese jalado el alma.

Me quedé en silencio un momento, recordando aquella noche.

—Yo siempre… siempre sentí algo así desde que mi hijo desapareció —continué—. A veces, leves ecos, una presencia tenue. La gente decía que deliraba, que era mi dolor el que me hacía imaginarlo. Pero esa noche fue diferente. Fue… real. Tan fuerte que lo supe. Supe que estaba vivo.

El rostro de Liana se ablandó, y Roderic bajó la mirada.

—Cuando lo confirmamos —seguí—, supe que no podía quedarme en casa. Diez años… diez años sin saber nada, y de pronto, una conexión tan clara. Así que partimos a buscarlo.

Mariela intervino entonces:

—Empezamos por las aldeas del norte —dijo—, siguiendo rumores antiguos. Hasta que llegamos a un pueblo donde un anciano afirmaba haber conocido a un joven que coincidía con la descripción del joven Neyreth.

Asentí.

—El hombre decía que lo había visto poco después de un ataque… hace diez años. Pero cuando llegamos, descubrimos que el anciano sufría de demencia. Apenas recordaba su propio nombre.

—Pero —continuó Mariela—, el médico del pueblo, un sanador mágico, fue quien nos contó más. Dijo que el joven había estado herido, sin recuerdos, y que había desaparecido poco después.

—Basta… —interrumpió Liana de repente, su voz más firme.

La miré sorprendida.

—¿Disculpe?

—Ya conocemos esa historia —dijo, clavándome la mirada.

—¿Cómo… cómo la conoce? —pregunté con cautela.

Ella respiró hondo.

—Porque Eiren nos la contó. Cuando recuperó algunos de sus recuerdos. Dijo que lo encontraron herido, que estuvo con un sanador antes de llegar hasta aquí.

Mi corazón se apretó.

—Entonces… de verdad había perdido la memoria.

—Sí —respondió Roderic, con voz grave—. Lo encontramos a la orilla del río, una tarde de verano. Estaba medio congelado, apenas respiraba. Cuando despertó, no recordaba nada. Ni su nombre, ni su hogar, ni su familia.

El silencio volvió a llenar la habitación. Solo el fuego chisporroteaba, lanzando sombras que bailaban en las paredes.

Liana habló después de un momento.

—¿Cuánto sabe usted de lo que le pasó después?

—Muy poco —admití—. Kyot me ha contado algo, lo que él supo cuando coincidimos hace un mes en la ciudad del oeste.

Mariela asintió.

—Fue pura casualidad. Caminábamos por el mercado y escuchamos a un hombre discutir con un comerciante, nombrando a "Neyreth". Nos acercamos… y era él.

—Kyot —dijo Liana, con un dejo de tensión en la voz.

—Sí —respondí—. Él nos dijo que Neyreth había sido rescatado por una orden, y que permaneció allí varios años. Luego… todo lo demás.

Roderic cruzó los brazos.

—¿Sabe que fue acusado injustamente?

—Sí —contesté con firmeza—. Kyot me lo contó todo. Lo que le hicieron. Cómo lo usaron.

Liana bajó la cabeza, suspirando.

—Entonces sabe más de lo que esperaba.

—Aun así —intervine—, he pasado los últimos cinco meses viajando de un pueblo a otro. Siguiendo huellas, rumores, esperanzas. Hasta que Kyot nos habló de ustedes. Nos dijo que aquí había vivido, que este era su hogar durante dos años. Y vine porque… necesitaba agradecerles.

Liana me miró, confundida.

—¿Agradecernos?

Sentí el nudo en la garganta.

—Porque fue mi culpa.

Me obligué a mantener la voz firme.

—Fue mi culpa que mi hijo cayera por aquel acantilado. Debí protegerlo, pero no lo hice. Fui su madre, y fallé. Durante diez años creí que estaba muerto. Y ahora sé que ustedes… ustedes lo salvaron.

Las palabras me dolieron más de lo que esperaba. Roderic bajó la mirada, y Liana extendió una mano, como si quisiera decir algo, pero se contuvo.

