Ficool

Chapter 45 - Capitulo 44

[Liana]

Estaba en la puerta.

La puerta de esa habitación que había permanecido cerrada durante meses, y aun así parecía conservar su presencia.

El aire dentro era distinto… más cálido, como si el recuerdo de su voz siguiera flotando entre las paredes.

Me apoyé en el marco, dejando que mis dedos rozaran la madera.

La cama seguía hecha, el escritorio igual que el día que se fue: la lámpara con un poco de aceite seco, los libros que solía leer y, sobre todo, la espada.

La espada que dejó.

El metal reflejaba la luz del mediodía, y por un momento pensé en cuánto había cambiado todo desde que cruzó esa puerta para irse hacia el Este.

Cinco meses.

Cinco largos meses desde que lo vi por última vez.

Solo una carta desde entonces, y desde hacía semanas esperábamos la siguiente. Las distancias eran grandes y los caminos peligrosos, las cartas tardaban más de lo que el corazón soportaba.

El invierno había comenzado a ceder. Ya no hacía ese frío cortante que helaba las manos al amanecer. Solo algunas noches seguían frías, pero los días… los días ya olían a verano.

—Eiren… —susurré, posando mi mano sobre la espada—. Espero que estés comiendo bien, hijo.

Fue entonces cuando la voz de Miriel rompió el silencio desde la planta baja:

—¡MAMÁAA! ¡ES UNA CARTA DE EIREN!

El corazón me dio un vuelco.

La voz de mi hija sonó tan fuerte que hasta los pájaros del jardín se alzaron volando.

—¿Qué dijiste? —grité, saliendo del trance.

—¡UNA CARTA! ¡ES DE EIREN!

No pensé. No sentí. Solo corrí.

Bajé las escaleras casi tropezando, el corazón me golpeaba en el pecho con cada paso.

Cuando llegué, Roderic ya estaba en la sala junto a Joren y Alenya. Miriel agitaba la carta con las manos como si fuera un tesoro.

—¡Dámela! —pedí con una mezcla de prisa y alegría.

Miriel sonrió y me la entregó.

El sobre llevaba su letra inconfundible, algo inclinada, con esos pequeños errores que hacía cuando escribía rápido.

Roderic se acercó, poniendo una mano sobre mi hombro.

—Ábrela, Liana. Vamos, léela en voz alta.

Tragué saliva y rompí el sello.

Desdoblé el papel con cuidado, y en cuanto vi la primera línea, mi voz se quebró un poco.

"Mamá, papá, Joren, Alenya y Miriel…"

Mis hijos se acercaron, todos expectantes.

Y comencé a leer.

"Siento que esta carta haya llegado tarde, porque seguramente lo hizo. Pero tengo noticias… excelentes. O más que excelentes."

Miriel soltó un pequeño grito de emoción, y Roderic le hizo una seña para que se calmara.

"Durante mi camino hacia el Este, tuve un encuentro inesperado. Me crucé con un marqués y sus hijas, estaban siendo atacados por bandidos, así que los ayudé. En agradecimiento, el marqués prometió hablar con el conde Vion para que me aceptara bajo su patrocinio.

Ahora pertenezco al grupo del conde, pero bajo el patrocinio directo del marqués. Es confuso, lo sé, pero en realidad es algo bueno. Me abre más oportunidades."

Alenya se llevó una mano al pecho.

"Pero hay más. Mucho más.

Descubrí quién es esa mujer que aparecía en mis sueños. La mujer de cabello plateado y ojos celestes… como ya sabíamos, era mi madre biológica."

El silencio cayó sobre todos.

Sentí cómo mi garganta se apretaba, pero continué:

"Mi familia de sangre es una familia ducal del norte.

El marqués y el conde me ayudaron a buscar respuestas, y cuando les dije mi nombre completo… lo reconocieron de inmediato.

Me llamo Neyreth Vyrenthal, segundo hijo del duque Vyrenthal del Norte."

El aire pareció salirme del cuerpo.

Roderic me miró con una mezcla de asombro y pesar.

Joren, que apenas hablaba, susurró:

—Entonces… Eiren es… un noble.

—Un duque, o algo parecido… —murmuró Roderic, sin saber qué pensar—. Nunca pensé que esas historias fueran reales.

Seguí leyendo, aunque mi voz temblaba.

"Tengo una hermana mayor, Sivelle, heredera del ducado.

Ella estudia en una academia mágica en la capital, y partiré en unos días para reunirme con ella. No sé cómo reaccionará, ni qué pasará… pero ya hay respuestas.

Sé quién soy y quiénes son ellos."

Mis manos temblaron un poco, y la carta se movió entre mis dedos.

"Pero hay algo que quiero que tengan en mente.

Ustedes también son mi familia.

Aunque no compartamos sangre, los amo.

Son mi madre, mi padre y mis hermanos.

Cuando todo esto termine, cuando me reúna con mi hermana y mis padres biológicos, volveré.

Volveré a verlos, lo prometo."

Cuando terminé, nadie habló por unos segundos.

Solo se oía el sonido del viento contra las ventanas y el latido en mis oídos.

—Él… nos llama su familia —dijo Miriel con una sonrisa húmeda—. Lo dice en serio.

—Claro que sí —dije, apenas en un susurro—. Porque lo somos.

Roderic se cruzó de brazos y soltó un largo suspiro.

—Vaya con el chico… un duque, ni más ni menos. Y aún así, sigue siendo nuestro Eiren.

Alenya se limpió las lágrimas y añadió:

—No importa quién sea allá afuera. Aquí siempre será nuestro hermano.

Asentí, guardando la carta contra mi pecho.

—Sí… nuestro hijo. —Levanté la vista hacia todos ellos—. Y cuando vuelva, tendrá un hogar esperándolo, como siempre.

Miriel sonrió, corriendo hacia mí para abrazarme, y los demás se unieron.

****

[Duquesa Luneth]

El viento soplaba helado desde las montañas, trayendo consigo ese olor a humedad y hierro oxidado que dejan los lugares donde alguna vez hubo guerra.

El terreno se extendía ante nosotros, una planicie en ruinas que en otro tiempo debió ser una fortaleza.

Los muros estaban caídos, las piedras cubiertas de musgo, las raíces trepaban por entre los restos de las torres derrumbadas.

El aire se sentía pesado, cargado de algo que no era solo silencio. Era memoria.

La memoria de un día sangriento, el día en que —según Kyot— mi hijo fue traicionado.

Mariela caminaba detrás de mí, vigilante, mientras una docena de mis hombres del norte terminaban de inspeccionar la zona.

Habían tardado un mes entero en alcanzarme, recorriendo el doble de distancia en la mitad del tiempo.

Los que habían venido conmigo desde que salí del ducado hace cinco meses se notaban agotados, pero ninguno se atrevía a quejarse.

Sabían por qué estábamos aquí.

Kyot iba adelante, su capa negra agitándose al viento.

Era un muchacho de mirada dura, pero sus ojos… tenían algo. Una especie de peso, como si cargara los pecados de muchos otros sobre los hombros.

Fue él quien había pronunciado el nombre de Neyreth en aquella ciudad del oeste hace ya un mes, y desde entonces no había habido marcha atrás.

Me detuve entre las ruinas, mirando el enorme círculo despejado frente al acantilado.

La hierba aún no crecía del todo ahí, como si la tierra misma se negara a olvidar.

Y el sonido del río, abajo, rompía el silencio.

—Entonces… fue aquí. —dije, mi voz apenas un murmullo.

Kyot asintió sin mirarme.

—Sí. Aquí fue donde todo terminó… o donde debió haber terminado.

—Cuéntame otra vez —le pedí, mirándolo fijamente—. Quiero escucharlo todo.