Pasaron unos segundos antes de que Liana preguntara, en tono más suave:

—¿Y qué sabe de él ahora?

—Sé —dije, respirando hondo—, que está en el Este, bajo el patrocinio del conde Vion. Que aceptó esa oferta hace casi un año.

Liana asintió lentamente.

—Entonces está bien informada. Está en lo correcto.

—Aun así —continué—, quiero saberlo todo. Sé que no estuvo aquí los diez años… pero sí dos de ellos. Quiero saber cómo fue su vida en este lugar. Quiero… comprender qué clase de hombre fue, en esos años que no lo tuve conmigo.

Liana bajó la mirada hacia sus manos, aún manchadas de tierra seca.

—No será una historia bonita, duquesa —dijo con sinceridad—. Pero si quiere escucharla… se la contaré.

La miré directamente, con el corazón palpitando.

—Por favor —dije, apenas en un susurro—. Cuéntemela toda.

Ella asintió despacio, mientras el fuego iluminaba sus rostros y la tarde afuera comenzaba a morir en tonos naranjas.

El pasado de mi hijo estaba a punto de abrirse ante mí, y yo, su madre, finalmente estaba lista para enfrentarlo.

Liana hablaba despacio, con la voz entrecortada por la memoria, y yo, sentada frente a ella, escuchaba. Escuchaba todo. Cada palabra.

Y mientras hablaba, mi mente dibujaba las escenas, como si las estuviera viendo a través de los ojos de mi hijo.

—Lo encontramos a la orilla del río —empezó Liana—. Apenas respiraba. Tenía flechas en el muslo y en el brazo, quemaduras en el cuello y las manos… y heridas abiertas en todo el cuerpo. En la cabeza también, una fea herida que parecía haberse abierto de nuevo.

Cerré los ojos, y por un instante, me imaginé a Neyreth allí. Inmóvil. Hundido en la orilla helada. El agua corriendo junto a él, llevándose su sangre.

—Corrimos todo el camino —continuó ella—. Los hombre del pueblo y Roderic lo cargaron hasta el pueblo. El médico lo atendió, pero… no era un sanador mágico. Hizo lo que pudo. Usó vendas, ungüentos, agua caliente, alcohol. Fueron horas y horas.

—¿Y sobrevivió… con eso? —pregunté en voz baja.

—A duras penas. —Liana suspiró—. Estuvo inconsciente varios días. Su cuerpo… hacía cosas que nunca habíamos visto. Cuando tenía fiebre, su piel se helaba en lugar de calentarse. Su sudor se convertía en escarcha. Su respiración era puro vapor.

Me llevé una mano al pecho, temblando apenas. Ese era mi hijo. Su magia, su esencia… tan profundamente entrelazada con el hielo que su propio cuerpo no sabía cómo reaccionar sin él.

—A veces —prosiguió Liana—, por las noches lo escuchábamos llorar. Decía cosas que no entendíamos. "No… no me sueltes", "No me dejes". Tenía miedo. Mucho miedo.

Mariela apretó las manos sobre su regazo. Yo me quedé inmóvil.

—Durante semanas el pueblo entero estuvo en tensión —dijo Roderic entonces—. No sabíamos quién era. Pensamos que podría ser un fugitivo o el hijo de algún noble con enemigos. Si alguien venía a buscarlo, temíamos lo peor.

—Pero nadie vino, ¿verdad? —pregunté.

—Nadie —confirmó Liana—. Y con el tiempo, eso trajo calma. Poco a poco, comenzó a hablar, a moverse. Le costó. Al principio ni siquiera podía caminar sin ayuda. Pero… tenía una fuerza de voluntad que no había visto en nadie.

Yo sonreí sin querer.

—Eso sí suena como él.

—Nos pidió trabajar —continuó ella—. Ayudó en el campo, en los almacenes. Hizo amigos, aunque al principio todos lo miraban con curiosidad. Algunos con desconfianza. Pero se ganó su lugar, poco a poco.