Kyot respiró hondo.

—Neyreth había recibido una misión directa del líder de la orden. Se trataba de eliminar a un noble que estaba implicado en tráfico ilegal y experimentos prohibidos con magia. Era un trabajo sucio, pero él era el único con la fuerza para hacerlo solo.

Mariela cruzó los brazos, escéptica.

—Y sin embargo terminó acusado de traición.

—Porque todo fue una emboscada —respondió Kyot, sin vacilar—. Cuando Neyreth llegó al lugar, el noble ya lo estaba esperando… junto con ellos. Miller y su grupo. Habían arreglado todo para que pareciera que Neyreth había asesinado al noble por cuenta propia, sin autorización.

Sentí mis manos endurecerse por el hielo que comenzó a formarse en torno a mis dedos.

—Miller. —Kyot bajó la mirada—. Era su rival dentro de la orden, y también su enemigo más silencioso. Quería destruirlo, arrebatarle la posición que tenía. Y lo logró.

Me acerqué un paso más.

—¿Y tú? ¿Dónde estabas cuando eso ocurrió?

Kyot apretó los puños.

—En otra misión, lejos del frente. Cuando regresé, ya todo estaba decidido. El líder había declarado a Neyreth traidor, y Miller se encargó de presentar pruebas… pruebas tan perfectas, tan "verificadas", que nadie pudo refutarlas.

Incluso el líder lo creyó.

Mariela chasqueó la lengua.

—La corrupción siempre encuentra raíces, incluso entre caballeros.

—No fue solo corrupción —dijo Kyot con amargura—. Fue fe ciega. Miller era inteligente. Supo manipular el dolor y la culpa de los demás. Todos… todos creímos que Neyreth los había matado por ambición.

—Y luego lo viste —intervine, helada—. Dijiste que volviste a verlo después.

Asintió despacio.

—Sí. Fue hace unos meses. Cuando lo encontré… —guardó silencio unos segundos— …luchamos.

—¿Luchaste contra mi hijo? —pregunté en voz baja.

—Sí. —Alzó la vista y me miró directo a los ojos—. Pero no fue una batalla de odio, duquesa. Fue… confusión, orgullo. Yo lo enfrenté creyendo que mentía, que fingía haber perdido la memoria. No podía aceptar que no recordara nada, ni siquiera su propio nombre.

—¿Y qué pasó? —preguntó Mariela, con una ceja arqueada.

—Me derrotó. —Su respuesta fue seca, honesta—. Sin matarme. Me inmovilizó, y entonces me lo contó todo. Que Miller y sus seguidores lo habían traicionado, que él solo se defendió, que incluso había intentado rendirse… pero los demás no se lo permitieron.

Sentí que el hielo de mis manos se deshacía poco a poco.

Mi voz sonó más suave.

—Y después de eso, ¿qué hiciste?

—Nada. —Se encogió de hombros—. Lo dejé ir. Me di cuenta de que no era el monstruo que creí.

Desde entonces… decidí salir de la orden. Hace un año lo hice.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque ya no era lo mismo. —Suspiró—. El líder cambió. Enloqueció tras la supuesta traición de Neyreth. Castigaba a cualquiera que hiciera trabajos por fuera, decía que era una falta de lealtad. Miller se ganó su favor… y su poder. Todo lo que Neyreth había logrado, todo lo que merecía, ahora es de Miller.

Mariela bufó.

—Típico. Cuando los héroes caen, los buitres suben.

—Así es. —Kyot la miró con cansancio—. Y por eso no le he dicho nada a nadie. Es mejor que no sepan que sigue vivo. Si lo hacen, Miller intentará terminar lo que empezó.

—No podrán tocarlo —dije con frialdad—. No mientras yo respire.

El silencio volvió un momento.

Solo se escuchaba el río golpeando las piedras abajo del acantilado.

Entonces le pregunté:

—¿Cuánto falta para llegar al pueblo?

—Dos días, a lo mucho —respondió Kyot—. Si no hay retrasos.

Asentí, mirando el horizonte.

El sol comenzaba a ponerse, tiñendo las ruinas de un rojo apagado.

Parecía sangre vieja.

—Dos días —repetí—. Entonces iremos ahora.

Mariela me miró con cierta preocupación.

—¿No deberíamos descansar un poco, mi señora?

—Descansaremos cuando vea con mis propios ojos al hombre y la mujer que lo cuidaron —dije con firmeza—. Después de eso, iremos al Este.

Kyot me observó con una mezcla de respeto y cautela.

—Entonces… seguiremos su paso, duquesa. Pero debo advertirle… ese pueblo es pequeño, tranquilo. La familia que lo cuidó no sabe quién es realmente. Para ellos… él sigue siendo Eiren.

Mi corazón dio un vuelco.

—Eiren… —repetí el nombre suavemente, como si lo probara por primera vez.

—Sí —confirmó Kyot—. Así lo llamaron durante dos años. Así lo conoció el pueblo entero.

Me quedé en silencio, mirando las ruinas una última vez.

El viento sopló, levantando el polvo entre las grietas y haciendo sonar las armaduras oxidadas que el tiempo no había reclamado aún.

—Entonces partamos —dije finalmente, dándome la vuelta—. Quiero conocer a la familia… que le dio un nuevo nombre cuando el mundo le quitó el suyo.

***

[Liana]

El sol estaba alto, casi en el centro del cielo, y el aire olía a tierra húmeda y raíces recién cortadas. Después de tantos meses de nieve, volver a ver los campos abiertos era casi un milagro.

Me arremangué las faldas y hundí las manos en la tierra blanda. La textura era fresca, viva.

A mi alrededor, el murmullo de voces y el crujido de las azadas llenaban el aire.

—No recordaba cuánto extrañaba este olor —dije, sonriendo mientras soltaba un terrón de tierra entre los dedos.

A mi lado, Miriel levantó la vista desde la hilera de semillas que estaba colocando con cuidado.

—Tú dices eso cada año, mamá.

—Y cada año lo digo con razón —respondí, alzando una ceja.

Alenya, más pequeña, soltó una risa suave mientras intentaba mantener la línea recta.

—A mí me gusta cuando hay nieve —dijo con voz alegre—, así podemos quedarnos junto al fuego y no trabajar tanto.

—Eso es porque no eres tú quien tiene que cuidar que las provisiones alcancen todo el invierno —le respondió su hermana con una sonrisa traviesa.

—Ya, ya —intervine antes de que empezaran su típica discusión—. Cada estación tiene lo suyo. Pero esta, mis niñas, esta es la más agradecida. Lo que siembras, te lo devuelve.

Desde el otro extremo del campo, se escuchó la voz ronca de Roderic:

—¡Liana! ¿Podrías traerme el cubo de agua cuando termines esa hilera? Joren está a punto de derretirse.

—¡Voy en un momento! —respondí riendo, mientras me ponía de pie y me limpiaba las manos en el delantal.

Joren, estaba junto a su padre manejando el arado con la ayuda de uno de los bueyes. Tenía apenas veinte años, pero su espalda ya empezaba a ensancharse como la de Roderic.

El sudor le caía por la frente, pero no se quejaba. Tenía el mismo orgullo terco de su padre.

Tomé el cubo, lo llené en el barril más cercano y caminé hacia ellos.

—Parece que el invierno no te quitó fuerzas, Roderic —comenté al llegar.

—Ni a ti las palabras —respondió él, sonriendo con el rostro enrojecido por el sol. Tomó el cubo y bebió con gusto—. Pero no me quejo, esta tierra necesitaba volver a respirar.

Joren se limpió la frente con el antebrazo.

—Padre, el buey de la izquierda está cansado.

—Tú también lo estarías si hubieras pasado tres meses sin moverte —dijo Roderic—. Démosle un respiro, hijo.