—¿Y el nombre? —pregunté.

—"Eiren". Lo elegimos juntos. Quería tener algo… que fuera suyo, aunque no supiera de dónde venía.

Mi garganta se cerró.

Eiren. El nombre que mi hijo llevó mientras no recordaba el que le dimos al nacer.

El nombre que lo mantuvo con vida.

—Pero no todo fue fácil —siguió ella—. Las noches eran duras. A veces se despertaba temblando, gritando. Sin saber quién era, sin saber por qué lo perseguían los recuerdos.

Hizo una pausa, y su voz se volvió más grave.

—Y entonces, hace un año… todo cambió.

Levanté la mirada.

—¿Qué ocurrió?

—Un grupo de aventureros, mercenarios y soldados del noble de la región llegó al pueblo —explicó—. Venían a enfrentar una posible ola de bestias. Nosotros no sabíamos nada, hasta que fue demasiado tarde.

—¿Una ola de bestias? —murmuró Mariela.

—Sí. —Roderic asintió—. Eiren y mi hijo, Joren, estaban en el almacén dejando los sacos de la cosecha cuando una bestia apareció.

Liana apretó los labios.

—Eiren no lo dudó. Se interpuso. La bestia casi destroza a Joren, pero él… despertó algo. Su magia.

Mi corazón dio un vuelco.

—Congeló parte del almacén y medio bosque —continuó ella—. Nadie sabía que era mago. Ni él. Ni nosotros. Fue… algo instintivo. Pero después… cayó inconsciente.

—¿Por la magia? —pregunté.

—Eso creemos —respondió Liana—. Su cuerpo no la soportó. Durante días estuvo dormido, y todo a su alrededor se congelaba. Su habitación, las paredes. Ni siquiera era invierno.

—Su magia… se desbordó —susurré.

—Suponiamos eso en algún momento —asintió—. Hablaba dormido. Gritaba. Hasta que un día… despertó gritando.

La habitación se quedó en silencio.

Liana bajó la voz.

—Gritaba que no lo soltarían. Que lo tenían. Que lo iban a salvar. Decía que le dolía algo por dentro. Que ese dolor no era suyo.

Yo me quedé helada.

Recordé aquella noche, hacía cinco meses. El mismo dolor. El mismo tirón.

—Y entonces empezó a recordar —continuó ella—. Nos dijo que en su sueño llovía. Que colgaba de un acantilado. Que alguien lo sostenía de la mano… alguien con cabello plateado y ojos azules casi blancos.

Me llevé la mano a la boca.

—Dioses… —susurré.

—Lloraba mientras lo decía —prosiguió—. Decía que esa persona le gritaba que no soltara.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Era yo.

Liana asintió lentamente.

—Sí. Él no recordaba tu rostro al principio. Decía que lo veía borroso, difuso, como una imagen partida. Pero soñaba con eso, una y otra vez.

Me quedé en silencio.

Era real, entonces. Ese lazo, esa punzada, ese vacío que me despertaba en las noches. Siempre fue él.

—Después —prosiguió—, vino la pelea con Kyot.

—Fue descomunal —intervino Roderic—. Arrasaron con medio campo. Su hielo y el fuego de Kyot chocaban como tormentas. El bosque quedó arrasado.

—Cuando terminó —añadió Liana—, entonces cayó inconsciente.

Las lágrimas me resbalaron sin control.

—Neyreth…

—Sí —susurró Liana—. Dijo que la mujer que lo sostenía en su sueño era su madre. Y luego se desplomó. Estuvo inconsciente un mes entero.

—¿Un mes?

—Sí. Y su poder no se detenía. Congelaba todo. Tuvimos que sacarlo fuera de la casa, lejos del pueblo, porque si seguía desbordando así… habría congelado todo el valle.

—Lo dejamos afuera —dijo Roderic—. El frío no le afectaba. De hecho, parecía que lo ayudaba. Hasta que un día, su poder estalló.