Se apartaron un poco y se sentaron sobre un tronco cercano.

Los demás aldeanos seguían trabajando, pero el ambiente era tranquilo. Algunos cantaban, otros bromeaban entre sí. Era el tipo de día en que la rutina se sentía como un regalo.

Me quedé un momento mirando los campos.

La nieve se había ido, sí, pero aún quedaban huellas del invierno: tierra reseca en algunos rincones, raíces muertas, cercas rotas. Todo eso habría que repararlo pronto.

—He escuchado que este año la lluvia llegará antes —comentó Roderic, mientras me pasaba el cubo vacío—. Si eso es cierto, deberíamos adelantar la siembra de las calabazas.

—¿Y los granos? —pregunté.

—Los granos también, pero no todos al mismo tiempo. Si el suelo se satura de agua, perderemos media cosecha. —Se volvió hacia un hombre mayor que estaba unos metros más allá—. ¡Ey, Harel! ¿Qué opinas tú de eso?

El anciano levantó la cabeza desde su arado.

—Yo digo que esperemos dos semanas más antes de plantar los granos. Si llueve temprano, se ahogarán. Pero si no llueve… tendremos que regar con cubos, como el año pasado.

—Entonces que sea en dos semanas —dije yo, asintiendo—. No me gustaría ver otra cosecha desperdiciada.

Harel rió.

—Siempre tan decidida, Liana. Ya deberías encargarte tú de decidir por todo el pueblo.

—No digas eso, o Roderic se pone celoso —respondí con una sonrisa, mirando a mi esposo.

Él fingió indignación.

—¿Celoso? No, mujer. Pero si empiezas a mandar sobre los campos, vas a querer mandar también sobre la taberna.

—Eso ya lo hago —repliqué con tono inocente.

Las risas se mezclaron con el canto de los pájaros y el sonido del viento entre los árboles.

Era fácil olvidar el peso de los años en días así, cuando la vida parecía sencilla, honesta.

Miriel y Alenya se acercaron corriendo con las manos manchadas de tierra.

—Mamá, terminamos nuestra parte —dijo Miriel.

—Yo planté más semillas que ella —añadió Alenya, con una sonrisa de triunfo.

—No es una competencia —dije, aunque no pude evitar reír—. Pero igual, buen trabajo las dos.

Roderic se levantó y les revolvió el cabello.

—Cuando crezcan, van a trabajar más rápido que yo.

—Eso no es difícil —bromeó Joren desde su sitio, y todos soltamos una carcajada.

El sol empezaba a descender poco a poco, dorando los campos con su luz.

Algunos aldeanos se preparaban para volver a casa, otros aún seguían trabajando.

La vida en Arthen siempre había sido así: ritmo lento, esfuerzo compartido, palabras sencillas que llenaban los silencios.

Mientras guardábamos las herramientas, Harel se acercó con su paso cansado.

—Mañana podríamos limpiar el canal del río —dijo—. Si no lo hacemos antes de la lluvia, se desbordará.

—Lo haremos al amanecer —contestó Roderic—. Llevaré a Joren conmigo.

—Y yo llevaré pan y agua —añadí—. No quiero que se me desmayen los dos.

Harel sonrió.

—Con una esposa así, Roderic, no te puedes quejar.

—¿Quejarme? —rió mi esposo, mirándome de reojo—. Ya me acostumbré a que ella tenga la última palabra.

—Y bien que haces —le dije, dándole un pequeño golpe en el brazo.

El anciano se alejó riendo, y poco a poco la gente comenzó a dispersarse.

El sol se ocultaba detrás de las colinas, y el aire empezaba a enfriarse otra vez.

Miriel y Alenya caminaban adelante, riendo entre ellas, mientras Joren cargaba las herramientas.

Roderic me pasó un brazo por los hombros.

—Ha sido un buen día, ¿eh? —dijo en voz baja.

—Sí —respondí, mirando el horizonte—. Uno de esos que se quedan grabados, aunque no pase nada fuera de lo común.

Él asintió.

—A veces lo común es lo que más vale la pena recordar.

Y caminamos juntos hacia el pueblo, dejando atrás los surcos recién sembrados, el eco de las risas y el olor persistente de la tierra viva, como una promesa de que la vida siempre vuelve… incluso después del invierno.

Fue entonces cuando algo llamó mi atención. Al principio pensé que eran sombras moviéndose entre los árboles al borde del campo, pero a medida que nos acercábamos, se definieron mejor: pequeñas siluetas avanzando con estandartes azules.

—¿Qué… qué es eso? —susurró Alenya, aferrándose a mi brazo.

—No lo sé —respondí, frunciendo el ceño—. Parece que vienen en formación.

El sonido de los cascos de los caballos se escuchaba cada vez más cerca, y pronto algunos aldeanos que trabajaban aún en los campos comenzaron a mirarnos, alertas.

—¡Soldados! —gritó alguien desde la entrada del pueblo, con tono de preocupación—. Pero no sé de qué noble son esos estandartes.

—Mantengan la calma —les dije, aunque el corazón me latía más rápido de lo habitual—. No sabemos quiénes son ni qué buscan.

Las siluetas avanzaban poco a poco, y el rumor del pueblo creció con el paso de cada caballo. Algunos murmuraban que podrían ser soldados de algún noble de la región, pero nadie reconocía el estandarte azul que llevaban. Nadie estaba seguro.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Roderic, apretando mi hombro—. Mejor continuemos al pueblo y dejemos que nos reciban allí.

—De acuerdo —asentí, tomando a Miriel de la mano para que no se adelantara demasiado.

Mientras avanzábamos, el grupo de soldados se acercaba cada vez más. Sus movimientos eran precisos, organizados, y había algo en su disciplina que hacía que incluso los hombres más curtidos del pueblo se detuvieran a observar. El miedo se mezclaba con la curiosidad.

Al entrar en el límite del pueblo, el jefe del lugar apareció en la entrada, con su porte habitual, erguido y serio. Era raro ver a alguien de rango noble cruzando por este pueblo, y la memoria del año pasado aún estaba fresca en todos: la llegada de fuerzas del noble regional junto con mercenarios y aventureros para defendernos de aquella ola de bestias que había arrasado con nuestras cosechas y ganado.

—¡Señora Liana! —exclamó el jefe, inclinándose levemente—. No esperaba ver gente noble por aquí.

—Buenos días, maestro —dije, devolviendo la inclinación con respeto—. Solo regresamos de trabajar en los campos.

—¿Pero ven ustedes esos…? —dijo, señalando el grupo que se acercaba—. Temo que podría haber otra ola. La última vez nos tomó semanas limpiar los campos y recuperar lo que quedó.

Roderic frunció el ceño y miró la línea de caballería acercándose.

—No se parecen a bestias —comentó—. Son demasiado organizados, y los estandartes indican que pertenecen a alguien con rango.

—Sí, pero ¿quién? —pregunté, cruzando los brazos, tratando de mantener la calma—. No reconozco ese azul ni ese emblema.

—Mejor nos reciban dentro del pueblo y preparen a la gente —dijo el jefe, girándose hacia los demás aldeanos—. Mantengan a los niños y a los ancianos dentro, y cierren todas las entradas secundarias.

El murmullo de las voces se volvió más tenso. Algunos aldeanos comentaban que hace un año llegaron con armas, y que el noble y sus hombres habían protegido el pueblo de la ola de bestias. Ahora la incertidumbre creaba miedo: ¿sería otra amenaza? ¿O era algo más… personal?

Miriel se acercó a mí, con los ojos grandes, asustada.

—Mamá… ¿qué pasa?

—Nada, pequeña —dije, intentando sonar segura—. Solo debemos esperar y ver quiénes son. Mantente cerca de mí y de Alenya.