Liana señaló hacia el este, por la ventana.

—Ahí. Hay un cráter enorme. Su cabello… cambió. Ya no era negro. Era una mezcla de negro y plateado. Sus ojos, celeste pálido.

Lo imaginé. Despierto entre el hielo, con los mechones de ambos colores brillando bajo el sol.

Mi hijo.

—Nos contó que recordó más cosas —continuó ella—. Batallas, entrenamientos, la orden, las voces, las muertes. Dijo que todo volvía, aunque no sabía distinguir qué era sueño y qué era memoria.

Yo asentí despacio.

—Entonces fue eso… lo que sentimos. El desbordamiento de su poder despertar lo que rompió el sello.

—¿Sabe sobre el sello? —preguntó Roderic.

—Sí —respondí—. Ese hechizo no era para él. Era para mí. Él se interpuso. Su magia fue sellada para salvarme.

Liana me miró sorprendida.

—Él nos contó algo así. Dijo que la orden lo ayudó a romper un poco ese sello, para poder usar parte de su poder. Pero cuando peleó con Kyot… el sello se rompió por completo.

Me quedé callada unos segundos, procesando cada palabra.

—Y su cabello negro… —dije por fin—. ¿Era por eso?

Liana asintió.

—Eiren nos explicó que el médico mágico que lo curó le dio una herramienta para cambiar su aspecto. Así evitaría que lo reconocieran. Pero el sello en su interior era como un rastreador y quiénes lo perseguían lo encontraban por ello. Cuando liberó todo su poder, la herramienta se rompió, y su cuerpo absorbió parte de su esencia. Por eso su cabello quedó negro y sus ojos también. Pero… —hizo una pausa—, no por completo. Cuando el sello se rompió, el efecto se desvaneció. Volvieron sus ojos celestes y parte de su cabello plateado.

Yo cerré los ojos, dejando que las lágrimas cayeran libremente.

Por fin entendía.

Por fin todo tenía sentido.

—Así que… —dije en voz apenas audible—, incluso sin memoria, incluso con su magia sellada, incluso con su identidad borrada… siguió siendo él.

Liana asintió, sonriendo con tristeza.

—Sí. Siempre fue él. Aunque no recordara su nombre… su alma nunca lo olvidó.

Y en ese momento, por primera vez en diez años, sentí que mi hijo, mi pequeño Neyreth, no estaba tan lejos.

—Sigame duquesa.

Liana comenzó a caminar delante de nosotras con pasos suaves, el sonido de la madera crujiendo bajo sus botas llenaba el silencio. Mariela y yo la seguíamos sin decir palabra; el aire del pasillo era tibio.

Cada paso que daba, sentía que el corazón se me apretaba más.

—¿A dónde vamos? —pregunté al fin, aunque mi voz salió apenas como un murmullo.

Liana volteó un poco, con una sonrisa leve.

—A donde él solía pasar la mayor parte de sus días —respondió—. Creo que… debe verlo usted misma.

Subimos las escaleras en silencio. Mis dedos rozaron el pasamanos de madera, frío y liso por los años. Al final del pasillo, Liana se detuvo frente a una puerta sencilla, de roble claro. La abrió despacio.

El aire dentro era distinto, más quieto, casi suspendido en el tiempo.

—Aquí —dijo ella con voz suave—. Esta fue su habitación.

Entré lentamente. Mis ojos recorrieron cada rincón.

Una cama cubierta con una manta azul, gastada por el uso. Un escritorio con una lámpara apagada, papeles doblados y una espada descansando junto a un cuaderno. La ventana estaba abierta, dejando entrar una brisa fría que movía apenas las cortinas.

Me senté al borde de la cama. La tela crujió bajo mi peso.

Podía imaginarlo ahí, sentado con el ceño fruncido, escribiendo alguna de sus notas.

Podía verlo dormir, exhausto después de un día en los campos.

Dioses… hasta podía oler un leve aroma a escarcha y madera.

Liana se acercó al escritorio. Abrió uno de los cajones con cuidado, como si temiera romper algo. De ahí sacó un sobre doblado.

—Hace unos días llegó esto —dijo mientras me lo tendía—. Una carta. Es para nosotros… pero creo que a usted le pertenece más.

Mis manos temblaban cuando la tomé.

El papel estaba arrugado, la tinta un poco corrida en los bordes. Reconocí su caligrafía al instante.

Respiré hondo… y comencé a leer en silencio.

"Mamá, papá, Joren, Alenya y Miriel… Siento que esta carta haya llegado tarde, porque seguramente lo hizo…"

Cada palabra era una puñalada dulce.

Su voz parecía susurrarme entre líneas, pausada, sincera, con esa mezcla de timidez y determinación que siempre había tenido.

"Durante mi camino hacia el Este tuve un encuentro inesperado… me crucé con un marqués y sus hijas…"

Mis labios se movían apenas, leyendo los fragmentos, absorbiendo cada sílaba.

Mariela se había quedado en la puerta, observando en silencio.

Liana miraba el suelo, dándome mi espacio.

"Descubrí quién es esa mujer de mis sueños. La de cabello plateado y ojos celestes… y como ya sabíamos, era mi madre biológica. Mi familia de sangre es una familia ducal del norte…"

Mis dedos se crisparon. Una punzada me recorrió el pecho.

"Me llamo Neyreth Vyrenthal…"

Ahogué un sollozo.

Por fin lo decía con orgullo, con certeza.

Ya no era una sombra sin nombre, ni un niño perdido a mitad de un río. Era él.

"Tengo una hermana mayor, Sivelle… y dos hermanos menores, Niva e Isen…"

Mi voz se quebró.

Lo había recordado todo. Todo.

Mi hijo… mi pequeño, mi bebé.

"Pero hay algo que quiero que tengan en mente. Ustedes también son mi familia. Aunque no compartamos sangre, los amo…"

No pude seguir leyendo. Las lágrimas ya nublaban las letras.

Apreté el papel contra mi pecho y cerré los ojos.

—Entonces… él sabe quién es —susurré, apenas con voz.

Liana asintió despacio.

—Sí. Lo supo hace poco. Nos escribió con tanta emoción que… no pude evitar llorar al leerlo.

Me quedé paralizada. Mis manos temblaban, mi pecho dolía y todo el peso de los años de angustia se derrumbaba sobre mí. Miré a Roderic, que estaba junto a la puerta, con el ceño fruncido, intentando comprender lo que yo sentía.

—Entonces… los dos se van a encontrar en algún punto —dije en voz alta, con el corazón latiendo desbocado.

—¿Por qué? —preguntó Roderic, con un hilo de sorpresa en la voz.

—Mi esposo envió a mi hija y destacamentos de hombres al Este, hacia la residencia del conde Vion —respondí, aún temblando—. Se encontrarán con Neyreth, pero ahora parece que los dos se dirigen uno hacia el otro sin saberlo.

Las lágrimas rodaban por mis mejillas, y sin poder contenerme, agarré la almohada que estaba a mi lado y la abracé contra mi pecho.

Mi voz se quebró en un sollozo largo, lleno de años de dolor y de alivio:

—Mi bebé… después de tantos años… ya te encontré.

Liana se acercó y, sin decir palabra, me abrazó. Sus manos me envolvieron, firmes y cálidas, como si quisieran sostener no solo a una madre, sino también todo el peso del mundo que llevaba dentro. Mariela permaneció a un lado, respetando el momento, mientras yo me dejaba llevar por la emoción, llorando sobre la almohada, imaginando por primera vez en diez años que mi hijo estaba vivo, que estaba creciendo, y que pronto, de alguna manera, lo volvería a tener cerca.

—Volverás a verlo —susurró Liana contra mi hombro—. Todo este tiempo… ha valido la pena.

Asentí entre sollozos, incapaz de hablar. Pero mi corazón, por primera vez en una década, latía con esperanza.

More Chapters