Roderic me miró con preocupación, pero asintió. Juntos, los cuatro nos dirigimos hacia la plaza central del pueblo, donde los aldeanos ya se estaban reuniendo y observando la llegada de los extraños.

A lo lejos, los soldados con estandartes azules avanzaban sin perder la formación. Sus caballos relinchaban con fuerza, y las banderas ondeaban con cada brisa, reflejando los últimos rayos del sol que se ocultaba tras los bosques cercanos.

—Esto… esto no me gusta —dijo Roderic con voz baja—. Algo me dice que no vienen por algo trivial.

—Y menos aún por nosotros —respondí, apretando la mano de Miriel—. Pero debemos mantener la calma y esperar instrucciones.

El corazón del pueblo latía con fuerza mientras los jinetes se acercaban a la entrada, y todos sabíamos que, de alguna manera, ese día cambiaría la tranquilidad de Arthen.

De la nada, el aire se había vuelto denso.

Todos en el pueblo se habían quedado inmóviles, mirando cómo el grupo de jinetes con estandartes azules se detenía frente a la entrada principal. Los caballos resoplaban, removiendo el polvo del camino, y el silencio solo era interrumpido por el crujir del cuero de las monturas y el tintineo de las armas.

Yo estaba de pie junto a Roderic, mis manos aún manchadas de tierra del campo, sintiendo el corazón golpearme el pecho. Miriel y Alenya se habían escondido un poco detrás de nosotros, mientras Joren, con los puños cerrados, se mantenía alerta.

Entonces, de entre los soldados, un hombre bajó del caballo. Se quitó la capucha.

—…Kyot… —susurré, con una mezcla de sorpresa y cautela.

Roderic lo reconoció también; su rostro se tensó. No era precisamente una figura bienvenida en el pueblo.

—¿Qué hace él aquí? —murmuró mi esposo, bajando la voz.

Yo di un paso adelante.

—Kyot —lo llamé, alzando la voz lo suficiente para que me escuchara—. ¿Qué haces aquí? ¿Y quiénes son todos ellos?

Kyot caminó unos pasos hacia mí, su rostro serio, el mismo semblante endurecido de siempre.

—Señora —dijo, inclinando la cabeza con respeto—. No vengo por mí… vengo con alguien más.

—¿Con alguien más? —pregunté, frunciendo el ceño—. No te entiendo. ¿Quiénes son?

Antes de que pudiera responder, una segunda figura desmontó.

Una mujer, más baja que él, de postura recta, voz clara y segura. Su tono fue tan cortés como firme cuando habló:

—¿Usted es Liana? ¿Y su esposo, Roderic?

Todos los murmullos del pueblo se detuvieron. Nadie entendía por qué una mujer que claramente no era plebeya —por su forma de hablar, su porte y la armadura ligera que llevaba— preguntaba por nosotros.

Roderic dio un paso al frente, poniéndose un poco delante de mí.

—Depende —dijo con voz firme—. ¿Quién lo pregunta?

Algunos de los hombres del pueblo también avanzaron un paso, en actitud protectora. Nadie aquí confiaba en nobles, y menos si llegaban con escoltas armadas.

Kyot levantó la mano con un gesto, casi suplicante.

—Por favor —dijo—. Confíen en mí esta vez. No vienen a hacer daño.

Lo miré con dureza.

—¿Confiar en ti? —repetí con incredulidad—. Después de lo que pasó la última vez que estuviste aquí… Eiren estuvo inconsciente un mes entero. ¿Y sabes qué más? Casi congela medio pueblo cuando trató de detenerte.

Los murmullos crecieron detrás de mí; algunos aldeanos se sobresaltaron al escuchar el nombre de Eiren.

Kyot bajó la mirada, apretando la mandíbula.

—Sé lo que pasó —respondió con tono grave—. Y créame, lo lamento. Pero no vengo por mí. Vengo con alguien que tiene derecho a hablar con ustedes.

La mujer que estaba a su lado intercambió una mirada con él, luego volvió su atención hacia mí.

—Entonces… sí son ustedes —dijo con suavidad—. Liana y Roderic.

Tragué saliva.

—Sí —respondí—. Somos nosotros. Pero todavía no me ha dicho quién es usted.

La mujer soltó un suspiro breve, como si supiera que lo que iba a decir cambiaría todo. Lentamente se quitó la capucha.

Cabello rubio, recogido con elegancia. Ojos verdes, de un tono intenso, con ese brillo sereno que solo alguien acostumbrado al mando podía tener. Su porte no dejaba duda: era noble.

—Mi nombre es Mariela —dijo, haciendo una leve reverencia—. Sirvo a la familia ducal Vyrenthal, del norte.

El nombre resonó en mi cabeza como un trueno.

Vyrenthal.

El mismo apellido que Eiren —o mejor dicho, Neyreth— había escrito en su carta hacía apenas unos días.

Roderic me miró, sorprendido, y yo sentí un vacío en el pecho.

—¿La familia… Vyrenthal? —repetí, apenas creyendo lo que oía.

Mariela asintió.

—Así es. Estoy aquí porque mi señora… la duquesa Luneth Vyrenthal, desea conocer a las personas que cuidaron de su hijo durante los años en que estuvo perdido.

No supe qué responder. El aire pareció detenerse, y un murmullo recorrió el grupo de aldeanos detrás de mí.

El nombre, la conexión… todo encajaba.

Y entonces, una tercera figura descendió del carruaje.

Sus movimientos eran elegantes, pausados. La capa se movía con el viento, y cuando se quitó la capucha, la respiración se me cortó.

Cabello plateado, largo, brillante como la luz de la luna. Ojos celestes, tan puros y penetrantes que sentí que el alma se me estremecía.

Miriel apretó mi brazo.

—Mamá… —susurró con asombro—. Sus ojos… son iguales a los de Eiren.

La mujer avanzó un paso. Su voz, cuando habló, tenía una calma casi glacial, pero cargada de emoción contenida.

—Soy Luneth Vyrenthal, duquesa del norte —dijo, con un tono que hizo que todos en el pueblo inclinaran la cabeza sin pensar. Luego me miró directamente—. Vengo a conocer a las personas que cuidaron de mi hijo… durante los dos años en que estuvo aquí.

Mis labios temblaron. No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Su hijo…? —repetí en un hilo de voz.

La duquesa asintió.

—Mi hijo, Neyreth Vyrenthal. El joven que ustedes conocieron como Eiren.

El silencio fue absoluto. Ni siquiera los caballos se movieron.

Sentí las lágrimas acumularse en mis ojos.

Roderic dio un paso adelante, con la voz quebrada.

—Entonces… ¿es verdad? Todo lo que escribió en la carta… era cierto.

La duquesa bajó la cabeza apenas un instante, como si contuviera una oleada de sentimientos que la estaban desgarrando por dentro.

—No se de que hablam, —susurró—. Pero se que mi hijo… está vivo.

No pude contenerme. Me cubrí la boca con las manos mientras las lágrimas comenzaron a caer sin control.

Mariela, detrás de ella, habló suavemente:

—Este joven, Kyot, nos contó que ustedes fueron su familia cuando no tenía recuerdos. Que le dieron un hogar, un nombre, y cariño… cuando el mundo lo había olvidado.

La duquesa me miró con los ojos brillantes.

—Gracias —dijo con voz temblorosa—. Gracias por haber salvado a mi hijo… y haberlo amado como suyo.

No supe qué decir. Solo incliné la cabeza, con el corazón palpitando con fuerza, mientras el pueblo entero observaba en silencio aquella escena que parecía sacada de un sueño imposible:

La madre biológica de Eiren —de nuestro Eiren— estaba allí, frente a nosotros.

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